lunes, 12 de noviembre de 2018

Diferentes





No, no todos somos iguales. Siento ser yo la portadora de esta triste noticia, pero alguien tenía que hacerlo.
 
En este mundo en el que vivimos, en el que a veces cuesta diferenciar al animal racional del irracional, no es fácil la convivencia. ¿Podría serlo? Sí, estoy absoluta y completamente segura de que se podría lograr, así como lo estoy de lo difícil que es llegar a ese equilibrio. Porque todo empieza mucho antes, no, no antes de que usted y yo llegáramos aquí no, empieza antes de todo, antes de la nada, o de la nada que fue el todo… ¡Qué complicado es hablar de lo que una no entiende!
Inventamos culturas, inventamos sociedades, inventamos religiones, y hasta inventamos dioses. El porqué de estos inventos no me queda del todo claro, puede que fuera la debilidad del ser humano en unos casos y el ego desmesurado en otros. Pero sea como fuere, con el paso de los años, pasito a pasito, entre todos hemos sido capaces de ir construyendo lugares maravillosos para luego destruirlos, hemos encumbrado a personas a las que luego borramos de un plumazo, hemos amado para acabar odiando…, y a mí personalmente, todo esto me  resulta de lo más agotador. Una montaña rusa infinita. Sufrimos un mal que versa en la incapacidad para entender el todo, o la nada, según la teoría de cada cual. Pero el concepto es el mismo.

Nos empeñamos en dar lecciones, por el mero hecho de creer que nuestra verdad es la verdad absoluta, juzgamos al que no hace las cosas como se supone que deberían hacerse, criticamos una palabra porque no nos parece la apropiada, maldecimos ese gesto simplemente porque nosotros nunca lo habríamos tenido.
El odio que determinadas personas intentan despertar en nosotros, lo único que consigue es alejarnos un poco más de nuestra esencia, de ese lado humano que a veces nos empeñamos en esconder, por miedo o por vergüenza. Y al final, sin darnos cuenta acabamos convirtiéndonos en aquello que hemos odiado toda la vida. Paremos un instante, sólo un momentito, e intentemos entender que la vida no nos trata a todos por igual, y que cada cual afronta sus inseguridades como sabe, o como puede. Y no nos damos cuenta de que a lo mejor, lo único que necesitan, es encontrar a una persona que les muestre todo lo bueno que llevan dentro, porque seguro que lo tienen, ¡está ahí! Y eso también lo tengo claro.

Pensemos que antes de hoy, hubo muchos imposibles que fueron conquistados. Y mientras estos sigan existiendo, yo seguiré creyendo que es posible alcanzarlos.
AUDIO DE RADIO: DIFERENTES (Clic en link)

domingo, 4 de noviembre de 2018

Amor






A la gente lo que le gusta es que escriba acerca del amor. Tengo la impresión de que estamos sumidos en una constante búsqueda de respuestas y de expectativas que lo único que nos provocan es insatisfacción. No importan los dramas que hayamos vivido en nuestra vida, ni los baches con los que tropezamos, no importan los planes que se nos han ido al traste antes de tiempo, porque al final, por una u otra razón, siempre terminamos hablando del amor y de las relaciones personales. Que alguien afirmara que el amor mueve el mundo no es una casualidad. Cuando los pingüinos escogen a su pareja, se quedan con ella de por vida. Una frase que siempre he querido incluir en algún artículo. El amor es, corrijo, debería ser la verdadera razón por la que estamos aquí. Nuestro por qué definitivo. Y también es una de esas palabras con infinitas definiciones, según quién lo diga, según cómo y según acerca de quién hable, el amor su color, su forma y su lealtad varían.

Leí el otro día en algún lugar la razón por la que existe la teoría de la media naranja, o la eterna búsqueda de la persona que complemente nuestra existencia. Y no era un eslogan de un folleto publicitario, no, sino que eran letras de un escrito de Platón o de alguno de sus coetáneos, y el autor en cuestión explicaba que en un tiempo pasado en el que los seres que habitaban el planeta tenían cuatro piernas, cuatro brazos, dos cabezas… todo multiplicado por dos, para resumir, y Zeus, aburrido de tanta soberbia humana, decidió partir en dos cada cuerpo y le regaló a la humanidad la oportunidad de zambullirse en la tantas veces contada y cantada búsqueda de la  otra mitad…

Una teoría tan romántica como desquiciante, porque si algo provocan cuentos como este, es la alegría de encontrar por fin a la que consideramos nuestra media naranja de la misma manera que deja el panorama salpicado de corazones rotos, frustrados y melancólicos. Amantes desilusionados. Dudas inesperadas que dibujan en nuestro horizonte la pregunta eterna… ¿Y si hubiera otra persona más perfecta para mí?

