miércoles, 1 de marzo de 2017

El hombre vintage

Nacieron en otro tiempo, allá en el siglo pasado. Recibieron una educación parecida a la que hoy se aprende, pero diferente a la que hoy se enseña. Eran días en los que las personas se vestían con las prendas que ahora se venden en tiendas de segunda mano, esas con aroma a nostalgia y a naftalina; eran días en los que los valores justificaban la toma de decisiones. Sí, eran otros tiempos..., en los que los políticos se peleaban, como hoy; y las barras de los bares se sostenían gracias a los codos cansados, como hoy; tiempos de sequía o inundaciones, como hoy. Pero, aun así, eran otros tiempos.

Entonces algunos hombres se escapaban de su realidad para regocijarse en los brazos de su querida, esa mujer odiada por el resto de las mujeres y cuya única función era hacer que los maridos fueran un poco más felices. Amantes, dicen ahora. Eran tiempos en los que el hombre se esmeraba para ser un galán; acariciaba el ala de su sombrero e inclinaba la cabeza para saludar, deleitaba a sus acompañantes con palabras graciosas y ocurrentes, y evitaba ser ordinario delante del género femenino. El decoro, decían. Pero en el tiempo que ha transcurrido desde aquella época hasta esta en la que hoy vivimos, algo ha cambiado. Mucho, dicen. Demasiado, digo yo.

Hoy aún queda vivo alguno de aquellos hombres, de los que abren la puerta para dejar pasar, que hablan sin ofender y que respetan a la persona que tienen delante, sólo por el hecho de ser mujer. No era otra educación, es educación, sin más; gestos inherentes al macho con clase. Hombres que jamás mencionaban un amor del pasado y que no alardeaban de las muescas en el cabecero de la cama, por respeto a aquel amor. Confesiones que normalmente se hacían a los amigos del scotch compartido o a las mujeres que trabajan en la profesión más antigua del mundo. Y ahora es cuando el machismo se enfrenta al feminismo para criticar esto. Paradojas.

Pero algo sucedió, algo pasó para que aquellos hombres pasaran a ser vintage y se convirtieran en el hombre moderno. Algo ha hecho que sus conversaciones se conviertan en monólogos y que hablen como si estuvieran haciéndolo con un amigo. La elegancia en el vestir pierde su sentido cuando las palabras no acompañan, la insinuación no tiene cabida ahora en un mundo en el que todo va rápido, donde en muchos casos las citas se multiplican, algunos alternan cada dos noches y nadie tiene tiempo para conquistar. Los hombres no quieren ser vintage, y por eso se comportan como los jóvenes que habrían sido de haber nacido en este tiempo. Esconden sus complejos detrás de su ego, y prefieren arrimar su deseo a la persona que no pregunta, que no habla y que no opina, a la que no cuesta trabajo engatusar. No tiene tiempo para perder el tiempo, no se enamora como lo habría hecho en el otro siglo, no persiste en su conquista, ha asumido que es el cazador que siempre fue, pero ahora alardea de ello.

Es el paso del tiempo el único culpable, el despertar de la mujer moderna e independiente, el rápido pasar de las horas en días que parecen cada vez más cortos, los cánones de belleza establecidos por las portadas de las revistas, el alardeo absurdo, la extraña creencia de que hay que vivir al máximo cada instante, y no perder el tiempo. Pero las flores de los jardines no crecen más bonitas por regarlas más veces, hay que cuidarlas, ser pacientes mientras se espera su crecimiento y ver cómo el capullo se convierte en algo bonito. En caso contrario, todas acabaran muertas, como ocurrirá con nosotros, cuando pase el tiempo. 

Ver también La mujer vintage

9 comentarios:

  1. No sé si ahora, de modo mayoritario, ocurrirá eso que dices de que "las citas se multiplican, se alterna casi cada noche y nadie tiene tiempo para conquistar". Sí que es cierto que unas y otros de los que gozan narrando sus vivencias amorosas en la tele, suelen contar por decenas o centenas sus "conquistas" y eso tal vez haga que alguna gente normal (los que salen en la tele suelen ser poco normales) intente emular a esos "referentes vitales" que con tanto ahínco nos muestran.

    No obstante yo diría que lo que más abunda es gente normalita, de esa que no tiene tanta facilidad para la conquista amorosa (vintage o modernizada) y que fracasa unas pocas veces hasta que consigue el éxito o renuncia tras tanto batacazo (para siempre o hasta que se reponga de los moratones).

    Ahí queda mi teoría carente de fundamento que ha servido para pasar un rato antes de ponerme a cenar.

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  2. ¡Hola Pablo!, qué bien verte por aquí. Estoy de acuerdo contigo, tenemos carencias en lo que a referentes y ejemplos se refiere.
    Gente normalita siempre hay, ¡míranos a nosotros!, pero de un tiempo a esta parte, son muchas las conversaciones en las que he escuchado algo acerca de esos hombres que fueron y que yo no son... Pendiente el artículo de la mujer vintage, que no quiero que se me tache de feminista o cualquier palabra que acabe en -ista o -idiota...
    Buena teoría, y feliz cena.

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    1. Te veo muy "chisposa" con eso de -ista o -idiota. Pero con eso de que somos normalitos, te has pasado. A mí me encanta ser raro. ¡Exijo que retires ese "insulto" o nos veremos en los tribunales!

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    2. No te enfades hombre, que lo raro es ser normal. Así que somos raros. Seamos.

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  3. donde dije yo no son, léase ya no son... ¡glub!

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  4. Me encanta haberte descubierto, he leído casi todos tus artículos del tirón. Me haré con tus libros, porque algo me dice que tienes mucho futuro. Tiempo al tiempo. Un saludo y gracias.
    DN

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    1. Muchísimas gracias DN, me encanta que me hayas encontrado si eso te arranca una sonrisa (rabiosa a veces, lo sé). Un abrazo.

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  5. Laura Riñón tiene estilo propio. Ideas claras, y valentía de contarlas. Me gusta y mucho.
    @calleversato

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    1. Cuando conquistas la valentía, ya nunca perderás... aunque pierdas. Un abrazo Noodles.

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