sábado, 1 de marzo de 2014

Una mujer bajo la lluvia


No le gustaba la lluvia.
La lluvia mojaba, o moja, según el tiempo del que hablemos. Hoy hablamos del pasado, del ayer al que responsabilizamos de nuestra vida presente. Seamos nostálgicos, o no. A ella estas letras la colocan en un tiempo pasado. No le gustaba lluvia. Si habláramos de hoy, puede que dijéramos que le gusta zambullirse en los charcos. Pero entonces no estaríamos hablando de ayer, ni de ella.

Cuando una nube gris, ensuciaba el azul del cielo que decoraba las ventanas de su luminoso ático del centro de la ciudad, a ella se le nublaba la mirada. Aparecían arrugas tristes como por arte de magia, y sus labios se paralizaban en una posición horizontal. Sin curva hacia arriba o hacia abajo, no era tristeza, sino falta de alegría.
Le gustaba pasearse por la calle, pasear todo el tiempo, de día o de noche, sin importar la soledad de las aceras en determinados momentos. Ella paseaba, mirando siempre de frente, clavando sus ojos pardos en las fachadas de los edificios que se cruzaban en su camino, imaginando la realidad de todos los que aparecieran en escena. Inventaba razones por las que dos jóvenes se besaban apasionadamente, despedida o reencuentro; intuía la vida pasada del cansado caminar de las piernas de la mujer que arrastraba un carro de la compra, como si no se dirigiera a ningún sitio. Aunque ningún sitio fuera su hogar. Se colaba en los bolsillos del hombre trajeado que caminaba acelerado, buscando una prueba que justificara su aparente huida veloz. La vida era vida a su paso, porque para ella la vida siempre había sido lo que imaginara, sin realidades que escribieran un guión posiblemente copiado.

Pero no le gustaba la lluvia. Era la única cosa que no le gustaba, aparte de las flores que no fueran blancas. El agua se convertía en una cortina que le impedía verlo todo con claridad. Sus zapatos se mojaban, y no le gustaba caminar con los pies mojados. Cuando llovía se sentía presa. Atrapada en una jaula en la que estaba obligada a quedarse. Vivía su vida como le daba la gana, y no soportaba que algo le impidiera ser ella misma, con sus decisiones tomadas. Por eso en los días de lluvia se enfadaba. Y por alguna extraña razón aprovechaba esos ratos mojados, para rodearse de las personas que menos le gustaban, quizá para ponerse en lo peor, y para que así la lluvia no le resultara ser lo más horrible que estuviera ocurriendo a su alrededor.

Era una mujer normal, pero muy distinta, una de esas personas a las que miras de frente y un destello te ciega por un momento, inspiraba a la curiosidad, había algo en ella que no era fácil de ver, aunque se mirara desde muy cerca, aunque se rozara su piel color canela en rama. No era piel morena, no. Era piel color canela en rama. Ese era su color.

Nunca supe todo de ella, si bien a veces la perseguía mientras se perdía en sus largos paseos. Caminaba yo sobre sus pisadas, empujado por una atracción que no sentí ni tan siquiera en el día en el que conocí a mi mujer. A ella. Pero esa otra a la que yo perseguía era distinta. Se transformaba en una persona inventada por su intimidad, no era más fría o distante, no, ella nunca podría serlo. Hermética, quizás. La acompañaba desde una distancia secreta y prudencial, no quería arrebatarle lo que era sólo suyo. Pero me gustaba saber quién era esa otra mujer en la que se convertía, espejo mágico de la persona con la que había compartido casi toda mi vida.
Le regalé más de veinte paraguas a lo largo de nuestra vida juntos, y en los días de lluvia le gustaba mirarlos de reojo, como si cogerlos la pusiera cara a cara frente al reto más difícil. Pero no. Nunca conseguí que saliera a la calle en los días grises. Nunca.

El día que se fue mientras empezaba a chispear, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Supe que algo pasaba, y aterrorizado salí corriendo detrás de ella. Corrí sin rumbo, enloquecido por su ausencia y por mis temores. Pero no pude alcanzarla. Desapareció. Se marchó para siempre. Diluida en el agua que empapaba su vestido favorito. Entonces lo supe, supe que no me había equivocado cuando al conocerla, tuve aquel pálpito emocionante, un pálpito que sólo se puede sentir cuando se conoce a un ser mágico, diosa de otro mundo. Musa terrenal. Cuya única condición exigida para quedarse a mi lado, había sido no pasear nunca bajo la lluvia.

Por eso cuando lo hizo, pasó lo que pasó. Para siempre.

 

3 comentarios:

  1. Fantástico ver como ha crecido la escritora que eres. Felicidades. H.

    ResponderEliminar