miércoles, 20 de agosto de 2014

La caja

Echar de menos es algo natural. Echas de menos porque quieres estar cerca de esa persona. Tener noticias suyas. Hablar al menos durante un minuto… algo, una simple conversación que haga desaparecer la incómoda sensación de estar esperando. Esa maldita espera eterna, que convierte los minutos en horas, y las horas en días… la dueña de nuestro tiempo en las horas bajas. Echar de menos es un sentimiento que nace del amor, a veces amor loco, a veces amor complicado, y en ocasiones amor verdadero, que éste también existe. Pero nada nacido del amor puede ser malo. Normalmente. Supuestamente. Afortunadamente.

El problema llega cuando los sentimientos que no son controlados sólo por el corazón, porque la cabeza, maldito enemigo en momentos de incertidumbre, se recrea inventando una realidad paralela que lo único que hace es alargar la sensación de añoranza, inventando preguntas que no sabemos responder, y logrando que la ausencia se convierta en una obsesiva necesidad de saber qué estará haciendo la persona anhelada, o dónde estará, sin valorar la posibilidad de que probablemente esté trabajando, durmiendo la siesta, conduciendo, o realizando cualquier otra actividad que nuestra cabeza se empeña en convertir en un ya no me quiere o un no se acuerda de mí… lo dicho, ¡malditas cabezas!

Hoy hablaba con una amiga de muchas cosas, interesantes casi todas, y después de casi dos horas de conversación telefónica, ha salido este tema. Hay que meterlo en una cajita, me ha dicho de repente. Y yo, aunque resulte extraño, me he quedado callada, porque no podía dibujar en mi cabeza la cajita en cuestión y además seguir hablando. Puedo hacer tres cosas a la vez, pero hacer dos me resulta más complicado. Claro, me decía, lo mejor es que en ese momento de ausencia lo metamos en una cajita, que sigamos con nuestra vida, y eso no quiere decir que lo olvidemos, ¿eh?, ni que haya dejado de importarnos, no, simplemente haciéndolo podremos seguir con nuestra rutina cuando él no esté, y así haremos desaparecer la incomodidad que nos genera no poder verle o hablar con él. Y después se ha reído. No sé por qué, pero lo ha hecho.
La conversación se ha alargado un poco más, pero yo ya no podía apartar la imagen de la caja de mi cabeza. Después de despedirnos, me he ido directamente a rebuscar dentro de todos los cajones de mi casa, algo ansiosa, confieso, y claro, la he encontrado. Como si algún día la hubiera colocado allí para que hoy diera con ella, es una caja diminuta, forrada de terciopelo rojo, con lacito incluido, un hallazgo muy apropiado aunque roce un poco la cursilería extrema. Ya tiene su sitio, está encima de la cómoda, para así poder encontrarla con facilidad, pero sin tener que reparar en ella constantemente. No, no es que la necesite ahora mismo, pero me gusta estar preparada, porque cuando la cabeza se anima con sus paranoias, una no reacciona con la misma rapidez, ni claridad mental.  

Posiblemente esta sea una idea ya inventada y patentada por alguna tarada como esta que escribe, pero como me ha parecido que es una solución tan original como barata, he decidido compartirla. Porque soy consciente de lo presentes que están algunas personas en nuestras vidas, y de la tristeza que nos genera no verlas en un tiempo, o no volver a verlas nunca (¡qué poco me gusta escribir “nunca”!), y por desgracia también conozco los insomnios y/o brotes de locura que estos lamentos nos generan.
Así que ¿por qué no hacerlo?, ¿por qué no meterlos en una caja para siempre, o por un rato? No se trata de engañarnos escondiéndolo, ni de hacerlo desaparecer, sólo de encerrar el sentimiento que nos produce un mal recuerdo, lo que a veces es más que suficiente, para acabar con los días feos que nos visitan por sorpresa. Así podremos seguir con nuestro día, sin necesidad de parar a coger el aire de cuando en cuando, por recordar la ausencia del ser querido. Y si nos vemos en la necesidad de volver a sentirlo cerca, sólo tenemos que abrir la caja un ratito, dejarlo salir y recrearnos en una conversación pasada, para después devolverlo a su escondite inventado.
Sí, también podemos llamar por teléfono, pero entonces de nada serviría este artículo.

Las emociones están ahí donde nosotros estemos, se pasean por nuestros hogares y a veces corremos el peligro de que se queden estancadas en una habitación, simplemente porque no encuentren una salida. Dejarlas encerradas puede hacer que el dolor crezca, y que la ausencia resulte aún más dramática, cuando a veces, lo único que nos ocurre es que no sabemos dónde guardar todo aquello que nos hace daño, y ante la duda dejamos que vaya creciendo dentro de nosotros, ¡error!

Yo dejo aquí la idea, y que cada cual haga lo que le plazca, que una servidora ya ha hecho los deberes y tiene su cajita lista. Mucho va a tener que esforzarse mi cabeza a partir de ahora…

 

Gracias S.

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