miércoles, 19 de abril de 2017

Obligados a ser felices.

A veces me da la sensación de que alguien ha infectado mi ordenador con un tripi. Ni virus, ni espías ni cualquier otro mal virtual, no, un tripi inyectado con un pendrive rosa. ¿Por qué?, os preguntaréis, y yo contesto: cada vez que lo enciendo y que empiezo a navegar, una frase optimista aparece cuando menos lo espero, escrita en un post-it, un muro, una hoja de papel o recostada sobre una nube esponjosa. Y no me refiero a una cita robada o atribuida a algún personaje místico o famoso, hablo de frases más directas y breves, esas que no nos hacen pensar sino actuar… ¿Cómo cuál?, os preguntaréis y yo contesto: ¿estáis de broma? Las mismas que vosotros leéis; “hoy es lunes y sólo quedan cuatro días para el viernes, ¡sonríe!”; “no mires al pasado, tu vida es hoy”; “si crees que puedes lograrlo lo conseguirás”… Hay decenas de ellas, centenas, y no importa que vuestros ordenadores estén a salvo, porque la plaga ha contagiado a tazas de café, camisetas, cuadernos, fundas de teléfono y cualquier superficie sobre la que se pueda escribir algo.

Yo he sido autora de alguna de esas frases. Yo también sufrí felicidad transitoria. Y pido disculpas si esto provocó algún daño o frustración a los que me leyeron.
Esta mañana, abducida por una de esas frases, me he preguntado cuándo empezaría todo. Cuál fue el momento en el que las setas alucinógenas empezaron a propagarse por la red. Son un bien necesario y parece que imprescindible para encontrar un sentido a nuestros amaneceres más grises. Tener metas y creer en algo es importante, sí, pero no lo es tanto como lo es el ser capaz de leer al menos diez frases alegres y positivas y creerse alguna de ellas. Mr. Wonderful tiene muchas papeletas para convertirse en el dios del siglo XXI, él ha escrito el padrenuestro de nuestros días, y es el destinatario de nuestra oración desesperada. Si nos repetimos algo muchas veces, acabamos haciendo de este mensaje una actitud y pasado un tiempo… ¡Magia!, se hace realidad. Al menos es algo que decía Gandhi, ojito, que esto son palabras mayores. Me gusta la gente optimista, como se dice ahora: la gente que suma. El optimismo se contagia, sí, pero el pesimismo también. Los vampiros emocionales revolotean y esperan a que se ponga el sol en sus días para venir a atacarnos y a chuparnos la energía, y para combatirlos de nada sirven las estacas de madera o un rayo de sol, los venceremos sólo si los ignoramos o los atacamos con lo que más les duele: el mensaje positivo que mejor se ajuste a su pena, añoranza, tristeza o enfado. Hay mensajes para todos los gustos, sólo hay que dar con el lado vulnerable de las personas.

Pero una vez más seré la abogada del diablo. A pesar de haber firmado y compartido muchas de esas frases de pensamiento positivo, desde aquí quiero enviar mi apoyo a todos aquellos que, sin regocijarse en su no-felicidad (que no es lo mismo que infelicidad), de vez en cuando se atreven a no querer estar felices y a mandar a la mierda a alguien. Nos hemos empeñado en hablar de lo maravillosa que es la vida, de lo importante que es vivir cada segundo, exprimir el tiempo que tenemos, y de llegar a la tumba diciendo ¿puedo repetir? Pero a veces es un mensaje demasiado forzado, poco creíble, y es mejor cabrearse, mosquearse, encenderse y enfurecerse. Una tormenta pasajera siempre refresca el ambiente.
Esas personas a las que les cuesta convencerse de que todo tiene un lado bueno, y de que lo importante es aprender. Aprender. Aprender. Aprender… Es agotador, ¿no os parece? Enriquecedor, sí, pero también es posible que determinadas lecciones nos venga mal aprenderlas en algunos momentos y nos apetezca más mandar a la mierda. Así, sin añadir una disculpa ni un emoticono a nuestro deseo. Un bufido pasajero, acompañado de la vena hinchada en la sien. Desahogarse. Desfogarse. Soltarlo. Vomitarlo. Y seguir. Porque lo mejor está por llegar (es una de mis frases felices favoritas).

lunes, 10 de abril de 2017

Y Cupido colgó las alas

Hace unos días me quemé el dedo con una tostada, no con la plancha, no, sino con la propia tostada. Es algo de lo que no me siento orgullosa, pero como me sigue pareciendo tan raro, lo comparto con vosotros. Segundos después, recordé a mi abuela, porque a ella siempre se le quemaban las tostadas. Siempre. Después rascaba con un cuchillo el pan carbonizado y lo untaba con una buena capa de mantequilla, de esa que sabía a mantequilla, ¿la recordáis?
Quizá por eso escriba esto, porque el olor del pan quemado me llevó hasta su recuerdo.
A la mañana siguiente, cuando bajé a la panadería que hay debajo de casa, me quedé esperando mi turno con la mirada clavada en los estantes en los que estaban repartidos los diferentes tipos de panes que vendían. Veinte. Los conté. En ese momento una mujer pidió una de la casa, y yo me pregunté en silencio, ¿de qué casa, señora? ¿De cuál de las veinte casas quiere que le sirvan el pan?
Difícil decisión.
De vuelta a mi hogar, mientras mordisqueaba el extremo de una barra cubierta de semillas, pensaba en lo difícil que es todo hoy en día. Si hubiera una o dos cosas entre las que elegir, nuestra vida sería más fácil. Quiero pan. Veinte tipos. Quiero una serie de televisión. Ahí tienes noventa. Quiero leer. Las treinta novedades de esta semana están sobre esa mesa… Y así todo. Hasta lo de enamorarse (la de vueltas que doy para ir a lo importante, ¡caray!).

Enamorarse no consiste en un hola, qué tal, encantada. Igualmente. Me cortejas, te cortejo y cenamos. No. ¿De qué película romántica os habéis escapado? Uno se puede enamorar de mil maneras, sin darle importancia a los latidos acelerados del corazón, ni al aleteo de las mariposas estomacales. En este tiempo, uno puede encontrar el amor sin moverse de casa. Con el pijama y la mascarilla de pepino en la cara, si me apuráis. Sólo hay que buscar la app adecuada que se adapte a las necesidades de cada cual e instalarla en nuestros teléfonos ¿inteligentes? Segundos después, procederemos a escoger candidato, desplazando el dedo por la pantalla, más despacio o más deprisa, y dejándonos llevar por la foto o la frase del flechazo. Y si eres de los que está convencido de que todo el mundo miente, os aclararé que la mentira no es monopolio de los enamorados virtuales, no, se miente dentro y fuera de la pantalla. Aunque si la idea de elegir pareja online no te convence, también puedes acudir a un programa de la tele, tener una cita a ciegas e incluso casarte con un desconocido. Luna de miel incluida. Es fascinante. Lo sé. Pero es lo que hay. Y haced el favor de no suspirar por los que tienen pareja desde antes de que llegaran estas modas, ¿eh?, a ver si creéis que el tema del ligue rápido es sólo cosa de solteros… En serio, ¿de qué planeta venís?
Nos podemos enamorar de verdad o de mentira. Engañarnos, creo que se decía antes.
Durante un tiempo, yo creí que mi Cupido particular se pasaba la vida borracho, y que por eso pasaba lo que pasaba cuando apuntaba con la flecha. Ahora sé que estaba equivocada, porque lo único que le pasó a mi Cupido, fue lo mismo que a otros tantos, simplemente se rindieron y colgaron las alas. ¡Ahí os dejo chalados!, dicen que les escucharon decir.
La gente se enamora, sí. Pero sólo por un rato. Unas horas incluso. Y me parece bien, cada cual elige la barra de pan que más le gusta, y la mordisquea como le da la gana, pero qué queréis que os diga, yo sigo siendo una romántica… Sí, soy esa romántica a la que a veces critican. Esa que cree en el amor.  De qué planeta me he escapado, pensaréis vosotros ahora. Touché, contesto yo.

Hoy he regresado a la panadería. He comprado una de la casa, y me he ido más feliz que nunca, porque, a pesar de todo lo vivido, sigo creyendo en el amor de la misma manera que creía cuando era una niña, y no necesito modas que me hagan creer lo contrario. Ni semillas, ni centeno, ni olivas negras, ni cebolla… nada que condimente mi pan de la casa. Que es el que más me gusta. Ese que quemaba mi abuela cuando nos hacía tostadas.


