lunes, 23 de febrero de 2015

El viaje de tu vida


Se pasó toda la vida viajando. Conociendo lugares de los que se despedía con tristeza, para días después volver a despertar con la emoción de conocer otro lugar nuevo. Se llamaba Marta, Marta Smitts, la conocí en una calurosa tarde de agosto sentada en un café de Madrid. Nos miramos y nos sonreímos, y minutos después nos sentamos para compartir una de las mejores conversaciones que he tenido con nadie.
Hablamos de los sitios en los que ella había estado, de la añoranza que sentía al pensar en algunos de ellos y de la frivolidad con la que recordaba otros tantos. Yo escuchaba fascinada, nunca había conocido a nadie que hablara con tanta franqueza, y mucho menos con la sensibilidad que ella lo hacía. La escuché hasta que terminamos la primera botella de vino, y después de pedir la segunda me preguntó: bueno, ¿y tú qué?...


Yo me quedé muda. Mi vida no había sido como la suya, y no creía que pudiera contarle nada que fuera tan interesante como su historia. Pero de repente me olvidé de todo, no pensé en lo que creía que ella quería escuchar y empecé a hablar… Las palabras me salían como si de un guión se tratara, no podía parar, hablé de mí y de todo lo que había vivido, y en mi monólogo descubrí que sólo hablaba de las personas que se habían cruzado en mi camino. Hablé de los hombres que había conocido, de los días de alegría, de mi corazón roto, describí detalles de historias que ya creía olvidadas, confesé secretos que nunca había confesado. Escupí hasta vomitar, le conté todo. Me desnudé como ella lo había hecho…, desnudé mi alma y le mostré lo más íntimo de mi esencia, ¿por qué lo hice?, es esta una pregunta que no me permito hacerme, lo hice porque creía que así tenía que ser, porque tenía una mirada tan pura y tan limpia que no habría podido sentarme delante de ella fingiendo ser alguien que no era. Y porque ella hizo lo mismo…


La conversación terminó con una carcajada. Nos despedimos sabiendo que aquélla sería la única vez en la que nuestras vidas se cruzarían. Me sentí más relajada que nunca, saqué a los fantasmas que durante tanto tiempo habían habitado dentro de mí... Y antes de despedirnos me abrazó con fuerza, y me pidió que no dejara de viajar. ¿Cómo?, pregunté yo sin entender nada. Sí, no dejes de viajar por el mundo, contestó, después de todo somos iguales, ¿no lo ves?, yo me paseo para descubrir nuevos lugares, y para vivir nuevas experiencias, y siempre regreso con una sensación diferente, a veces paz, a veces rabia, y otras resignación… Tú eres igual, tú viajas por el mundo sin moverte de aquí, conociendo a personas nuevas, te adentras en su universo, las descubres y dejas que te sorprendan…, y al final, tal y como dices, siempre acaban yéndose. Es como mis lugares, siempre acaban siendo una X en mi mapa. Pero llegará un día en el que encuentres ese lugar del que no quieras irte jamás, así como habrá un día en el que yo encuentre a una persona de la que no quiera separarme. No dejes de viajar. Nunca. Pase lo que pase, porque en el camino aparecerá ese lugar mágico del que no quieras marcharte. No creas una palabra de lo que te digo, pero confía en tu instinto…
Y se marchó. ¡Maldita sea, ¿por qué se marchó?! Me regaló una noche única, y desde entonces hasta la fecha sigo su consejo, y no, no he dejado de viajar, porque sé que tarde o temprano encontraré un lugar del que no quiera irme jamás…, o tal vez me encuentre él a mí. Y ahora, mientras escribo estas letras, me pregunto que habrá sido de Marta, me pregunto si en su paseo encontraría por fin a esa persona junto a la que decidiera quedarse para siempre.

Porque siempre es siempre. Y no son estas palabras que se deban decir alegremente.

 

2 comentarios:

  1. Me encanta!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Tienes un don niña, o mujer, o quien seas...
    Te descubrí no hace mucho, y me enamoré de tu escritura. Ya he pedido tu libro y estoy deseando tenerlo conmigo.
    ¡Qué manera de viajar nos regalas!, gracias, por dedicarnos tu tiempo. Somos muchos los anónimos que te seguimos... Y TODOS deberían darte las gracias al menos una vez. Yo lo hago. Desde el anonimato... pero tampoco creo que mi nombre importe...

    No dejes de escribir.

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    1. Muchas, muchas gracias por tu comentario.
      Te equivocas, tu nombre es importante porque así te puedo agradecer personalmente los ratitos que pierdes leyéndome.
      Me hace muy feliz saber que soy capaz de arrancar una sonrisa o de despertar una emoción, porque al final... ¿qué hay más importante que eso? Hacer feliz debería hacernos felices a todos. Gracias mi querido anónimo, por estar al otro lado

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