viernes, 22 de mayo de 2015

Cartas debajo de la almohada



“Y si vivieras conmigo, te dejaría cartas debajo de la almohada. Sé que no te gusta la soledad y que también te gusta leer. Eso te ayudará con ambas cosas”.
Jaime Sabines



No siempre podemos estar cerca de la persona con la que queremos estar, pero eso no significa que estemos lejos de ella. A veces sólo hace falta un poquito de imaginación y de ganas, para que no se sientan solos, o simplemente para que se sientan importantes. Yo he llegado a empapelar una pared con frases dedicadas, he escondido letras en sitios que hasta pasados unos meses no encontré, y mil cosas más… Lo hago sin pensar, así como se hacen las locuras, dejándome llevar por la emoción del momento. Y por alguna mágica explicación, eso hace que esa misma emoción despierte en la persona que recibe mis escritos.

Una amiga hacía lo mismo, o algo muy parecido a lo que yo hago, y en una ocasión me contó que meses después de que su novio le escribiera una carta que escondió en un tarro de la cocina, ella la encontró. Lo interesante es que cuando la descubrió su relación estaba a punto de morir, y al leer las letras que le había escrito, entendió muchas cosas que él no había sido capaz de decirle antes. Así que después de ventilar las letras, para quitarles el olor que se le había impregnado durante los días de su encerramiento, se plantó delante de él y muy despacio le leyó una a una cada palabra, logrando que despertaran los sentimientos adormecidos por culpa de la rutina y del aburrimiento. Convinieron, eso sí, poner una fecha en cada carta a partir de entonces, y recordar dónde las guardaban. Para que la próxima vez, las palabras no se quedaran olvidadas en un tarro cualquiera para siempre.

Sabemos que durante el tiempo que dura una relación hay subidas y bajadas, hay miedos y valentía, hay mil razones que nos invitan a quedarnos y otras tantas que nos empujan a marcharnos. El secreto no está en recordar por qué elegimos a esa persona, y qué es lo que nos hizo elegirla. Y si tenemos la suerte de encontrar unas letras escritas por nosotros, que nos recuerden lo que sentimos en un momento determinado, todo puede resultar más fácil, porque desenterraremos emociones que muchos se empeñan en querer sentir sólo al principio, cuando no es así… Porque se pueden sentir de manera diferente, y hay ocasiones en las que ese apasionado sentimiento, después de un tiempo de locura transitoria, consigue madurar para convertirse en un amor más sensato y más puro, lejos del enamoramiento que tanto nos atonta en ocasiones. 
Porque una persona no madura, si no deja que su corazón también lo haga. La madurez es cosa de dos, cabeza y corazón, sin importar quien lo haga primero.


Después de robarle la cita con la que empiezo este artículo a un conocido, me topé con las palabras de una amiga que criticaba las frases optimistas que planean sobre nuestras cabezas, asegurando que no todo depende de nuestra actitud, porque a veces nos topamos con personas a las que nos gustaría darles un sopapo en lugar de poner la otra mejilla. La entiendo. La actitud es importante, pero a veces no es suficiente para vencer a la maldad. Pero si he de ser honesta, diré que yo soy fan de esas frases y fanática de la idea de que nuestra actitud cambia muchas veces lo que ocurre a nuestro alrededor. No sólo porque hagamos o digamos algo que cambie la realidad que nos rodea, sino porque aprendemos a mirarla con otros ojos, y tan importante es asumir la realidad en la que nos desenvolvemos, como la mirada con la que la miremos…

Al margen de que mi persona espere o no mis letras escondidas, yo seguiré haciéndolo, porque es lo que yo decido hacer, y es lo que me apetece. Y a lo mejor llegará un momento en el que sea su mano la que palpe debajo de la almohada con la misma emoción con la que un niño rastrea la visita del señor Pérez (el ratoncito, aclaro), y esa nueva ilusión será más que suficiente para animarme a seguir haciéndolo, a pesar de que ese día despertara enfadado, alejado o ausente. Porque no, no será su actitud la que condicione mi forma de hacer las cosas, ni mi manera de intentar hacer que esta realidad mía sea, de alguna manera, un poquito mejor.

La vida señores, depende de nuestra actitud y de nuestras ganas de hacer que cada día cuente. O al menos esto es lo que yo creo… aunque suelo equivocarme bastante.


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