¡Ay, la nostalgia!

jueves, 6 de abril de 2017

No hay mujer más peligrosa que la que sabe la verdad

                Esta mañana he amanecido con uno de esos mensajes escritos por una mente positiva, que advertía al lector: no hay mujer más peligrosa que la que sabe la verdad y hace como que no sabe nada. La que se hace la tonta, para entendernos. Al leerlo he sonreído por varias razones que no pienso aclarar ahora, y he hecho lo único que puedo hacer cuando quiero hablar sin hablar: escribir.
                Tengo amigos y tengo amigas, para ser políticamente correcta y no recibir más sopapos de los necesarios por publicar un artículo que a más de uno le parecerá feminista. Con esta palabra ocurre lo mismo que sucede con el bizcocho de zanahoria, te la intentan colocar donde sea, aunque no pegue ni con cola. Los hombres engañan. No generalizo, sé que hay muchos que no, pero los que engañan hacen tanto ruido, que parece que son más de los que son-y las mujeres también, y las mujeres también, escucho su murmullo y agradezco la puntualización, pero de eso hablamos otro día que unas pocas líneas no dan para tanto-pero, sin ánimo de ofender, decir que los hombres engañan es un hecho contrastado y confirmado por varias damas cornudas, amantes y mujeres de vida alegre.
Y hablo con conocimiento de causa, que a mí también me cornearon años ha, y sí, la estocada dolió bastante porque frente a la mentira y a la falta de lealtad soy bastante vulnerable. Pasé por la fase de no querer creer, de ponerme vendas de colores en los ojos, de hacer oídos sordos… y al final me di de bruces con la realidad. Un hostión en toda regla. Tras lo sucedido, ocurrió lo que ocurre en estos casos: berrinche, llantina, botella de vino por aquí y gin por allá, porqués sin respuesta, rabia e indiferencia… En mi caso, apenas fueron unos meses de relación, así que, tras la escena de Pimpinela, en seguida regresé a mi rutina dando gracias por haberme quitado ese peso de encima. Porque el sujeto era bastante feo, la verdad. ¿Por qué muchos ex son feos? Cuando estamos empecinados en que algo funcione, además de ver unicornios azules por todos lados, nuestros cánones de belleza se alteran por completo. Y esto molesta un poco, no vamos a engañarnos, porque que te pongan los cuernos pues vale, es algo que está ahí, una realidad que te puede tocar vivir o no, pero que sea un feo el que te pone los cuernos… eso es casi tan difícil de digerir como que los pongan con un adefesio. Aunque sea simpática.

Lo que intento explicar es que lo sabemos. No importa que un hombre cambie el nombre de la susodicha en su agenda, o que de repente tenga reuniones hasta altas horas de la noche, o viajes ineludibles de trabajo, debe de ser agotador ser dos personas diferentes cada día. Pero lo que realmente importa es que mientras él recupera la juventud perdida en brazos de otra persona, la mujer está haciendo su vida, planeando su futuro y esperando el momento adecuado para sacar la artillería pesada. Entonces llegan los días de negar la evidencia, de convertir a la susodicha cornuda en una tarada que se inventa las cosas-ojo, y la tarada muchas veces cree que es verdad, que se las inventa-y que sólo fue una noche y ese largo etcétera que, mientras lo escribo, me doy cuenta de lo aburrido que es el asunto. Y cambiamos las perdices y el siempre jamás por la ruptura, peleas, págame, no te voy a pagar, tú una más joven y yo tetas nuevas...
                Cada pareja tienes sus códigos. Y no es necesario que nos entrometamos en sus vidas, porque sólo ellos saben y conocen el acuerdo que tienen firmado. Hay cosas que no cambian, ni cambiarán nunca. Se puede ser más o menos discreto, pero los hombres son cazadores y, de cuando en cuando, les gusta adentrarse en el bosque. La diferencia es que, de un tiempo a esta parte, no siempre regresan con la presa en la mano y terminan su paseo siendo atacados por la propia presa. Tal cual. Una amiga me contó en una ocasión que, cuando se estrenó la película de Atracción Fatal, el porcentaje de infidelidades descendió mucho. No sé cómo se podía saber algo así, quizá hubiera “espías contadores de hombres casados entrando en hoteles”, no tengo ni idea, pero eso me contó. Y yo me lo creí. Y ellos, como son el sexo fuerte-¿por qué se ríen?-olvidaron el argumento de la peli en seguida y volvieron a las andadas… ¡Valientes!
                Pero lo que no llego a comprender, es por qué el hombre ya no regresa a casa con ramos de flores ni con regalos sorpresa, ya ni siquiera se siente culpable, y se pasa el día enfadado y/o criticando al resto del universo por cualquier razón e incluso dando lecciones de moralidad… ¿Y las locas somos nosotras?

De acuerdo.
Pobres infelices, si supieran todo lo que nosotras sabemos.

martes, 4 de abril de 2017

Carta a Manolo Tena

"Casualidades" es el nuevo disco de Manolo Tena, y fue una casualidad, o no tanto, que este año me acompañara en la Feria del Libro de Madrid para entregarme el Premio de Éride ediciones otorgado a mi primer libro Dueño de tu destino, editorial que ha publicado también su obra Ludopoesía, recomendable para todos, incondicionales o no del autor.
Manolo le dedica su libro "A los que aman", y una servidora le dedica su segundo libro, Todo lo que fuimos, "A los que aman", casualidad o no, tengo claro que la vida no nos pone en nuestro camino a las personas porque sí, hay casualidades que no lo son. O sí.






Manolo,
Si hubiera escrito estas letras en otro momento de mi vida, digamos veinte años atrás, posiblemente esta sería una carta escrita con mi ilegible caligrafía, embutida dentro de uno de esos sobres con el borde azul y rojo, que acabaría escondida entre un montón de escritos inspirados por ti, y dedicados a ti. Pero la vida a veces es generosa, y conmigo lo ha sido por muchas razones, y una de ellas es que me haya dado la oportunidad de cruzarme en tu camino. O de haberte colocado en el mío. Da igual quién llegara primero, lo que importa es que nos encontramos por casualidad… ¿Existen las casualidades?
Llevo todo el día con el ritmo de Opiniones de un payaso sonando en mi cabeza, y desde el momento en el que te he escuchado hablar tras la proyección del documental, no he dejado de escribir mentalmente esto que ahora te escribo. Descubrí no hace mucho que el secreto de la vida es dar, y por eso yo te doy lo mejor de mí: mis letras escritas, que buenas o no, son mi valor más preciado. Porque somos muchos los que te debemos un agradecimiento, y con humildad y emoción te envío el mío…
Nostalgia. Eso es lo que me has hecho sentir. Esa maldita nostalgia sin consuelo provocada por el recuerdo de lo que no hemos vivido nunca. Siento nostalgia de no haber sido tú. Quisiera ser el alma que sobrevivió a los ángeles que cayeron antes de tiempo, o en un tiempo temprano. Haber conocido los rincones de un infierno por el que no me atreví a pasear, por miedo a sentir demasiado. Quisiera no haberme quedado a medias, pelear valiente contra la vida, y derrotar con fortuna a la muerte. Sí, quisiera haber sido tú; envidio tu añeja decadencia tanto como tu continuo renacimiento, ¡qué estúpidos somos a veces!, y cuánto nos perdemos por no serlo… Pero sé que a pesar de todo, nunca lo habría conseguido, nunca habría sido tú. Porque no nos ilumina la misma luz, porque yo no tengo tu magia ni puedo hacer brillar mi mirada cuando está triste, porque yo me rindo con facilidad, y no soy tan valiente como aparento ser. No, yo no les habría sobrevivido, posiblemente habría naufragado en su barco, y ni siquiera me habría esforzado para salir a flote, aunque sólo fuera para despedirme. Y a pesar de esto, tengo nostalgia de esa vida que ya nunca viviré, porque ya estoy en la segunda parte de mi historia y mi locura ya se ha acostumbrado a los días iluminados.
Pero aquí estoy ahora, tragándome la poca vergüenza que me queda, apurando mi segundo gin-tonic con calma, mientras preparo un discurso que nunca hay que preparar; porque la espontaneidad siempre es más honesta que un párrafo corregido diez veces… Y digo en voz alta las  palabras que te escribo, creyendo que así podrás escucharlas mejor.
Gracias Manolo.
Gracias por mil razones imposibles de enumerar, gracias por escribir la banda sonora de tantas vidas, por meterte en nuestros corazones como si te pertenecieran, para escribir en ellos lo que nos aterra confesar, gracias por adelantarte a muchos de nosotros, y por advertirnos de la oscuridad al final del camino. Gracias por tu ironía desvergonzada, por proteger nuestras almas desencajadas con tu alma vapuleada, por inspirar con tus versos nuestras noches de alegría, locura, sexo y soledad.

