miércoles, 14 de octubre de 2015

Por los sueños de los niños

Durante los días de felicidad el tiempo se empeña en correr más rápido de lo normal. Por esta razón, no sé si han pasado días o semanas desde que ocurrió lo que hoy me dispongo a contar, pero con seguridad diría que no han pasado más de dos lunas llenas…

… Por casualidad, descubrí una historia que escribí hace años escondida dentro de una carpeta, que aguardaba aburrida en el fondo de una de esas cajas mías (que existen de verdad). Esas cajas arrugadas por los años, y cubiertas de polvo. Y al tocar el folio escrito con  mi pobre caligrafía, sucedió lo que solo sucede gracias a la magia; me transporté de inmediato a un tiempo pasado, a un aula vacía llena de mesas de color verde, en la que había una pizarra de color verde, una puerta de color verde, y una profesora de… sigamos. Me acerqué hasta ella caminando despacio, mientras rebuscaba en mi mochila con la mano temblorosa, y casi susurrando le ofrecí mi obra de arte forzando una sonrisa que pretendía parecer orgullosa, es que a mí me gusta mucho escribir, le dije. Ella me miró como los que miran sin interés, es decir me miró sin mirarme, cogió el folio desganada y cuando me disponía a salir corriendo de allí, tal y como corría la protagonista de mi humilde relato, su característico grito autoritario me frenó en seco. Mientras paseaba sus ojos por las letras que había escrito casi a escondidas, escuché la carcajada de un dibujo animado dentro de mi cabeza, que no cesó hasta que mi maestra rompió el silencio con un suspiro, un bufido o un sonido que no consigo definir. Me lo entregó con la misma vehemencia con la que me lo había arrebatado segundos antes, esta vez mirándome fijamente, está bien, dijo, si te gusta escribir: escribe, pero que sepas que escribir es algo muy difícil y que no todo el mundo sirve… No me dio un sopapo, pero después de tanto tiempo, al recordar esto, aún siento un cosquilleo en mi mejilla.

Y le di las gracias, aunque todavía no sé por qué.

Salí de allí disimulando mi derrota, al fin y al cabo ella era la única persona a la que le había confesado mi pasión secreta, y si nadie más sabía de ello hasta entonces, no había razón para preocuparse por las críticas de los demás. Llegué a casa, guardé el folio dentro de la misma carpeta que recuperé hace unos días, y acto seguido abrí un cuaderno nuevo en el que empecé a escribir los pensamientos del que sería mi primer diario… Y hay más de veinte.

Soy una ladrona de vidas, usurpadora de palabras ajenas que ordeno en mis libretas, para inventar una historia en la que a veces me siento la protagonista. Y no, no siempre son mis vivencias. Pero hoy el insomnio me ha despertado con un grito, pidiéndome que me pusiera a  escribir esto, y no soy yo de las que ignoran las órdenes dictadas por el insomnio, y si lo he hecho creo que es por una razón muy clara: por mis sobrinos. Y por los hijos de mis amigos. Y por los amigos de mis sobrinos, y los amigos de los hijos de mis amigos. Por todos. Porque los veo crecer, y no hay día que pase que no descubra en sus miradas un brillo nuevo o diferente, porque cogen la raqueta empuñándola con la seguridad de un ganador para días después olvidarla en la bolsa de deportes y cambiarla por un balón, porque los miro mientras pintarrajean en un folio un dibujo imaginado, y les escucho leer cuando se pierden en la historia que cuenta su libro nuevo. Sí, es por ellos, por esos niños que sonríen emocionados cuando les aplaudes al escucharles tocar bien dos notas de la flauta que un día fue nuestra, cuando te reciben haciendo volteretas imperfectas o repitiendo a voz en grito la tabla de multiplicar, y cuando sueltan una carcajada al dar la primera pedalada en su bici sin manos adultas que los sostengan… Por eso comparto esta historia; por las manchas en sus delantales cuando preparan por sorpresa su primer desayuno, y cuando se recrean durante horas haciendo un puzle y dando una lección de paciencia a padres, tíos, abuelos o cualquiera que pase por allí. Por los niños que miran los mapas y se imaginan cómo será el mundo más allá de sus hogares, los que presumen de su perfecta caligrafía, y los que miran con admiración a sus padres pensando que algún día serán como ellos…

Que la maternidad pasara de puntillas por mi lado es algo que yo no elegí, pasó y punto, pero eso da igual ahora, porque tengo la suerte de haber sido testigo de la llegada y del crecimiento de varias personitas a mi alrededor. Y cuando ocurrió lo que hoy cuento, cuando recordé aquel día y el instante del sopapo que nunca recibí de mi profesora de lengua, lo primero que hice fue pensar en ellos. Y también pensé en los más mayores, en aquellos que no tuvieron mi suerte manteniendo viva su ilusión secreta,  y que después de más de dos décadas aún siguen soñando con lo que soñaban tiempo atrás. No puedo evitar que una persona como aquella aparezca en sus vidas, y haga desaparecer su ilusión con un simple chasquido de dedos, pero lo que sí que puedo hacer es seguir estando presente en sus días, no animarles a que sean una estrella del deporte, ni los más listos de la clase, ni tampoco a que sean los más educados, ni los más guapos… no, eso no puedo hacerlo, pero creo que todos los adultos, todos sin excepción, tenemos la obligación de estar presentes en sus vidas, de animar y apoyar sus ilusiones, aunque estas signifiquen decorar una sencilla caja de zapatos, no importa, porque creo que un simple gesto cómplice,  y un discreto aplauso bastarán para que el sueño de cualquier niño, no se quede escondido en una caja hasta que sean adultos. Porque seguramente en ese  momento ya habrán perdido la inocencia y la valentía innata en cualquiera de ellos. Y sé de lo que hablo.


No compartiré las letras que mi juventud enterró antaño, porque al pensar en esta posibilidad, puedo ver a la niña que las escribió dando zancadas y huyendo atemorizada a esconderse en cualquier rincón. Pero todos tenemos la posibilidad de poner nuestro granito de arena, para hacer de este un mundo mejor, y no olvidemos que este mundo algún día será de ellos. De esos niños que hoy pasean por nuestro lado, y que aún no saben que lo más importante de la vida es respetar, ser buenas personas y soñar, soñar, soñar… 


Dedicado a Ernesto, Elena, Alejandro, Hugo, Alba y Lucía. Gracias por hacerme mejor persona.

3 comentarios:

  1. Maravilloso. Hoy se lo leeré a mis hijos. Gracias.

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  2. Muy bonito.. Serías una gran madre al igual que eres una gran tía de tus sobrinos....Espero poder coincidir el año que viene por estas mismas fechas en el avión, al mismo destino con el mismo propósito, pero esta vez tu sentada 2 filas más atrás....

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  3. Muchos padres no son conscientes que su mayor responsabilidad es dar seguridad a sus hijos, valorando siempre lo positivo y sin despreciar lo que te enseñan ilusionados. Y, por supuesto, fuera comparaciones. Es una historia que me transporta a mis días de colegio -no siempre felices-, aunque en mi caso los profes creían en mí quizá más que yo misma.

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