lunes, 8 de agosto de 2016

Escribir con el alma desnuda

Escribir debería ser una obligación, una rutina que todos cumplieran sin rechistar. Se resolverían muchos problemas cuya solución está dentro de cada cual, y no fuera, que es donde normalmente la buscamos. Pero hay personas que no escriben, ni siquiera para desahogarse, y tampoco cantan, ni aman, ni hacen nada… No sé cómo lo logran, cómo consiguen seguir paseando tan tranquilos sin que la vida reviente en su interior. No lo entiendo. Las emociones necesitan ser vividas, sentidas y contagiadas o, en caso contrario, desaparecen.

Pasé años escribiendo parapetada tras el muro que me impedía ser de verdad y protegiendo mi identidad, hasta que un día descubrí que era capaz de transmitir lo que no había sabido capaz de explicar, y que hacerlo me provocaba un placer que pocas experiencias me han proporcionado. Y he conocido algunos placeres, dicho sea de paso.

Desde entonces camino por estos folios fingiendo ser quién no soy, o robando personalidades. En muchas ocasiones me han preguntado qué personaje soy yo de mis historias inventadas, pero esta debe de ser una pregunta habitual que se hace a todos los contadores de historias, y para esta ocasión me vestiré de gala y le robaré la respuesta al mismísimo Graham Greene, quien escribió en su novela Vías de escape: " Los protagonistas de una novela deben de tener cierto parentesco con el autor, salir de su cuerpo como un niño sale del vientre de su madre. Después se les corta el cordón umbilical e inician una vida independiente."  Una cita tan certera, que incluso la tomé prestada para convertirla en el epígrafe de una de mis novelas. Cada vez que pienso en esta reflexión siento celos de los personajes que invento, que pueden vivir todas las vidas que quieran. Son los privilegios del que vive entre los renglones de un cuento y los regalos con los que se topa el que los descubre al leerlos.




Que cada cual escriba su historia, y que cada cual desnude su alma, porque será a nosotros a quienes pidan explicaciones según cuáles sean las consecuencias de lo que vivamos. Descubrámonos sin temor, el mundo está falto de personas auténticas y nobles.  Para transmitir eso que sentimos debemos de ser honestos con nosotros mismos, mirarnos desde fuera y escucharnos desde dentro. Pero hemos de hacerlo siempre con nuestros ojos, y nunca con la mirada de los otros, la de aquellos que nos dicen qué hacer y cómo hacerlo, qué sentir y qué callar a la hora de contar verdades.
Y no, no hay nada más gratificante que escribir, para después convertirte en el lector de tu propia historia.

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