domingo, 26 de mayo de 2019

Principito



Para algunas personas "El principito " es un libro que está sobrevalorado, para otros, como yo, es una lectura indispensable, y cuya relectura siempre va acompañada de un viaje fugaz a la primera vez que lo leí. Es lo maravilloso del mundo literario, hay lectores para cada obra y, por mucho que a algunos les pese, todos los lectores merecen ser respetados por sus gustos. 

Hace unos días recordé al rey, personaje que vive en uno de los asteroides que el pequeño príncipe visita. Su majestad, ataviado con una capa morada y sentado en su trono real, se pasa el día dando órdenes. Y el pricipito, tan inocente como sincero, le pregunta si todo el mundo obedece sus órdenes, y el rey contesta contundente: "Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar."

Es una de mis frases favoritas del libro. Una de esas sentencias que ponen de manifiesto que "El principito" no es un libro para niños. Y hoy recuerdo aquella conversación porque hace unos días, esta frase me salvó de un enfado al aterrizar por sorpresa en medio de una discusión absurda. Quizá fue el mismo rey el que la lanzó desde su asteroide, vaya usted a saber. Y es que, a veces, necesitamos una voz que nos recuerde según qué cosas. Por mucho que nosotros podamos hacer, y por mucho tiempo que les dediquemos a los que nos rodean, las personas somos quiénes somos por nuestras circunstancias, y nuestras prioridades son distintas. No podemos exigir a nadie que haga o actúe como esperamos que lo haga, porque ni nuestra perspectiva es la suya ni su mirada ve lo mismo que la nuestra. 

Saint Exupery creó uno de los personajes más famosos de la historia de la literatura, e incluso él sabía que ese jovencito vestido de verde no gustaría a todos de la misma manera. Y eso está bien. Que cada cual escoja cual es, desde su punto de vista, el mejor personaje de ficción, y al resto sólo nos queda respetar su elección de la misma manera que deberíamos respetar las decisiones de cada quién. Pero claro, es hablar del respeto y, por raro que parezca, todo se complica.

domingo, 19 de mayo de 2019

Vocación




Envidio a las personas que tienen una vocación desde que son niños. En mis primeros años de vida, yo quise ser monja y payaso, no sé si al mismo tiempo o en épocas diferentes, pero mi vocación debió de ser ficticia porque mis ilusiones se evaporaron a medida que sumé años en mi calendario. Y en este tiempo en el que ahora vivo, a veces me invade una duda: ¿Estaré viviendo la vida de otra persona? ¿Soy en realidad una intrusa en un sueño ajeno? Porque, en honor a la verdad, yo nunca quise ser escritora. Escribo desde niña, sí, me gustaba hacerlo, pero jamás me imaginé escribiendo historias para que otros las leyeran. Y no, tampoco quise ser librera. Ambos sueños llegaron después de los veinte, tras haber emprendido y fracasado en otras ilusiones.

Planear nuestro futuro está bien, y tener  una meta en el horizonte es tan motivador como enriquecedor. Pero es en el camino que nos lleva hasta esa meta, donde descubriremos si ese es nuestro destino o si, por el contrario, se trata sólo de un mero trámite para descubrir nuestra verdadera vocación.
Con los años he aprendido muchas cosas -algunas de ellas inútiles -, pero si algo sé es que, al visualizar el mañana, no es tan importante pensar en lo que queremos ser sino en quién queremos convertirnos. Al margen de las rutinas en las que nos vemos inmersos durante la mayor parte de nuestra vida adulta, lo esencial es conseguir encajar en el perfil de la persona que queríamos ser. Con o sin familia, con libertades compartidas o con soledades asumidas. Con verdad, con miedo y con valentía. Con los sueños intactos y los valores protegidos.
Al fin y al cabo, puede que, a pesar de las apariencias, algunos nos hayamos convertido en nuestro sueño... Y me gusta pensar que, después de todos los personajes que he interpretado durante un tiempo más o menos largo, la monja y el payaso que monopolizaron mis sueños infantiles, todavía siguen vivos en algún rincón escondido de la cabeza de la escritora y la librera en las que la vida me ha convertido.

viernes, 10 de mayo de 2019

Quién inventó el amor






Hace unos días un lector me escribió sólo para hacerme una pregunta:
¿Quién inventó el amor, Laura?

No sé qué esperaba de mí el lector en cuestión después de dejar una duda de tal calibre sobrevolando mi escritorio. Puede que sólo quisiera dedicarme un guiño para formar parte de mis historias. Quizás necesitara una respuesta para aliviar la ansiedad provocada por la incertidumbre de una pregunta tan espiritual. Aunque también podría tratarse de una misión imposible, y que lo único que esperara fuera recibir una respuesta coherente. Algo bastante improbable tratándose de mí.

No tengo ni idea. 
Lo siento. 
Pero puestos a imaginar..., me atrevería a decir que posiblemente el amor no fuera inventado por nadie, y que viniera de serie desde el principio de los tiempos. Igual que los llantos, las carcajadas o la piel de gallina. Sí, si está claro que alguien tuvo que utilizar esta palabra por primera vez, pero lo más relevante del asunto no es averiguar quién le puso el nombre al amor, sino quién se atrevió a definirlo. Es un “sentimiento intenso del ser humano”, según establece la RAE en una de sus acepciones, como si los peces o las flores nada supieran del amor. Acabáramos.

¿Y quién lo inventó entonces…? Sigo sin saberlo, lo siento. ¿Un poeta quizás? ¿O acaso no son ellos los responsables de que en tantos versos encontremos la explicación a nuestros sentimientos? O podría haber sido un filósofo, que perdido en medio de la noche, se viera acorralado por el silencio y el cielo estrellado (sí, ya sé que es una escena demasiado romántica, pero qué quieren que les diga, si estamos hablando del amor necesitaré un poco de tinta rosa, ¿no?). Y después de darle unas cuantas vueltas al coco he decidido zanjar el asunto y limitarme a dedicarle este artículo a mi lector:


Querido lector, recibe esta respuesta como una prueba de mi amor. Sin más. Y que nadie se venga arriba, háganme el favor, que el amor no es propiedad de los enamorados, o de los besos robados o de los paseos por la orilla del mar. El amor es todo lo demás. Lo que queda en nosotros cuando nada queda a nuestro alrededor. Lo importante y lo que con tanta facilidad olvidamos cuidar. El abrazo de un niño, o su carcajada. La mirada de un padre y la sonrisa de una madre. El encuentro entre amigos, las noches alargadas y las madrugadas ebrias. La complicidad que sale al encuentro de nuestra melancolía. El amor es ese sueño conseguido, y la canción inspirada en nosotros. Es la caricia al césped mojado. El amor es todo lo que nos rodea, todo lo que nos inspira y que nos aleja, de una manera u otra de la rutina, del dolor y de la rabia que a veces nos invade.
 
No sé quién inventó el amor, querido amigo, pero te diré que tampoco creo que sea importante saberlo.  Ni siquiera necesitamos conocer su significado porque esta es una palabra mágica, y en el momento que apenas nos roza, los pies se despegan del suelo y todo tiene sentido y nos sentimos indestructibles. El amor es, por encima de todo, la única razón por la que merece la pena perder la cabeza.

