jueves, 6 de abril de 2017

No hay mujer más peligrosa que la que sabe la verdad

                Esta mañana he amanecido con uno de esos mensajes escritos por una mente positiva, que advertía al lector: no hay mujer más peligrosa que la que sabe la verdad y hace como que no sabe nada. La que se hace la tonta, para entendernos. Al leerlo he sonreído por varias razones que no pienso aclarar ahora, y he hecho lo único que puedo hacer cuando quiero hablar sin hablar: escribir.
                Tengo amigos y tengo amigas, para ser políticamente correcta y no recibir más sopapos de los necesarios por publicar un artículo que a más de uno le parecerá feminista. Con esta palabra ocurre lo mismo que sucede con el bizcocho de zanahoria, te la intentan colocar donde sea, aunque no pegue ni con cola. Los hombres engañan. No generalizo, sé que hay muchos que no, pero los que engañan hacen tanto ruido, que parece que son más de los que son-y las mujeres también, y las mujeres también, escucho su murmullo y agradezco la puntualización, pero de eso hablamos otro día que unas pocas líneas no dan para tanto-pero, sin ánimo de ofender, decir que los hombres engañan es un hecho contrastado y confirmado por varias damas cornudas, amantes y mujeres de vida alegre.
Y hablo con conocimiento de causa, que a mí también me cornearon años ha, y sí, la estocada dolió bastante porque frente a la mentira y a la falta de lealtad soy bastante vulnerable. Pasé por la fase de no querer creer, de ponerme vendas de colores en los ojos, de hacer oídos sordos… y al final me di de bruces con la realidad. Un hostión en toda regla. Tras lo sucedido, ocurrió lo que ocurre en estos casos: berrinche, llantina, botella de vino por aquí y gin por allá, porqués sin respuesta, rabia e indiferencia… En mi caso, apenas fueron unos meses de relación, así que, tras la escena de Pimpinela, en seguida regresé a mi rutina dando gracias por haberme quitado ese peso de encima. Porque el sujeto era bastante feo, la verdad. ¿Por qué muchos ex son feos? Cuando estamos empecinados en que algo funcione, además de ver unicornios azules por todos lados, nuestros cánones de belleza se alteran por completo. Y esto molesta un poco, no vamos a engañarnos, porque que te pongan los cuernos pues vale, es algo que está ahí, una realidad que te puede tocar vivir o no, pero que sea un feo el que te pone los cuernos… eso es casi tan difícil de digerir como que los pongan con un adefesio. Aunque sea simpática.

Lo que intento explicar es que lo sabemos. No importa que un hombre cambie el nombre de la susodicha en su agenda, o que de repente tenga reuniones hasta altas horas de la noche, o viajes ineludibles de trabajo, debe de ser agotador ser dos personas diferentes cada día. Pero lo que realmente importa es que mientras él recupera la juventud perdida en brazos de otra persona, la mujer está haciendo su vida, planeando su futuro y esperando el momento adecuado para sacar la artillería pesada. Entonces llegan los días de negar la evidencia, de convertir a la susodicha cornuda en una tarada que se inventa las cosas-ojo, y la tarada muchas veces cree que es verdad, que se las inventa-y que sólo fue una noche y ese largo etcétera que, mientras lo escribo, me doy cuenta de lo aburrido que es el asunto. Y cambiamos las perdices y el siempre jamás por la ruptura, peleas, págame, no te voy a pagar, tú una más joven y yo tetas nuevas...
                Cada pareja tienes sus códigos. Y no es necesario que nos entrometamos en sus vidas, porque sólo ellos saben y conocen el acuerdo que tienen firmado. Hay cosas que no cambian, ni cambiarán nunca. Se puede ser más o menos discreto, pero los hombres son cazadores y, de cuando en cuando, les gusta adentrarse en el bosque. La diferencia es que, de un tiempo a esta parte, no siempre regresan con la presa en la mano y terminan su paseo siendo atacados por la propia presa. Tal cual. Una amiga me contó en una ocasión que, cuando se estrenó la película de Atracción Fatal, el porcentaje de infidelidades descendió mucho. No sé cómo se podía saber algo así, quizá hubiera “espías contadores de hombres casados entrando en hoteles”, no tengo ni idea, pero eso me contó. Y yo me lo creí. Y ellos, como son el sexo fuerte-¿por qué se ríen?-olvidaron el argumento de la peli en seguida y volvieron a las andadas… ¡Valientes!
                Pero lo que no llego a comprender, es por qué el hombre ya no regresa a casa con ramos de flores ni con regalos sorpresa, ya ni siquiera se siente culpable, y se pasa el día enfadado y/o criticando al resto del universo por cualquier razón e incluso dando lecciones de moralidad… ¿Y las locas somos nosotras?

De acuerdo.
Pobres infelices, si supieran todo lo que nosotras sabemos.

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