jueves, 10 de marzo de 2016

Carta del hombre rendido

Yo no quería esta vida. Aunque creía que esto era lo que me tocaba vivir, y me dejé arrastrar por las normas establecidas por mi entorno, pero cuando quise darme cuenta, ya había pasado una década casado contigo.
Estoy harto de escuchar que esta reacción que estoy sufriendo es muy normal en los hombres que llegan a los cuarenta. Y puede que sea así, puede que seamos tan básicos que ni siquiera tengamos personalidad para hacer algo diferente al resto. Pero lo que tengo claro, es que esta no es la vida que me gusta.

Sé que soy un canalla y un cobarde al hablar así, pero por primera vez en mi vida seré honesto conmigo mismo. Porque es lo mínimo que te mereces después de todo. No sé cómo has podido aguantar mis desplantes, mis flirteos con otras mujeres, no sé cómo me has perdonado. No sé cómo has aprendido a apañártelas sin mí, acostumbrándote incluso a renunciar a la cena familiar un día a la semana o a ayudar a los niños a hacer los deberes al menos una tarde. Sé que ésta es la vida que tú querías, y que esperabas más de mí, pero ya es hora de que te quites la venda de los ojos, y que asumas que no soy lo que quieres, no soy lo que mereces, porque mereces mucho más.
Hay días en los que me falta el aire, y sólo puedo respirar cuando estoy fuera de casa. No es que me guste más estar con mis amigos, es que dentro de casa soy una persona que no soy, por eso siempre estoy enfadado y triste. Pero sigo sin entender por qué no te das cuenta. ¿Tanto merece la pena no discutir e ignorarme? ¿Tanto merece la pena seguir en una relación que sólo te aporta obligaciones? Los dos nos estamos convirtiendo en personas rotas por dentro, y nos olvidamos de los hijos que tenemos, que lo miran todo con otra mirada y que preferirían vernos felices por separado que convivir en este lugar que parece un hostal más que otra cosa.

Serán los cuarenta, no lo sé. Pero me siento vivo de nuevo. Y no me siento vivo por culpa de otra persona, sino que ella llegó justo en el momento en el que yo empezaba a despertar. Quisiera ser valiente para decirte todo esto, pero bien sabes que no lo soy, y que busco el conflicto constante para que seas tú la que tome la decisión. Pero tú me ves invisible, te esfuerzas tanto para contentarme que a veces me desquicias. Y vuelvo a enfadarme. Y mis hijos se pelean y me enfado. Y no puedo ver la televisión y me enfado. Y no puedo atender a mi teléfono y me enfado. Y no has comprado mi comida favorita y me enfado. 
Estoy cansado de estar enfadado. Pero no quiero que te sigas haciendo más daño, no quiero que te sigas engañando. No quiero seguir hablándote como si fueras un animal. Porque no, por mucho que te empeñes en lograrlo, nunca volveremos a ser los que fuimos un día. Porque nunca me gustó ser aquel hombre.

Soy lo que ahora ves.

Soy la oscuridad de la luz que te conquistó.

Esta carta sólo podría ser escrita por alguien miserable, y asumo que yo lo soy. Pero es algo que no puedo evitar. 

1 comentario:

  1. Completamente de acuerdo: Un miserable. Qué típico todo. Miles de excusas cuando solo hay una razón: se siente rejuvenecer con una más joven. Me ha gustado el relato.

    ResponderEliminar