Pero cuidado con la trampa, porque en el otro lado de la moneda está un corazón roto. Un vacío insaciable y la melancolía de la soledad.  

Lo cierto es que hoy me he sentado delante del mar con la intención de hablarles acerca del verano. Pero ya saben, una empieza a tirar del hilo y el cerebro acaba deshaciéndose como un ovillo. Prometo hacerlo la próxima semana y, mientras tanto, no se queden ahí parados, que si hay una estación que complementa con el amor es esta que acaba de empezar. Así que, de momento, me despido y sólo me queda desearles el mejor de los veranos.

AUDIO DE RADIO
QUIÉN INVENTÓ EL AMOR

miércoles, 1 de mayo de 2019

Algún día




Es hora de dejar de luchar contra imposibles, tan solo somos dos ancianos solitarios que se conocieron antes de tiempo, dijo ella.

Y se despidieron sin decir adiós.

Detrás quedaron las preguntas sin respuesta, los insomnios y las horas lentas en los días infelices. Los nuevos comienzos repetidos en el tiempo, y los finales infelices. La impaciencia del deseo y la certeza del instinto enmudecido. Detrás quedó el capricho del destino que se adelantó a su momento, y la flecha desviada de un Cupido despistado. Detrás quedaron las promesas, los nunca tantas veces engañados y los siempre con fecha limitada. 
En el tiempo en el que la última hoja del otoño se desprendió de la rama, ella colocó en su cabeza las palabras que hasta entonces no habían tenido sentido. Debemos dejar de culparnos, es el tiempo el que se equivocó, no fuimos nosotros.

Y sus vidas empezaron de nuevo. Sin arrepentimientos ni resignaciones en el recuerdo. Con la ilusión puesta, quizá, en el día en el que la vejez solitaria les diera la oportunidad que nunca tuvieron.

domingo, 7 de abril de 2019

Influencer



Las influencers... ¡oh, ellas! Esas mujeres que no eran tan… y ahora son tan... Las que abrieron sus armarios y descubrieron que por fin podían dejar de compartir sus estilos sólo con el espejo de sus habitaciones. Pongámonos ese pijama para ir a tomar el aperitivo, o esa falda de tul con las zapatillas de deporte, seamos itgirls… Dentro del mundo de las influencers están las que lo son porque lo son, y las que lo son porque otros así lo deciden. Entre las que lo son porque lo son, están las modelos o exmodelos (que ya eran influencers, sin saberlo), y que han estudiado algo que no sé lo que es pero que trabajan en el mundo de la moda; las actrices, de serie o de pantalla grande; y las mujeres con apellido compuesto que llevan décadas ocupando la front row de los desfiles de NY, Milán, París… Y, por otro lado, en el submundo influencer nos encontramos a las que llegaron subidas a los lomos de su cuenta de Instagram y desembarcaron de la mano de un programa de televisión o de un novio famoso, paradójicamente, a las que mucha gente admira (¡oh, cielos!). No puedo decir mucho de sus méritos, pero sus seguidores avalan su... ¿profesionalidad? 

Todas ellas, las auténticas o las inesperadas, llevan una vida social de lo más súper, que no es lo mismo que tener vida social sin más, no. Tres o cuatro veces por semana comen o cenan en los sitios más top de su ciudad, eligen casi siempre los locales que uno puede confundir con el salón de la casa de un amigo, decorados con muebles de madera rurales, flores frescas, pájaros decorando las paredes, terrazas interiores llenas de plantas…, y tres esenciales: Ensalada de quinoa, minihamburguesas y tostas de pan integral con aguacate, salmón y queso fresco. Pero lo más importante es hacerse las fotos más divertidas con sus acompañantes, derrochar felicidad y escribir veinte hashtags debajo de ellas para que los followers se traguen sus envidias y sueñen con ser ellos.

La nueva publicidad es de carne y hueso, las marcas de moda se pelean porque una de las influencers más top se ponga sus prendas regaladas, y provoque en su público la reacción esperada: ¡Necesito tenerlo! Sin perder un minuto, las fans se harán con esa falda roja para combinarla con la blusa fucsia que lleva años defenestrada en el armario, el pasado siempre vuelve. Cada detalle cuenta, incluso el moño que hasta ahora sólo te hacías para fregar los platos, es el recogido más estiloso si lo combinas con unos bonitos pendientes y una camisa de hombre sobre tu minifalda de piel… 



A veces sueño con que me topo con una de ellas, y le propongo que, una vez por semana, complete su outfit con un libro en la mano. Me consta que a muchas les encanta leer. Y ya que hay tantas personas que hacen lo que ellas mandan, no estaría de más que de cuando en cuando, sacaran un libro y lo compartieran con sus followers con un hashtag tipo #leeressexy o algo por el estilo. Y no digo esto porque yo sea escritora ni porque tenga una librería, Amapolas en octubre, en la que, además, tengo un corner dedicado a los primeros influencers, libros de música, biografías o libros de cine. Tampoco lo digo porque quiera hacer publicidad de mi librería,  está en la calle Pelayo 60 de Madrid, aunque dejaré alguna foto al final del artículo por si les apetece conocerla. No comentaré nada acerca de las personas que han pasado por allí en sus primeros tres meses de vida, desde Leiva a Máximo Huerta, el Guardián entre el centeno, pasando por Soledad Puértolas y Sol Aguirre, entre otros tantos... No, no me pagan por hablar de mi librería, Amapolas en octubre, repito, sino que este artículo no es más que un ataque de celos. Envidia pura. Estoy rabiosa. Las cuentas de las influencers crecen y crecen, y vuelven a crecer, y yo soy incapaz de conseguir más followers, cada vez que miro detrás de mí y veo que nadie me sigue... ¡Qué frustración!

Así que, aunque no soy follower de ninguna influencer (ojito con la frase), que sirva este artículo para presentar mis respetos a las nuevas majestades y para brindar con todas ellas. Por las mujeres que se convierten en el espejo de tantas otras, por las que dan salida a las prendas que estábamos a punto de regalar o de tirar a la basura, por las que nos convencen de que un poco de gloss y un iluminador son el mejor remedio para nuestra fatiga, y las que nos empujan a practicar hipopresivos hasta que nuestro ombligo se mude a la espalda… Gracias. Sin vosotras no seríamos más que mujeres con personalidad, pero con michelines, que nos creíamos estilosas hasta hace bien poco. Ya era hora de que alguien pusiera un poco de cordura en nuestras vidas. Gracias, influencers, gracias por tanto. Os recuerdo el hashtag: #Leeressexy. Gracias. Buenos días.





NOTA: Las fotos son mías. Pueden copiarme, si quieren.

domingo, 31 de marzo de 2019

Eres mi persona


"A dos mesas de distancia había una pareja acurrucada en el rincón semioscuro. Uno de los focos estaba fundido, otro cómplice fortuito. Ambos jóvenes, acalorados y divertidos, flotaban en su burbuja. Él tenía la mirada más brillante que he visto en años. Ha sido un momento de tal intensidad que casi rompo a reír; Stendhal se mareaba y yo me río, así son las cosas. Segundos después, he escuchado a Romeo decirle a su diosa: Eres mi persona. ¡Oh, cielos!, he susurrado para mí.

