martes, 24 de enero de 2017

Lágrimas negras por la libertad

     Llevo unos días pensando en Eugene Allen, y en cómo se estará revolviendo en su tumba al ver todo lo que está sucediendo a unos metros por encima de su descanso eterno. Soy fan de Eugene Allen desde que conocí su historia, ¿le recuerdan? Quizá les suene más el nombre con el que le rebautizaron para llevar su vida al cine, Cecil Gaines, el mayordomo negro de la Casa Blanca -que, aunque lo parezca, no es un título, sino una manera de referirse a él, como si a mí me llamaran la escritora blanca, por ejemplo-. Aquel mayordomo, al que Forrest Whitaker interpretó de manera magistral hace unos años, acompañado por su mujer en la ficción, la Todopoderosa Oprah Winfrey, en la galardonada película "The Butler". Oh, Whitaker, ese actor con cara de saludar dando puñetazos a diestro y siniestro y al que, sin embargo, dan ganas de estar abrazando todo el rato. Sí, ese mismo. 


Eugene Allen estuvo trabajando en la casa más famosa del mundo desde que aterrizara en ella el Presidente Truman hasta el recién despedido Obama. De hecho, fue en la toma de posesión de este último cuando se le vio llorar como un bebé, lágrimas negras, quizá, por todos los que perdieron la vida durante años en su lucha a favor de la igualdad, por su padre asesinado y sus abuelos esclavizados... No ha llovido tanto desde que los negros llevaran cadenas atadas a los tobillos y cicatrices en sus espaldas, no crean. Décadas antes de que fuera testigo directo de aquella histórica toma de posesión, un Eugene tan trabajador como esperanzado, le había advertido a su hijo que algún día Estados Unidos tendría un Presidente negro. Me sobrecoge escribir tal afirmación, pues parece que, al pronunciarla, estemos hablando de un hecho paranormal, como si ser negro significara ser de otro planeta. Y, en mi caso, cada vez estoy más convencida de que los extraterrestres no están en el espacio, sino que habitan entre nosotros y nos manipulan a su antojo.

     Esta madrugada he amanecido con las letras de un amigo cuya pluma conoceréis -y admiraréis- algún día, y en una de sus deliciosas reflexiones ha escrito: “Pocas verdades conozco tan intachables como esta. Acaso una y nada más, la de que hay pocas sensaciones tan sublimes, tan incomparables, como la de ser un hombre libre, poder reconocerte en el espejo y tener la conciencia tranquila.” Ser un hombre libre. Ese ha sido, gracias a su escrito, mi primer pensamiento del día. ¿Lo somos realmente? ¿Somos libres para hacer y decir lo que nos plazca? ¿Creemos que lo somos? No está del todo claro, sobre todo viendo cómo el país de la libertad y de la invención del american dream, ahora se castiga a sí mismo por haber alquilado la Casa Blanca a una familia tan… ¿esperpéntica? (Gracias Valle-Inclán.) Pero así funciona la democracia al otro lado del charco. Sea como fuere, aunque tuviera menos votos que su rival, este personaje, que parece sacado de un cómic del siglo XXI, es ahora el Presidente de la Nación que más botones tiene para hacer que todo estalle por los aires cuando a él le plazca.

     De cualquier manera, 
en lo que a este asunto se refiere, para intentar impregnar un poco de tranquilidad en este folio, secundaré las palabras que dijo el Papa Francisco en una entrevista que concedió hace unos días: “Ver qué pasa. Pero asustarme o alegrarme por lo que pueda suceder, en eso creo que podemos caer en una gran imprudencia.” De momento, en tres días han pasado muchas cosas por el norte de América, (se han borrado, mejor dicho), pero confiaré en las palabras del Papa. Esperemos y no nos adelantemos. Quizá deberíamos centrarnos en intentar encontrar ese punto fijo que parece que hemos perdido y que nos hace tambalearnos. Pues, tal y como nos recordó el Pontífice unas preguntas después, “Hitler también fue elegido por su pueblo”. Y, si por alguna extraterrestre razón existiera la posibilidad de que Hitler regresara, con tanto miedo como convencimiento, afirmaría que no serían pocos los que le votarían. No hagamos apuestas, por si las moscas. 
     
     Para despedirme, quisiera regresar a la reflexión de mi amigo, a ese “ser libre” sin demora, y a mi apoyo incondicional hacia aquellos que defienden la convivencia en un mundo libre. Sin olvidar que la libertad es una palabra que cada cual define a su antojo, pues no son pocas las acepciones que existen. Yo escojo la definición que incluya, al menos una vez, la palabra respeto en ella. A fin de cuentas, en este país aún soy libre de elegir la que me plazca, ¿no?

4 comentarios:

  1. JOder, escribes de la ostia.
    Perdona, pero no me atrevo a firmar con este comentario. Pero de la ostia, de verdad.

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    1. Perdonado, ¡qué bonito el castellano! Tan contundente siempre...

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  2. Pienso queno no somos libres en su totalidad debido al sistema político y económico que regula la vida en sociedad.

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    1. Muchas definiciones de la palabra libertad, me temo. Un abrazo.

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