lunes, 28 de mayo de 2018

La estupidez humana

No pongáis mucho empeño en intentar conseguir algo si no tenéis muy claro que realmente lo queréis, porque es posible que lo consigáis y entonces llegan los sustos y sus lamentos. Los dramas y el fin del mundo. No bromeo,  y es que de un tiempo a esta parte me he visto rodeada de personas con el mismo discurso: Quiero, quiero, quiero... Y una vez lo consiguen. Bueno, quizá tampoco lo quería tanto. Es algo muy parecido a lo que le sucede al niño que quiere el helado de tres bolas e insiste sin descanso hasta dañar el tímpano de todo el que esté cerca y que, como la mayoría de los niños, termina logrando su capricho. Y después de un par de lametazos, abandona el trofeo derretido encima de un plato. El chavalín no tiene la culpa de nada, él sólo quiere lograr su antojo y aún no tiene edad para comprender que el capricho es, en muchas ocasiones, un invento de la falsa necesidad.
Cada día que pasa veo más estupidez humana a mi alrededor, pero mi paciencia sufre una crisis de agotamiento y reconozco que cada vez soporto menos esta estupidez. Creía que con el paso de los años uno aprendía a dar importancia a lo importante y a ignorar lo absurdo. Pero cuando veo un gesto estúpido o una palabra sobrante me dan ganas de levantarme y decir: ¿Pero habláis en serio o estáis de coña? Vale ya de tanta estupidez, ¡caramba! 
Pero no, no lo hago. La fama que se ha ganado la palabra intolerancia en estos años mi impide hacerlo.

Puede que sea necesaria en determinados momentos y que gracias a ella seamos capaces de identificar la sensatez, pero si la normalizamos las consecuencias pueden ser nefastas para todos.  
La estupidez humana ha ganado puestos gracias a la falta de valores. Y esta es mi sentencia.
Damos tanta importancia a lo material, a las necesidades vacías, a los bolsos y a los vestidos de moda. Nos preocupamos tanto por llevar las mechas californianas, jamaicanas o segovianas, por saber si esta minifalda es machista o feminista, y por los cilindros del coche al que me tengo que subir con una pértiga… que en este follón y en este quiero quererlo todo tan descontrolado, estamos empezando a olvidarnos de las personas que nos rodean. Y nos estamos olvidando sobre todo de que si nosotros estamos vacíos perderemos el rumbo, y pocos veleros podremos guiar. No nos preocupa hacer algo porque nos obsesiona ser alguien. Colocamos los teléfonos móviles en el centro de una conversación porque sí, ya lo sé, precisamente hoy, justo en este día en el que por fin vamos a compartir mesa y conversación, estás esperando la llamada más importante de tu vida...
De verdad os lo digo, a ver si nos centramos de una vez y volvemos a mirar a los ojos. Tenemos que empezar a escuchar y a abrazar más. A vivir para nosotros y no para que los demás vean en nosotros lo que queremos que vean, aunque no sea verdad. Cada cual es responsable de hacer lo que pueda, lo que sepa o lo que quiera para hacer de este un mundo mejor.



Dejemos de creer que lo más importante en esta vida son todas esas cosas sin alma que se amontonan en los rincones de una casa que ya ni siquiera es hogar. Abandonemos los disfraces que sólo nos ayudan a encajar en un mundo que tampoco nos gusta tanto. Seamos más de verdad, más honrados con nosotros mismos. Y no pongamos tanto empeño en conseguir algo si realmente no lo queremos, porque así sólo perderemos el tiempo. Y este, suceda lo que suceda, será el único que nos gane la partida. Porque el tiempo nunca pierde, ni tampoco ofrece revanchas. 



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1 comentario:

  1. Tienes toda la razón, somos muy tontos. Tal vez nuestra tontería venga alimentada por la falta de problemas reales en nuestras vidas. Parece inapropiado reconocer que uno está contento viviendo con sencillez y sobriedad, así que nos creamos unos cuantos problemas hipotecándonos para comprar cosas que no necesitamos, inventándonos luchas identitarias o políticas de apariencia trascendental, ideando sueños para poder "perseguirlos", buscando un éxito profesional que consiste en hacer cosas inútiles pero muy bien pagadas...

    La pena es que la mayoría de los idiotas que las hacemos estas cosas (todas o algunas), en el fondo ansiamos llevar una vida mucho más simple y tranquila, pero como parece que el resto del mundo anda atareado con actividades apasionantes para que su vida sea valiosa, nosotros nos apuntamos también para no ser menos. Con lo que, finalmente, andamos todos perdiendo el culo por cosas que, en el fondo, nos importan un pito y no hacen nada más que fastidiarnos la vida.
    Sí, somos extremadamente necios.

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