jueves, 23 de octubre de 2014

Amanecer en Camboya


 
 
 
He esperado pacientemente para escribir estas letras, porque sé que escribir una experiencia reciente, hace que la emoción a veces se invente palabras que leídas tiempo después desearías no haber escrito, y ahora, tras sobrevivir a la resaca del viaje, releo las notas y veo las fotografías que me vuelven a transportar allí. Y si esto ocurre, si conseguimos viajar a pesar de quedarnos en nuestros hogares, es porque algo de ese tiempo se ha quedado en nosotros. Son pocas las ocasiones en las que he escrito acerca de un lugar sin haberlo conocido, creo que es algo que aún no he hecho, porque los lugares no se intuyen, sino que se conocen, se huelen y se sienten, y no importan las fotografías ni las vivencias que otros compartan con nosotros, porque al descubrirlos logramos que algo de ellos se quede en nosotros.

Camboya ya no es sólo un país más, ni una chincheta nueva en el mapamundi de mis recuerdos. No podría enumerar las razones que hacen de éste un lugar diferente, porque son infinitas, y algunas de ellas no se pueden explicar, se sienten sin más. Todo cuenta, cada instante perdido durante el paseo, está perdido para siempre. Llegar hasta allí no ha sido una casualidad, y reconozco que de no haber sido por la historia que me embarcó en el avión, no era éste un lugar que estuviera entre los destinos que quería conocer. Pero fue una persona la que me acercó a su país anfitrión desde hace unos años, su labor y el trabajo que ahora conozco de cerca, me han paseado tantas veces por esta tierra, que incluso tuve la osadía de incluir su historia en mi libro de relatos, describiendo un rincón que no había pisado hasta ahora. Un rincón en el que la esperanza encontró un nuevo escondite, lo que hace que Juntos por Camboya, no sea una simple organización, sino que se convirtió en la segunda oportunidad para las almas olvidadas. Esa segunda oportunidad tan real como invisible en la vida de todos.
Los gallos anuncian la llegada de un nuevo día, su canto se adelanta al amanecer, a veces despejado, a veces lluvioso, y huele a tierra mojada, a arroz, a silencio. Las calles van despertando con calma, bicicletas, motos, coches y tuctus que circulan alocados aunque ordenados. Las miradas sonríen, personas que ignoran la miseria que los demás quieren ver en ellos, anhelos que llegan del pasado, pero no del tiempo presente. Cicatrices que se aprecian sólo desde cerca, recuerdos imborrables de la historia que marcan sus almas y sus cuerpos. Legado de un genocidio que hizo que la vida empezara de nuevo, imposible creer que fuera en un tiempo tan cercano. Todos perdieron a alguien, todos perdieron algo, incluso su identidad. La crueldad quiso acabar con muchas personas, aunque no les arrebatara sus vidas, y tuvieron que reinventarse, naciendo de nuevo en un tiempo presente con seres desconocidos, sin nombre, sin pasado, sin familia... Nada. Sólo ellos. Y ahora, cuando el tiempo parece haber pasado sólo en otros lugares del mundo, aquí hay detalles asomando en cada esquina que te descubren una realidad imposible de disfrazar. Pero no, no es la pobreza lo que define este país, sino la resignación. Camboya es resignación. Porque a pesar de todo, han aprendido que es el tiempo presente lo que tienen, y es eso lo que les importa.
Los países viven a su ritmo. Cada uno tiene su propia personalidad, porque todos nacen siendo diferentes. Pero la historia, no sólo deja la huella del rencor o del castigo, también hay regalos, rincones respetados por el paso de los años que regalan al viajero una bocanada de aire fresco, de belleza y de calma. Los eternos templos escondidos en Angkor, aparecen por sorpresa, sorprenden y emocionan, y entonces entiendes que hay sitios que sólo pueden existir allí donde pertenecen. Angkor sólo podría existir en Camboya, en su pasado y en su presente.


Antes de empezar este viaje, una buena amiga me recomendó que me comprara algún ungüento al llegar, la esencia que al olerla tiempo después me trajera de vuelta. No lo hice. Y no me arrepiento, porque hay un aroma que despertará a mi recuerdo cuando esté lejos, no tiene nombre, ni fragancia, ni explicación, pero cuando aparezca sabré identificarlo.

No puedo marcharme sin más, dedicándole sólo unas líneas a este viaje, quizás tenga que escribir un largo relato. No me parece justo no hablar de la familia que he tenido la suerte de conocer, de la alegría y del cariño que he recibido de unos niños por los que me habría quedado mucho más tiempo. Sonrisas que llevo conmigo desde entonces, y que me han enseñado mucho más de lo que merezco aprender. Pero si en este rincón mío escribo acerca de la realidad del mundo en el que vivo, más o menos inventada, también quería compartir la vida de los otros mundos que existen, y que a pesar de la distancia, de la lengua y de la luz, no son tan distintos al nuestro. Porque no importa de dónde vengamos, las personas somos personas, y todos, sin excepción, aterrizamos aquí con la misma alegría, la misma ilusión, la misma inocencia y la misma maldad, será el entorno y la suerte de nuestro destino los que decidan convertirnos en seres diferentes. Y de nosotros dependerá escoger nuestro lugar, o volar tan lejos como soñemos.


Gracias Camboya. Gracias Siem Reap. Gracias Lidia. Gracias niños.

“Los ángeles del camino”, es un relato incluido en el libro Dueño de tu destino

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