Gracias.
Por convertirte en el ejemplo de la imperfección, y recordarnos que la perfección no existe aunque la ignorancia a veces intente engañarnos; por pulir las esquinas de nuestras conciencias, evitando que con ellas rasgáramos las paredes de nuestra propia realidad.
Gracias.
Por llegar antes de tiempo, por ser el primero en dar el primer paso, por no resignarte y por disfrazarte por nosotros. Gracias por no conformarte y por romper el silencio en tantas ocasiones. Por reencontrarte una y otra vez contigo mismo y por reencontrarte otras tantas con nosotros, por desnudar tu realidad y por volver a regalarnos tu triste sonrisa otra vez más. Gracias por tu voz rasgada, por tu ritmo perdido y tu poema encontrado; por transformar tu alma en tinta oscura, por tu llanto compartido y tu pasión desmedida.
Gracias por tu inspiración, por convertirte en musa de tantos de nosotros, por asumirte solo para que el mundo te aceptara. Por respetar. Por seguir. Y gracias, por todo lo que sigues dejando de ti en nosotros.
Hace tiempo empecé a enviar todas las cartas que he escrito a lo largo de mi vida a las personas que me importan, y en alguna ocasión, incluso me las he enviado a mí misma… cuando empecé a importarme. En otro momento puede que ésta fuera una de esas confesiones escrita por necesidad, letras que mi falta de aire y mi pasión descontrolada escriben de cuando en cuando, sí, podría ser una de ellas, y acabaría en el fondo de un cajón cualquiera, esperando que los años la cubrieran de polvo para recuperarla  después de un tiempo, y entonces sentiría nostalgia de la mujer que se atrevió a escribirla.
No pienso asomarme a la ventana para averiguar si será esta la noche en la que la despedida venga a visitarme, y tampoco sé si será esta tu noche… pero no quisiera decir adiós a esta vida eterna, sin antes haberte regalado mis letras. Porque tú las inspiras y es a ti a quien pertenecen, y tampoco quisiera que fueras tú el que se marchara primero sin haberlas leído antes, no por nada en especial, solo porque escucharas un agradecimiento más.
Gracias. Siempre.






​​
NOTA: Manolo Tena fallece el día 4 de abril del 2016, a los 64 años; descansa en paz, y feliz reencuentro con los tuyos. 


lunes, 3 de abril de 2017

Viciosos

Algunas personas pagamos quinientas de las antiguas pesetas por una copa de vino como si tal cosa, y además dejamos propina. Convierto los euros en pesetas por dos razones: porque me hago mayor, y para darme dos sopapos con conocimiento de causa después de pagar. Vamos sobrados. Corrijo, ¿vamos sobrados? Cada uno gasta su dinero en el vicio que le dé la gana, dijo alguien delante de mí durante una discusión subida de tono, y yo, cohibida al ver la vena hinchada de su cuello sólo me atreví a susurrar: las putas no son un vicio, son personas, y muchas están obligadas a venderse… ¡Joder Laura!, respondió antes de consumir su pitillo de una calada, es que te crees todo lo que lees, la que es puta lo es porque quiere serlo, deja de creer en los cuentos de hadas.
Dejé de hablar. Meter en una conversación la palabra puta, hada y vicio no me sonaba melódico. Rítmico. Poético. Sensato. Hay gente que me parece tan repugnante, que no sólo no puedo mantener una conversación con ellos, sino que además despiertan en mí a una salvaje capaz de saltar por encima de la mesa con el cuchillo de la carne en la mano para clavarlo con rabia en la susodicha vena y zanjar así la conversación. No es algo que haga habitualmente, aunque ya saben… son esas personas, esos mediocres… Esos. Por suerte, hace unos años descubrí que, ante situaciones como esta, la mejor reacción es levantarte y largarte sin mediar palabra y sin portar un arma blanca en la mano. Ese silencio es muy doloroso y se clava en el orgullo como un cuchillo en la mantequilla, ¡oh, la indiferencia!   
Cada uno gasta su dinero en lo que le dé la gana, sea un vicio o una donación a una ONG. En esto, y sólo en esto, estoy de acuerdo con el fanfarrón del primer párrafo. Algunos se llevan las manos a la cabeza cuando les dices que has pagado tanto dinero por algo que para ellos es desorbitado e innecesario. Cuando fumaba, pagaba cinco euros (sí, casi mil pesetas) por un paquete de cigarrillos, y además los compraba de dos en dos. ¡La casa por la ventana! Me encantaba fumar. Disfrutaba sosteniendo mis pitillos con los dedos tiesos, y mirando de reojo mientras daba una larga calada, cual diva, aunque fuera en vaqueros y zapatillas. Hasta que, con el paso de los años, empecé a sentirme más rural, más del pueblo y menos glamorosa. Abandoné el vicio, ¡bravo por mí!, y empecé a guardar el dinero que semanalmente me gastaba en tabaco. No sé qué haré con lo ahorrado llegado el momento, aunque a medida que pasan los días, el tema de la liposucción va ganando puestos. Dejar de fumar hace que a una se le hinche el orgullo por haberlo conseguido, pero es una hinchazón global y homogénea, se reparte por el cuerpo haciendo especial hincapié en las caderas. Por esta razón es bueno abandonar el vicio pasados los cuarenta, porque la madurez que se presupone en muchas de nosotras hace que, en lugar de acomplejarnos y esconder nuestra silueta curvy, nos creamos más atractivas que nunca. Y eso es lo realmente importante: que cada cual se sienta sexi, al margen de lo que opine el resto. La de cosas que tenemos que decirnos para justificarnos, ¡qué agotamiento!
                Si mencionara algunos de los vicios en los que la gente, como usted y como yo, se gasta su dinero, su mundo empezaría a dar vueltas y caerían desplomados en el suelo… Masajes con aceites importados de Japón, mechas de peluquería pelo a pelo, comidas en el restaurante recomendado por mis queridas influencers, camisetas de algodón con mensaje, un gin con frutos rojos recién arrancados del arbusto y servido con una tónica con un número concreto de burbujas… Estas son las vidas comunes, porque también hay otras vidas, pero en mi teclado no hay suficientes ceros para hablar de ellas.
Los vicios conviven entre nosotros. Los necesitamos, así como ellos nos necesitan para sobrevivir. Buscamos una excusa para justificar su presencia, pero en el fondo lo único que queremos es darnos el gusto de hacer lo que nos dé la gana, cuando nos dé la gana y además pagarlo con el dinero que nos hemos ganado. Un porque yo lo valgo que diría mi amiga. A lo que yo respondo: es verdad, la vida son dos días. Lo que no siempre tiene consecuencias positivas, pues, tras estos ataques de euforia, vuelve a amanecer y maldigo al universo por haberme empujado a pagar un precio desorbitado por un vestido ideal que no me cabrá hasta dentro de tres meses, porque entonces estaré más delgada, más morena y tonificada y mucho más joven que ahora… ¡Qué capacidad tenemos las mujeres de visualizarnos en el futuro! En mi caso, incluso he llegado a tener cintura de avispa y los ojos verdes en un par de ocasiones. Los caminos de la imaginación son inescrutables. Pero yo soy escritora, así que puedo hacer lo que quiera.
Lo más fascinante de todo esto es que, en este mundo en el que vivimos, tener determinados vicios hace que uno sea más guay y moderno, incluso más chic… Sigo creyendo que deberíamos hacer el pino más a menudo, puede que así lo viéramos todo más claro.

