viernes, 23 de septiembre de 2016

La ruptura asumida

Las relaciones se rompen.
Es un hecho.

Las explicaciones acerca de la ruptura rellenan un folio por ambas caras, o dos, e incluso diez. Porque generalizar, en este caso, es poco generoso. Las relaciones se rompen, las lágrimas se contagian y la decepción se amontona en la sala de espera de la despedida. Los corazones rotos se embarcan en la montaña rusa de las emociones, se alternan llantos y aplausos, rabia y resignación, y la locura aparece y desaparece en los insomnios. Pero eso, también pasará. Alargar la tragedia y el drama sólo nos hace perder días que no volverán, y la conquista de la tranquilidad estará cada vez más lejos. 
No se necesitan terceras personas, ni crisis repentinas, no tiene porque haber un hecho en concreto que condicione la decisión; las parejas se distancian y el interés por recuperar el equilibrio emocional se convierte en una necesidad. No hay culpables, ni vencedores. No hay vencidos, ni fracasados. La vida continuará hagamos lo que hagamos, se puede luchar hasta el infinito, hacer lo posible por salvar lo insalvable, repetir las segundas oportunidades infinitas veces. Pero, al final, será el tiempo el que lo coloque todo en su sitio, el que nos dé las respuestas y llene el vacío que hay en nuestros corazones. Dejemos que la sensatez y el respeto intercedan en la separación.

Las relaciones se rompen. Sí, es un hecho. Y de nada sirve que el eco de lo que fue siga planeando sobre nuestro presente. Porque hay algunos lazos que, si no los conseguimos deshacer, nos mantienen atados a la hélice de la locura que nos tiene dando vueltas hasta marearnos, impidiendo que avancemos y anclándonos a un lugar al que hemos dejado de pertenecer. 

Hay historias que nacieron para pertenecer a una época, para ayudarnos a dar un paso que no pudimos dar solos, o para completarnos en un momento determinado. Y, después de esas historias, llegan otras tantas, porque nuestros sueños se reinventan, nuestros horarios se alteran y porque estamos abiertos a conocer a otras personas que, de una manera u otra, nos pasearán por un mundo nuevo en el que volveremos a encontrar la ilusión. Cuando se pierde a alguien, a veces ganamos.

Es importante cerrar puertas, decir adiós sin remordimientos y mirar hacia delante sin miedo, porque sólo así podremos llevarnos bien con la soledad y comprender que es en nosotros mismos donde encontraremos la felicidad, esa felicidad que otros pueden complementar.

Nadie es perfecto. Y si un día elegimos a alguien, si por un instante soñamos que nuestros despertares serían siempre a su lado, es injusto que tras la ruptura dejemos de hacerlo. Porque si se quiere de verdad, se quiere para siempre, y aquellos que un día gobernaron en nuestros corazones merecen ser recordados con cariño. El rencor sólo hace daño al que lo siente. Vivamos la pena, superemos el duelo, insultemos y maldigamos a la decepción, soltemos a los fantasmas atrapados en nuestras cabezas, y continuemos con nuestra vida. Caminemos hacia otro lugar sin girarnos de nuevo, y aprendamos a sonreír gracias a los recuerdos que nos regale nuestra memoria.

Es posible. Nadie nos pertenece. Ni tampoco pertenecemos a otra personas. El amor no significa posesión, y si queremos, debemos dejar libre al que anhela esa libertad, por mucho que añoremos su compañía.

Sí, las rupturas existen. Y si algo positivo sacamos de ello es que, inevitablemente,  ellas serán las que nos conducirán a un comienzo. Y debemos estar preparados para dar ese primer paso de nuevo.

4 comentarios:

  1. Eres generosa hasta en las rupturas. Lo sé porque yo he estado allí.
    No cambies. Habrá alguien a tu altura... te lo dije.

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  2. Son etapas de la vida, q aun con lagrimas, no ayudan a caminar hacia algo mejor seguro...
    Volver a tomar las riendas de tu vida es maravilloso...
    T.Q.

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  3. Cómo escribes Laura... Gracias.

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