jueves, 18 de mayo de 2017

Cuando cenes conmigo

Me gustan las personas que van a una casa sin las manos vacías. No porque me guste recibir presentes –que me encanta- sino porque eso significa que, antes de poner rumbo a mi hogar, durante al menos diez minutos, han pensado en mí. Y yo soy de esas, me gusta pensar en mí… es broma... (¿o no?), quiero decir que soy de esas porque no me gusta ir a ningún sitio con las manos vacías.  Quizá tenga la autoestima demasiado baja y no me creo que al anfitrión le baste con mi compañía y por eso llevo algo para despistar. Y si creo que he fallado (cosa rara en mí), lo digo antes de tiempo, así como hizo una amiga el otro día cuando entró con una botella de champagne y antes de darle las gracias aclaró: sé que no te gusta, pero es que lo tenía en la nevera muerto de la risa. Pues nada, le dije, dejaremos que siga con su juerga en mi nevera. Y, por otro lado, están los amigos que, antes de saludarte, ponen mil excusas por venir con las manos vacías, los niños, dicen, los baños, mi falta de horas, un día de locos, el aparcamiento… Yo hago ese gesto tan literario con la mano, como si estuviera peinando el aire, para restarle importancia a su estrés. Porque es la verdad, me importa bastante poco que vengan sin nada, pero este artículo no tendría ningún sentido si no lo mencionara.

Una botella de vino, tinto gracias. Un ramo de flores, silvestres a ser posible. El libro que creíste que me gustaría leer. Bombones, música, una piedra de la calle con forma de algo que sólo tú puedes ver, un paquete de servilletas con un mensaje escrito en ellas, helado de menta… Un bolígrafo para que escriba mis historias –un momentito que de pronto me estoy yendo a Memorias de África y no hay Finch Hatton a la vista-. Trae lo que te dé la gana, lo que sea que te haga ilusión porque creas que me haría ilusión a mí. O no traigas nada. Aquí hay de todo. Pero, antes de entrar, vengas con lo que vengas, no olvides dejar la mochila junto a la puerta.
¿Qué mochila? Esa, la de los problemas… Me gusta que vengan amigos a mi casa. Les quiero y les adoro a partes casi iguales. Me encanta mezclarlos y descubrir algo que desconocía de sus vidas o de sus personalidades. Me gusta tener la mesa lista para comer, no para hacerle fotos ni posar junto a ella, unas flores y alguna vela encajada entre platos de quesos, panes, fruta, copas, y demás viandas. Me gusta que mis invitados coman y beban, sin mesura. Que monten la fiesta alrededor de los mismos sabores y que charlen o griten según les venga en gana. Pero, pase lo que pase, en mis cenas no hay una silla libre para mochila alguna. Me importan mis amigos, los quiero y los cuido como la familia que son. Me preocupo de que sobre la mesa haya de eso que les encanta y que falte aquello que aborrecen. Pero, como cantaría Fangoria, no quiero dramas en mis cenas. Ni penas. Ni problemas. No quiero que lleguen tarde con el humo escapando de su cabeza y que entren como un potro desbocado en mi hogar pisoteando la energía que me he preocupado de esparcir por el suelo. Si va a haber lágrimas, que esperen al postre, a la última botella de vino, a la ebriedad de las emociones, a las declaraciones de amistad eterna, al emborrachamiento de los recuerdos. Si hay que llorar, lloremos. Todos a una. Porque incluso tengo la música lista para cada ocasión, y siempre hay una sorpresa preparada por si hay una emergencia (esto es de ser muy profesional, lo sé).

Y aquí voy a poner mi punto y final. Dejándoles con la duda de las sorpresas que no se me ocurriría desvelar, y con su preocupación porque les he dicho que no me gusta el champagne. Rarezas de cada cual. Mientras brindan por todo ello, les animo a que organicen encuentros con sus amigos más a menudo, a que pasen más tiempo juntos, a que olviden las dietas, el gluten, las proteínas, el entrenamiento al alba, y las obligaciones infinitas. Que la felicidad se trata de esto y poco más… De perder la cabeza, de acompañarnos, confesarnos, sorprendernos y rodearnos de aquellos que no le dan importancia a esa maldita mochila.

6 comentarios:

  1. Escribes de maravilla. Me encanta leerte, eres mi rato divertido. Gracias.

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  2. Pero qué delicia es leerte. Felicidades.

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  3. Pues a mí me encanta no llevar nada porque suelo constatar que, con lo que llevan los demás, siempre sobran cosas. Si son cosas de comer, yo me ocupo de intentar que sobren menos y si son regalos de otro tipo, el anfitrión tendrá que saber qué hacer con tanta cosa inútil aunque llena de valor sentimental (o de mala leche, como cuando regalan peluches de metro y medio).

    Yo no suelo ser anfitrión de cenas ni comidas (no tengo habilidades culinarias ni interés en adquirirlas), así que, si invito a alguien a casa es para charlar ante una mesa vacía y, si llega el hambre, nos vamos a Burger King a saciarla. Pero lo importante es que no falte la conversación. Enlazamos temas idiotas con cosas trascendentales y pasamos un buen rato hasta que llega el silencio o hasta que cada cual decide que se va o yo me canso de los invitados y los echo de casa con alegría. Me encantan la gente con la que puedo tener esas confianzas.

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  5. No soy de esos que tienen envidia, pero en este caso, haré una excepción. Como me gustaría participar, aunque solo fuera como obsequio de otros hacia ti.

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