                 

miércoles, 29 de marzo de 2017

La boda de mis amigos

               Y yo que me sentía original, diferente y auténtica… Ahora resulta que, cada vez que declino una invitación porque prefiero quedarme en casa, no soy una mujer con personalidad, sino que estoy siguiendo una moda. Nesting, se hace llamar. No, no sirve decir la frase me encanta quedarme en casa, ni mucho menos, me gusta estar en mi hogar, lo que se lleva es hacer Nesting. Y punto. No puedo alargarme mucho, así que no voy a entrar en detalles, pero no quisiera saltar de párrafo sin mencionar que, en esta moda, aburrirse no sólo es recomendable, sino que es necesario, importante. Fundamental. Y todo esto con un resultado único: combatir la ansiedad del día a día. Toma ya. Aunque amanezca soleado y haya pasado usted doce horas durmiendo y otras tantas tumbado en el sofá mirando al techo, no salga de casa, quédese en el nido (Nest) y no tiente a la suerte, que la ansiedad ronda por las terrazas y los lugares en los que están sus amigos, y puede caer en sus redes.
                ¡A cubierto!
                 Hoy tenía que escribir acerca de otro asunto, pero una amiga me ha despertado hablándome del Nesting, y la inquietud se ha apoderado del teclado. Anoche me acosté sabiendo que hoy le dedicaría unas letras a la boda en la que he estado este fin de semana en Mallorca. ¿Una boda?, se preguntarán ustedes, ¿y qué tiene eso de especial? Aguarden un instante, y ahora les cuento… La pareja en cuestión es una de esas parejas frente a las que apetece sentarse a comer palomitas porque, cuando estás con ellos, parece que estés viendo una película. Ahora concedamos un instante a los incrédulos, odiadores, resentidos y bla, bla…, dejemos que suspiren y que escupan una de sus frases tipo sí, sí, ya verás en unos años; el día de la boda todo es bonito, pero… ¡Qué manía tiene el mundo de hablar de lo que no conocen y de criticar sin razón! ¡Envidiosos! Si os fue mal, os fue mal. Pero todavía hay gente que se quiere, y que cree en el para siempre. Y no me miren a mí, ¡caramba!, que estamos hablando de los novios.
Mi pareja protagonista es tan genial, que incluso se besaron antes de que el sacerdote autorizara al novio a hacerlo. Le puso el anillo a su mujer y le dio un besazo (que no es lo mismo que un beso) y, como no se quedó satisfecho, después de coger aire le dio otro más. Y nada de rozarse los labios, ¿eh?, fue uno de esos besos de película en blanco y negro. Los presentes aplaudimos emocionados hasta que el sacerdote, asustado por la tropa que había desembarcado en la isla, alzó los brazos pidiendo silencio y clemencia. Obedecimos resignados. Novios, familiares e invitados empezamos a llorar cuando la novia entró escoltada por sus dos hermanos, y ella, por nuestra culpa, también se echó a llorar. Lloramos todos tanto que, a la mañana siguiente, se nos advirtió de que el primero que llorara en la comida postboda, pagaría el arroz. Y claro, con o sin resaca, nos tocó reír.
El asunto del ramo también llamó mi atención. Con la edad, lo de apelotonarse detrás de la novia a ver quién se hace con tan preciado regalo, nos gusta menos. Poco. Nada. No es sólo que no estemos ansiosas por casarnos, sino que darse codazos con el resto de las invitadas para ganar posiciones nos haría parecer desesperadas y, aunque lo estemos, es importante disimular. Así que la novia fue a lo seguro, y le dio el ramo a su más mejor amiga, sin atender a la cara del novio de esta que empezó a palidecer y a tener sudores fríos…

Las bodas a partir de los cuarenta son más auténticas. Es un hecho. Los novios son diferentes, se quieren diferente, y no tienen esa cara de susto de los jovencitos ni esa duda que les inquieta durante semanas: ¿y si no sale bien? Ahora todo se hace al revés, primero se convive, y si los amaneceres a su lado son buenos, entonces uno se va a un hotelazo a Bali y le pone el pedrusco a la novia en el dedo... ¡Ah, no!, perdón, que eso sólo le ha pasado a mi amiga, ¡no me digan que el tema no es para hacerse con una de palomitas, por favor! Hoy en día antes de casarse, las parejas pasan juntas una época de Nesting, disfrutan de una vida Hygge, y degustan unos cuantos Brunch en domingo, y si sobreviven a tanta estupidez, entonces se dan el sí, quiero. Conocido como Yes, I do en un futuro próximo. (Rieros, rieros que ya veráis, dirían en otro siglo.)

Recomiendo que no dejen de ir a las bodas de las personas a las que quieren. No pongan excusas. Porque los novios lo agradecerán y la felicidad es contagiosa. La de mis amigos ha sido perfecta, los invitados elegantes y alegres, el cielo azul, el mar también azul, el vino tinto y mis tacones cómodos… Todo ha sido tan divertido, que incluso dos invitadas aparecieron vestidas con la misma prenda de ropa, no pasa nada, dirán ustedes, ¡qué gracia!, pensé yo, y descubrí que la imitadora iba del brazo de su marido, que no era otro que una persona de mi pasado… Mis amigas me miraron y rieron, yo solté una carcajada y, al pasar por su lado, no pude evitar decirle: desde luego, lo tuyo es tener puntería, hijo…



lunes, 27 de marzo de 2017

¿Y la loca soy yo?

“La diferencia entre un loco y yo, es que él cree que está cuerdo, y yo sé que estoy loco.”
(Salvador Dalí)


     Se habla de las relaciones, de la vida, de las decisiones tomadas, de los días vividos. Escucho, intento entender y siempre me pregunto lo mismo: ¿la loca soy yo?

     Se me pregunta el porqué de mi soltería, se me piropea y se insinúa que más de una rareza he de tener, pues dicen los que así hablan que no es normal que siga soltera (ya no doy explicaciones al respecto, sonrío de mentira sin más). Opino sobre la vida, hablo de mi forma de verla y de mi manera de vivirla, se siguen sorprendiendo, y sigo siendo la loca. Ignoro comentarios protegida por esta burbuja que un día inventé con el único fin de alejarme de la normalidad, esa que no está hecha para mí. Pienso sobre la locura en la que se me encasilla, y entonces me siento una privilegiada. Ahora que empiezo a entenderlo todo, ahora es cuando soy yo la que dice estar loca. Y me gusta.

     Loca por no querer esa vida que alguien inventó para mí, loca por no seguir los caminos en los que me colocaron, loca por no creer que los cuentos de hadas se cumplan, loca por no creer en las ilusiones de mentira. Sí, estoy loca. Lo asumo. Y si encajo en este grupo, imagino que el resto pertenece al otro, o sea al de los cuerdos. Vale. Entonces este lugar en el que no he querido jugar de mentira hace que los demás sean de verdad, y entiendo que hacer lo que “se debe” hacer es la opción buena, no siéndolo la de hacer lo que tu corazón o tu cabeza, en su defecto, te dicten.

     Hay que mostrar un yo que aunque sea falso debe de ser el tolerado por la gran mayoría. Parece ser que debemos utilizar gafas de sol o maquillaje extra para esconder la realidad de nuestras vidas, sólo para aparentar ser algo que no somos. Apariencias, apariencias… ¡Maldito invento!, qué forma de anularnos con conocimiento de causa.

     Se habla de la normalidad de lo anormal, porque es más fácil dejarse llevar que luchar por ser uno mismo. Se juega a ser amante, sin pensar en las consecuencias que dañarán la vida de esa tercera persona que ignora la realidad por culpa de las falsas sonrisas. Se engaña y miente, siempre por lo mismo: aparentar. No seré cínica, no es mi papel, yo también estuve en algunos de esos lugares, pero decidí largarme, no me gustaba nada, no me gustaba no estar loca.

     Mi hermana, mujer cuerda y admirada por esta que escribe, siempre dice que el cáncer del mundo es la envidia, y yo que siempre sumo algún adjetivo más a su reflexión, hoy de tener que elegir, elegiría también este. Envidiamos lo que no tenemos porque somos incapaces de valorar lo que ya es nuestro. Envidiamos las vidas que no podemos vivir, y por eso las juzgamos y criticamos como un novio celoso: o mía o de nadie. Envidiamos las sonrisas ajenas y dibujamos las mismas en nuestros rostros aunque sean mentirosas…

    No valoramos lo que tenemos, no valoramos lo que nos ha tocado disfrutar, no valoramos la vida que nos ha tocado vivir, y siempre buscamos razones en las vidas ajenas para estar incómodos en nuestros cuerpos.

    A veces me preguntan qué es para mí la felicidad, y mi ignorancia inocente y yo siempre contestamos lo mismo: disfrutar de lo que tengo y no querer más. Es evidente que la respuesta siempre es de sorpresa, no se creen que diga la verdad, creen que lo único que hago es protegerme y que anhelo otra vida. Aprendí a sonreír ante sus afirmaciones, aprendí a defender mi postura, aprendí a vivir dentro de mi cuerpo… y me siento una privilegiada, pues sé lo mucho que cuesta asumirse, entenderse y convivir con uno mismo. Así que no pretendamos que lo que creemos que es la vida perfecta, aunque nos haga infelices, es la vida que todos deberíamos vivir.

