jueves, 26 de junio de 2014

Mi última cena


Al margen de la vida que cada uno haya elegido vivir, al final, antes de suspirar por última vez, estaría bien que se nos concediera un deseo. Un último deseo. Es muy probable que un alto porcentaje de los encuestados, respondiera que su deseo sería pasar sus últimas horas junto a alguien, porque no importa lo mal o bien que hagamos las cosas, las creencias que nos mantengan a salvo del miedo a lo desconocido, me temo que la gran mayoría sentiremos pena o miedo en ese instante, cuando seamos conscientes de que ya todo se ha acabado. Y que ya no hay marcha atrás.
Y sé que mi agnóstica alma pediría una última cena. Paradojas del ser humano. Sentaría en la mesa a personas a las que me habría gustado conocer, con el único interés de irme al otro lado, sea lo que sea lo que esto significa, con el recuerdo de unas últimas palabras compartidas. En la mesa de al lado estarían mi familia y mis amigos, los de los dedos de la mano. Ni más, ni menos. Y en la mesa que yo presidiera sentaría a Woody Allen a mi vera, a la derecha de Rojas Marcos, que ocuparía el asiento frente al de Calamaro, quien intercambiaría palabras con su vecino Paul Auster. Es una suerte que los muertos no pudieran resucitar para formar parte de este convite, porque no habría sitio para tantos. Siguiendo con las invitaciones, creo que Sabina también tendría un hueco, que como la edad lo ha hecho más flaquito y pequeño cabría en cualquier sitio, y a su lado, para protegerlo de cualquier revés acertado, sentaría a su Majestad el príncipe Roland Garrós, o sea Rafa.  Audrey sería la invitada de honor perfecta, pero no, no está, así que puede que me quedara con Cate Blanchet, por parecerme igual de frágil y elegante, que estaría sentada lejos de Woody para que no centraran su conversación en su nueva película. Una pena que se me haya ocurrido este post hoy, y no dos días antes, porque Ana María Matute estaría en la lista. Descanse en paz, maestra. Podría elegir a cualquier otra Ana, la Botella por ejemplo, pero al estar reservado el derecho de admisión me quedo con las ganas, en su lugar elijo a Ellen Degeneres, que también es humorista, y que le haga ojitos a Angelina, que Maléfica o no, creo que es de las pocas mujeres que puede hacer dudar a la heterosexual más beata, y ese morbo es necesario en mi mesa. Siguiendo con el hilo, ahora que hablamos de beatos, se me ocurre que Francisco I tendría un lugar de honor, seguro que a Andrés le haría los coros en más de un tema, Argentina bien vale una canción suya. La silla grande se la reservo a Michael, no el blanco sobre negro, que también está esperando al otro lado, sino al 23, o sea a Jordan.

Me quedan dos espacios libres para completar los doce comensales. Suerte que no estoy haciendo la lista de invitados pensando en cómo se llevarían entre ellos, no, simplemente escojo al azar a las personas con las que en algún momento me habría gustado compartir mesa y mantel. Aunque no probáramos bocado, al menos yo. Y como no hay sitios libres para cuatro más, tendría que elegir sólo a uno, y elegiría a David Summers, simplemente por ser la voz que más veces he cantado, hasta que Andrés llamó a mi puerta. Por último, ya que veo la mesa un poco coja de damiselas, la última invitación sería para Sofía Loren. Conste que después de haber visto la foto de la Infanta Margarita en el concierto de los Rolling de Madrid de anoche, casi, casi la escojo a ella, pero finalmente me he dejado llevar por el embrujo de la italiana eternamente bella, eternamente viva.
Y así, sin más, se acabaría mi vida. Sin importar la comida que se nos sirviera, pues algo me dice que mis invitados son más de beber, fuera vino tino o Acuarius, pero más de beber seguro. Sé que mis sobrinos me mirarían asustados desde la mesa de los niños, y pensarían que definitivamente, la tía está muy loca. Que mi hermana y su inseparable G se acercarían un poquito más cada segundo, hasta acabar sentadas a mi derecha y a mi izquierda con disimulo. Sin decir nada, sólo por estar ahí. Conmigo y con ellos. Y el resto posiblemente sólo se dedicaría a charlar como si de cualquier fiesta se tratara, pues entenderían que mi mesa es mía, que es mi fiesta, y que al fin y al cabo eso es lo único que importa. Que yo esté feliz. Aunque sea mi último día, o el primero... según se mire.

De momento no quiero morirme, así que me conformo con tomarme un café con Miguel, que a lo mejor, con esto de creer en la magia, entre sorbo y sorbo igual empiezo a escribir cosas serias… y no tanta gilipollez ¡Caramba!


1 comentario:

  1. Me pongo a pensar en mi mesa. Me encanta tu blog. Gran descubrimiento.

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