Eres mi persona es, desde hoy, mi nueva frase favorita.

Y durante el trayecto de vuelta a casa no he dejado de hacerme preguntas… ¿Seré yo la persona de alguien? ¿Tengo yo una persona para mí? ¿Qué sucede si una persona se enamora de alguien que es su persona, pero esta no es la persona de aquella? Y para escapar del bucle, he decidido sentarme a escribir para intentar poner un poco de orden en mis conclusiones.

A saber:

Sí, tu persona existe, y habla de las cosas que te gustan, o está en silencio cuando es el silencio lo que quieres compartir; te cocina tu plato favorito como tú lo haces, y se ríe de las cosas que te hacen reír; te desquicia con las estupideces que más te molestan, y te abraza por sorpresa. Tu persona es imperfecta, te lo advierto, y tú adoras sus imperfecciones; su mirada consigue hundirse en la tuya y te observa cuando estás ausente. Os queréis, os odiáis, os amáis, os respetáis y os ignoráis. Sentís admiración y deseo. Respeto y confianza.

Mientras unos se empeñan en destruir el amor, otros nos deleitamos con gestos como el que yo he visto esta tarde. Descubrimos frases como la que inspira este artículo, y alimentamos nuestra esperanza, no en el amor, sino en el ser humano. En las personas.
Puede que no esté todo perdido.
No olvidemos que la belleza atrae a la belleza, y las palabras bonitas forman parte de esta belleza.

Buenos días, personas de alguien. 

viernes, 11 de enero de 2019

Tu primer día



Llega un momento en el que, por la razón que sea, dejamos de ser niños. Un día en el que aburridos de lucir tantas máscaras, nos atrevemos a ser nosotros. 

Se acabó la obra. Abajo el telón.

Llega un momento en el que dejas de pensar en tonterías, y no te esfuerzas por recibir una palabra cariñosa de aquellos a los que les cuesta decirla. Dices no, cuando algo no quieres, y no tienes remordimientos de conciencia. Aprendes que, al margen de todo lo vivido, ser buena persona no significa ser imbécil. Respetas las ideas y opiniones del resto, y hablas con educación, pero cuando algo no te gusta lo evitas, y cuando alguien te hace daño, lo ignoras. Porque no, no estamos para aguantar tonterías.

Llega un momento en la vida en el que te pones por delante de cualquier prioridad, y que entiendes que, si tú no estás en ese lugar óptimo en el que mereces estar, a tu alrededor nada irá bien. Por mucho que se finja. Y te atreves a todo, dejas de presumir acerca de lo valiente que eres, y saltas al vacío. Permites que tu corazón se adapte a ti, que te siga por cualquier camino que desees caminar y te vuelves loco, porque descubres que es en la locura donde a menudo se encuentra la calma.

Llega un momento en el que das por terminada la eterna lista de propósitos y empujado por una fuerza desconocida, te pones en marcha, te los crees por fin y vas a por ellos. Porque ese día entiendes que el tiempo no espera para nadie, y que la vida fluye veloz. Agarras con fuerza el momento presente y lo zarandeas, lo disfrutas y lo exprimes, no piensas en mañana, no anhelas el ayer. Te plantas en medio de tu camino y decides que hoy empieza todo, que hoy es el primer día del resto de tu vida.


Y así empieza una nueva historia, viviendo cada día como si fuera el primero. 
Cumplir años es el mejor regalo. 


Feliz cumpleaños a mí.

lunes, 31 de diciembre de 2018

La agenda de las ilusiones



Llevo horas haciendo mi balance de este año, y confieso que he tenido que pellizcarme un par de veces porque la realidad ha mejorado los planes con los que llegué al pasado mes de enero. No creo merecer tanto bueno ni tantas sorpresas, pero ya que no puedo borrar lo vivido, solo me queda dar las gracias a los que me habéis acompañado en este último tramo del viaje por mi historia. 

Celebremos o no el fin de año, en algún momento todos hemos dicho adiós (murmurando o gritando) a una etapa de nuestra vida en la que abandonamos una parte de nosotros, y despertamos valientes en un nuevo año dispuestos a volver a empezar. Otra vez.

Para muchos este momento es un punto y aparte, para otros es tan solo un día más. Pero, así como suspiramos un deseo al soplar las velas de nuestra tarta de cumpleaños, también podemos hacer que este instante en el que a los números de nuestros calendarios les sumamos una cifra, marque un antes y un después, no en nuestras realidades, sino en la agenda de nuestras ilusiones.
El ajetreo del día a día a veces nos impide hacer balance, así que este es un buen momento para pararnos un segundo, respirar, y pensar en todo lo acontecido hasta la fecha. Estoy segura de que lo bueno rellenará más páginas que lo malo, pero esta maldita memoria a veces se empeña en castigarnos con los recuerdos tristes para que no volvamos a cometer los mismos errores... Algo bastante improbable, por cierto, porque la piedra en el camino está para que tropecemos con ella más de una vez, aunque con los años aprendamos a caer con estilo y la caída sea cada vez menos dolorosa.

Podemos pensar en aquello que hicimos o que no hicimos, y proponernos cambiar o mejorar. Dar un paso adelante, atrevernos a ser diferentes, hablar sin miedos, decir sí, decir no, robar besos, abrazar invisibles, brindar con la tristeza, saltar al vacío, inventar colores, inventar presentes y futuros, inventar los recuerdos de los nuevos días... Y ser perseverantes para alcanzar nuestro sueño.

Porque ya saben que, si no nos rendimos, algunos sueños terminan por cumplirse.
Creer que es posible es el primer paso para conseguir que esto suceda.


Feliz despedida, amigos. Y feliz nuevo comienzo. 


¿Empezamos?

AUDIO






martes, 11 de diciembre de 2018

Me gustas, sólo eso




Hablar con honestidad es evitar daños futuros. Porque cuando una persona está enamorada tiene la manía de leer en cada palabra una declaración de amor eterno. Y decir “me gustas” significa simplemente eso, que me gustas. Sin necesidad de escuchar la marcha nupcial en nuestro romántico cerebro, ni plantearse cómo decorar la casa que compartiremos. 
Tengo un buen amigo que siempre dice que él no miente. Que no regala palabras que no sienta, y que así no engaña a nadie. Es otra forma de hacerlo, y es tan válida como otra cualquiera, pero lo cierto es que en ocasiones no decir algo significa mucho más que hablar de nuestros sentimientos. El amor es tan ciego como sordo, y en pleno trance emocional no vemos lo que no queremos ver, e inventamos cualquier excusa para justificar el silencio, llámese miedo de la otra persona a comprometerse o timidez en expresar lo que siente… ¡vale ya! Quien te quiere te busca, y si el que te busca es el que tú quieres, entonces te encuentra. Ni más ni menos. Sencillo, simple, y fácil.