     Puede que sí, puede que después de todo esté loca. 
     Será que he encontrado en la locura la única opción para ser feliz de verdad.


Relato incluido en Retales de Palabra de Laura
Dueño de tu destino

miércoles, 22 de marzo de 2017

En pie, hay una influencer en la sala.


Hace más de veinte años, mis padres me mandaron a estudiar un año a Estados Unidos. La experiencia me transformó, y no hablo metafóricamente, sino que regresé tan hinchada que parecía que me había comido las bandejas de comida de todos los pasajeros  del vuelo de regreso, y no exagero. No sé cuántos kilos añadí a la báscula pero me pasé un mes de julio tragando batidos, barritas dietéticas y chupando el envoltorio de los cucuruchos. Juraría que aún conservo algún kilo de aquel inolvidable año. Tiempo después, de vez en cuando se me escapaba una expresión o una parrafada en inglés. No es que pretendiera ir de sobrada, pero en la década de los 90, los que nos íbamos a estudiar a un pueblo remoto al otro lado del mundo, no teníamos fácil comunicarnos en nuestra lengua materna así que, durante diez meses, salvo por las cartas que enviaba “por avión”, apenas hablé en español. Comentando esto con una amiga, hemos llegado a la conclusión de que en realidad éramos unas adelantadas a nuestro tiempo, y que de haber sido más espabiladas, podríamos haber formado parte de  la primera generación de influencers, y presumir de estar al día de una moda que, sin internet, tardaría un par de años en aterrizar en España.

Las influencers... ¡oh, ellas! Esas mujeres que no eran tan… y ahora son tan... Las que abrieron sus armarios y descubrieron que por fin podían dejar de compartir sus estilos sólo con el espejo de sus habitaciones, ¡salgamos a las calles!, dijeron al unísono, seamos valientes, pongámonos ese pijama para ir a tomar el aperitivo, o esa falda de tul con las zapatillas de deporte, seamos itgirls… Me gustaría aclarar que dentro del mundo de las influencers hay submundos, están las que lo son, porque lo son, y las que lo son porque otros lo deciden. Entre las que lo son porque lo son, están las modelos o exmodelos (que ya eran influencers,  sin saberlo); las personas que han estudiado algo que no sé lo que es pero que trabajan en el mundo de la moda haciendo algo que tampoco sé; las actrices, de serie o de pantalla grande; y las mujeres con apellido compuesto que llevan décadas ocupando el front row de los desfiles de NY, Milán, París… Y, por otro lado, en el submundo influencer nos encontramos a las que, paradójicamente, mucha gente admira (¡oh, cielos!), llegaron subidas a los lomos de su cuenta de Instagram y desembarcaron de la mano de un programa de televisión o de un novio famoso. No puedo decir mucho de sus méritos profesionales, pero sus seguidores avalan su ¿profesionalidad…?
Todas ellas, las auténticas o las inesperadas, llevan una vida social de lo más súper, que no es lo mismo que tener vida social sin más, no. Tres o cuatro veces por semana comen o cenan en los sitios más top de su city, o de las cities que visitan con sus amigos, eligen casi siempre locales de esos en los que pareces estar en el salón de la casa de un amigo, decorados muy Hygge (otra vez la maldita palabra), con muebles de madera rurales, flores frescas, pájaros decorando las paredes, terrazas interiores llenas de plantas…, y tres esenciales: ensalada de quinoa,  minihamburguesas y tostas de pan integral con aguacate, salmón y queso fresco (¿qué fue del Foie al Pedro Ximénez?…).
Pero lo más importante no es ir a estos lugares, sino hacerse las fotos más divertidas con sus acompañantes, derrochar felicidad y escribir veinte hashtags debajo de ellas para que los followers aplaudan emocionados, y las compartan con sus amigos aumentando así la cifra de los me gusta hasta batir a Beyoncé, ¡ilusos!

La nueva publicidad es de carne y hueso, las marcas de moda se pelean porque una de las influencers más importantes se ponga sus prendas regaladas, y provoque en su público la reacción esperada: ¡Necesito tenerlo! Sin perder un minuto, las fans se harán con esa falda roja para combinarla con la blusa fucsia que lleva años defenestrada en el armario, el pasado siempre vuelve. Cada detalle cuenta, incluso el moño que hasta ahora sólo te hacías para fregar los platos, es el recogido más estiloso si lo combinas con unos bonitos pendientes y una camisa de hombre sobre tu minifalda de piel… Hay una verdad universal: las influencers llegaron para quedarse. Y, de un tiempo a esta parte, un sueño me desvela en la noche... Me topo con una de ellas, y le suplico que me cuente los secretos de su experiencia, de cómo le afecta a su vida personal que todo el mundo conozca su vestidor, el nombre de sus amigos, los lugares en los que cena... Una vez me he ganado su confianza, le propongo que, una vez por semana, además de bolsos, zapatos, gafas, prendas de ropa y camisetas con mensaje, complete su estilismo con un libro en la mano. Sé que a muchas de ellas les encanta leer. Y ya que hay tantas personas que hacen lo que ellas mandan, que se visten como ellas ordenan y que comen lo que ellas mastican, no estaría de más que de cuando en cuando, sacaran un libro y lo compartieran con sus followers con un hashtag tipo #leeressexi (es verdad, lo es). Y no digo esto porque yo sea escritora y la autora de Amapolas en octubre, una novela publicada por Espasa y que será traducida al italiano y al búlgaro, no, no tiene nada que ver con esta novela emotiva y plagada de citas literarias de diferentes autores…  Ni tampoco lo digo porque la portada mi novela sea preciosa, no van por ahí los tiros, no sean mal pensados, que yo no utilizo mis escritos para hacerme publicidad, ni para informarles de que pueden comprarla en cualquier librería (también en formato ebook). Y esta foto la pongo porque me gusta mi camiseta, está claro.
 
Dicho esto, antes de que alguien me castigue y mencione las fotos que cuelgo en mis redes sociales (muy flojitas, lo sé), aclararé lo que ya intuyen: este artículo no es más que un ataque de celos. Envidia pura. Estoy rabiosa. Las cuentas de las influencers crecen y crecen, y vuelven a crecer, y yo soy incapaz de conseguir más followers en mi cuenta. Incluso he llegado a escribir frases de autoayuda, he perdido los papeles, lo sé, pero no he podido evitarlo, cada vez que miro detrás de mí y veo que nadie me sigue... ¡Qué frustración!
Así que, aunque no soy follower de ninguna influencer (ojito con la frase), que sirva este artículo para presentarles mis respetos a las nuevas majestades y para brindar con todas ellas. Por las mujeres que se convierten en el espejo de tantas otras, por las que dan salida a las prendas que a punto estábamos de regalar o de tirar a la basura, por las que nos convencen de que un poco de gloss y un iluminador son el mejor remedio para nuestra fatiga, y las que nos empujan a practicar hipopresivos hasta que nuestro ombligo aparezca en la espalda… Gracias. Sin vosotras no seríamos más que mujeres con personalidad, pero con michelines, que nos creíamos estilosas hasta hace bien poco. Ya era hora de que alguien pusiera un poco de cordura en nuestras vidas. Gracias, influencers, gracias por tanto.
NOTA: Las fotos son mías. Pueden copiarme, si quieren.

