martes, 23 de agosto de 2016

Un barco a la deriva


“A veces una mujer encuentra los restos de un barco hecho pedazos y decide hacer con ellos un hombre sano. En ocasiones lo consigue. Otras veces una mujer encuentra un hombre sano y decide hacerlo pedazos. Siempre lo consigue.”
                                                           Cesare Pavese


Al otro lado del océano, en una lejana orilla una mujer machacaba los trocitos del barco que acababa de destrozar, martillazos de rabia y orgullo dolido. Después de regresar de una travesía perdida en medio de una tormenta de la que creyó que no podría escapar... Trizas de nada lanzadas a un agua en la que se prometió no volver a bañarse nunca…

… a este lado del océano una mujer pasaba las horas mirando al horizonte. Respirando la calma de unas aguas que,  por sorpresa, arrastraron hasta la orilla pedacitos de algo que nunca antes había visto. Miles de astillas y palos de madera, tornillos y clavos oxidados, que recogió y amontonó intrigada, para después empezar a ordenarlos. Paciente e ilusionada pasaba las horas removiendo en la arena con la esperanza de encontrar más piezas, mientras paseaba descalza por su imaginación, ignorando los comentarios de los que, al pasar frente a ella, reían criticándola por perder el tiempo. Para ellos sólo eran escombros, añicos de lo que un día fue algo, de lo que ahora era nada… Pero ella continuó con su cometido, sin escuchar las palabras del resto, convencida que desde que el mar arrastró hasta sus pies el primer madero, algo nuevo había descubierto. Una balsa, un barco, o simplemente una oportunidad para escapar de un mundo que ya no le sorprendía.
Pasaron los días, trabajó mañana y noche y, aunque a veces la esperanza estuviera a punto de desaparecer, y rozara la rendición con sus manos magulladas, su corazón ilusionado le ayudaba a encontrar la fuerza para seguir. A medida que aquello iba tomando forma se sentía más orgullosa y feliz. Cada trozo rescatado tenía algo especial, y estaba segura de que si el naufragio llegó, fue porque desde un principio alguien ensambló el barco sin interés, y su destino ya estaba escrito desde que el agua salada empapara su casco por primera vez. La mujer a este lado del océano no cesó en su búsqueda de las piezas perdidas y, sin planos ni bocetos, las fue uniendo de manera diferente, encontrando la armonía entre ellas, y silenciando el eco de los cantos de sirenas que aún resonaba en su esqueleto.

Pasaron los días…, sí, fueron muchos los días que pasaron. Dejó de tachar los números en el calendario, no le importaban las fechas ni los tiempos, sólo deseaba acabar con una creación en la que ella era la única que creía, ante la incredulidad de los que se acercaban para ofrecerle, e incluso regalarle un velero nuevo. Y ella los miraba resignada, nadie entendía que no navegaría donde todos navegaban, no quería un barco igual al del resto, quería sus viejas piezas restauradas, quería tener algo que nadie más tuviera. A punto de terminar con él, pintó y pulió el casco con suavidad, y lo bautizó con un nombre invisible.

Un nombre que nadie más conocería.

Esperó hasta la siguiente noche de Luna llena, arrastró su barco hasta la orilla, trizas saneadas convertidas en un todo, que volverían a acariciar el agua salada, miradas indiscretas que observaban con envidia y admiración.
Se sumergieron juntos en el agua, izó su bandera celeste y dejó que la brisa los arrastrara mar adentro. Acurrucada en su interior, sonreía satisfecha por no haberse rendido, por haberlo logrado. El destino la eligió a ella por alguna razón, y como agradecimiento a su trabajo le devolvió la libertad que tiempo atrás le fue arrebatada. El barco se abrazó a su cuerpo y se perdió en el horizonte, protegiéndola para el resto de sus días, y seguro de que juntos serían indestructibles…

Al otro lado del océano una mujer lloraba desconsolada mirando las trizas de un barco que ella misma había destrozado, enfadada por haber elegido al que más taras y defectos tenía… sin saber que algunos barcos sólo surcan el agua de los mares que ellos mismos eligen, sin brújulas ni cartas de navegación que les guíen…  

10 comentarios:

  1. Bravo. Bravo. Rozando la perfección más cada día.

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  2. Pocas mujeres hay capaces de recuperar lo que muchos dan por perdido.
    Me gusta mucho. Mucho... Seguro que eres una de ellas. Suerte para las trizas que se topen contigo lejos o cerca del mar...
    D.

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  3. A las mujeres, por la naturaleza, les encanta mejorar todo, para que sea más óptimo. Y lo hacen de buena fe. Lo que no saben es que así van estropeando lo que en principio estaba bien y lo que las atrajó en su día. Creo que después de haber hecho pedazos uno u otro barco, aprenden dejarlos tal como están, empezando incluso encariñarse con sus defectos. Pero saber hacerlo es una gran arte, a veces requiere muchos años de aprendizaje... es tan dificil dejar salir al barco al mar, con su capitán, pero a veces es la única manera...y la unica manera para que después de tormenta tenga la oportunidad de ser reconstruido, auque por otras manos, o encontrado entero por otro, alguien quien justo está buscando un barco imperfecto, esto se llama amor... y es tan difícil de aprender...

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    1. Así es... y nada como coger todos los defectos de una persona, juntarlos y aprender a quererla así.
      Al margen de lo que el resto diga, porque como a la mujer de esta orilla, lo que gusta a veces es disfrutar de la imperfección de la que uno se enamora...
      Normalmente el que busca un barco imperfecto lo acaba encontrado, y el que cree que cambiará al barco imperfecto, acabará perdiéndolo... Así es, tienes razón, tan difícil y tan fácil de aprender...

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  4. No sé si eso de intentar cambiar a otros es más de mujeres que de hombres (pediremos un estudio a la universidad de Minesota), pero la historia que has escrito a partir del párrafo de Pavese me parece excelente. Eres una artista.

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    1. No sé si está bien escrita porque no quería expresar nada acerca de cambiar a nadie... sino de coger todos los defectos y hacer con ellos algo que te enamore... pero me gustan las interpretaciones infinitas.

      Gracias y gracias

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    2. Es que me he fijado más en la pobre mujer del otro lado del océano, que lloraba tras haber destrozado el barco que debería haber surcado los mares que él mismo hubiese elegido, sin brújulas ni cartas de navegación que lo guiasen.

      Seguro que ella quería llevarlo a lugares maravillosos, pero el barco no daba para tanto a causa de sus defectillos.

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    3. Eligió un barco que navegaba libre, sin cartas ni brújula, e intentar cambiar eso es imposible... Luego llega la desesperación... Se tenía que haber dejado llevar, e intentar entender sus defectillos... Nada cambia. Nadie cambia.

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