viernes, 15 de julio de 2016

La rendición de la paz

Indignación Cap. 9


He visto a un padre corriendo con el cuerpo de su hijo en brazos. Su rostro desencajado, la mirada asustada y el pánico envolviéndolos a ambos con una manta invisible; como si esta pudiera protegerlos del terror. He visto a dos ancianos, cogidos de la mano y caminando tan rápido como sus piernas agotadas les permitían hacerlo… He visto la desolación y la incredulidad. He vuelto a ver la locura que provoca la sinrazón.
                La costa azul se tiñe de negro, una frase fácil pero honesta. Niza no es sólo Niza; Niza es Nueva York, Londres, París, Madrid, Bagdad, Siria, Bruselas, Kenia, Ankara… Niza es de nuevo la impotencia, como otras tantas veces. Los crímenes cometidos cerca de nosotros consiguen sensibilizarnos más, porque vemos a los nuestros en la mirada de las víctimas, porque explotan lugares que conocemos y porque vivimos vidas muy parecidas a las suyas. Las víctimas están empezando a convertirse en números que sólo importan a los que les conocieron, la memoria decide borrar atentados como este, fingir que no pasó, para así vivir con una falsa tranquilidad. En los aeropuertos se entremezclan emociones; bienvenidas y despedidas, miradas de reojo, pálpito incómodo al recordar.
                Aunque sepamos que no todos ellos son iguales, el odio intenta convencernos de que sí que lo son, y damos la espalda a las almas inocentes que huyen del lugar en el que crecieron junto a aquellos que hoy quieren acabar con la civilización que no reza su credo, sólo porque un dios invisible así lo pide. Un dios que se lamenta de ver lo que su presencia ha originado, un dios que de haberlo sabido antes, habría pedido a la mano que escribió sus dictados que corrigiera muchas de sus palabras. Pero el fanatismo encontró su justificación, y no se puede razonar con la mente encerrada en una burbuja de acero, la mente que no entiende del respeto ni del amor.
                Otra vez cantará John Lennon en una plaza cubierta de velas y de flores, y se revolverá en su tumba pensando que esta era una canción para evitar, no para recordar. Otra vez las reuniones de los que manejan los hilos de nuestras vidas. Otra vez llenarán sus discursos con palabras pacíficas y de reprimenda. Otra vez un punto y aparte. Otra fecha marcada con un lazo negro… ¿Hasta cuándo?
                Esto es una guerra. Quizá sea la hora de cambiar su definición, porque esto no es diferente a las guerras que hoy estudiamos en los libros de historia; asesinatos repartidos en el tiempo, masacres y lucha por un ideal que defienden los fanáticos deshumanizados, víctimas y lisiados repartidos por los rincones del planeta. Orfandad. Es una guerra, y como tal hemos de afrontarla. No sé cómo, ni de qué manera, yo soy una ciudadana más que sólo puede llorar lágrimas rabiosas y esperar a que aquellos que “dirigen” el mapa, tomen una decisión. Y el final de esto será la Paz, tarde o temprano llegará, pero algo me dice que, para conseguirla, aún quedan muchos cadáveres que enterrar.

                Sólo puedo dar las gracias. Porque la mirada de ese hombre asustado podría ser la de alguien conocido. Porque el llanto de ese niño agarrado a su cuello, podría ser el de un niño que yo conociera. Porque los dos ancianos indefensos podrían ser dos almas inocentes con las que yo conviviera. Doy las gracias porque, una vez más, ni yo, ni ningún ser querido, nos hemos convertido en un nombre escrito en la interminable lista de la barbarie. 

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