jueves, 14 de abril de 2016

Mensaje en una botella

Recuerdo una tarde hace años, recuerdo, recuerdo, recuerdo… 
Una botella de vino, una bonita playa de piedras blancas, y un atardecer inolvidable. El vino se terminó y el destino de la botella fue acabar en lo más profundo del mar, del océano… En el azul infinito. En ella metí un mensaje escrito en una servilleta de papel, puede que la tinta fuera lápiz de ojos, no lo recuerdo. La lancé todo lo lejos que pude, y me quedé con la mirada clavada en ella, esperando hasta que desapareció en el horizonte. Me despedí en silencio y me marché imaginando, imaginando, imaginando...

Imaginé sirenas entonando mis palabras, pescadores ilusionados, marineros navegando. Imaginé un lugar soñado.

A veces pienso en aquel momento, y reconozco que no podría escribir hoy lo que escribí entonces, porque no lo recuerdo, pero pensar en ello me hace sonreír, aunque entonces sólo quisiera llorar. A veces, mientras nado en el agua salada, aquella imagen aparece en mi memoria y me pregunto dónde estará. ¿Llegaría a algún lugar? ¿Seguirá navegando a la deriva? ¡Qué bonito es imaginar cuando es imposible saber la verdad!


Hoy, cuando he despertado, he visto esa playa desde mi casa, lejos de aquella tarde. Y he vuelto al ayer sin moverme de la cama, a aquel momento en el que por un instante sentí que sí, que podría ser; que no me haría daño creer… Es importante hacer todo lo que esté en nuestra mano para lograr lo que anhelamos, porque la suerte está ahí, aunque nos empeñemos en llamarla mala suerte o buena suerte según nos convenga. Pero nos engañamos, ya que somos nosotros los que elegimos los caminos, y tomamos nuestras decisiones, somos nosotros los que tenemos que hacer locuras de vez en cuando para permitir que algo sorprendente e inolvidable nos ocurra. Y ante la adversidad, lo mejor es confiar en nosotros, en la magia de nuestros corazones, y poner todo lo que esté en nuestra mano para hacer que un sueño se haga realidad. Puede que la mayoría de las veces fracasemos, pero el secreto está en levantarse y en darle otra oportunidad a nuestra imaginación… Sentarse a esperar es perder el tiempo. Y perder el tiempo es arrepentirse mañana por culpa de lo que podríamos haber hecho. Cada día cuenta, y de nosotros depende que esto sea así.

Aquella tarde no fue sólo un instante único, aquella tarde hace que sienta que no debo dejar de creer en la magia de la vida, aunque el resto del mundo conspire para hacerme creer lo contrario.

Lancé una botella al mar con un mensaje escrito dentro de ella. Otra cosa tachada de mi lista interminable que se resiste a escribir el punto y final. Ahora sigamos, que aún queda mucho por hacer y la vida, después de todo, no es tan eterna como sueña nuestra ilusión.



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