martes, 21 de marzo de 2017

El respeto


     Hay días que se me hacen bola. Despierto y descubro la cantidad de celebraciones que se me vienen encima y no sé por dónde empezar. Celebramos tantas cosas al mismo tiempo, que no prestamos la atención que debiéramos a cada una de ellas. Hoy el calendario nos recuerda a las personas con Síndrome de down, a los que discriminan por el color de piel o religión y también nos hablan de poesía (ni James Bond sabría si agitar o mezclar este combinado). Se me ocurre escribir versos para exigir el respeto por los demás, pero hoy amanecí justita de rima y de ritmo. Y para rematar mi falta de creatividad, mi razón está más seria que nunca y me ha convencido de que lo mejor es no saber. No ver. No preguntar. No entender. Respirar para evitar morir, pero vivir con los ojos cerrados (o sea, ser una planta).
     No me gustan muchas cosas, y asumo que mi egoísmo elija concentrarse en mi pequeño mundo, simplemente porque así puedo dibujar alguna sonrisa en mi rostro de cuando en cuando. Si intentas entender las razones que llevan a algunas personas a destruir la vida de los otros, te sientes impotente. Y te asustas cuando descubres que si algo puedes hacer es ser como ellos, pagar con la misma moneda, dejar de poner la otra mejilla, no perdonar… porque no es fácil resignarse a vivir cuando te arrebatan lo que es tuyo. Tu vida. Tu ilusión. Tu razón. No, no es fácil.
     De un tiempo a esta parte, a muchos amigos que tienen hijos, les hablo de lo importante que es su educación para ellos... ¿Quién soy yo para aconsejar? Se preguntarán ustedes (y ellos también). Sé que no tengo ninguna credibilidad ya que, como dije hace un artículo, soy una NoMo convencida. Por lo que soy Nadie. Pero tampoco pretendo educar porque, para hacerlo, posiblemente debería empezar por la niña que a veces me mira asustada desde el espejo. Pero si algo sé, es que sus vástagos serán los que mañana gobiernen el mundo, los que inventen, creen, hablen, representen, enseñen e incluso eduquen. No importa el camino que cada padre elija para que sus hijos den sus primeros pasos, algunos les inculcarán los colores de su equipo favorito, o les enseñarán a rezar y a creer en un dios en el que crean el resto de sus días, o en el que dejen de creer cuando la inocencia le ceda el paso a su razón; otros preferirán guiarlos por un camino lejos de religiones o de dioses omnipresentes, les advertirán acerca del color de piel de sus amistades o les empujarán a que inviten a sus cumpleaños a el chico raro de la clase (¡bravo por estos últimos!)... la ilusión de la mayoría de los padres será que los niños crean en ellos mismos, y en su capacidad para ser quienes sueñen ser. No importa cómo lo hagan. Nada es mejor, ni tampoco es peor. Siempre que se haga desde el respeto. Porque el respeto debería ser el punto de partida de nuestra andadura. De la de todos.


Hoy vuelvo a estar enfadada. Triste. Indignada. Hoy abro el periódico y leo, paso las páginas muy rápido, y me rindo. Descubro muertes de personas inocentes, una vez más, guerras sin sentido, otra vez. Descubro a ladrones que fingen trabajar para nosotros, y a los que se les permite delinquir (si no son castigados, será porque están perdonados). A niños maltratados por almas sin alma. Descubro la lucha de unos padres  a costa de la felicidad de sus hijos, hijos alejados de sus padres por culpa de la justicia. Dejo de leer y empiezo a hablar en alto, incluso me contesto (soy un caso perdido). La impotencia me hace gritar, aunque mi grito me esté alejando de la razón. La impotencia no siempre puede mantener el mismo tono de voz. Decido dar la espalda a todo y regresar a mi mundo, a mi burbuja. A mi ignorancia. Respiro. No hay nada que pueda hacer, ¿o sí?

A lo mejor tenemos que volver a empezar. 
Parar un instante. 
Resetear nuestros cerebros. 
Observar el mundo que nos rodea, tachar la envidia y el odio de nuestro vocabulario. 
Aprender a caminar sin pisar a nadie. Disfrutar de lo que tenemos, respetar al que pasea en dirección contraria, y aprender a sonreír de nuevo. No juzgar, y entender que aquellos que no piensan como nosotros lo hacemos, pueden darnos la mejor lección de nuestra vida.
    Y no olvidemos mirar de reojo a los más pequeños, porque ellos aún no están contaminados, no entienden de leyes ni de normas y su inocencia nos puede enseñar lo que de verdad importa. Hay mucho ignorante por ahí danzando, y lo digo desde el respeto.




jueves, 16 de marzo de 2017

La madre que no hay en mí

Para no despertar la ira de los odiadores, críticos y personas dotadas de una sabiduría superior a la del resto de los mortales, empaparé esta pluma en el tintero de la ironía para que la lectura de esta proclama les resulte más digestiva. Digerible. Diligente... Lo que sea.
He hecho memoria y he contabilizado el número de muñecas de las que he sido madre y dueña a lo largo de mi vida, entre Nenuco, Nancy y Barriguitas (en casa no éramos de Barbie, éramos más de palmera de chocolate y de bocata de chorizo), calculo que, tirando por lo bajito, la cifra de hijas de plástico que tuve asciende a unas treinta, y si tengo en cuenta las que heredé de mi hermana, tuvieran o no pelo al llegar a mis brazos, la cifra debe rondar el medio centenar. Dicho esto, por favor, no sufran por la educación sexista que recibí, si jugaba con muñecas era porque me divertía hacerlo, pero también jugué al baloncesto, llevé un corte de pelo masculino durante años y me peleé con chicos. Mis padres eran así de transgresores. Normales. Modernos… Lo que sea.
He descubierto que soy NoMo, lo que puede significar que, o bien soy una enana, o que soy un miembro de las que se hacen llamar No Mothers (NoMo). Mido un metro ochenta, así que creo que está bastante claro a qué grupo pertenezco. A los americanos les gustan mucho las etiquetas, y por eso han inventado esta para que las mujeres que no queremos ser madres nos sintamos ¿acompañadas? Gracias. No, yo no quiero ser madre. Y, que me perdone mi pensión, porque nunca lo seré. No tengo intención de justificar mi decisión, simplemente quería compartir mi descubrimiento porque si hasta hoy era una PANK (Professional Aunt No Kids), ahora resulta que también soy NoMo... WTF, es todo lo que puedo añadir.

Nunca he querido ser madre. Madre de una persona humana, quiero decir, porque madre de una persona de goma he sido, como ya he aclarado, alrededor de cincuenta veces. Pero he omitido un detalle muy importante a la hora de hablar de mi dulce infancia, y es que la gran mayoría de mis retoños, terminaron con calvas en sus cabezas, con un brazo o una pierna amputado, o con ambos dos, tuertas de un ojo, con la piel cubierta de tatuajes hechos con rotulador permanente o empachadas por tragar sin respirar cucharadas de sopa de aire y fingir masticar filetes invisibles… Las maté. A todas.
Tras sobrevivir a aquella etapa, sentí que ya había cumplido con mi compromiso maternal y supe que el día de mañana, no sería madre. No crean que es fácil decir algo así, porque siempre, siempre, cuando dices esto, aparece una de esas personas sabias que he mencionado en las primeras líneas, y te critica, te juzga, te tilda de egoísta (¿o era egocéntrica?), cita los puntos de una lista que, a estas alturas, ya me sé de memoria: cuando encuentres a la persona adecuada cambiarás de idea (si llega la persona adecuada, no serán niños lo que hagamos); los hijos son una bendición; no sabrás lo que es hasta que no lo tengas y, la mejor de todas, todavía puede ser madre, no te preocupes... Me quedo más tranquila. Las primeras veinte veces pierdes el tiempo dando explicaciones, hasta que aprendes que de nada sirven, y es entonces cuando inventas respuestas para zanjar el asunto como, por ejemplo, “la maternidad no está en mis planes, como tampoco lo está sentarme a comer cucarachas vivas colgada del Empire State”. ¿Podría suceder esto? Sí, podría. ¿Es probable que suceda…?
Laura ha abandonado el grupo.
Tras contestar así a una de “las defensoras de la teoría de que las mujeres tienen que ser madres, aunque no quieran serlo, porque en realidad quieren serlo, pero ellas aún no lo saben”, te sientes pletórica cuando te muestras firme y segura en tu respuesta. Y la que quiera tener hijos, que los tenga. Hoy en día hay múltiples opciones para tener un bebé, incluso puedes elegirlo a la carta. Y la que quiera comprarse un gato, que se lo compre. Y la que se haga vegana, que no coma animales. Y la que quiera bailar un tango, que se busque una pareja. Y la que no quiera tener el ceño fruncido, que se chute bótox y alegría a partes iguales… Pero, por favor, no hagamos locuras para luego terminar siendo una de esas Madres arrepentidas de las que habla Orna Donath en su libro, “si pudiera volver atrás no tendría hijos”, dice una de las entrevistadas. Si hubieran tenido un Nenuco en lugar de camiones de bomberos, se habrían dado cuenta de lo sacrificado que es ser responsable de un bebé. (Recuerden que la tinta estaba empapada en ironía, controlen su pulso y no se alteren.)
Al margen de todo lo dicho, me gustaría aclarar que adoro a los niños, y que me gustan tanto, que ni siquiera he sido capaz de desprenderme de la que lleva más de cuatro décadas conmigo, a menudo incluso prefiero la compañía de mis sobrinos a la de los adultos. Será por el tiempo que pasé rodeada de muñecas en mi infancia.
Y eso que les destrocé la vida. A todas. 