Me gustas, sí, me gusta pasar tiempo contigo, me divierto estando a tu lado, me agrada tu compañía. Mañana puede que sienta algo diferente, pero hoy es lo que siento. No me casaré contigo. Hoy no. Y puede que en unos días dejes de gustarme. Pero hoy que estás aquí, que estamos así, te confieso que sí, que hoy me gustas.
Ya está.

Hay palabras que lo único que hacen es escribir una realidad imaginaria, una mentira que nos consuela, y en un momento de confusión, muchos hemos creído que esa realidad inventada era la buena. No culpemos a nadie. Miremos a la vida de frente, escuchemos con atención, y no soñemos con un mañana de flores y amor eterno por el mero hecho de escuchar que en este momento, por un instante, somos importantes para alguien.
Fantasear es algo tan necesario como maravilloso, siempre que sea cosa de dos. Y compartir una fantasía es señal de que sí, de que me gustas un poco más que ayer.

Audio (clic)

sábado, 1 de septiembre de 2018

Septiembre



Y mientras terminamos de escuchar el último bolero, llega septiembre, para mí uno de los meses más bellos. Y también llega acompañado por una música de fondo, de violín, o puede que de violonchelo. Las estaciones también tienen banda sonora, no va a ser este un privilegio del que sólo nosotros gocemos. 
Y mientras las notas flotan en el aire, presagio del otoño inevitable, la luz de septiembre se difumina y se mezcla con las sombras que ya empiezan a alargarse. Y los azules, tantas veces inmortalizados, pierden la intensidad de su verano. Les ha llegado el turno a los colores caducos.

Otra vez nos descubrimos en septiembre, con sus remordimientos y con la cabeza repleta de las vidas paralelas que nuestra imaginación siempre añora en este tiempo. Aunque sólo sea para huir un ratito de la que estamos viviendo. Aunque sólo sea para seguir sintiendo que somos los dueños de una realidad que acabamos de dejar en libertad.

Septiembre es un mes mágico, capaz de disfrazar nuestra vida a su antojo. Y también es un mes melancólico. Sí. Melancólico y distante. 
Y en sus días se concentran todos los “y si hubiera” que bien podrían repartirse en una vida entera. Para algunos este es el mes de los comienzos, de abrir nuevas agendas, y de poner el contador a cero para estrenar los nuevos proyectos. 
Es un mes para todos, para las madres agotadas y los niños entusiasmados, para los últimos “te quiero” del verano, para las promesas y los quizás, para los valientes y los acomodados, las rutinas y las sorpresas, para el calor y la tormenta. Incluso para el veranillo rezagado…

Y además de su inconfundible melodía y del aroma de su anhelo, septiembre presume de ser un mes fuerte y atrevido, al que, si le pedimos ayuda, le faltará tiempo para empujarnos en ese columpio imaginario en el que siempre, siempre, podremos volar más lejos. 

Audio: septiembre

miércoles, 1 de agosto de 2018

Agosto




Agosto tiene nombre de novela o de película. De melodía, sí, agosto es una canción que empieza  rockera y que termina a ritmo de bolero. Agosto es un mes completo, de encuentros y desencuentros. Y también es, a pesar de todos los clichés, un mes tan cool como cateto. De fardapaquete y velero. Y por eso agosto es el mes circense para los almanaques y los recuerdos. 
Todo cabe aquí, incluso una paella con guisantes y pimientos.
Ay.
Agosto es un mes de jolgorio y de discusión, en el que se brinda con mojito o tinto de verano y se come sin horarios. Un mes para bailar al son de música sin ritmo en cualquier chiringuito y para lucir sombreros y los modelos más atrevidos. Es el mes de las "lecciones de todo" con los brazos en jarras en la orilla. Del calor asfixiante a este lado del planeta e incluso de la noche romántica con su lluvia de estrellas.
Tiene este mes un cielo anaranjado suspendido en el horizonte y un amanecer silencioso que parece que ralentiza el tiempo. Porque si algo tiene agosto es la fuerza para parar los relojes y limpiar el aire de responsabilidades y obligaciones.
Agosto es un mes que deja su rastro en nuestros calendarios como arena de playa en los suelos recién barridos. Y se va plagado de recuerdos que devolvemos a nuestra memoria durante el resto del año.
Lo cierto es que, desde hace mucho tiempo, yo no soy más que una mera espectadora de este mes en el que en lugar de irme, me escapo un instante tan solo. Y al llegar me sirvo una cerveza bien fría y me divierto viendo la misma escena repetida una y otra vez en distintos escenarios... Veo a los cuñados invisibles, a la suegra imponiendo sus normas, a la hija imponiendo las suyas, y a los niños aburridos cada diez minutos o jugando incansables hasta la madrugada. Al suegro que parece haberse equivocado de película, a la madre de familia que busca un escondite debajo de la hamaca, a los primos forjando una amistad indestructible, al bebé embadurnado de protección solar y a los solteros que no sueltan la caña ni para colocarse la gorra de quinceañero. Y también aparecen en escena los cuerpos de gimnasio esculpidos en invierno, triatletas y runners a diestro y siniestro, o aquellos que hace tiempo decidieron que no renunciarían al gin por una silueta perfecta y una dieta entristecida. Y también veo las modas de cada año, tatuajes, triquinis, bañador y camisa de manga larga, camiseta de España, turbantes coloridos o la última moda en hombres de este verano: barba de dos días, pecho trabajado y piernas depiladas...
Todos hemos sucumbido a las modas... No comentaré y así no tendré que confesar las mías.
Agosto abarca tanto que incluso disimula las mentiras tras las gafas de espejo, ofrece aventuras (y desventuras) divierte a muermos y desinhibe moralidades. Es un mes alegre y atrevido, desordenado y enfadado a ratos. Pero que siempre se despide con un abrazo nostálgico, una mano ondeando al viento desde el andén o una sonrisa que disimula un nudo en la garganta.
Sea lo que sea para mí o para usted, si algo tiene este mes es que al escuchar su nombre, una sonrisa inevitable y traviesa se dibuja en nuestro rostro.
Puede que sólo sea por los recuerdos... Pero ahí están, siempre regresando a nosotros.

lunes, 30 de julio de 2018

Seamos jóvenes siempre




¿Qué tal llevan ustedes las despedidas? A mí no me van mucho, la verdad. Prefiero darme la vuelta y soltar un hasta luego, aunque ese luego no llegue nunca. El verano es época de despedidas, algunas de ellas terminan con puntos suspensivos, otras con un punto final. Pero estas últimas tenían su encanto en épocas pasadas, cuando todavía escribíamos cartas en papel y nos lanzábamos al buzón como si dentro de él fuéramos a encontrar el Santo grial. Y es que si algo hace especiales a los amores de verano es que somos conscientes de que no son eternos y sabemos lo que vendrá después. Noches en vela. Planes imposibles. Sueños que nunca se cumplen y, antes de comernos la uvas, el olvido. Y aun así nos seguimos dando la oportunidad de enamorarnos en verano, bravo por nosotros, no dejemos de hacerlo. Esas son las gotas con las que deberíamos llenar nuestros vasos.

