lunes, 16 de enero de 2017

La mujer vintage

Se sonroja con el piropo y baja la mirada. 
Se finge tímida, aunque no lo sea. Mantiene una distancia prudencial, protege su espacio y sólo deja que este sea invadido cuando esté preparada para la invasión. Se pinta los labios y se atusa el pelo, dos gotas de perfume son suficientes, se viste y se desabrocha el botón de la blusa, sólo ese, porque a la mujer vintage le gusta insinuar y dejar que sean las imaginaciones las que inventen lo que ella no enseña.

A veces observa desvergonzada, pero se queda impasible, no da un paso ni hace un gesto que la convierta en la cazadora. Ella espera, paciente, a que el conquistador encuentre la valentía para tocarle la mano, preparada para asestarle un sopapo sonoro si este se sobrepasara. Se convierte en un reto para el hombre, que la transforma en su musa y en la razón de sus despertares. La mujer vintage es romántica, cree en el amor para siempre, asume que no será fácil vivir junto al hombre elegido, pero no se rendirá, porque se sabe segura y fuerte. Pelea y lucha cada día por lo que le pertenece; por su vida y su sueño cumplido. Y donde algunos ven a una mujer sometida, otros descubren a una mujer que vive como soñó, fuera la que fuera la razón de ese sueño.

Hubo un tiempo en el que las mujeres callaban por vergüenza o por miedo, en el que las casquivanas andaban escondiéndose en las alcobas anónimas, evitando ser vistas y señaladas por el dedo de aquellas que se escandalizaban por su libertinaje. Mujeres escondidas en las faldas de otras, no por modernidad, sino por amor.
Un tiempo que empezó a terminar con la llegada de la lucha por las igualdades, y con el despertar del movimiento feminista, tan convencido y atrevido, que fue imposible pararlo. Mujeres valientes que abanderaron la lucha en contra del hombre privilegiado, que lograron poner en el mismo plano y a la misma altura, a ambos sexos. Mujeres a las que tenemos mucho que agradecer y aplaudir, aunque una vez iniciada la revolución ya fuera imposible pararla. Lograron que tuviéramos los mismos derechos, que las obligaciones nos equipararan a lo que algunos definen como el sexo débil, y que se nos tratara con el mismo respeto con el que se les trataba a ellos. Nos convirtieron en personas, básicamente. Pero mirando de reojo lo que fue y lo que hoy sucede, se podría decir que la revolución se nos fue de las manos.

Queríamos ser iguales, pero puede que no tanto. Porque ahora se descubre en la mujer un comportamiento varonil a veces, que no es masculino, sino el robo de unos roles que no le pertenecen; una seguridad para llevar las riendas de su vida que va más allá de la defensa de su dignidad, y un alejamiento de la creencia, también vintage, de que el hombre sigue siendo responsable de muchas circunstancias. Costumbres diluidas en un tiempo en el que se logró sobrepasar la meta que en un principio se quería alcanzar, atrevimiento de la mujer para hacer o decir lo que hasta entonces solo le correspondía al hombre.

La mujer de hoy se ha ganado un respeto que no tenía cuando era considerada un mueble o un florero, dependiendo de su belleza, y su triunfo la ha colocado en un lugar en el que a veces es confundida con el hombre. La conquista es suya, la toma de decisiones, la palabra malsonante y la cuenta del restaurante. Detalles que lejos de ser machistas, lo único que han hecho ha sido alejarnos a todos, hombres y mujeres, de ese universo que antes compartíamos sin mezclarnos más de la cuenta, en el que los roles, lejos de humillar o de ofender, nos colocaban a cada cual en nuestro lugar. Un universo en el que los valores, otra palabra vintage, definían nuestra actitud. Y parte del castigo se resume en la perfección que se le exige a la mujer, en los cánones de belleza imposibles de copiar, en la madre trabajadora inagotable, en la que todo lo entiende..., pero no, no todas quieren ser igual que los hombres. Porque esa igualdad es irreal, se puede alcanzar en el plano social y educativo, pero la persona escondida detrás de cada sexo siempre será diferente, a pesar de las revoluciones y de los cambios. No, no somos iguales para todo. Ambos sexos somos diferentes, y eso nos hace especiales.


La mujer vintage mira desde lo lejos con asombro, satisfecha por todo lo logrado, aunque se intuye en su mirada un halo de añoranza, por esos tiempos en los que todo iba más despacio, en los que cada paso se daba con calma y cada palabra se susurraba honesta, porque se creía en eso. En el amor y en las personas… sin que importara su sexo.

La mujer vintage creía en el romanticismo, y esta sí que es la más vintage de todas las palabras. 

Ver también El hombre vintage

No hay comentarios:

Publicar un comentario