sábado, 2 de enero de 2016

La agenda de las ilusiones

Celebremos o no el fin de año, o el inicio de uno nuevo, todos hemos dicho adiós a una etapa de nuestras vidas, en la que una parte de nosotros se ha quedado en el pasado para siempre. Aunque el pasado todavía sea ayer. Hay un momento en el que el ser humano, sea o no organizado, siente la necesidad de ordenar su historia. De colocar en parcelas invisibles las épocas o los instantes que protege con recelo, deseando no olvidarlos nunca, aunque jamás quiera verlos regresar. Escribimos el punto y seguido en nuestros diarios, porque, aunque nada cambie, necesitamos encontrar una razón que justifique nuestra ilusión por seguir caminando.

Definimos las pautas de nuestro futuro inmediato, y pronto nos daremos cuenta de lo poco que creíamos en esos propósitos que, por un instante, hicimos responsables de nuestras emociones. Pero esos picos de euforia en los que nos tambaleamos cuando nos visita la novedad, de pronto nos lanzan al vacío para colocarnos en el punto de partida. Otra vez. De nuevo con los pies en el suelo, de nuevo en nuestra realidad, lejos de un cielo que casi creímos tocar con la yema de los dedos…

Pero, ¿qué sería de nuestra vida si no existieran las ilusiones? Nada. Seríamos cuerpos inertes, miradas vacías sin brillo, risas sin carcajadas, llantos sin lágrimas. Nada. No seríamos nada. A veces necesitamos ver la alegría en los demás para contagiarnos, creer las palabras que otros inventan emocionados para que creamos que todo es posible. Nos ayudan a convencernos de que somos mucho más importantes de lo que nosotros creemos que somos, y nos lanzamos valientes a cumplir un sueño que creíamos imposible. El miedo huye despavorido, e incluso conseguimos hacer que desaparezca de nuestro calendario recién estrenado. Nos convertimos en dueños de nuestro destino, y escribimos con seguridad los capítulos de lo que un día será nuestra vida, impidiendo que sea el azar el que ponga las letras en una historia que no le corresponde… Y este es un instante por el que todos hemos pasado, sin excepción. Algunos más de una vez, y sé de lo que hablo.

Nos sentamos delante de un folio virgen, y con la mano temblorosa comenzamos a escribir una lista que convertiremos en la razón de nuestros despertares. Intentaremos no alargarla más de la cuenta, porque la energía se disipa cuando tiene que repartirse entre muchos, lo simplificamos todo en tres o cuatro puntos. Eso sería lo perfecto. No hay que ponerse retos que estén más cerca del milagro que de lo posible, y cada cual conoce dónde está situada la delgada línea que los separa. Lo único que de verdad importa es que lo que escribamos salga del corazón, y que no dejemos que sea nuestra cabeza la que dicte las palabras. No nos sintamos obligados por lo que los demás piensen acerca de nosotros, y no escribamos lo que creemos que debemos de escribir. De nada servirá proponerse cumplir algo que no nazca de nuestra ilusión. Seamos valientes a la hora de confesarnos, y no nos escondamos bajo los faldones del disfraz de la apariencia.

Empezamos.

Empecemos.

Para muchos este momento es un punto y aparte, para otros tan solo una coma. Porque nuestra vida tampoco tiene que cambiar. No es necesario. Pero, así como soplamos un deseo al apagar las velas de nuestra tarta, también podemos hacer que este instante en el que los números de nuestros calendarios suman una cifra, marque un antes y un después, no en nuestras realidades, sino en quiénes somos. El ajetreo del día a día a veces nos impide hacer balance, así que este es un buen momento para pararnos un segundo, respirar y pensar en todo lo acontecido, estoy segura de que lo bueno rellenará más páginas que lo malo, pero esta maldita memoria a veces se pone tan negativa que se empeña en castigarnos con los recuerdos tristes. Pensemos desde la distancia en aquello que hicimos o que no hicimos, y demos un paso adelante, atrevámonos a ser diferentes, arreglemos lo estropeado, digamos lo callado y seamos perseverantes para alcanzar ese sueño.

Siempre me ha gustado nadar contracorriente, no porque así lo deseara, sino porque sentía que era así como debía de vivir. Pero es este un día en el que no solo hago lo que hacen muchos, y me permito escribir mis deseos en un papel, sino que además pongo todo mi empeño en contagiar a los que están cerca, invento rituales que termino por creerme y me convierto una oveja feliz del rebaño. Pero ¿qué quieren que les diga?, cuando uno escribe con el corazón, cuando despierta cada día recordando cada punto de la lista, y siente que su camino es el correcto, todo encaja. Y los sueños terminan por cumplirse. Y es entonces cuando recordamos que todo empezó aquel día, cuando nos atrevimos a soñar por primera vez.

Creer que es posible es el primer paso para conseguir que esto suceda.


Feliz despedida, o feliz nuevo comienzo. 





4 comentarios:

  1. Laura es un auténtico placer leerte. Te conocí en una fiesta hace un par de años y desde entonces te sigo. Incluso estuvimos unos días mensajeandonos y pude conocerte un poco más. Luego de repente desaparecí. Error de los grandes, porque sé que eres una gran persona. Saludos

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    1. A lo mejor no es un error, cuando se desaparece siempre hay una razón, aunque no se comparta. Las despedidas están sobrevaloradas...
      Un placer verte por aquí, sin verte...
      Feliz 2016.

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  2. Gracias Laura. Qué razón tienes.Volveremos a vernos.
    Feliz año para ti también.

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