lunes, 26 de septiembre de 2016

Un cuento para mis sobrinos


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Mis sobrinos me pidieron que escribiera un cuento en el que los protagonistas fueran un avestruz y un puma. No les confesé lo poco que me gustan las historias en las que los animales tienen voz y hablan como las personas, y me puse a ello. Al menos lo intenté. Me senté delante de un folio en blanco y sólo fui capaz de escribir un nombre, Marcela, que así decidí que se llamaría el avestruz. Nada más.
Mi imaginación se fue directamente al final de la historia, creyendo que así descubriría cómo empezó todo, sin ni siquiera saber qué sucedería en ella, porque lo que realmente me importaba era que algo aprendieran después de terminarla. ¿Qué puedo enseñarles yo?, pensé, esperando que esta pregunta me llevara al comienzo. Pero no, no se me ocurrió nada.
Abandoné a Marcela en el folio que dejé sobre el montón de “futuros proyectos”, y me olvidé de él hasta que ayer, el video que acompaña estas letras, apareció en la pantalla de mi ordenador y me trajo a Marcela de vuelta… ¿Qué quiero enseñarles yo?, me pregunté entonces.

En mi papel de tía, hay mucho que no me corresponde a mí enseñarles, pero por otro lado, hay algunas lecciones que me corresponde impartir si quiero formar parte de su vida. Y sí, quiero. Intentaría que, con mi historia, aprendieran lo importante que es amar lo que haces, disfrutar y esforzarte por lograr tus sueños, y que entendieran que los padres no son magos, aunque a veces lo parezcan. Que hay muchos logros que tienen que ganarse ellos solos con su trabajo y su esfuerzo. Les convencería de que, todo lo que se hace con ilusión, siempre tiene premio. Que los milagros existen, pero que llegan cuando merecemos recibirlos por haber sido persistentes en nuestro sueño.
Marcela hablaría, muy a mi pesar, y ella misma contaría lo mucho que le costó confesarle a sus padres que el sueño de su vida era ser pintora, ¡las avestruces no pintan!, dirían ellos entre risas, y Marcela les contestaría que eso no podían saberlo, porque ninguna lo había intentado hasta el momento. Su padre le hablaría de lo que realmente tenía que hacer, y de lo que era mejor para ella, e intentaría que se olvidara de tremenda locura. Pero Marcela crecería, sacaría buenas notas en la escuela, aprendería a cocinar y sería una atleta de primera. Y, llegado el momento, cuando hubiera cumplido con sus obligaciones, y habiendo demostrado que era un ave buena y sensata, regresaría a sus sueños de artista. Tanto pensó en ello, tanto soñaba con sujetar un pincel con sus plumas, que una tarde, al llegar a casa, se encontró con un lienzo blanco y una caja nueva de acuarelas en la puerta de su habitación. Convencida de que había sido un regalo de su amigo, el puma, salió escopetada de allí, pero al no encontrarlo, caminó hasta el lago, se subió a lo alto de un árbol, y empezó a pintar la puesta de sol que de la que tantas veces había disfrutado.

Sí, algo así escribiría para mis sobrinos, y para los sobrinos que quisieran leerme. Un cuento en el que, al terminarlo, supieran que pueden lograr lo que sueñen, que fracasarán muchas veces antes de conseguirlo, pero que no por ello tienen que rendirse porque eso forma parte del juego. Les hablaría de lo difícil que es, a medida que se cumplen los años, vencer a la frustración. Sería una historia en la que, después de aprender las lecciones impartidas por sus padres, de respetar los valores que estos les inculcan, y de descubrir qué es lo que les gusta y les divierte, entendieran que tener miedo a intentarlo sólo les robará la felicidad.

Ni siquiera sé cómo empezaría la historia, “érase una vez” es un comienzo muy repetido, pero no es mal comienzo si ha inspirado a tantos soñadores. Y, si algo tengo claro, es que en la última escena del cuento, los padres de Marcela estarían sentados en el salón de su casa, mirando orgullosos y sonrientes la puesta de sol pintada por su hija. Pero lo que Marcela nunca sabrá es que, aquel lienzo y las acuarelas que encontró en la puerta de su habitación, las dejó allí su madre, porque ella siempre supo ver lo que otros sólo miraban. 

Para mis sobrinos. Por enseñarme tanto. 

1 comentario:

  1. Pero qué historia tan bonita escrita... Esperamos ese cuento.

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