sábado, 12 de diciembre de 2015

El mejor regalo

Campaña publicitaria de IKEA (ver antes de leer):

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Imagino que muchos dirán que el anuncio al que hago referencia no es más que un buen anuncio, y que los publicistas consiguen hacernos creer una realidad diferente. Pero así como sucede en las películas o en los libros, en los que cada cual elige qué creerse y qué no, yo elijo creer en la verdad de este en concreto…

La vida nos ha empujado a dar vueltas en una espiral en la que lo importante es lo que tenemos y no lo que somos. Las personas clasistas se multiplican,  juzgan según cuál es nuestro trabajo o por el lugar en el que vivimos, en vez de centrarse en la persona que somos y en nuestra esencia. Las horas del día se reducen por culpa de las obligaciones que nos imponemos (y que nos imponen otros), y nuestras agendas completan sus páginas llenando cada uno de los huecos que queden libres, y casi siempre olvidamos reservar algo de nuestro tiempo para lo que debería de ser prioritario: disfrutar de las personas que queremos. No se trata de irnos de viaje a un lugar paradisíaco, ni de salir a cenar cada noche, no es necesario hacer algo extraordinario cada vez que queramos recuperar el tiempo perdido. Todo es más sencillo, y así como aprendemos a hacer el resto de las cosas, en este caso también podemos aprender: se trata de organizar nuestro tiempo y establecer un orden de prioridades.

Un abrazo puede robarnos diez o veinte segundos de nuestro tiempo, dependiendo de la intensidad del mismo, leer una o dos páginas de un cuento nos roba diez o quince minutos, dependiendo de la emoción con la que entonemos las voces de los personajes, cocinar un bizcocho en familia nos arrebata una hora de nuestros relojes, dependiendo de la habilidad con la que se rompan y batan los huevos… y dar dos patadas a un balón, eso son palabras mayores, porque lo que empieza por dos chutes termina siendo el partido de nuestra vida. A veces es necesario parar una décima de segundo, soltar una carcajada que contagie a los que nos rodean, subir el volumen de la radio y bailar una canción cualquiera, disfrutar de la compañía de los que queremos, y dedicarles una palabra bonita. Aunque creas que no es necesario decir lo que crees que ya saben. Ese instante efímero les puede alegrar a ellos la vida tanto como a ti.

El hecho de saber que alguien deja de hacer algo, para pasar contigo una parte de su tiempo y compartir una copa de vino o una conversación, es el mejor de los regalos, y hay instantes que se quedan dentro de nosotros toda la vida, lo que no siempre sucede cuando se regala un presente al que el tiempo golpea, envejece o acaba destruyendo. Pero por desgracia nos hemos acostumbrado a responder con un “eso es imposible, yo no tengo tiempo, ¿tú sabes la vida de locos que llevo?”, y no nos paramos a pensar que estos días no vuelven, y que a lo mejor pidiendo ayuda aprendemos a organizarnos mejor, y podremos replantearnos qué es lo verdaderamente importante.

Por eso no hay mejor regalo que un momento, y cada cual que decida qué hacer con él cuando quiera regalárselo a sus seres queridos. No olvidemos que lo único que se queda con nosotros para siempre es el amor, porque todo lo demás acaba desapareciendo. Olvidado en el cajón de los recuerdos que dejaron de ser importantes tiempo atrás.


Disfruten y sean felices. Hoy no volverá a ser hoy nunca más. 


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