domingo, 4 de septiembre de 2016

Carlota y sus mundos


Cuando Carlota era una niña, tenía casi todos los complejos que una niña pueda tener. La obsesión por alcanzar la perfección que veía en sus siete hermanos, hizo que nunca hablara de ello con nadie. Salvo con su almohada, con la que mantenía conversaciones eternas casi cada noche. Con ella sí que se entendía.

Creció viviendo en dos mundos paralelos. En el mundo de fuera, en el que sobrevivía. Y en el de dentro. Que era sólo suyo. A lo largo de los años, educó a su personalidad para convertirla en la pionera de la respuesta eterna. La última palabra de cada conversación tenía normalmente su tono de voz. Callarse no era una opción. No le gustaba. A no ser que fuera ella el centro del tema del que se hablara, porque no, de ella no hablaba.

Los años de juventud los pasó sentada en la sala de espera de su primer amor. Las chicas se levantaban a su lado con mayor o menor rapidez, mientras ella aguardaba inquieta en un asiento cada vez más frío. Esperando su turno escrito con tinta invisible en un papel arrugado. Carlota era guapa, no era preciosa, pero era guapa. Hablaba bien, a veces mucho, pero no aburría. Gustaba a la gente, aunque nadie se lo dijera. O puede que ella nunca lo escuchara.



Pasaron los años, y con ellos su vida se alargó. Se convirtió en una mujer de invisible armadura, amante de la vida, de ilusión contagiosa y sonrisa perenne. Así era la Carlota que vivía en el mundo real, en el de fuera. En su otro mundo, sin embargo, maduraba diferente, más despacio, más triste y menos valiente. Hasta que un día le rompieron el corazón. Otra vez. Fue ese el día en el que todo cambió. 

Ocurrió durante una noche en la que se despertó sobresaltada, ignoró lo que fuera que estuviera soñando, saltó de su cama, y lanzó la almohada por la ventana. La vio estrellarse contra el suelo haciéndose añicos. Trocitos de ayer esparcidos por el jardín iluminado por la Luna llena, que fue testigo involuntario de tremenda fechoría. Complejos con los que había convivido casi media vida, convertidos en trozos de nada. Media vida desperdigada, porque no puede uno decir que haya vivido una vida, si sólo ha vivido a medias.

Fue aquél el primer día que habló, la primera noche para ser más concretos. Habló con seguridad, vomitando las palabras tantos años atrapadas. Hasta quedarse vacía en medio del silencio. No era un vacío de echar de menos, no, sino el vacío que carga una mochila ligera. Y empezó a vivir para afuera, olvidando a la Carlota inventada, plantó sus pies en el suelo y dejó de flotar para siempre...

¿Se enamoró?, me preguntan aquéllos a los que les cuento esta historia. Se enamoró, respondo yo orgullosa. De un hombre alto, o de media estatura, guapo o no tanto, simpático, eso seguro, porque nunca habría elegido a alguien que no riera. Sí, Carlota se enamoró, y eligió al único hombre que descubrió a la Carlota que fue un día.

Sus dos mundos se convirtieron en uno. Y por fin aprendió a amar, sin silencios, ni máscaras. Simplemente siendo ella.


10 comentarios:

  1. como sabes q se enamoro???

    ResponderEliminar
  2. Me da la impresión de que, por más que intentemos ser como somos, por miedo a unos, por respeto a otros, por comodidad o por Dios sabe qué, casi todos tenemos múltiples caras que vamos cambiando según con quien estemos. A veces para complacer, otras para fastidiar y en ocasiones, sencillamente, para evitar que nos conozcan de verdad.

    No tengo claro que sea bueno mostrarse siempre tal cual somos. Me temo que, en aras de la paz interior y exterior, a menudo tenemos que mantener ocultas ciertas facetas de nuestra personalidad pero, eso sí, yo diría que es necesario que exista alguien con quien tengamos la suficiente confianza como para salir del cascarón y dejar las caretas aparte, sin tapujos ni cortapisas, salvo las que impone el buen gusto (que no sé en qué consiste) y el respeto por los demás (esto es otra cosa que cada cual entiende a su manera).

    ¡Vaya lío me he hecho! Creo que esto es un indicio claro de cómo soy de verdad. Tendré que ser más cuidadoso con lo que cuento en este foro público.

    Saluda a Carlota de mi parte. Me ha caído simpática.

    P.D.- Me ha encantado la imagen de la almohada haciéndose añicos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Saludada de tu parte... en realidad creo que siempre tenemos que guardar parte de nosotros, para que no nos dañen nuestra esencia, pero tampoco es necesario vivir siempre escondidos detrás de máscaras, porque llega un día en el que agotados, nos las quitamos, y de repente empezamos a vivir... a vivir de verdad.
      Gracias por reflexión compartida. No te lee nadie, así que sigue comentando..

      Imagen robada. Glub!

      Eliminar
  3. ¡¡Cuánta complejidad posee la especie humana!! ¿Acaso no tenemos todos dos mundos? Tomamos decisiones ante una situación mas previamente aparecen distintas posibilidades que valoramos desde nuestro interior. Existen condiciones que hacen que se pueda reflejar algo que no es congruente con el fuero interno. Se ponen requisitos para evidenciar lo que se posee en los adentros mientras el tiempo pasa. Y las semillas crecen, la cosecha se forma y el fruto aparece cuando surge el momento, ese estímulo que lo muestra: el amor. ¿No crees que aquella almohada sirvió de abono para que tal sentimiento aflorara?
    Estoy perplejo por tu capacidad de inventar historias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Perplejidad la mía porque entiendas cada palabra escrita con la intención que fue elegida...
      A veces, sólo a veces, el secreto está en ser. Sin más. No pensar, no dudar, no temer. Ser y ya.

      ¿Quién no ha querido lanzar la almohada por la ventana alguna vez?..., con todo lo que lleve dentro de ella.

      Eliminar