viernes, 20 de febrero de 2015

Cuando volví a La Habana

Hoy escribo en primera persona, y lo hago hablando de mí, sin inventar personajes a los que normalmente sólo les pongo la voz. Porque no, no siempre soy ellos. Escriben mis musas, y las emociones que me provocan, escribe la realidad que me rodea… pero no, no siempre soy yo.

He amanecido en La Habana con apenas dos horas de sueño, he saltado de la cama como si del día de Reyes se tratara, ignorando el tiempo tan poco caribeño con el que ha despertado el cielo, y he salido alegre a reencontrarme con este lugar. La ciudad sigue oliendo igual, olor a sal y a nostalgia, a ron y a alegría. Me gusta estar aquí porque es esta una ciudad a la que durante mucho tiempo estuve regresando, y me atrevería decir que es esta una ciudad que me vio crecer.

Cuando vine por primera vez yo era una intrépida muchachita con ganas de comerme el mundo, y aunque siga con el mismo hambre, las arrugas de mi mirada me aclaran que la muchachita se quedó en el camino. O intento convencerme de ello. Han pasado 18 años, y lo escribo en números no sólo porque sea lo correcto, sino porque así me parece que es menos el tiempo que ha pasado…

Me he acercado al malecón, pero sólo he podido verlo desde la distancia porque hoy es uno de esos días en los que las olas se apoderan de él, la mar y sus antojos. He echado de menos a los jovencitos que siempre había sentados allí, mirando al infinito y soñando con algo que ahora parece que está cada vez más cerca. Los edificios siguen apuntalados, el esplendor de tiempos pasados se presume en sus fachadas descoloridas. Me apena que todo siga igual, pero egoístamente me alegra que todo siga igual porque así me parece que el tiempo se paró cuando me despedí por última vez, y vuelvo a sentirme muchachita.
Pisar la plaza de la Catedral me ha impactado, me he visto haciendo el imbécil bailoteando por cada esquina, sí, hubo un tiempo en el que me sentía muy a gusto en ese papel. He buscado desesperadamente un lugar en el que comprar una vela hasta dar con ella, y se la he ofrecido a la Virgen del Cobre, porque era una promesa que le hice a alguien antes de venir, y las promesas están para cumplirse. Me he despedido de ella susurrándole un último deseo que, si me lo permiten, prefiero guardar para mí…

Se sigue cantando a Yolanda y al Ché en cada rincón. No, el tiempo no ha pasado…

He paseado por los mismos lugares que tantas veces visité con los que, semana tras semana, se convertían en mi familia por un ratito, y he recordado mi carcajada eterna. A punto de acabar el día he abandonado a mis compañeros de viaje, necesitaba un poco de silencio, y me he marchado. Mi puntería eligiendo a las personas no siempre es desacertada, y he levantado la mano en el momento perfecto, llamando la atención de un taxista que segundos después se convertiría en mi guía sorpresa. El cementerio de Colón era un lugar desconocido para mí hasta hoy, bien saben los que me conocen que los cementerios son lugares en los que no me siento cómoda, pero al bordearlo con el coche, José, que así se llama, ha aminorado la marcha y ha empezado a contarme historias acerca de algunas de las personas que allí descansan, La Milagrosa, Los Romeo y Julieta cubanos, y otras tantas… He echado de menos mi bolígrafo, porque habría tomado notas de todo lo que me contaba para luego escribir una historia de cada uno de ellos. Pero lo haré, ¡vaya si lo haré!, ¿qué vería José en mí para querer contarme todo eso?..., mi brillante mirada posiblemente...

Hoy ha sido un gran día, he paseado por el recuerdo de muchas personas, de noches infinitas y días sofocantes, el recuerdo de un huracán, de un baile y de aquella canción, de una familia inventada, el recuerdo de una carretera hacia ningún lugar y de un secreto compartido…

Sí, hoy tenía que hablar en primera persona, porque he creído que esta felicidad mía debía ser compartida, y estas letras son imprescindibles para cerrar un día perfecto mientras disfruto de mi penúltimo mojito. Mi libro ha viajado conmigo hasta aquí, creí que tenía que traerlo, ya que estoy segura de que este lugar en algún momento me inspiró para que me soñara escritora, y por eso se lo he dedicado a La Habana. He buscado un rincón en el que dejarlo, dando vueltas hasta encontrar una señal, me he topado con la librería Victoria, y sin dudarlo he entrado para dejarlo allí para siempre. Porque Victoria nace dentro de 7 días, y he querido que ese fuera mi regalo de bienvenida a este loco mundo.

Somos lo que vivimos, y sé que mucho de lo que soy se lo debo a este lugar. Los recuerdos que nos hacen sonreír son los recuerdos importantes, y yo he sonreído. Sigo haciéndolo, porque sé que mucho de mí se lo debo a mis días pasados… Es importante regresar a nuestro ayer de cuando en cuando, no por querer huir de nuestro presente, sino para recuperar la alegría que teníamos cuando lo único que nos importaba era disfrutar de cada día, sin pensar en mañana.

¡Qué intenso puede ser lo breve!, ¡cuántos días caben en un solo día!... Sé que volveré aunque nunca regrese, porque hay lugares que por muy lejos que nos vayamos siempre estarán en nosotros. Y siempre es para siempre.
 
 

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