lunes, 4 de abril de 2016

Las vidas que hay en nosotros

¿Y si al nacer nos dieran un papelito en el que estuviera escrita la fecha de nuestra despedida?
¿Y si ese papelito estuviera en poder de una persona desconocida?
¿Y si esa persona es la que decide qué hacer con él?
¿Y si decide callar para siempre?
¿Y si habla?


 
¿Y si…?
Es una fantasía, pero como sucede en las fantasías, nos permite imaginar qué haríamos si formáramos parte de ella. Qué haríamos si recibiéramos ese papelito antes de tiempo. Me pregunto qué cambiaría en nuestras vidas, ¿cambiaríamos nuestro destino? Difícil saberlo, y mucho me temo que el hecho de no saberlo, es lo que hace que la vida sea más emocionante. Sorprendente, al menos.

Aprovecharíamos cada instante, mientras escuchamos el tic tac de un reloj que nos acerca hasta un momento que ya conocemos con antelación. O puede que, desganados y desesperanzados, nos rindiéramos y decidiéramos que el lento paso del tiempo hiciera con nosotros lo que quisiera, porque nada podríamos hacer para ganarle la partida. Ninguna decisión es la buena, ni tampoco la mala, porque cada cual decide según palpite su corazón o tiemble su alma. Y lo único que sucedería es que seríamos realmente conscientes del paso efímero que se nos regala. 

Cumples años, te haces mayor y la gente se va. Fallece. Muere. La palma. Se esfuma. Desaparece. Que la rabia o el desconsuelo elija la palabra que estime adecuada. Pero nada cambiará la realidad: Fin. Sé que no hace falta que crezcamos para que la gente se marche, es algo que sucede siempre, y que lleva sucediendo por los siglos de los siglos. No hay remedio ni pócima para que esto deje de suceder, sucede y punto. Pero a medida que pasan los años, nos topamos con personas a las que elegimos y que nos eligen, o nos sentimos cautivados por el arte que otros comparten e incluso nos sentimos atraídos por un alma desconocida capaz de removernos como nadie más puede hacerlo. Convertimos a personas que no saben de nuestra existencia, en parte de nuestra vida, sólo porque nos emocionan, o nos arrancan una sonrisa, o un paso de baile, o una lágrima… Nos cambian. Y aun estando en el púlpito sobre el que los colocamos, ellos también se marchan. Para siempre.

No hay nada bueno en la muerte. Y si lo hay, yo lo desconozco. Pero el inagotable optimismo de este maldito teclado, se empeña en llevarme la contraria. Y hay días en los que no tengo fuerzas ni para discutir con él… Algo podemos sacar de bueno cuando el adiós nos pilla por sorpresa, y esto no es más que aprender a absorber los instantes que esas personas, conocidos y desconocidos, nos regalan. Hemos de quedarnos con la sabiduría de sus palabras, y con su emoción contagiada, porque ésta será la única manera de regalarles la inmortalidad. Y no importa si se marchan, se esfuman, se mueren, fallecen o la palman.

Porque aunque haya llegado la fecha escrita en el papelito, siempre estarán vivos en nosotros.

1 comentario:

  1. Qué manera de escribir... me tienes cautivado.

    ResponderEliminar