viernes, 3 de julio de 2015

Estar

Estar. A veces eso es todo lo que se necesita. No hablar más de la cuenta, ni siquiera hablar, porque las palabras se agotan por ser repetidas, y es el silencio lo único que se entiende.

Estar. No pedir nada, no hacer lo que creemos que se espera que hagamos, ni dar creyendo que también es eso lo que se espera de nosotros. No. Hay personas que aman demasiado, y en esa entrega que las vacía hasta dejarlas temblando de miedo, se topan con la soledad. Porque en algún momento esperan que la otra persona haga lo mismo, que ame con la misma intensidad, y no todos somos iguales, porque no todos hemos escrito nuestra historia con las mismas letras.
Los fantasmas del pasado nos visitan cuando menos lo esperamos, y descubrimos en nuestro presente la sombra de lo que ayer vivimos. Buscamos cualquier señal que nos pruebe que no hay nada diferente entre este momento y aquel del que nos costó escapar. Desconfiamos de las confesiones enamoradas, creyendo que todas ellas son escritas por la mentira, y creemos que el final está siempre amenazando nuestros despertares, porque es el final lo que más veces hemos vivido a lo largo de nuestros años. Nos rendimos. Nos convencemos de que no vamos a luchar, aunque nadie nos haya llamado para la batalla, pero intuimos que cualquier nuevo comienzo desencadenará en una guerra.

Nos sorprende que de pronto la vida nos de otra oportunidad, y la incredulidad consigue hacer que bajemos la cabeza, y que desviemos la mirada. Asustados nos alejamos de lo que podría haber sido, por miedo a volver a sentir de nuevo. Y la otra persona, que nada pide, que nada suplica, que nada dice… solo quiere estar. Dar la mano. Acompañar en el paseo. Descubrir un nuevo horizonte. Olvidar el pasado. Vivir algo bueno. Devolver la ilusión y rescatar a la esperanza de su injusto castigo.
Descubrimos que estamos equivocados, porque aunque las personas sean diferentes, nos empeñamos en mirarlas de la misma manera, y encontramos en ella rasgos que no existen y que solo inventamos. Lo diferente nos sorprende tanto que nos asusta, y creemos que cuando por fin aparece la figura de esa persona con la que solo nos permitimos soñar, todo es un espejismo. Es imposible. No nos lo creemos. Y mientras luchamos para convencernos de que no es posible, mientras rascamos con fuerza la piel de la novedad para destapar cualquier defecto, nos perdemos la paz y la tranquilidad del momento que podríamos estar viviendo. No creemos palabras, porque esas mismas palabras las inventamos nosotros tiempo atrás, buscamos una explicación al cariño incondicional que recibimos, nos enfadamos con nosotros mismos tanto que acabamos enfadándonos con el mundo, lloramos de desesperación y nos despedimos sin decir adiós. Destruimos la realidad, y dejamos que la fantasía inventada por nuestros miedos y nuestros recuerdos sea la que nos gobierne.

Nos equivocamos. Muchos nos equivocamos. Pero los errores del pasado solo son aprendizaje, porque todos tenemos el derecho de vivir esa nueva oportunidad. Y puede que un día cualquiera, sin saber por qué, aparezca esa persona que no se presente para darnos lo que ya nos dieron, que no nos prometa palabras mentirosas, sino que su única ilusión sea estar. Darnos la mano y elegirnos. No por nada, solo porque para ella, ese sea el único lugar en el que se encuentra a salvo, a tu lado, sin pedirte nada a cambio. Porque no, no todos somos iguales.


2 comentarios:

  1. Laura, son palabras muy bonitas. Hay que ser muy generoso para querer así. Tú lo eres, y por eso sabes lo que duele ser diferente. Ojalá nadie te cambie. Ojalá sigas escribiendo para que nos entendamos un poco más y para que dejemos de ser tan egoístas. Gracias. Gracias siempre. Para siempre. Como dices tú.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cada cual hace lo que puede... y yo aprendo gracias a los que me leen.

      Eliminar