            

lunes, 13 de marzo de 2017

Cuando descubrí que estaba viviendo una vida hygge

                A estas alturas imagino que ya sabrán lo que significa Hygge, la nueva moda que llega a nuestro país desde Dinamarca, y que se pronuncia como a usted le dé la gana, porque entenderlo tampoco lo van a entender a no ser que explique en qué consiste esta tendencia tan in (¡uf!, me temo que este va a ser uno de “esos” artículos). No me alargaré contando lo que pueden leer en centenas de páginas en Internet, pero les hablaré acerca de cómo puede afectar a su rutina que alguien decida que su estilo de vida está patentado. Todo empezó con la ONU, que fue el organismo que decidió colocar a Dinamarca en lo alto de la lista de los países más felices y, para justificar tal nombramiento, los daneses tuvieron la generosidad de compartir su secreto con el resto, los no tan felices. Así fue como los estantes de todas las librerías del mundo, se llenaron de numerosos volúmenes con portadas diferentes entre ellas, aunque compartiendo el mismo título: Hygge.
Antes de escribir este artículo me pasé una mañana hojeando varios ejemplares, y me topé con varias modalidades para explicar en qué consiste esta moda. Algunos libros sólo tienen fotos, armonía y belleza perfectamente iluminadas; otros incluyen recetas de platos daneses, postres en su mayoría y, por último, también encontramos la opción de esnifar el aroma de madera impregnado en sus páginas, lo que nos transporta de inmediato a lo que imagino que será un bosque danés. Todos ellos coinciden en la explicación de Hygge, y las pautas que hemos de seguir para poner en práctica esta felicidad de la que tanto se habla. Tomé algunas notas mentalmente y a continuación mencionaré las que, a mi juicio, son las más importantes… Apunten.
Es fundamental pasar un día acurrucado en la cama bajo el edredón o con una manta en el sofá, mientras disfrutamos de un buen libro (buen libro, repito, no vale que sea malo) y una taza de té. Podría ser café, sí, pero el té es más Hygge. Es imprescindible elegir bien la ropa para el acurrucamiento y no, no estoy de broma. De hecho, vestir ropa cómoda está considerada como una de las normas más importantes a la hora de poner en práctica esta tendencia. Calcetines gordos, jerséis amplios de lana, pantalones sueltos… Ropa de ir por casa, que dirían nuestras madres. Lo preferible es salir lo menos posible a la calle, lo que me resulta comprensible, porque por allí arriba el clima no es muy mediterráneo que digamos. Así que, una vez estemos vestidos con ropa cómoda en nuestro hogar (que no es lo mismo que casa), encenderemos unas cuantas velitas (que no es lo mismo que velas), atenuaremos las luces, pondremos música suave, y nos prepararemos para disfrutar de una velada que podrá ser a solas o en compañía. Si elegimos estar a solas entonces nos centraremos en aquello que nos dé tranquilidad, tomaremos una copa de vino, veremos una película, haremos un puzle, o nos sentaremos a escuchar música… lo que sea que elijamos estará bien, siempre que lo hagamos con una sonrisa de satisfacción, porque somos conscientes de lo importante que es disfrutar de los pequeños detalles. ¡Qué felices somos! ¡Qué alegría! ¡Qué suerte la nuestra! Y si por el contrario, elegimos pasar una velada rodeada de amigos, es importante que aprendamos a filtrar a los invitados, porque no se trata de hacer una macrofiesta, sino de pasar una velada agradable en la que nuestras conversaciones se mezclen con el tintineo de las copas, con el chisporroteo de la leña (tener chimenea te convierte en un Hygge muy top) y con la música melódica de un piano de fondo… charlaremos alrededor de una mesa que estará decorada para la ocasión, con flores frescas en una jarra de agua, por supuesto, y a la que haremos fotos que subiremos a las redes para competir con el resto de los #hygge de Instagram… El menú puede variar, cocinar como lo hacían nuestros antepasados es una buena opción, la cocina de la abuela diríamos en España, pero también es muy acertado elegir una tabla de quesos y acompañarla con un buen vino… Y fue justo aquí, al llegar este punto, cuando cerré el libro y dejé de leer de inmediato. Salí de la librería entre aturdida y decepcionada, las preguntas se agolpaban en mi cabeza ocasionándome un mareo insoportable. No sólo había descubierto que soy danesa, sino que, además, según la ONU, soy una persona feliz. ¿Cómo no iba a hablar de esto?
Descubrir que mi forma de vivir la vida hasta la fecha no sólo tiene un nombre, sino que también tiene una calificación excepcional en el ranking mundial, es algo que no me ha dejado indiferente. Me ha costado asimilar mi felicidad, y después de darle un par de vueltas al asunto, he empezado a preocuparme. Ahora que ya sé que mi vida es Hygge, me pregunto qué pasará con mis días de Il dolce far niente, ¿son compatibles?, ¿tengo que elegir uno solo? Es increíble, puedes llevar toda la vida haciendo algo y de pronto alguien aparece, le pone el nombre a tu rutina, y toda tu alegría se esfuma de un soplido. No es lo mismo hacer lo que te hace feliz que hacer lo que te dicen que tienes que hacer para ser feliz, al menos en mi caso, porque si tengo que hacer algo por obligación se me quitan las ganas. Es como lo de comer aguacate, antes me encantaba, pero desde que he descubierto que ahora no eres nadie si no desayunas una tostada de pan integral con aguacate, le he empezado a coger un poco de manía…

Sólo espero que esta moda Hygge no tenga en mí un efecto contrario, y que por su culpa ahora la infelicidad se cuele por la puerta de madera de mi casa. De madera, sí, esto es importante.  

martes, 7 de marzo de 2017

Carta a un acosador

Querido niño,

Te escribo con bastante desconfianza porque viendo cómo paseas por la vida, intuyo que no hay palabras que escuches más que las tuyas propias. Entiendo que en este momento de tu inmadurez te sientas poderoso y dueño de tus actos, y que hagas todo lo que se te antoje con el único fin de creerte por encima del resto. Yo también fui una adolescente y sé lo que significa despertarte cada día intentando ser aceptada y respetada por el resto.

Imagino que en muchos de los ladridos y bofetadas que les dedicas a los más indefensos, tan solo buscas el reconocimiento y el respeto de los miembros de la manada que lideras. Pero no olvides que tu ego pierde toda su grandeza justo en ese momento: cuando eliges al indefenso. Entiendo que en el mundo en el que estás creciendo, las lecciones que recibes de algunos adultos no sean las más adecuadas, porque es nuestra culpa que creas que eres mejor que el resto, que debes de ser un líder, y que hay muchos que son de una raza inferior por el mero hecho de no tener tu físico, tu nivel cultural o tus gustos… Te mirarás al espejo cada mañana y verás una luz flotando sobre tu cabeza, como si fueras el elegido. Disculpa si mi lenguaje te resulta soez o burdo (ambas son palabras que puedes encontrar en el diccionario), pero intuyo que sólo me entenderás si hablo el lenguaje que estás acostumbrado a utilizar.

No te hablaré de bondades, ni de respeto porque son palabras que te harán soltar una carcajada. Lo sé. Únicamente quería contarte algo que creo que tu ignorancia aún no ha tenido en cuenta. Sí, lo siento, eres un ignorante, es una de las cualidades que se tienen cuando se es tan joven y absurdo como tú lo eres... Entiendo que ahora te creas el rey del mundo, porque es el momento en el que tu personalidad está despertando, y que creas que tu única obligación es ignorar a tus mayores, faltar el respeto a los más indefensos y proclamarte amo y señor de tu corta vida. Estás en tu derecho, porque tener personalidad a tu edad es un privilegio reservado sólo a unos pocos. 

Entiendo también que estés creciendo en un entorno en el que estás acostumbrado al insulto desmedido, a criticar por culpa de la envidia y a creerte el más sabio de los que merodean a tu alrededor. Merodear también es una palabra que te invito a buscar en el diccionario. 

