martes, 9 de mayo de 2017

Cómo cansa ser siempre uno mismo

Hace unos días una amiga me dijo que no era necesario que hablara tanto de mí en los artículos que escribo porque, según ella, no es necesario. Vaya.
No hablo de mí, aunque utilice la primera persona casi siempre, contesté.
Sí, dijo ella, hablas de ti y se nota. 
Ah, suspiré alargando la hache todo lo que pude. Suerte que es la letra muda del abecedario. 
Me sorprendió que algo así saliera de alguien como ella, porque es una de esas personas que luchan incansables en su batalla en defensa de la sinceridad y de la autenticidad. Pero somos como somos hasta que un día pasa algo o alguien que nos hace cambiar y ver la vida diferente. Le di la razón y cambié de tema. Al día siguiente quedé a cenar con otras dos amigas, entre vino y vino mencionaron el artículo que publiqué hace unas semanas acerca de las NoMo-mujeres que no quieren ser madres-y ambas opinaron que era divertido, sí, pero que nunca diga nunca porque la vida da muchas vueltas. Les di la razón y cambié de tema.

Así va la cosa últimamente, dando la razón y cambiando de tema con tanta asiduidad-suena parecido a ansiedad, pero no tiene nada que ver-que dentro de poco no me quedarán temas acerca de los que hablar. Después de estos dos encuentros en los que tuve ciertas dudas acerca de mi identidad y de la realidad en la que, según ellas, no estoy muy cómoda, el domingo lo pasé plantada delante del espejo preguntándome una y otra vez quién soy. Lo que ves es lo que hay, le dije a mi reflejo. No, no lo es, respondió mi otro yo, busca, busca en las entrañas de tu ser porque encontrarás algo sorprendente. Y, por más que lo intenté, no encontré nada, ni una infancia infeliz, ni un trauma sin resolver, ni tan siquiera una razón por la que tenga que fingir ser otra persona.

Deduje entonces que los demás saben más acerca de mí que yo misma. Saben lo que digo de verdad y lo que digo de mentira, saben que muchas veces no quiero decir lo que quiero decir y que si digo algo en realidad estoy pensando lo contrario. Y lo más fascinante de todo:  Saben qué personaje soy en cada uno de mis libros y qué hay de realidad y de ficción en ellos. Es alucinante. La gente sabe. Me conoce. Me define. Y yo, ¿qué puedo hacer? Darles la razón y cambiar de tema.  
Tú en realidad dices eso, pero no lo piensas. La primera vez que escuché esta frase estuve dando volteretas en la cama toda la noche, como si así pudiera expulsar la reflexión que se supone que le había robado a alguien. Nada. Al amanecer la reflexión seguía en el mismo sitio y ahí decidí dejarla, a pesar de lo que el resto opinara. Algunas personas se empeñan en que pensemos como ellos, y si además son de los que han pasado casi toda su vida a nuestro lado, más todavía. No entienden que exista la posibilidad de que seamos diferentes, ni aceptan que, en un momento determinado, decidiéramos desviarnos del camino. No significa esto que estemos desviados. Tampoco que elijamos el camino equivocado. Simplemente cambiamos de opinión y nos convertimos en las personas que realmente somos.
A lo mejor tienen razón, podría ocurrir que después de una vida fingiendo, de pronto decidiéramos ser nosotros. Por eso ellos afirman conocernos tan bien, porque se habían acostumbrado a nuestra máscara. A nuestra realidad fingida. A la mentira.

Y es que, como diría Cortázar, cansa ser siempre uno mismo, quizá por eso necesitemos dar vida a nuestras otras personalidades, aunque sólo nosotros conozcamos la real. A pesar de lo que digan los demás.

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