jueves, 18 de diciembre de 2014

Mi rincón secreto


 
 
 
Cuando éramos niños, disfrutábamos en las tardes de verano jugando en un desguace que había cerca de casa. La emoción por llegar cuanto antes, hacía que el camino de ida fuera muy corto, y nuestro regreso a casa, sin embargo, se alargaba hasta el anochecer porque teníamos que parar a recordar las carreras y las aventuras en las que nos habíamos visto envueltos. Porque cuando uno es un niño, no puede hablar de aventuras sin emocionarse, sin saltar, y sin pararse a explicar una y otra vez la carrera que había ganado. No, un niño necesita de un tiempo para revivir cada escena, porque su realidad no se puede explicar sólo con palabras, necesita palos, piedras y personalidades diferentes para interpretar la historia de cada personaje imaginado.

Cuando éramos niños, sólo necesitábamos imaginación e ilusión para ser felices. ¿Por qué dejamos de serlo?

Pasábamos las tardes de verano jugando escondidos en las sombras que nos protegieran del calor, escondíamos tesoros hechos con palos, trastos y piedras, y trepábamos a lo más alto de los castillos inventados por los árboles multiformes. Hasta que un día, corriendo hacia ningún lugar descubrimos aquél desguace. Entramos en él con el temor que un niño se adentra en un cementerio, mirando en silencio cada coche, ruedas pinchadas, y volantes torcidos, cristales ausentes sostenidos por puertas abolladas. Cada uno de nosotros, sin saberlo, inventaba la historia de cada coche, camioneta o maletero vacío. Para los adultos aquel no era más que un lugar peligroso, lleno de trampas para tener un accidente que nos provocara una herida mortal. Pero no, los mayores una vez más se equivocaban, porque no hubo accidente más grave que el que tuvimos saltando desde nuestra cama, protegidos por las paredes de nuestros hogares. Pero eso lo sabemos ahora, claro.

Con el paso de las tardes de verano, convertimos aquel lugar en nuestro campamento secreto, en el cada uno se había adueñado de su coche favorito, y aunque la aventura que viviéramos cada día fuera diferente, sabíamos que nuestro vehículo nos protegería y nos conduciría hasta la victoria. Yo entonces era la única chica del grupo, y elegí una vieja camioneta abollada, sin ventanas y sostenida por las sucias llantas que, milagrosamente la mantenían en pie. Algunas plantas y flores silvestres habían cubierto el suelo, trepando por los laterales, y enredándose en cada palanca, convirtiendo el viejo amasijo de hierros en un enorme macetero. En el primer momento que lo vi, supe que sería el refugio perfecto para la princesa en la que me convertía cada vez que trepaba hasta su interior. No importaban las manchas de grasa en mi vestido, ni las heridas en mis piernas desnudas, daba igual que mi fantasía transcurriera en un desguace abandonado y sucio. Yo había elegido mi cuento en el momento en el que descubrí mi carruaje. Era una princesa, y si hoy aún sigo creyendo en los cuentos, es porque no fui la protagonista de una historia protagonizada por muñecas y peinados imposibles, fui mucho más que eso, porque yo decidí ser princesa y sobrevivir en un entorno en el que todo apuntaba a que me convirtiera en la perdedora del cuento inventado por otros.

Y aunque hoy esté convencida de haber elegido la mejor camioneta de todas, a veces me pregunto si no sería ella la que me eligió a mí. Es inevitable, al hacerte mayor hay momentos en los que crees que lo que te pasa, bueno o malo, depende del resto.

 

Para M., y todos los que mantienen vivos al niño que fueron.
Imagen: Alicia Rius

8 comentarios:

  1. INCREIBLE... he viajado en el tiempo. Gracias. Una vez más me has emocionado.

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  2. Yo quiero ser un niño otra vez!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Gracias.

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    1. José Luis muchas gracias por tu escrito. No dejes de escribir si es lo que te apasiona. Saludos.

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    2. Antes envié un comentario que no sé si llegó porque algo me sucedió. Este es el enlace: https://pormaresdevaladouro.wordpress.com/

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    3. Sí llegó y estuve leyendo, es muy bonito todo. Precioso. Gracias por compartir.

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