martes, 5 de septiembre de 2017

La mirada de Paul Auster

La primera vez que vi a Paul Auster en la solapa de un libro, me cautivó. Pero, cuando vi a Paul Auster delante de mí y me sonrió después de fulminarme con su mirada, mi universo al completo, infancia y madurez incluidas, se tambalearon.  Me contempló con la misma compasión que siente el que se sabe victorioso del duelo inmediato, y escuché miles de pedacitos chocando entre ellos dentro de mí, cayendo en cascada sobre mis huesos derretidos. Sacudí el aire con disimulo en busca de un bastón invisible, una muleta, un árbol… algo en lo que apoyarme, y terminé abrazada a mi cuerpo rígido y acalorado, liberada del traje que empezaba a deshacerse en mis tobillos temblorosos. Aguardé unos segundos, que en mi memoria parecen horas, paralizada y desnuda delante de su mirada y en ese instante pensé en cómo se verá el mundo desde sus ojos saltones, ojerosos y, sin embargo, los más atractivos que me han mirado jamás.


Y lo cuento tal cual sucedió, sin exagerar lo más mínimo.

En parte, él es una de las razones por las que me soñé contadora de historias hace un tiempo. No es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta, cómo lo escribe y cómo describe a las personas, su destino, su fortuna, los lugares comunes y el azar, que se enreda entre los renglones de sus relatos. Elige aquel edificio de ladrillo oscuro, con la vecina del cuarto, con el niño que llora, con la vieja solitaria y el perro que ladra, y el albañil, y la azafata y el escritor frustrado… Y te cuenta la historia de cada cual, los mezcla y los aleja en la calle o en el parque, hasta que cada uno de ellos confiesa sus sueños perdidos, su destino aún por escribir y lo que hubiera pasado si aquella mañana o durante aquel encuentro...

Ayer conocí a Paul Auster. De Madrid al cielo, dicen, y en el cielo terminé yo después de toparme con él. Llevo dos días hablando acerca de nuestro encuentro en todos los folios, virtuales o no, chats, azulejos robados o prestados, e incluso con desconocidos compañeros de ascensor. Estoy muy cerca de convertirme en una de esas personas que siempre encuentra la manera de hablar de “lo suyo”, sea esto una boda, el nacimiento de un hijo o la juerga de una noche memorable. Si alguien menciona la ciudad de New York en mi presencia, yo hablaré de Auster; si hablan de un escritor, yo hablaré del él; si escucho  la palabra trilogía, o Columbia, o cine mudo, o baseball, recuperaré los detalles de mi encuentro y aburriré a los presentes con la que creo que es una de las historias más excitantes de mi vida.
Sólo duró un par de minutos. Ciento veinte segundos que yo alargo tanto que cualquiera podría creer que pasé la tarde a su lado, acurrucada en un sofá y agarrándome a la poca dignidad que me quedaba para no caer desplomada frente a su mirada. 

En mi nueva novela le hago un pequeño homenaje, se lo debía.

Me hice una foto con él, y coloqué mi mano en su espalda. No es muy apropiado, pero ya había perdido mis papeles un par de horas atrás. Cuando le enseñé la foto a una amiga, dijo que era una pena, que con lo bien que poso, que vaya foto mala me habían sacado. Yo abrí tanto los ojos al escucharla que los vi salir disparados hacia el vacío. ¿ Foto mala?, pregunté hasta en tres ocasiones, no sé a qué te refieres. Has visto que estoy con Paul Auster, ¿no? Sí, eso le quedó claro después de escuchar por tercera vez los detalles de mi relato, y es entonces cuando me recordó el día en el que, hace dos décadas, en medio de una cena, exclamé convencida de mis palabras que algún día conocería a Paul Auster. Proyecté aquel instante y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Veinte años después no sólo sigo rodeada de las mismas personas, sino que además mantengo con vida los sueños que no se cumplieron. Asusta un poco comprobar que es verdad, que tengo razón, pues resulta que los sueños terminan por cumplirse. Pasará la vida y arrastrará al tiempo con ella, pero si logramos mantener viva nuestra ilusión a lo largo de los años, tomemos el camino que tomemos, tarde o temprano se hará realidad.



¿Para qué vivir si no es para esto? Para coleccionar momentos, para cumplir sueños y para beber vino, pasear la lengua por el agua salada de nuestros labios, rascar el socarrat de la paella, bailar entre la multitud, leer libros, comer chocolate, besar sin condiciones, abrazar sin despedidas. Cruzar la mirada con Paul Auster…

5 comentarios:

  1. Ja,ja... Solo te conozco por lo que leo en tu blog, pero no te hacía tan mitómana. Después de lo que has escrito me da vergüenza decir que... No sé muy bien quién es tu ídolo. Corro a la wikipedia. Un abrazo.

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    1. Creo que sólo soy mitómana con él delante. Espero que te guste el descubrimiento. Un abrazo fuerte.

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  2. ....como te puedes superar dia a dia? Supere los celos incontrolados que me produjo el argentino dulzon , pero lo de hoy , me sobrepasa...creo que tendré que pasar por urgencias.....

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  3. ....no fue nada grave , pero creo que voy a tener recidiva. Esta vez por culpa de tus sobrinos , aunque creo que podrán solucionármelo en el ambulatorio

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