sábado, 12 de diciembre de 2009

Paseando por NY (parte 2)


Está decidido. Me vengo a vivir a NY para montar un restaurante en el Soho, y está claro que no será un restaurante cualquiera, porque el mío estará montado súper mono y además será un sitio al que vengan todas las celebrities a tomar el brunch; y huelga decir que por supuesto se comerá súper bien (hay que pronunciar mucho las eses para que este absurdo párrafo tenga algún sentido). Y como me irá fenomenal pues no tendré problemas para irme de visita a Madrid una vez al mes… ¿He dicho que además iré vestida súper fashion?, ¿y que mis amigas serán súper guays?, (de repente tengo ganas de vomitar, ¿qué me pasa doctor?)… y hasta aquí mi frívola versión moderna del cuento de la lechera. Así soy yo. Soñando mi vida al ritmo de la música que toca mi imaginación. Mañana me iré a ver una exposición de arte ecuestre a Cuenca (¿quería decir rupestre?) y decidiré que quiero abrir una galería en el rincón más recóndito de la ciudad; y me viene Cuenca así de repente, sin pensar, podría haber dicho Kuala Lumpur, pero no, he dicho Cuenca. ¿Será por lo de las colgadas?, las casas digo. Y sin tener muy claro cómo he llegado hasta Cuenca cuando empecé hablando del Soho neoyorkino, retomaré el hilo de la historia con disimulo mientras entono una canción... I want to be a part of you, New York, New Yoooork…
Si algo he sacado en claro en esta nueva visita a NY es que las actrices de las películas cuando se pasean cargadas de bolsas en realidad no llevan nada en ellas. ¡Ahí queda eso!, y ahora es cuando sin ser preguntada debo explicar esta extraña conclusión a la que mi inteligencia ha llegado sin necesidad de ser ayudada (¿inteligencia emocional?). He de confesar que yo hoy he sido una de ellas, sí, hoy me he convertido en una de esas actrices gracias a mi lucha por convertirme en estrella de mi propia película; y es así como he decidido transformarme en shopper (¿existirá ya este término?, ¿seré yo la descubridora de tremenda palabreja?). Me he paseado por la city cargada de bolsas, disfrutando al máximo de todos y cada uno de los cargos que me han hecho en la tarjeta, imaginando en cada compra la cara de cualquiera de los destinatarios de todas ellas… ¡bendito invento el de la Navidad!, ¿no es maravilloso regalar? (y el espíritu consumista sigue dentro de mí horas después, todavía sigo algo trastornada). Pues eso, que lo de pasear cargada de bolsas con una sonrisa de felicidad mientras un taxi se para frente a nosotras… todo mentira. Es una falsedad. Y una gilipollez. La realidad es que los brazos se agotan, las manos se enrojecen y los dedos se ponen morados, hasta que nuestros cuerpos se retuercen para adoptar posturas imposibles con el único propósito de repartir el peso de las compras por todas nuestras extremidades (¿son extremidades las orejas?); los taxis no paran, ni los cabs, ni los taxis. Nadie para. Somos ignoradas. Y esta es la razón por la que he llegado a la conclusión de que las actrices que se pasean por las pelis cargaditas hasta las orejas, llevan las bolsas vacías o se han tomado un orfidal antes de lanzarse a las calles. No hay otra explicación para ello, así como tampoco la hay para entender de qué estoy hablando ahora mismo… será que estoy cansada, será efecto de, ¿cómo se llamaba eso?, ¿jet set?... ¡ah, no!, ¡jet lag! (curiosa confusión).
Mi regreso a casa es inminente, mis días aquí se han pasado volando. Y volando me voy a mi hogar. Comentaba con mi querida amiga lo rápido que se pasan los días aquí, será porque estamos pasándolo genial, le dije yo. No digo su nombre porque se enfada, pues nunca digo el nombre de mis amigas en mis escritos, yo intento convencerla de que es para hacerle publicidad, pero nada. No cuela. Así que no la nombraré (¿ves Rocío?, te dije que no diría tu nombre). Anoche cenamos en el Soho (sí, sí, al lado del local en el que voy a abrir mi restaurante, ¿voy?, ¿vamos?, ¿quiénes?... ¡cuántas preguntas!); un lindo lugar de comida italiana en el que faltaba la misma luz que falta en todos los locales neoyorkinos de moda, pero