Hoy me despido con disimulo. Ustedes necesitan que desaparezca un ratito, y yo necesito un descanso de mí. Descansemos entonces todos a la vez. Mi hermana dice que cuando escribo me gusta ondear algunas banderas. Es verdad. Me encanta escribir para el resto, elegir una bandera, aunque a mí no me represente, y dedicarle un artículo. En definitiva, me gusta ponerle palabras a las inquietudes ajenas. Pero ha llegado el momento de airear mi cabeza y de darle unas vacaciones a mis folios virtuales. Ha sido un placer pasar estos dos últimos meses con todos vosotros. Ya nos podemos tutear, ¿no os parece?

Y para este hasta luego estival, he elegido una de mis banderas favoritas: la de la juventud. Ya lo dijo Picasso, el que es joven lo es para toda la vida. Es verdad. Yo lo soy, y tanto yo como los que me conocen, sabemos que siempre lo seré. Aunque en ocasiones nos tengamos que comer las promesas que nos hacemos y afrontar las consecuencias de nuestras locuras transitorias. Pero en este caso, yo lo tengo claro. Así que seamos jóvenes siempre y sigamos coloreando las páginas de nuestra biografía. Ignoremos los complejos que nos encasillan y dejémonos llevar por la magia que nos envuelve en la juventud. Y que las arrugas del sol se confundan con las que nos regala la vida. Que perdamos los papeles más a menudo, y que vivamos cada instante como lo hacíamos cuando éramos jóvenes y no pensábamos en mañana. Alarguemos las madrugadas si nos apetece amanecer en compañía, y afinemos la voz por si la alegría nos empuja a cantar…  Arrinconemos los problemas sin solución y seamos valientes para apartar de nuestro camino a las personas que entorpecen nuestro paseo. Sumemos años a nuestros calendarios. No es necesario madurar, ni crecer muy deprisa. Seamos jóvenes siempre y que nada ni nadie nos quite la alegría.


Recibid mi abrazo, mi beso y la promesa de que volveré con las historias que mi juventud escriba.


Audio (pincha en link)


lunes, 23 de julio de 2018

Las facilitadoras

En esta época de calores y puestas de sol, de romanticismo y locura desmedida, amores y desamores, rupturas, encuentros, flirteos y aventuras, quisiera dedicar mis palabras a las relaciones. En concreto a un tipo de mujer que vive y convive entre nosotros…

No me gustan las comparaciones entre mujeres y hombres desde el punto de vista emocional. Me parecen bastante absurdas, y lo digo desde el respeto. Pero intentar entender el porqué de su forma de ver la vida, es adentrarse en un universo complejo que sólo nos puede llevar a un lugar: la desesperación. Ellos son de una manera, y nosotras de otra. Fin.
No busquemos comparaciones ni explicaciones porque no las hay. Intentemos respetarnos tal y como somos, y puede que así todo resulte más sencillo. O al menos, no tan complejo.

A pesar de mantener las mismas conversaciones una y otra vez, en ocasiones podemos llegar a descubrir algo sorprendente. Y eso mismo me sucedió el otro día, cuando en una charla con una amiga recuperé un calificativo que, gracias a mi madurez, ya llevaba tiempo sin decir: La mujer facilitadora. Al pronunciarlo me quedé navegando en mi limbo habitual, flotando en un tiempo pasado, en los días en los que era madre, psicóloga, enfermera, cocinera, terapeuta... ¡Incluso celestina! Y es que hay épocas de mi vida que se me fueron de las manos.

Algunas mujeres estarán viviendo ahora esa fase, recién llegadas o a punto de terminarla, porque la gran mayoría hemos pasado en algún momento por esta etapa, puede que sea algo genético, y que tengamos la necesidad de cuidar y de proteger a esa persona, así que no busquemos explicaciones ni nos castiguemos más de la cuenta. Queridas mías, lo confirmo, una de nuestras cualidades es la de ser facilitadoras. Es una putada, lo sé. Pero si lo somos, lo somos. Y no hay escapatoria. Podemos ser muchas cosas: atrevidas, frívolas, sensuales, sexuales, tradicionales, vehementes, apasionadas, ordenadas, disciplinadas, solitarias, distantes, herméticas, románticas, locas… y también podemos ser facilitadoras.
Yo he asumido en público haber ejercido de facilitadora en contadas ocasiones, porque creo que asumir nuestra peculiaridad es el primer paso para entender cómo funciona nuestro cerebro. Ese órgano tan extraordinario, empachado siempre de paradojas y de realidades paralelas.

Escribir la palabra facilitadora es más que suficiente, no creo que haya mucho más que añadir o explicar. Pero quisiera aclarar que ser facilitadora no es un rasgo que todas poseamos. Hay que nacer así, y así crecemos, hasta el día en el que un sopapo de realidad nos descubre que estamos reviviendo una y otra vez la misma historia con el avispado de turno. Pero no llegamos a su vida con la intención expresa de hacerlo, no estudiamos el plan perfecto, ni valoramos sus consecuencias. Simplemente lo hacemos. Resolvemos sus problemas para que su vida sea más sencilla, les apartamos algunas piedras del camino, vamos hasta ellos para ahorrarles el paseo, hacemos magia en sus días, y nos implicamos con tal entrega en sus inquietudes e ilusiones, que a menudo nos olvidamos de quiénes somos. Y entonces llega el mejor día de todos: Su marcha. Gracias por todo. Nunca te olvidaré... Ya saben, todas esas frases que algunas acabamos citando por ellos, para ahorrar tiempo más que nada, porque sabes que, acto seguido, alguien aparecerá en su vida y comenzará la relación para la que decía no estar preparado.
Y ahí os quedáis tú y tu generosidad. Tu corazón altruista. Tu bondad y ese largo etcétera que lo único que hace es vaciarte para dejarlo a él listo para su nuevo futuro. Bravo por ti.

Es bonito estar para la gente que te necesita, es bonito escuchar, entender y cuidar a aquellos que te lo piden, pero con el tiempo uno aprende a no ser un altruista emocional, a valorarse y a ponerse por encima de las peticiones de los que no saben estar solos. Hacer de sus problemas los nuestros, es encaminarse al fracaso sin posibilidad de salvación. Compartir es cosa de dos, y las facilitadoras -no nos engañemos-, reciben más collejas que otra cosa. 
Y después de innumerables veladas compartidas y otras tantas botellas de vino, de charlas y berrinches de unas y otras, de historias repetidas y de los mismos hombres con diferentes nombres, si algo tengo claro es que muy pocas mujeres quieren pasar a la historia como facilitadoras. Pero eso es algo que cada una debe descubrir por sí misma, cuando aprenden a darse a ellas mismas todo lo que son capaces de dar a los demás. Y no hay nada más gratificante que entrar por decisión propia en el paraíso de las ex-facilitadoras. 

