jueves, 9 de octubre de 2014

De perros y políticos


Indignación (Cap. 4)
Ha muerto un perro. No, no se trata de un perro cualquiera, ha muerto Excalibur, el mártir incinerado por el miedo. Suerte para su dueña no haber nacido con cuatro patas y un rabo, porque en tal caso ahora estaríamos hablando de ella, de la enfermera incinerada. Pero Excalibur es un perro, era un perro, y por eso le tocó a él acabar en el horno encendido por la incompetencia.
He regresado a España, después de un tiempo fuera y lejos, sin tener más noticias que las que afectaban a mi familia y seres queridos, he aterrizado en el aeropuerto y he sentido tal sopapo de realidad acariciar mi cara, que me ha costado volver a poner los pies en el suelo menos tiempo del que yo creía. Me fui con los gritos de defensa hacia la independencia por una parte de nuestro país, y regreso con los gritos de defensa por la vida de un perro. España sigue igual, pero diferente.

Escucho a Pablo Iglesias sentado en un Chester, hablando acerca de algo que no entiendo, y me pregunto más de una vez si mi inteligencia está a su altura, porque no consigo descifrar el significado de más de una de sus frases. Parece estar enfadado, no con la clase política, ni con la gestión del país, no, parece estar enfadado porque su discurso tiene más personalidad si se dice con indignación. Y él sigue siendo el líder de los indignados. Sólo me queda claro algo acerca de un programa de televisión que va a hacer, porque lo repite varias veces, se le ve el plumero me temo, que le gusta mucho el micrófono y la cámara, y que sentarse a parlotear a ese lado es muy fácil, pero no es ese su trabajo, tal y como le recuerda el entrevistador, creo que no entiende que ahora le toca cumplir con las promesas y con los proyectos en los que creyeron los que le votaron esperanzados. Le veo perdido, incluso parece estar incómodo sentado en el Chester, tenso, como a punto de salir corriendo. Tiempo al tiempo.

Pedro Sánchez es más guapo, sí. Pero tampoco está aquí para posar para las revistas de moda, está para hacer lo mismo que el del párrafo anterior, y parece que tiene las ideas algo más claras, aunque su discurso suene preparado y perfecto para cerrar el guión de cualquier película. Hay mucho trabajo que hacer, y no es momento de criticar ahora lo que el otro hace mal, sino de remar juntos, de encontrar soluciones, de unir fuerzas. Y después, cuando la calma vuelva a los cafés y a las cañas de los bares del país, que empiece a trabajar en su futuro perfecto. Sea el que éste sea.

Y a Mariano lo he encontrado ausente. Bueno ausente y mayor. Como cansado, o aburrido. No lo sé, porque Mariano siempre me ha desconcertado. Nunca me ha llegado del todo, y nunca he visto al político que se supone que hay en él. Siempre le ví más, no sé, un registrador de la propiedad, por decir algo. Lo veo blandito, incapaz de echarle un par de cojones al asunto, poco valiente. Es el líder ausente, un hombre perdido en medio de un mapa en el que no sabe cómo orientarse. Rodeado de personas a las que debe hablar en gallego, porque no parecen entenderse entre ellos.

