jueves, 12 de marzo de 2015

El peso de la mochila

He recibido un par de llamadas esta mañana, y mientras hablaba no he podido evitar abrir un cuaderno y empezar a garabatear letras mientras escuchaba desde este lado. Confieso que el resultado no ha sido muy bueno: mi grafía es lamentable, la mano derecha anotaba y la izquierda sostenía el teléfono. Algunas mujeres no podemos hacer dos cosas a la vez, porque ahora releo todo lo escrito y no entiendo nada de nada. He dibujado un corazoncito en lo alto de la página, por si sirve de algo…

En estos días pasan cosas. Siempre pasan cosas, y más cuando una se empeña en estar alerta cada minuto, ¡qué agotamiento! Y como leí en algún sitio: estamos tan acostumbrados a lo malo, que cuando algo bueno pasa no creemos que sea real. Estoy de acuerdo. Todos llevamos nuestra mochila cargada a la espalda, y unas pesan más que otras, decisiones y vivencias de cada cual. No es una lotería la que nos elige al azar, porque de nosotros depende el peso que en ellas carguemos. O descarguemos. Es una forma de vivir, y si somos de los que arriesgamos, vivimos y volvemos a arriesgar, nuestras mochilas serán sin duda más pesadas, pues son las experiencias las que en ellas guardamos.

Hoy, durante una de esas conversaciones telefónicas me decía una amiga que ella ya no está hecha para gilipolleces (perdón, así lo ha dicho), y ha sentenciado: tenemos una edad a la que casi todos llegamos con más de una tara, pero de ahí a tener que entenderlo todo porque sí, pues no. Yo paso… yo no estoy para gilipolleces, ha repetido. Y yo he seguido garabateando en silencio sin atreverme a decir nada.

Equivocarse a determinada edad tiene sus consecuencias, pues antes dábamos oportunidades al perdón y al entendimiento, y ahora no. Ahora si algo no nos gusta, directamente nos largamos, sin pedir ni dar explicaciones (¡mal hecho!). Supongo que parte de esta huida está condicionada por todas esas pequeñas cositas que cargamos en la mencionada mochila, y es inevitable notar su peso cuando vivimos algo que nos recuerda al pasado. Y por eso entiendo a mi amiga, porque ahí donde antaño pasábamos por alto según qué cosas, ahora decimos que no.

Todo debería ser más fácil, pero no lo es. La vida pasa y las mochilas pesan, pero sigo sin entender porque hay que llegar a la decepción o al disgusto. Los años que hemos ido cumpliendo deberían servir para aprender a razonar, para hablar sin discutir, e intentar entender al otro, y en caso de despedida hacerlo con un abrazo cariñoso, y no con un portazo sin más. Cuando una historia merece la pena hay que implicarse, y pasar por alto según qué cosas, pues la perfección no existe ni en las personas ni en las relaciones, pero la ansiamos tanto, que perdemos oportunidades que pueden ser únicas. Y repetimos eso de que la culpa es de ayer, de aquello... del maldito peso que no somos capaces de dejar abandonado en la cuneta de nuestro camino.

Cada uno somos responsables de nuestra mochila, y del peso que en ella vamos guardando, podemos descargarla cuando estemos preparados para hacerlo. Descubriremos entonces que de nada sirve cargar con ello, porque lo único que se consigue es frenar nuestro paseo.

¿Y qué ocurre cuando sacamos de ella todo lo que nos impide avanzar?... Pues que somos libres. Sin más.

2 comentarios:

  1. Al final casi todos los problemas radican en que la mayoría (bueno, por lo menos unos cuantos) no somos capaces de ejercitar (de momento) ese amor incondicional del que hablábamos ayer.

    Los años pasan para algunos haciéndolos más resistentes y comprensivos, a otros el transcurso del tiempo los debilita y merma su paciencia y capacidad de soportar ciertas cosas. En algún punto entre ambos extremos podremos ubicarnos cada uno de nosotros.

    Nuestro contexto social, nuestras vivencias acumuladas, o la ausencia de ellas, serán los que hagan que nuestra mochila esté llena de pesadas piedras que hagan insufrible el viaje, o de agua fresca y buenos bocatas de chorizo que nos den fuerzas para continuar buscando un buen sitio para acampar.

    De momento, con la tortilla que acabo de cenar y las piedras que voy sacando de mi mochila, creo que podré seguir mi camino durante un tiempecito más, sobre todo ahora que comienza el calor.

    P.D.- Bonita foto.

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    1. No sólo se trata de relaciones. A veces nos hacemos responsables de situaciones porque queremos y nos empeñamos. Preferimos estar lamentándonos por aquel ayer, que desprendernos de ello y seguir nuestro camino.

      La única cosa que está clara es que la vida acaba, y de nosotros depende el paseo que queramos dar por ella.
      El bocata de chorizo puede ser una buena solución...

      Foto tomada prestada de alguien...

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