miércoles, 28 de diciembre de 2016

Desconocidos

Mateo entró en el bar del hotel mirando a su alrededor, caminó lento hacia el asiento libre de la barra, tarareando la pieza que ahora tocaba el pianista desde su rincón. Se sentó, y con una pronunciación francesa casi perfecta, pidió una copa de vino tinto. A los pocos minutos Blanca apareció por la puerta, vestida de negro y subida en unos tacones imposibles, envuelta en las miradas indiscretas de algunos comensales. Caminó elegante hasta la barra parándose junto a Mateo. ¿Está ocupado este sitio?, le preguntó antes de acomodarse, Mateo se giró hacia ella, manteniendo su mirada un poco más de lo necesario, y sonrió al tiempo que hacía un gesto invitándola a sentarse, gracias, contestó con fingida timidez. Pidió un dry martini.
¿Española?, preguntó Mateo mientras ella jugueteaba con la aceituna que flotaba dentro de su copa. Blanca lo miró y asintió. Lo sabía, añadió después, todas las españolas tenéis ése algo. ¿Ah, sí?, ¿y qué es ese algo?, preguntó ella curiosa. No lo sé… vuestro elegante desparpajo, o quizás sea el acento con el que pronunciáis el francés. Blanca iluminó su rostro con una enorme sonrisa, será eso imagino, contestó. ¿De vacaciones en París?, preguntó entonces Mateo divertido. Algo así, me he tomado el fin de semana libre porque he venido a encontrarme con el amor de mi vida. ¡Vaya!, mi indiscreción bien merecía esa respuesta, disculpa. En absoluto, replicó ella, no pretendía incomodarte, además, ¿quién sabe?... a lo mejor eres tú el que me ha hecho volar hasta aquí… Mateo abrió sus ojos verdes y no despegó la mirada de los suyos, no sabía qué decir, la observó de arriba a abajo, estudio su vestido, sus manos, su peinado, y después de haber analizado cada detalle, dio un último sorbo a su copa de vino. ¿Quieres cenar conmigo?, hay un lugar cerca de aquí donde preparan el mejor pollo a las finas hierbas y… ¡Me encantaría!, le interrumpió Blanca. Mateo dejó un billete sobre la barra haciendo un gesto para que el camarero se cobrara las dos copas. Éste cogió el billete sonriendo, apenas había entendido nada de la conversación, pero imaginarse sus palabras fue incluso más divertido. Observó a la pareja salir del bar, parecen conocerse de toda la vida, pensó, y empezó a agitar una coctelera.

Me llamo Mateo, susurró cuando salieron a la calle, Blanca, dijo ella ofreciéndole la mano con elegancia. Encantado Blanca. Enchanté, respondió forzando su acento con sensualidad. Apenas caminaron dos manzanas hasta llegar al restaurante, la noche se presentaba agradable; el cielo estaba despejado y la temperatura era ideal para pasear y perderse por la ciudad que los observaba entretenida. La cena resultó encantadora, hablaron sin parar, bebieron casi más vino del que sus cabezas toleraron y decidieron dar un paseo para recuperar la cordura ya embriagada. Vagabundearon por las calles sin rumbo fijo, hasta llegar a la terraza de un café en el que encontraron una mesa vacía. Por los encuentros, dijo Mateo levantando su copa, por los encuentros, repitió Blanca imitándole. Y siguieron hablando, perdidos en su universo, compartiendo confidencias, hasta quedarse solos en el lugar.
Envueltos en el repentino silencio de la ciudad, ambos decidieron retomar el camino de regreso al hotel. Al llegar a la puerta se miraron, ¿una última copa?, preguntó Mateo atrevido, Blanca miró al cielo, yo creo que ya casi podríamos desayunar. ¡Perfecto!, contestó él, conozco el sitio ideal para tomar el desayuno en París, la cogió de la mano y se adentró en el hotel dirigiéndose hacia el ascensor. Se paró delante de la recepción, habló con el joven que había al otro lado un momento y se giró hacia ella, ¡todo listo!, exclamó.


Desde la suite, un gran ventanal mostraba la belleza de la ciudad que ya empezaba a desperezarse. Blanca se descalzó y se sentó en el sofá a los pies de la cama. Minutos más tarde alguien llamó a la puerta, ¿esperas a alguien?, preguntó Blanca, sí, a mi mujer, dijo Mateo sonriendo mientras abría. Bon jour, saludó el camarero empujando una mesita cubierta con un mantel, sobre el que había una cesta con cruasanes que desprendían el aroma de estar recién hechos, dos jarras de plata, dos tazas, fruta, multitud de tarritos diminutos, y una jarrita con una margarita blanca. Mateo señaló hacia el ventanal y el camarero siguió sus instrucciones; salió a la terraza y, en menos de un minuto, regresó con la mesita vacía. Mateo le despidió con una generosa propina. Bon jour madame, dijo éste antes de desaparecer por la puerta. Blanca parecía divertirse mirando a su acompañante moverse de un lado a otro, preocupado de cada detalle. Desayunamos ¿no?, preguntó. Salieron a la diminuta terraza, París se veía preciosa aquella mañana, ambos pasearon la mirada por los techos que se perdían en el horizonte hasta detenerse en el perfil de la Torre que de pronto asomó entre dos edificios, otra vez jugando al escondite. Se sentaron junto a la mesa, rodeados de plantas y sintiendo el frescor de la suave brisa matutina.
Horas después, ambos yacían desnudos y abrazados en el suelo del dormitorio frente al ventanal por el que se colaba la claridad de un nuevo día, cubiertos por el suave tacto de una sábana, cómplice de su encuentro. Pasaron así tres días, sin despegarse, entremezclados e insaciables en sus ganas de descubrirse. Tres días, compartidos en una ciudad para ambos eterna. Tres días grabados desde ese instante en las paredes de sus recuerdos, en los que llegaron a olvidar quiénes eran.

En el aeropuerto Charles de Gaulle, los aviones aterrizaban y despegaban sin descanso. Mateo observaba desde su asiento el acelerado ir y venir de los trabajadores transportando las maletas, cochecitos y autobuses, convertidos en diminutas piezas de una maqueta. ¿Está ocupado este sitio?, alzó la mirada por encima de sus gafas y sonrió a Blanca. Estaba más guapa que nunca, llevaba el pelo recogido, el carmín rojo de sus labios y unas enormes gafas. Intuía su mirada brillante escondida tras los cristales, seguía siendo la mujer más bella que jamás había visto. Retiró su chaqueta y el periódico del asiento contiguo al suyo. Blanca se sentó y, quitándose las gafas, se inclinó sobre él dándole un suave beso en la mejilla. Bueno ¿qué?, le preguntó sonriendo, ¿te ha gustado? Él le acarició el rostro con suavidad sin apartar los ojos de ella, ha sido el mejor regalo de todos. ¿Me lo prometes?, preguntó Blanca. Te lo prometo, respondió antes de sellar sus labios con un beso.

Feliz aniversario amor mío, susurró Mateo.
Feliz aniversario, contestó ella, a ver si el año que viene consigues superar esto. Se apoyó sobre el hombro de su marido y, antes de que el avión despegara las ruedas del suelo, cayó en un profundo sueño.

Desde el cielo, se despidieron de la ciudad en la que durante tantos años habían aprendido a reencontrarse; el lugar al que siempre regresaban para recuperar la magia de un amor que había nacido mucho tiempo atrás.



5 comentarios:

  1. Pero qué precioso lo cuentas. Quiero esta historia.

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  2. He paseado por París con ellos, he desayunado en esa terraza y los he visto marcharse... Gracias Laura. Leerte es un placer.

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