jueves, 18 de junio de 2015

Seamos jóvenes siempre


“Cuando se es joven, se es joven para toda la vida.”
Picasso

Seamos jóvenes siempre. 
No temamos que el paso del tiempo, y las arrugas que este nos regala, nos hagan envejecer. Porque  el que se siente joven jamás envejecerá. Seamos más listos que la vida y no dejemos que esta nos embauque con los años que suma en nuestros calendarios, nosotros decidimos si queremos asumir esos años con resignación o si  preferimos seguir siendo jóvenes, aunque nuestras miradas reflejen lo contrario.
Anoche escuchaba el relato de una persona que hablaba de la esperanza que tenía en la juventud que convive con nosotros y, en cada palabra que decía, me preguntaba si no sabría que, a pesar de peinar canas, él mismo forma parte de esa juventud, porque esa pasión que derrocha la valentía no envejece con el tiempo, y es una pasión que nos define ante el resto, sin importar los años que llevemos danzando por aquí… La madurez no elige al joven o al viejo al azar, sino que son ellos, jóvenes y menos jóvenes, los que deciden si quieren dejar que esta entre en sus vidas. 

Si la fruta madura es dulce, no entiendo por qué en ocasiones la madurez en las personas agria su carácter. Madurar no es más que aprender, asumir errores y aceptar derrotas. Madurar es valorar lo que vale la pena y no amanecer añorando cada día un tiempo que fue mejor. La madurez nos mantiene firmes ante decisiones que antes tomábamos sin pensar, puede que no seamos tan pasionales, pero no por ello debemos perdernos aquello que queramos vivir. Seamos jóvenes siempre, disfrutemos de la vida con la sabiduría aprendida, agarremos con fuerza aquello que nos hemos ganado, y sigamos viviendo con la ilusión puesta en lo que está por venir. Aprendamos a dar importancia a lo importante y a desechar lo que nos mantiene atados a un pasado que ya no nos pertenece.

Seamos jóvenes siempre, y sí, maduremos mientras tanto. Puede que esta sea la forma más fácil de llegar al lugar al que nos quiere llevar esa nostalgia que nos visita de vez en cuando. No demos importancia a las palabras dañinas con las que otros nos definen por el mero hecho de vernos dando rienda suelta a nuestra emoción. Es su envidia la que nos juzga. Porque en el preciso instante en el que aprendamos a silenciar esos comentarios, habremos madurado y decidiremos, sin saberlo, que queremos seguir siendo jóvenes, a pesar de las envidias y de las críticas que nuestra actitud despierten en el resto.  A pesar de sentirnos perdidos en un limbo entre la sensatez y la locura.

Seamos jóvenes siempre. Y no dejemos que los años nos empujen cuesta abajo. Que el final escriba sus letras en nuestra historia con desolación porque crea que aún es pronto para nosotros, y que aún nos queda mucho por hacer. 
Madurar, al menos.  

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