Entiendo que estés tan perdido, que en lugar de pedir ayuda decidas dar sopapos a diestro y siniestro para liberar tu rabia, porque te han enseñado que pedir ayuda no es bueno, y que hemos de ser fuertes y tomar nuestras decisiones… Pero si hoy estoy aquí es para agarrarte de la mano y darte un paseo por mi mundo de hoy, que no es más que algo parecido a lo que será tu futuro… Crecerás, por mucho que te niegues a hacerlo, algún día crecerás, y en tus días futuros puede ser que te topes con miradas que te ignoren, esas que hoy te alaban o que te miran asustadas, porque llegado un momento te verán como el desalmado que eres. Y se alejarán de ti. Sí, crecerás, y puede ser que entonces algo cambie en tu corazón, que conozcas a una persona de la que te enamores, y que te ayude a sacar lo mejor de ti, y entonces formarás una familia, y tendrás hijos que también crecerán, pero para tu desgracia no serán como tú, serán niños como los que hoy son tus víctimas, y sufrirán el castigo injustificado de los cobardes, y puede que no te des cuenta de su sufrimiento, y que ignores su llanto silenciado por tu orgullo, y entonces un día despertarás con su cuerpo inerte escondido en su habitación, el único lugar en el que se encontró a salvo. Y la rabia que tienes hoy volverá a despertar y saldrás en busca de los que le quitaron la vida. Su joven vida…


Y esto ocurrirá. Porque cobardes como tú siempre ha habido. Ahora me leerás con una sonrisa sarcástica, dejando que una voz dentro de ti te convenza de que no tengo ni puta idea de lo que hablo, y que yo soy una vieja que sólo dice chorradas… Y eso, para mi desgracia, también lo entiendo.
Pero si algo intento con esta carta, es decirte que algún día todo dará la vuelta, y que tú serás el padre responsable de proteger a tus hijos, así como su ejemplo y su mejor lección de vida y valores. Aunque soy consciente de lo mucho que nos equivocamos los adultos a la hora de educar a los más pequeños, y del daño que nuestras palabras o actos les pueden hacer. 

Todo lo que hagas en la vida te será devuelto con creces, así que el único consejo que te daré es que aprendas a ponerte en el lugar del otro, a no avergonzarte por estar a su lado, a pensar en el dolor que has generado a sus padres y hermanos, y a entender que no hay mejor líder que aquel que hace mejores a los que le rodean. Dejar de ser un mierda depende de ti, porque eres el peor de los ejemplos para cualquiera. Incluso para los que te aplauden por tenerte miedo.

No te deseo nada más que la vida que mereces. Sea lo que sea lo que esto signifique.

Un saludo.

Una cuarentona que también fue joven.


miércoles, 1 de marzo de 2017

El hombre vintage

Nacieron en otro tiempo, allá en el siglo pasado. Recibieron una educación parecida a la que hoy se aprende, pero diferente a la que hoy se enseña. Eran días en los que las personas se vestían con las prendas que ahora se venden en tiendas de segunda mano, esas con aroma a nostalgia y a naftalina; eran días en los que los valores justificaban la toma de decisiones. Sí, eran otros tiempos..., en los que los políticos se peleaban, como hoy; y las barras de los bares se sostenían gracias a los codos cansados, como hoy; tiempos de sequía o inundaciones, como hoy. Pero, aun así, eran otros tiempos.

Entonces algunos hombres se escapaban de su realidad para regocijarse en los brazos de su querida, esa mujer odiada por el resto de las mujeres y cuya única función era hacer que los maridos fueran un poco más felices. Amantes, dicen ahora. Eran tiempos en los que el hombre se esmeraba para ser un galán; acariciaba el ala de su sombrero e inclinaba la cabeza para saludar, deleitaba a sus acompañantes con palabras graciosas y ocurrentes, y evitaba ser ordinario delante del género femenino. El decoro, decían. Pero en el tiempo que ha transcurrido desde aquella época hasta esta en la que hoy vivimos, algo ha cambiado. Mucho, dicen. Demasiado, digo yo.

Hoy aún queda vivo alguno de aquellos hombres, de los que abren la puerta para dejar pasar, que hablan sin ofender y que respetan a la persona que tienen delante, sólo por el hecho de ser mujer. No era otra educación, es educación, sin más; gestos inherentes al macho con clase. Hombres que jamás mencionaban un amor del pasado y que no alardeaban de las muescas en el cabecero de la cama, por respeto a aquel amor. Confesiones que normalmente se hacían a los amigos del scotch compartido o a las mujeres que trabajan en la profesión más antigua del mundo. Y ahora es cuando el machismo se enfrenta al feminismo para criticar esto. Paradojas.

Pero algo sucedió, algo pasó para que aquellos hombres pasaran a ser vintage y se convirtieran en el hombre moderno. Algo ha hecho que sus conversaciones se conviertan en monólogos y que hablen como si estuvieran haciéndolo con un amigo. La elegancia en el vestir pierde su sentido cuando las palabras no acompañan, la insinuación no tiene cabida ahora en un mundo en el que todo va rápido, donde en muchos casos las citas se multiplican, algunos alternan cada dos noches y nadie tiene tiempo para conquistar. Los hombres no quieren ser vintage, y por eso se comportan como los jóvenes que habrían sido de haber nacido en este tiempo. Esconden sus complejos detrás de su ego, y prefieren arrimar su deseo a la persona que no pregunta, que no habla y que no opina, a la que no cuesta trabajo engatusar. No tiene tiempo para perder el tiempo, no se enamora como lo habría hecho en el otro siglo, no persiste en su conquista, ha asumido que es el cazador que siempre fue, pero ahora alardea de ello.

Es el paso del tiempo el único culpable, el despertar de la mujer moderna e independiente, el rápido pasar de las horas en días que parecen cada vez más cortos, los cánones de belleza establecidos por las portadas de las revistas, el alardeo absurdo, la extraña creencia de que hay que vivir al máximo cada instante, y no perder el tiempo. Pero las flores de los jardines no crecen más bonitas por regarlas más veces, hay que cuidarlas, ser pacientes mientras se espera su crecimiento y ver cómo el capullo se convierte en algo bonito. En caso contrario, todas acabaran muertas, como ocurrirá con nosotros, cuando pase el tiempo. 

Ver también La mujer vintage

martes, 14 de febrero de 2017

Las mujeres que aman diferente


“No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe… No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca […]. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente. 
No quieras enamorarte de una mujer así.
Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.”

Martha Rivera-Garrido

No es fácil permanecer mucho tiempo junto a una mujer que se presume diferente, porque siempre hay un momento en el que se genera la duda; ¿y si todo es una pantomima?, ¿y si esto es puro teatro? No, no es fácil aguantar mucho tiempo al lado de alguien así, la intensidad de cada momento se puede llegar a volver insoportable y, tarde o temprano, aparecerá la pregunta que tantos se hacen al toparse con ella: ¿quiero esto o no lo quiero?

Hay mujeres que son como aman, y que aman como son. Sin maquillaje ni disfraz. Se muestran desnudas ante el mundo porque entre caídas y nuevos comienzos, reconocen cada rincón de su alma, sus miedos y sus virtudes. Se aceptan y se asumen, y nada harán para cambiar. Durante el paseo de sus vidas se cruzan con personas que, atraídas por su autenticidad, se adentran en su universo ilusionados, hasta que un día amanecen sintiéndose atrapados en una jaula en la que ellos mismos se encierran. Las mujeres que viven así no quieren poseer, ni atrapar a nadie, ellas aman desde la libertad, lejos del libertinaje, y como tal desean que la otra persona se sienta igual de libre a su lado. Una relación tan difícil de entender, que sólo el más intrépido de los amantes es capaz de asumir.
Pero algunos se quieren dar la oportunidad, porque este tipo de mujeres no aparece en la vida de cualquier persona, sino que ellas mismas eligen a uno entre la multitud, guiadas por su  instinto, y apostando por aquello que de una manera u otra las agita por dentro.


Merece la pena vivir de esta manera, me dijo una de ellas en una ocasión, porque no hacerlo significaría vivir de mentira, y esta vida es demasiado corta como para dejar escapar los únicos instantes que se quedarán en nosotros para siempre o ignorar una de las pocas razones que hacen que este regalo inesperado, merezca la pena. 

Si alguien tiene la oportunidad de amar a una mujer así, que no tenga miedo a hacerlo, ¿y después?, eso nadie lo sabe, pero al menos descubrirán que su capacidad de amar es mucho mayor de lo que jamás hubieran soñado. Porque de una mujer así jamás se regresa.  


Nota: Aunque se haya atribuido el texto citado a diferentes autores, desde Simone de Beauvoir a Pablo Neruda, el original está firmado por escritora dominicana Martha Rivero-Garrido.