domingo, 17 de enero de 2010

Tiembla Haití


Tiembla el suelo en un rincón cualquiera, en un lugar cualquiera. En una isla cualquiera. Allí dónde la Tierra tiene nombre, y dónde los nombres son conocidos después de desaparecer. Todos queríamos que el año empezara bien. Los deseos del día 1 y las esperanzas puestas en cumplir sueños insignificantes, se desvanecen sin más. Porque la Tierra decide estornudar, carraspear o simplemente agitar su incomodidad, sin saber que cualquier pequeño movimiento agita a un pueblo entero. Un pueblo que llora, que desaparece y que reaparece sumergido bajo los escombros. Con o sin vida. La Historia es historia, la garganta del olvido se ha tragado años de conquistas, de invasiones y de rebeliones. Vidas anónimas, vidas perdidas.

Suena el eco de un grito desconsolado de solidaridad; la ayuda incondicional a los que lloran sin sentir, o sienten sin llorar. El ser humano se vuelve más humano que nunca cuando los gritos de desconsuelo son infinitos. Desde la no siempre artificial tierra de Hollywood hasta la lejana Nueva Zelanda, pero viajando hacia este lado. Hacia el Este. Todos muestran su apoyo, todos queremos ayudar. Todos nos agachamos a recoger parte de lo que hasta no hace mucho, era un algo. Destrozo, ceniza, polvo. Restos. Entregamos lo que humildemente podemos regalar, con miedo a que la mano avariciosa y cruel se lleve lo que no le pertenece. Sin duda el destino no castiga sólo a los malos.

La vida es justa, es injusta, es dura, es alegre. La vida es incompresible. Castiga a los que puede ganar. Castiga a los débiles, y sólo se me ocurre que la razón sea que estos no tienen la capacidad de volver a empezar que tienen los poderosos. El dinero no lo es todo. Pero lo compra casi todo. Imposible imaginar que la minúscula línea que divide una isla en dos partes, sea ahora un muro infranqueable. A este lado desolación, amargura y pérdida. En aquel lado infraestructuras, suerte e ignorancia. Y no tienen sitio para acoger, no abren sus puertas, apoyan de palabra pero su única ayuda es girarse y mirar hacia otro lado. A veces la mente humana no entiende de cariño, ni de perdón. Me pregunto cómo lo habrá hecho el destino para agitar este lado de la isla, calmando al temblor cuando se acercaba a la insignificante frontera dibujada por el hombre, allí dónde el mundo pretende ser otro. En este capítulo de la Historia, el título está claro: Objetivo Haití. No sabemos nada, no sabemos por qué, no sabemos las razones por las que esta humilde tierra de riqueza humana ha sido castigada. Puede que la razón la encontremos en el pasado, puede que sea cierto que los geólogos predijeran lo ocurrido años atrás. Pero en las desgracias regaladas por la Madre Naturaleza, lo más duro es no tener una respuesta para los porqués. Y es entonces cuando hablamos de la mala suerte. Nuestro consuelo.

No empieza el año como imaginamos. Las sorpresas no siempre son buenas. Apenas ha pasado un mes y los castigos empiezan a sufrirse. Catástrofe, pena y la desolación. La Tierra se agita, se menea y se enfada. Y yo ahora me pregunto: ¿qué es lo que estamos haciendo mal? Pues si este planeta en el que vivimos se enfada así será porque algo no funciona aquí arriba.

Desde cualquier lugar parten aviones llenos de esperanza y de cariño incondicional. Gentes sin otro vínculo, que el que nace por el sentimiento de consuelo que se tiene por los perdedores. Somos mejores personas cuando la catástrofe nos reclama, me pregunto si algún día lograremos ser mejores personas sin ser reclamados.

Haití no ha dejado de temblar. Ya no hay nada que destruir, ya casi todo está perdido. Levantarán un monumento por los desaparecidos, recordarán entristecidos el día de la desolación en los años venideros. Y aquellos que vivieron y sobrevivieron no dejarán de sentir el temblor de la tierra bajo sus pies… allí dónde las voces yacen enmudecidas. Sin razón.

El egoísmo nos habla entonces de la generosidad del destino, y nos recuerda la suerte que tenemos al nacer dónde hemos nacido, aunque esto haga que nos sintamos culpables por un instante.

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