lunes, 15 de febrero de 2016

Carta a Violeta

Querida Violeta,

Han pasado ya siete meses y siete días desde que te marchaste, y hoy, después de tanto tiempo, por fin te escribo las letras que siempre me pediste. Intenté escribirte en muchas ocasiones, pero nunca fui capaz de terminar. Siempre llegaba a un párrafo en el que por una razón u otra, me quedaba sin palabras. Pero hoy no me levantaré de esta silla hasta que no ponga el punto y final. Lo prometo.

Ayer despedí a un amigo de la infancia. Pasé a su lado los últimos días de su vida, hasta que decidió rendirse en su lucha contra esa maldita enfermedad que a tantas personas nos ha arrebatado. En estas semanas, he tenido la oportunidad de hablar con él mucho más de lo que lo hemos hecho durante los últimos años. Es curioso cómo apuramos el tiempo cuando sabemos que la despedida es inminente, pero es mucho más increíble que seamos capaces de despertar algunos sentimientos, justo en el instante que precede a nuestro eterno adiós. Al final, después de escuchar muchos de sus lamentos y palabras de arrepentimiento, me consuela saber que consiguiera perdonarse antes de sumirse en su último sueño.

Me he pasado toda la noche llorando mi pena, sentado en la barra de un bar, y no quiero resultar dramático contándote esto, pero quiero explicarte la razón por la que he elegido este día para escribirte mis letras prometidas. Has pasado la noche conmigo. He imaginado qué me dirías, y cómo lograrías arrancarme la sonrisa que soy incapaz de fingir. Una vez más he vuelto a recordarte, así como lo he estado haciendo cada día desde que te marchaste, con un para siempre que has respetado hasta la fecha. Y al recordar nuestra despedida sin palabras, aún puedo escuchar el maldito sonido de las ruedas de tu maleta alejándose calle abajo, y te observo escondido detrás de la ventana suplicándote que te des la vuelta por última vez. Pero nunca lo haces, porque no lo hiciste entonces, porque te fuiste sin mirar atrás, tal y como me advertiste que ocurriría.

Cuando pienso en ti lo hago con nostálgica alegría, paradojas mías, ya lo sabes; pero un instante después de traer a nuestro recuerdo de vuelta, ya me estoy lamentando de nuevo. Me enfado una y otra vez conmigo mismo, no sé cómo no pude verte cuando estabas a mi lado, cómo no disfruté más de tu compañía, y tampoco entiendo cómo fuiste capaz de quedarte conmigo durante tanto tiempo. Y ahora, al pensar en ello, me doy cuenta de que era verdad, que estabas enamorada de mí, y que por eso me perdonaste una y otra vez cuando solo merecía el portazo de tu adiós. A veces, en mis noches insomnes, escucho tu voz hablándome en susurros, siempre diciendo cosas bonitas e inventando historias para tranquilizarme, y yo, ¡imbécil de mí!, te pedía un poco de silencio… Sin embargo, no soportaba dormirme sin estar abrazado a tu cuerpo, ni despertar sin sentir el aroma de tu piel. Te amé cada segundo que pasé contigo, te admiré y te adoré aunque no supiera demostrártelo, a pesar de que a veces la locura se apoderara de mis noches, creyendo que todo lo demás era más divertido que tu compañía. Aunque de nada sirva ahora, necesito decírtelo una vez más: te quiero como nunca lo he hecho, y como sé que nunca volveré a hacerlo.

Me siento un imbécil escribiéndote ahora, ¿para qué?, te preguntarás, porque yo también me lo pregunto. Puede que esto no sea más que fruto de la pena que me ha regalado esta última semana, que he pasado junto a mi amigo. O que no quiera que pase un día más sin hablarte, o que no sea más que otra muestra de mi egoísmo, una manera de liberar la culpa que tanto daño me ha hecho a lo largo de los últimos meses. Sé que soy un cobarde por no ir a buscarte, aunque siga convencido de que mi verdadero hogar está donde tú estés, y que solo a tu lado podría encontrar la paz que tanto tiempo he estado buscando en los lugares equivocados… y a pesar de saberlo, me quedo aquí sentado, incapaz de moverme, incapaz de ir a por ti. Sigo siendo un cobarde.

Prometimos amarnos cada día como si fuera el primero, ¡pero contigo era tan difícil!, nunca entendí por qué me elegiste a mí, siempre creí que yo no era suficiente, pero al recordar tus letras y todos los días que me regalaste, me doy cuenta de lo equivocado que estaba… Yo lo era todo para ti, y aun así te dejé marchar. Prometimos no pedir perdón ni darnos las gracias, pero ahora soy yo el que te pide perdón, y no por haberte decepcionado, sino por no creer que tu amor fuera de verdad. Y te doy las gracias, ¡claro que te doy las gracias!, por todo lo que me enseñaste y por la persona que fui estando a tu lado.

Mi querida Violeta, no le pediría una segunda oportunidad a la vida, porque sé que no la merezco. Pero si un deseo me fuera concedido, rogaría dar marcha atrás en el tiempo, y encontrarme contigo de nuevo, siempre que el encuentro ocurriera mucho tiempo antes del día en el que nos conocimos. Para que descubrieras a un hombre diferente, al hombre que fui antes de haber sufrido por culpa de las decepciones de mi corazón, antes de sumergirme en el oscuro pozo del que sólo tú pudiste rescatarme.

No quiero que esta carta suene a despedida, simplemente quiero hablarte como creo que mereces, para decirte que fuiste el amor de mi vida, que no he dejado de recordarte y que nunca nadie ocupará tu lugar, porque no creo que exista una persona que me ame de la misma manera, que me abrace como tú lo hiciste y que me respete incluso en mi locura.
Ahora me despido, no con la esperanza de encontrarme contigo de nuevo, pero sí con la ilusión de volver a ver esa mirada tuya que me enamoró nada más verla, y que aparece cada noche justo en el instante antes de encontrarme contigo en mis sueños.

Te quiero,



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