Allí nos vemos.


lunes, 16 de julio de 2018

Obligados a ser felices


¿No tienen la sensación de que a veces estamos obligados a ser felices? ¿Y que alguien ha infectado sus ordenadores con un tripi? No hablo de un virus, ni de espías, ni de cualquier otro mal virtual, no, sino de un tripi inyectado con un pendrive rosa. Porque cada vez que enciendo el mío, una frase optimista aparece cuando menos lo espero, escrita en un post-it, un muro, una hoja de papel o recostada sobre una nube esponjosa. Y no me refiero a una cita robada o atribuida a algún personaje místico o famoso, hablo de frases más directas y breves, esas que no nos hacen pensar, sino actuar… Las mismas frases que ustedes también leen: “No mires al pasado, tu vida es hoy”, “si crees que puedes lograrlo lo conseguirás”… Hay decenas de ellas, centenas, y no importa que sus ordenadores estén a salvo, porque la plaga se nos ha ido de las manos y ha contagiado a las tazas de café, camisetas, cuadernos, fundas de teléfono y cualquier superficie sobre la que se pueda escribir algo.

Yo he sido autora de alguna de esas frases. Yo también sufrí felicidad transitoria durante un tiempo. Y pido disculpas si esto provocó algún daño o frustración a los que me leyeron.

Pero una vez más seré la abogada del diablo. A pesar de haber firmado y compartido muchas de esas frases de pensamiento positivo, desde aquí quiero enviar mi apoyo a todos aquellos que, sin regocijarse en su no-felicidad (que no es lo mismo que infelicidad), de vez en cuando se atreven a no querer estar felices y a mandar a la mierda a alguien. Sin justificaciones ni explicaciones. Nos hemos empeñado en hablar de lo maravillosa que es la vida, de lo importante que es vivir cada segundo, exprimir el tiempo que tenemos, y de llegar a la tumba diciendo ¿puedo repetir? Pero a veces es un mensaje demasiado forzado, poco creíble, y es mejor cabrearse, mosquearse, encenderse y enfurecerse. Una tormenta pasajera siempre refresca el ambiente. O también podemos resignarnos a vivir la vida que elegimos, sin emociones apasionadas ni saltos en paracaídas. Respirar y punto. Es otra elección, tan válida como las demás.
 


Esta mañana, abducida por una de esas frases, me he preguntado cuándo empezaría todo. Cuál fue el momento en el que las setas alucinógenas empezaron a propagarse por la red. Son un bien necesario y parece que imprescindible para encontrar un sentido a nuestros amaneceres más grises. Tener metas y creer en algo es importante, sí, pero no lo es tanto como lo es el ser capaz de leer al menos diez frases alegres y positivas y creerse alguna de ellas. Mr. Wonderful tiene muchas papeletas para convertirse en el dios del siglo XXI, él ha escrito el padrenuestro de nuestros días, y es el destinatario de nuestra oración desesperada.

Si nos repetimos algo muchas veces, acabamos haciendo de este mensaje una actitud y pasado un tiempo… ¡Magia!, se hace realidad. Al menos es algo que decía Gandhi, ojito, que esto son palabras mayores. Y yo confieso que a mí me gusta la gente optimista, como se dice ahora: la gente que suma. El optimismo se contagia, sí, pero el pesimismo también. Los vampiros emocionales revolotean y esperan a que se ponga el sol en sus días para venir a atacarnos y a chuparnos la energía, y para combatirlos de nada sirven las estacas de madera o un rayo de sol, los venceremos sólo si los ignoramos o los atacamos con lo que más les duele: el mensaje positivo que mejor se ajuste a su pena, añoranza, tristeza o enfado. Hay mensajes para todos los gustos, sólo hay que dar con el lado vulnerable de las personas.

Dicen que lo importante en esta vida es aprender. Aprender. Aprender. Aprender… Es agotador, ¿no les parece? Enriquecedor, sí, pero también es posible que determinadas lecciones nos venga mal aprenderlas en algunos momentos y nos apetezca más mandarlo todo a la mierda. Así, sin añadir una disculpa ni un emoticono a nuestra frase. Un bufido pasajero, acompañado de la vena hinchada en la sien. Desahogarse. Desfogarse. Soltarlo. Vomitarlo. Y después seguir adelante.

Porque, como dice una de mis frases favoritas, lo mejor está por llegar.

AUDIO DE RADIO:

lunes, 9 de julio de 2018

Nuestros muertos



Hoy les dedico mis palabras a los muertos. Tal cual. Quizá fuera más correcto hablar de los fallecidos, o de los que nos han dejado, e incluso podría referirme a ellos como aquellos que han pasado a mejor vida, porque la palabra muerte no tiene una pronunciación muy melódica que digamos y además siempre va acompañada de un absurdo suspense, como si morir fuera algo inesperado para los que sobrevivimos al difunto. Cuando ser difunto es lo único que tenemos asegurado desde que rompemos el silencio con nuestro primer llanto.







Con el paso del tiempo en mi entorno también han muerto algunas personas, aunque no me gusta decir que las perdí, porque si lo hiciera estaría mintiendo. Yo no he perdido a nadie. Las personas no se pierden. Podemos perder las llaves o el teléfono, o perdemos los papeles si la discusión se nos va de las manos, e incluso hasta podemos perder la memoria. Pero no las personas, ellas nunca se pierden. Y tampoco desaparecen. Ni se evaporan como lo hacen algunos amantes al alba. En realidad, todos los que se fueron, siguen estando en nosotros y seguirán estando a nuestra vera hasta el día en el que decidamos olvidarlos. Por esta razón es tan importante saber que, aunque nuestro cuerpo sea mortal, nuestra esencia no lo es. La eternidad está asegurada gracias a los recuerdos compartidos, a los abrazos incondicionales, a las palabras generosas en las conversaciones importantes y a las caricias imborrables. Y las huellas que dejamos en aquellos a los que queremos serán las que nos alejen de la mortalidad y del olvido.

Cuando escucho a alguien hablar acerca de lo importante que es aprovechar el tiempo y de vivir cada día como si fuera el último, y su reflexión termina con una frase del estilo “nunca sabes lo que pasará mañana”, dentro de mi cabeza se proyecta la figura de mi otro yo agarrando por los hombros a esa persona y zarandeándola sin piedad. A veces tiene que pasar algo dramático para que nos demos cuenta de lo efímero que es todo, de la grandeza de los pequeños detalles que revolotean alegres en nuestro presente y de lo poco importante que son esos grandes problemas que nuestra cabeza se empeña en inventar. Y cuando la muerte de un ser querido nos sobreviene, la tierra empieza a tiritar de miedo bajo nuestros pies, porque sabe que algunas despedidas llegan acompañadas del despertar de los que se quedan dándole vueltas a su desconsuelo, y a los porqués sin respuesta. Y entonces, con un simple chasquido de dedos, comienzan su nueva vida. Y todos los me gustaría se transforman en hechos por arte de magia. Y de pronto descubren que llevan años amaneciendo y anocheciendo en una realidad que ni siquiera les pertenece.

El que haya brindado conmigo alguna vez sabrá que mi brindis siempre va dedicado a los que no tienen miedo, que no es lo mismo que dedicárselo a los valientes. Y lo hago siempre, cada día, una o dos veces. Tres, si el día viene con premio. Y lo hago por mí, para escucharme y tomar conciencia de ello, pero también lo hago por los demás, porque siempre imagino que habrá una persona deseosa de escuchar una frase como esta, ya esté en mi mesa o en la mesa de al lado. Alguien que quizá esté viviendo sus últimos días sin saberlo, e incluso podría ser yo. Y este podría ser mi último artículo. Quizá debería haberlo escrito antes, podría haber sido el primero de todos los publicados en Palabra de Laura y que cada uno de los siguientes se hubiera convertido en una pista para conquistar la felicidad o en la pieza de un puzle que se completara el día de mi adiós. Pero las cosas han salido así, e igual que no puedo tener la certeza de lo que va a suceder dentro de diez minutos, tampoco puedo hacer nada para cambiar el pasado. Mejorarlo quizá, pero no cambiarlo.

