lunes, 3 de abril de 2017

Viciosos

Algunas personas pagamos quinientas de las antiguas pesetas por una copa de vino como si tal cosa, y además dejamos propina. Convierto los euros en pesetas por dos razones: porque me hago mayor, y para darme dos sopapos con conocimiento de causa después de pagar. Vamos sobrados. Corrijo, ¿vamos sobrados? Cada uno gasta su dinero en el vicio que le dé la gana, dijo alguien delante de mí durante una discusión subida de tono, y yo, cohibida al ver la vena hinchada de su cuello sólo me atreví a susurrar: las putas no son un vicio, son personas, y muchas están obligadas a venderse… ¡Joder Laura!, respondió antes de consumir su pitillo de una calada, es que te crees todo lo que lees, la que es puta lo es porque quiere serlo, deja de creer en los cuentos de hadas.
Dejé de hablar. Meter en una conversación la palabra puta, hada y vicio no me sonaba melódico. Rítmico. Poético. Sensato. Hay gente que me parece tan repugnante, que no sólo no puedo mantener una conversación con ellos, sino que además despiertan en mí a una salvaje capaz de saltar por encima de la mesa con el cuchillo de la carne en la mano para clavarlo con rabia en la susodicha vena y zanjar así la conversación. No es algo que haga habitualmente, aunque ya saben… son esas personas, esos mediocres… Esos. Por suerte, hace unos años descubrí que, ante situaciones como esta, la mejor reacción es levantarte y largarte sin mediar palabra y sin portar un arma blanca en la mano. Ese silencio es muy doloroso y se clava en el orgullo como un cuchillo en la mantequilla, ¡oh, la indiferencia!   
Cada uno gasta su dinero en lo que le dé la gana, sea un vicio o una donación a una ONG. En esto, y sólo en esto, estoy de acuerdo con el fanfarrón del primer párrafo. Algunos se llevan las manos a la cabeza cuando les dices que has pagado tanto dinero por algo que para ellos es desorbitado e innecesario. Cuando fumaba, pagaba cinco euros (sí, casi mil pesetas) por un paquete de cigarrillos, y además los compraba de dos en dos. ¡La casa por la ventana! Me encantaba fumar. Disfrutaba sosteniendo mis pitillos con los dedos tiesos, y mirando de reojo mientras daba una larga calada, cual diva, aunque fuera en vaqueros y zapatillas. Hasta que, con el paso de los años, empecé a sentirme más rural, más del pueblo y menos glamorosa. Abandoné el vicio, ¡bravo por mí!, y empecé a guardar el dinero que semanalmente me gastaba en tabaco. No sé qué haré con lo ahorrado llegado el momento, aunque a medida que pasan los días, el tema de la liposucción va ganando puestos. Dejar de fumar hace que a una se le hinche el orgullo por haberlo conseguido, pero es una hinchazón global y homogénea, se reparte por el cuerpo haciendo especial hincapié en las caderas. Por esta razón es bueno abandonar el vicio pasados los cuarenta, porque la madurez que se presupone en muchas de nosotras hace que, en lugar de acomplejarnos y esconder nuestra silueta curvy, nos creamos más atractivas que nunca. Y eso es lo realmente importante: que cada cual se sienta sexi, al margen de lo que opine el resto. La de cosas que tenemos que decirnos para justificarnos, ¡qué agotamiento!
                Si mencionara algunos de los vicios en los que la gente, como usted y como yo, se gasta su dinero, su mundo empezaría a dar vueltas y caerían desplomados en el suelo… Masajes con aceites importados de Japón, mechas de peluquería pelo a pelo, comidas en el restaurante recomendado por mis queridas influencers, camisetas de algodón con mensaje, un gin con frutos rojos recién arrancados del arbusto y servido con una tónica con un número concreto de burbujas… Estas son las vidas comunes, porque también hay otras vidas, pero en mi teclado no hay suficientes ceros para hablar de ellas.
Los vicios conviven entre nosotros. Los necesitamos, así como ellos nos necesitan para sobrevivir. Buscamos una excusa para justificar su presencia, pero en el fondo lo único que queremos es darnos el gusto de hacer lo que nos dé la gana, cuando nos dé la gana y además pagarlo con el dinero que nos hemos ganado. Un porque yo lo valgo que diría mi amiga. A lo que yo respondo: es verdad, la vida son dos días. Lo que no siempre tiene consecuencias positivas, pues, tras estos ataques de euforia, vuelve a amanecer y maldigo al universo por haberme empujado a pagar un precio desorbitado por un vestido ideal que no me cabrá hasta dentro de tres meses, porque entonces estaré más delgada, más morena y tonificada y mucho más joven que ahora… ¡Qué capacidad tenemos las mujeres de visualizarnos en el futuro! En mi caso, incluso he llegado a tener cintura de avispa y los ojos verdes en un par de ocasiones. Los caminos de la imaginación son inescrutables. Pero yo soy escritora, así que puedo hacer lo que quiera.
Lo más fascinante de todo esto es que, en este mundo en el que vivimos, tener determinados vicios hace que uno sea más guay y moderno, incluso más chic… Sigo creyendo que deberíamos hacer el pino más a menudo, puede que así lo viéramos todo más claro.

                 

6 comentarios:

  1. Querida Laura, mis lunes son mejores desde que te leo. Gracias por la carcajada para empezar la semana. Que ironía más fina la tuya.
    Un abrazo.
    Nuria

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  2. Por favor. No me puede encantar más leerte. GRACIAS.

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  3. Bravo!!!! Por hacernos sentir identificados en tus palabras, anécdotas e historias. Por hacernos ver que no somos los únicos que saltaríamos esa mesa cuchillo en mano hacia el bocachancla de turno. Y por sacarnos esa sonrisa al hablar de la hinchazón que te ha producido el dejar de fumar. Enhorabuena, por cierto. Emoticono de las palmas aquí, por favor.

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    1. Gracias linda... Qué difícil es mandar mensajes sin emotis, ¿no te parece? Besazo grande

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  4. Hola Laura!!! Te sigo hace unos meses y ya me estoy aficionando a tu estilo y a tu singular ironía. Me gusta mucho cómo describes las situaciones que vives. Gracias por compartir tanto talento. Un abrazo fuerte.
    Pilar

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