en los que se está muy a gusto. Creo que es porque siempre que se aterriza en esta ciudad venimos acompañados de quienes elegimos nosotros, y por eso siempre se está a gustito. Decidí darme un paseo para llegar hasta allí, la noche era perfecta; así que puse un pie delante del otro al ritmo de la banda sonora de este viaje mío, disfrutando de cada pasito, y cuál fue mi sorpresa cuando miré al cielo y me encontré con la Luna llena y con la puntita del Empire State a punto de acariciarla. Fue sin duda uno de esos momentos mágicos, en los que me sentí la persona más afortunada del mundo. Un instante de entusiasmo. ¡Qué a gustito me sentí por estar dentro de mí!, ¡con qué poco nos conformamos los que nos conformamos con poco!, (se me pone cara de tonta y todo al recordarlo, ¿estaré recuperando la cordura ahora que la locura amenaza con regresar?).
Imagino que muchos de los que me lean (¿muchos de los que me lean?, pero ¿qué me pasa?, ¿mamá?, ¿papá?, ¿hay alguien más ahí?... y luego dicen que no soy motivada) bueno como soñar sigue siendo gratis, pues yo a lo mío; como iba diciendo muchos de todos los que me leen (¡toma ya!), estarán esperando mi lista de las compras. Así que os adelanto que si seguís leyéndome lo hagáis por placer, pues no habrá comentarios al respecto, porque son sorpresitas que meteré a Papá Noel en el saco el día 24 de Diciembre (Merry, merry Christmas, and a happy new year, la la la…, últimos latigazos en english antes de entonar un verso en castellano antiguo). Pero lo que si confesaré es que en esta ocasión mi vestidor sí que tendrá nuevos inquilinos. He sucumbido a la tentación. He caído. He consumido. He gastado. Me he homenajeado. Me he adelantado a mi cumpleaños y a la Navidad y me he hecho un regalo, o dos. Y no, no hablaré de ello… pero ¡cómo me quedan mis modelitos!, ahora es cuando Carrie debería saltar de la pantalla y plantarse delante de mí, asustada por sentirme cada vez más cerca, por sentirse cada vez menos única... ¡¡¡Por cierto!!! Que he olvidado lo más importante, anoche cuando llegué al hotel me puse a ordenar toda mi ropa en la maleta, cuando de repente escuché una voz que me resultaba familiar… ¡mis chicas!, por fin un capítulo de Sex and the city, y además estando yo en la city… y no era uno de los tres que he visto… ¡era otro! Ahora es cuando alguien me preguntaría que cuál era, y yo avergonzada debería contestar que no me acuerdo, porque me quedé dormida en un instante… ¡aghhh! , no entiendo cómo puedo contar las cosas con tanta emoción si está claro que en el fondo me dan bastante igual (repito, ¿qué me pasa doctor?).
Hablaría del MOMA, del MET, o de la Ópera, pero no tengo intención de hacerme la interesante. Mi paseo por la Gran Manzana se ha centrado en mi amiga y en mis compras (por cierto, ¿la Gran Manzana de Apple tiene algo que ver con la de NY?, no es pregunta de Trivial, es que se me acaba de ocurrir) ¡Ay!, que triste me voy de NY, he disfrutado tanto que hasta me ha dado tiempo a echar de menos a mi familia, ¿¡seré lelita!?; no, no pretendo que vengan a buscarme al aeropuerto con una pancarta, tampoco es para tanto. Y retomando el tono inicial de este monólogo, diría que simplemente lo he pasado súper, gracias a mi amiga sin nombre, gracias a mis compritas pagadas por Santa, gracias a mis paseos solitarios en compañía de toda la ciudad, y gracias al empacho de tantos Starbucks bebidos sin sed (homenaje a Fito, los fans me entenderán).
Me quedé sin perrito caliente mientras paseo por Central Park en este viaje, y como tengo un poco de ansiedad cuando esquivo alguno de mis rituales, estoy pensando que en cuanto aterrice en la capital me voy a ir corriendo al parque del Retiro, salchicha en mano, y me daré un paseo como quien no quiere la cosa. Total, si cada dos pasos en NY escuchas a alguien hablando en español, pues mucha diferencia no habrá entonces.
Se acerca mi maleta, me mira asustada, la cremallera está a punto de estallar. Me pregunto quién aguantará más; si ella o la de mi pantalón vaquero. Glub.

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