No cerraré un artículo como este con sugerencias ni consejos vacíos, permítanme que hoy sea un poquito más imperativa que el resto de los días cuando les digo que no esperen a mañana. No aguarden más de la cuenta a que llegue ese momento perfecto o la situación ideal para dar un paso adelante. Si quieren que alguien se quede en ustedes para siempre y deciden regalarle la inmortalidad, hagan que así sea. Pidan perdón si es necesario y perdonen antes de que sea demasiado tarde. E intenten no irse a dormir sin haber resuelto un enfado. El dolor de no haber dicho o hecho algo por una persona de la que no pudimos despedirnos, no desaparece nunca, por eso debemos demostrar nuestro afecto y compartir todas las cosas bellas en vida y querer con lo mejor que tengamos. De nada sirve alimentar el rencor porque este sólo nos hace daño a nosotros. Así que den alas a sus sueños y empiecen a trabajar para que las cosas sucedan y para que los deseos pedidos a las velas sopladas se cumplan. Hagan que cada día cuente. Atrévanse con los imposibles y no se guarden ningún te quiero. Que cada despertar sea el primero del resto de su vida y que no pase un día sin haber arrancado una sonrisa a alguien. Que los  muertos no se despidan con nuestras lágrimas de impotencia por lo que pudo haber sido, y que nuestro paseo por este mundo sea tan increíble que seamos despedidos con la más inolvidable de todas las fiestas.

Y de vez en cuando, no olviden brindar por los que no tienen miedo, nunca se sabe quién puede estar escuchando.

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lunes, 2 de julio de 2018

Escribir con el alma desnuda

Escribir debería ser una obligación, una rutina que todos cumplieran sin rechistar. Se resolverían muchos problemas, porque la solución está a menudo dentro de nosotros, y no a nuestro alrededor, que es donde normalmente la buscamos. Pero hay personas que no escriben, ni siquiera para desahogarse, y tampoco cantan, ni se enamoran, ni brindan, no hacen nada… No sé cómo lo logran, cómo consiguen seguir paseando tan tranquilos sin que la vida reviente en su interior. No lo entiendo. Las emociones necesitan tener voz y ser compartidas para mantenerlas con vida.
Yo, por ejemplo, pasé años escondida en el anonimato y parapetada tras el muro que me impedía ser de verdad, hasta que un día, gracias a un lector desconocido, descubrí que mis escritos transmitían lo que no era  capaz de explicar con palabras, y que hacerlo me provocaba una sensación de plenitud que pocas experiencias me han proporcionado. Y eso que en lo referente a experiencias, no me quedo muy corta que digamos.
Desde entonces camino por estos folios fingiendo ser quién no soy, o robando personalidades en las que encajar dependiendo del día. En muchas ocasiones me han preguntado qué personaje soy de la ficción que invento, pero esta parece ser una pregunta habitual que se hace a todos los contadores de historias, e incluso el mismísimo Graham Greene escribió acerca de ello en una de sus novelas. "Los protagonistas de una novela deben de tener cierto parentesco con el autor, salir de su cuerpo como un niño sale del vientre de su madre. Después se les corta el cordón umbilical e inician una vida independiente."  Una cita tan certera, que incluso la tomé prestada para convertirla en el epígrafe de una de mis novelas. Cada vez que pienso en esta reflexión siento celos de los personajes que invento, que pueden vivir todas las vidas que quieran, sentir la emoción que les venga en gana y atreverse a retar al mayor de sus miedos sin pensar en las consecuencias. Son los privilegios del que, como yo, vive entre los renglones de un cuento pero también son los regalos con los que se topa el lector.
No me cansaré de decirlo: Que cada cual escriba su historia con las palabras que escoja, y que cada cual desnude su alma en un folio virgen. Dejemos a la vida sin aliento y descubrámonos sin temor, el mundo está falto de personas auténticas, nobles, locas o valientes. Y para transmitir eso que sentimos debemos ser honestos con nosotros mismos, mirarnos desde fuera como si fuéramos un espejo y escuchar nuestros pensamientos sin prejuicios. Pero hemos de hacerlo siempre con nuestros ojos, y nunca con la mirada de los otros, la de aquellos que nos dicen qué hacer y cómo hacerlo, qué sentir, qué vivir y qué callar cuando llega la hora de contar verdades.
Escriban cartas y envíenlas a esa persona, el verano es una buena excusa para romper con las normas y con los temores. Porque les aseguro que hay pocas cosas tan gratificantes como lo es escribir para convertirte después en el lector de tu propia historia.

AUDIO DE ARTÍCULO
ESCRIBIR CON EL ALMA DESNUDA

                                              

lunes, 18 de junio de 2018

Casualidad


Hace unos días me ocurrió algo que ya les contaré en otro momento para no alargarme más de la cuenta, y al compartirlo con una amiga esta no dudó su respuesta, es una casualidad, me dijo. Aun a sabiendas que yo no creo en las casualidades. Soy más del destino, de la magia, del deseo pedido a la estrella o de que algo simplemente nos sucede como consecuencia de un trabajo bien hecho. La palabra casualidad se utiliza más de la cuenta en estos días y encaja en casi todos los párrafos, hasta el punto de haber perdido la esencia de su significado.

Casualidad es alcanzar ese sueño, sin importar tu esfuerzo ni tu trabajo, hasta convencerte de que eras el único que luchaba, y que por eso pudiste lograrlo. Casualidad es escuchar esa canción que ya habías tarareado, aunque hasta entonces nadie la hubiera compuesto. Casualidad es oír al otro lado del auricular la voz de alguien a quien tanto tiempo llevas recordando. Es toparte con esa persona que te acelera el corazón por sorpresa, sin haberlo planeado. Y cuando algo de esto sucede siempre hay un espontáneo que sale de la nada y exclama entusiasmado: ¡Qué casualidad!

Casualidad es llamar a una amiga cuando acaba de entrar en la sala de partos, no un minuto antes, ni tres después, sino en ese minuto exacto, mientras da la bienvenida a su bebé asustado. Es que nos guste la misma canción, y que de entre todas las posibles, eligiéramos justo esa como nuestra favorita cuando ni siquiera nos conocíamos. Sí, si al final tendréis razón y todo es casualidad, y me tocará asumir que soy yo la equivocada, y que vuestra es la verdad.

Necesitamos encontrar una explicación a lo que vivimos.

Resolvemos nuestras dudas hablando de la casualidad, ignoramos la posibilidad de que a lo mejor tenemos una fuerza mucho mayor de lo que creemos, gracias a la cual somos capaces de atraer nuestros sueños más íntimos e imposibles. Pero no, lo más probable es que yo esté equivocada, es más sencillo creer que todo es una casualidad. Porque la magia está tan viva como muerta, dependiendo de lo que cada cual crea. Y la palabra destino o la famosa serendipia que con tantos deseos conjugan, son palabras muy valientes,  y por eso preferimos justificarlo todo diciendo que lo ocurrido es mera casualidad.