El Más de Artur es un error de partida de nacimiento, porque él no suma, más bien resta, y sé que ha pasado la noche poniéndole velas a Excalibur, porque su repentina marcha le ha dado un momento para pensar en cómo seguir desestabilizando a su país. Que también es el nuestro. Más está confundiendo a los catalanes, aunque algunos aún no lo sepan, y lo único que va a conseguir es que esta generación y la que viene, vivan y convivan odiándose. Votemos de una vez, esta es mi petición, y como ciudadana censada tengo derecho a darla, ¿no? Votemos todos. Porque para mí Cataluña también es algo mío, porque forma parte de mi país, y yo también quiero votar. Porque a mí me gusta Cataluña y los catalanes ¡caramba!, aunque a veces estén enfadados más de la cuenta, pero ¿quién coño no lo está con todo este follón?
He aquí, en cuatro párrafos, mi humilde análisis acerca de la clase política. ¡Olé nosotros!
Desde que he llegado, he leído tantas noticias y periódicos como me ha permitido mi jet lag, he visto las noticias de un par de canales. Y me he visto obligada a dejar de lado el escrito de mi experiencia vivida en estos días, para ponerle palabras a mi indignación, una vez más. Es la única forma que tengo de desahogarme. El ébola aterrizó en España, y llegó para quedarse de momento, pero no creo que ahora ayude salir a hablar de lo mal que se han hecho las cosas, he escuchado a doctores y enfermeros criticando todos y cada uno de los pasos que se llevaron a cabo durante el protocolo seguido para atender al enfermo fallecido, vale. Tendremos tiempo de hablar de ello, y de buscar en los errores la solución para que estos no vuelvan a ocurrir, pero no creemos alarma por favor, dejemos que los expertos hagan lo que están preparados para hacer, y después, una vez saneado el virus, ya buscaremos a los culpables.

España está hartita, y lo entiendo. En breve las pateras serán anécdotas de un pasado reciente, porque los inmigrantes no encontrarán ninguna razón para venir a nuestro país a sobrevivir, o a vivir con dignidad. ¿Dignidad?, no, de eso ya no hay. Nos estáis tomando el pelo. A todos. Queridos señores políticos, y demás sinvergüenzas, estamos hartitos de ustedes. Yo no soy de ciencias, pero no hace falta ser muy lista para coger la calculadora y empezar a sumar una a una, las cantidades que entre unos y otros han ido robando a lo largo de estos años, políticos, asesores, sindicalistas, monárquicos, empresarios, banqueros, famosos, tonadilleros y tonadilleras… menos los ciudadanos de a pie, pocos se salvan. Y todos siguen paseando por las calles, entrando y saliendo del juzgado a la hora del aperitivo, está la zona tan concurrida que los restaurantes de moda buscan un local disponible para abrir su nuevo negocio.
Yo soy una simple ciudadana española, pero salvo 25 pesetas que le quité a  mi madre de la cartera con 7 años (te los devolveré mamá), nunca he robado nada a nadie. Pago impuestos, respeto la ley por muy absurda que me resulte a veces, abandoné la carrera de derecho porque dejé de creer en la justicia, no tengo hijos porque nunca despertó el instinto en mí, pero tengo sobrinos, y me  asusta ver el futuro que les vamos a dejar. La impotencia ya es una invitada habitual en nuestros despertares, en el despertar de los españoles, porque nos sentimos engañados, decepcionados y humillados. Nos habláis de la crisis y del agujero que hay en nuestra economía, nos alertáis acerca de los recortes que habrá que hacer para salir de la situación, y  mientras tanto dejáis impunes a aquellos que roban, alargáis sus juicios hasta el infinito. Hasta que sean olvidados. Metedlos en la cárcel, cambiad las leyes, exigid que se devuelva el dinero robado… sumad todas las cantidades, veréis como el agujero desaparece. La justicia no es justa, la balanza siempre está en favor del poderoso, habéis conseguido que dejemos de creer en casi todo. Sois todos una panda de sinvergüenzas, y sólo os deseo que el día de mañana estéis en el mismo sitio en el que estamos la gran mayoría de nosotros. No os deseo nada malo, no, sólo eso. Que os toque vivir el resto de vuestra vida en nuestro lugar.

Sabemos que un pueblo ignorante es mucho más fácil de manipular y de controlar. Sabemos lo sencillo que es arrastrar a la multitud con el discurso fácil. Pero estén alerta, porque en este país cada vez hay menos ignorantes, cada vez nos creemos menos las frases populares robadas por un líder sin liderazgo. Algo estamos haciendo mal, mientras Holanda o Suecia cierran cárceles por falta de presos, nosotros las ampliaremos para que todos los ladrones, corruptos e incompetentes quepan en ellas.

Spain is different. Y yo me quedo aquí. Porque me gusta mías, locuras mías, ya saben.

2 comentarios:

  1. Gracias Javier. Ojalá pudiéramos llegar hasta sus pantallas... un saludo.

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