Que amanezcamos a la misma hora, aun estando a kilómetros de distancia, es casualidad, y que nos soñemos al mismo tiempo cuando nuestros cuerpos ni siquiera puedan rozarse, sí, también es casualidad. Es una casualidad que nos encontremos en el día exacto en el que empezamos a olvidarnos. Casualidad es que hayas acabado viviendo una vida que sólo te atreviste a soñar. Casualidad es que de pronto encuentres, lo que perdiste tiempo atrás. Y que recibas esa llamada de teléfono cuando ya empezabas a perder la esperanza. Y que un libro determinado caiga en tus manos justo cuando a ti ya no te quedaban palabras para explicar lo que estabas viviendo. Y que te toparas en el sitio menos esperado en el día menos planeado con la mirada que se quedará en ti un durante un tiempo. Casualidad es que un escrito tuyo acabe en la pantalla de alguien que estuviera sintiendo lo mismo que tú has escrito.

Casualidad no es más que una palabra que utilizamos inconscientemente, cuando comprobamos que lo inesperado siempre termina conquistándonos, y entender esto nos asusta tanto, que nos alejamos de cualquier explicación asegurando que lo que hemos vivido no es más que eso… Una simple casualidad.


AUDIO DE ARTÍCULO
CASUALIDADES

lunes, 11 de junio de 2018

Libertad

“Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.”
Chavela Vargas


Cada persona tiene la vida que ha elegido, y por si hay alguien que no lo tiene claro todavía: Ninguna vida es perfecta. Hay momentos de nostalgia tanto en el corazón de un alma solitaria, como en el de una comprometida. Y nada se puede hacer para evitarlos. Hay que convivir con ellos, asumirlos como propios, y seguir caminando por la vida que estamos viviendo que, nos pese o no, es la que elegimos un día. Así que cuando busquemos culpables por lo que estamos pasando: hablemos antes con el espejo.

En ocasiones, ese maldito vicio que recorre nuestras calles y al que llamamos envidia, nos muestra otras vidas, que en momentos puntuales consideramos perfectas. Nos fascinan hasta el punto de llegar a olvidarnos de todo lo que tenemos, y es entonces cuando una fuerza nacida de la inmadurez o de la locura, nos anima a dar unos ridículos saltitos por la delgada línea que separa la huida de nuestra realidad de la que se esperaba que viviéramos. Puede que yo sea demasiado básica, ser complicada me ha dado más problemas que otra cosa, (pero también me ha divertido, dicho sea de paso), y esta es la razón por la que lo veo todo más sencillo. Es algo tan simple como lo es entender que ese vestido con el que tu amiga está tan espectacular, y que le hace un tipazo de quitar el hipo, no provocará el mismo efecto en ti…
Lo mismo pasa con la vida, ese día a día que otra persona está viviendo, no es el tuyo, y aunque haya momentos en los que anhelas poder pasear en sus zapatos, lo más probable es que no sobrevivieras a una semana de prueba. Hemos de dejar la libertad para las almas libres, y el compromiso para las comprometidas. Intentar combinar esto, es síntoma de desequilibrio. Y sí, tengo pruebas.

La libertad no sólo es una elección, sino que también es un rasgo de valentía, y esto no quiere decir que los que no la disfruten sean cobardes, también es muy valiente el que decide compartirse con otra persona. Pero para ser libre hay que estar preparado. Entrenarnos sin descanso durante días y noches, aprender a ignorar comentarios destructivos, lidiar con la frivolidad y el divertimento, sin que el alma sufra sus consecuencias. Pasadas todas las pruebas, y una vez comprobado que nuestro rostro es como el de cualquier otro ser humano, y que no tenemos parientes en un planeta lejano, hemos de salir a la jungla seguros de ser quienes somos y aceptando nuestra autenticidad.
Y este es el paso que nos llevará hasta la antesala de la victoria… Porque ser una persona auténtica es tan difícil como gratificante, pero merece la pena intentarlo, siempre que seamos honestos con nosotros mismos y defendamos nuestros valores y nuestros principios por encima de todo, sin provocar daños colaterales.

Y cuando entendamos esto, descubriremos que la soledad puede ser una de las mejores compañías, porque fuimos nosotros los que la elegimos desde la libertad.

AUDIO DE RADIO

LA LIBERTAD


lunes, 4 de junio de 2018

Las mujeres que aman diferente


“No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe… No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca […]. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente. 
No quieras enamorarte de una mujer así.
Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.”

Martha Rivera-Garrido




No es fácil permanecer mucho tiempo junto a una mujer que se presume diferente, porque siempre hay un momento en el que se genera la duda; ¿y si todo es una pantomima?, ¿y si esto es puro teatro? No, no es fácil aguantar mucho tiempo al lado de alguien así, la intensidad de cada momento se puede llegar a volver insoportable y, tarde o temprano, aparecerá la pregunta que tantos se hacen al toparse con ella: ¿quiero esto o no lo quiero?

Hay mujeres que son como aman, y que aman como son. Sin maquillaje ni disfraz. Se muestran desnudas ante el mundo porque entre caídas y nuevos comienzos, reconocen cada rincón de su alma, sus miedos y sus virtudes. Se aceptan y se asumen, y nada harán para cambiar. Durante el paseo de sus vidas se cruzan con personas que, atraídas por su autenticidad, se adentran en su universo ilusionados, hasta que un día amanecen sintiéndose atrapados en una jaula en la que ellos mismos se encierran. Las mujeres que viven así no quieren poseer, ni atrapar a nadie, ellas aman desde la libertad, lejos del libertinaje, y como tal desean que la otra persona se sienta igual de libre a su lado. Una relación tan difícil de entender, que sólo el más intrépido de los amantes es capaz de asumir.
Pero algunos se quieren dar la oportunidad, porque este tipo de mujeres no aparece en la vida de cualquier persona, sino que ellas mismas eligen a uno entre la multitud, guiadas por su  instinto, y apostando por aquello que de una manera u otra las agita por dentro.



Merece la pena vivir de esta manera, me dijo una de ellas en una ocasión, porque no hacerlo significaría vivir de mentira, y esta vida es demasiado corta como para dejar escapar los únicos instantes que se quedarán en nosotros para siempre o ignorar una de las pocas razones que hacen que este regalo inesperado, merezca la pena. 

Si alguien tiene la oportunidad de amar a una mujer así, que no tenga miedo a hacerlo, ¿y después?, eso nadie lo sabe, pero al menos descubrirán que su capacidad de amar es mucho mayor de lo que jamás hubieran soñado. Pero tengan cuidado, porque de una mujer así, jamás se regresa.  


Nota: Aunque se haya atribuido el texto citado a diferentes autores, desde Simone de Beauvoir a Pablo Neruda, el original está firmado por escritora dominicana Martha Rivero-Garrido.

Audio de Radio:

LAS MUJERES QUE AMAN DIFERENTE