Y lo mejor de todo es que la otra persona seguramente nos mire de la misma manera, con la misma duda, con idéntica inquietud.

Me gustan las historias que me hacen pensar. Me gusta este cuento acerca de quiénes fuimos, y de cómo Zeus nos castigó, me hace cuestionarme si realmente somos mitades de un algo, si existe esa otra parte que nos busca al tiempo que nosotros la buscamos. ¿Debemos encajar una vez nos encontremos? Alguien que acepte todo lo que somos, no por ser perfectos, sino por tener exactamente lo que el otro necesita para quedarse a nuestro lado, caminando sin correr, y sintiendo lo que a veces se puede sentir sin esforzarse, ese instante en el que todo encaja.

Seamos incondicionales en el amor. Respetemos de la misma manera que nos gusta ser respetados y además de enamorarnos, dejemos que otros se enamoren de nosotros.

Audio radio AMOR (clic en link)

martes, 30 de octubre de 2018

El cambio



El cambio ha llegado para quedarse. Las frases acerca del cambio nos han invadido, están en la pantalla del ordenador, en las tazas y en las camisetas, están incluso en la coletilla con la que zanjamos muchas conversaciones. A veces me siento como una niña con sus cromos en el patio del colegio, pero adaptada a la vida adulta: Yo te doy mis tostadas con mantequilla y mermelada y tú me das tu aguacate y tu zumo vitaminado. Vale.

No sé cuándo empezó todo, ni por qué se nos creó esta necesidad de cambiar. Quién decidió que somos personas insatisfechas que sueñan con una vida distinta. Lo bueno es que, como sucede con todas las modas, parece que esta empieza a perder fuerza gracias a otra moda paralela que nos anima a valorar lo que tenemos en lugar de anhelar lo que otros tienen. Y ante frases como Sé el cambio que quieres ver en tu vida. Si tú cambias, todo cambia. Cambia y el mundo cambiará contigo… Frases que parecen más inquisidoras que motivadoras y Qué, al escucharlas, algunos nos quedamos quietos. Seguimos cambiando de opinión, porque no hacerlo, para nosotros es algo absurdo, pero nuestra vida, de una manera u otra sigue su camino y no hay ningún cambio visible en el horizonte.
Estas lecciones siempre me han provocado cierto interés, porque veo muy evidente que la solución, en este caso, esté en el cambio. Si estamos con una persona que no nos hace felices, cambiemos de actitud, o de persona o de bebida… Si llevamos tiempo yendo a trabajar arrastrando los pies, cambiemos de trabajo, de jefe o de profesión. Si no nos gusta la vida que nos rodea, cerremos los ojos, o miremos al cielo o leamos un libro. Cambiar es una palabra sencilla de pronunciar pero muy difícil de poner en práctica. Al resto del mundo se le llena la boca con el cambio cuando hablan de los demás, pero a la hora de aplicarlo a sus vidas, todo es diferente. Siempre hay excusas, justificaciones, peros y miedos, muchos miedos. Al fracaso, a la pena, a equivocarse o miedo a que nuestra decisión afecte a terceras personas. Y estos miedos, por muy convencidos que estemos de empezar una nueva vida, siempre estarán compartiendo la almohada con nosotros, incluso hasta después de haber tomado la decisión de cambiar.  

Pero también está muy bien decidir que no queremos cambiar. Está bien porque cada cual tiene unos zapatos que son solo suyos, una vida que le pertenece, y sólo ellos saben cómo caminar y qué decisiones son las que les harán más felices. No son cobardes, ni tampoco resignados, son personas a las que el cambio no les atrae y les provoca una incómoda sensación de ahogo. Están tranquilos en su universo, y esa tranquilidad es impagable. Y para los demás, lo que no tiene sentido es vivir sólo una vida, nos gusta reinventarnos, y terminar y empezar y volver a terminar y de nuevo regresar al punto de partida, el porqué de esta adicción lo desconozco, pero estoy segura de que tiene mucho que ver con vivir la vida como si estuviéramos siempre en los tres primeros meses de una relación. Muy intenso todo, ya lo sé. Pero cada uno es como es… y cambiar algo de nosotros, no siempre es fácil.

lunes, 22 de octubre de 2018

Quién soy

Radio (clic en link) 



Muchas veces me preguntan si yo soy la protagonista de mis novelas y si las historias que cuento son reales o inventadas. En la literatura está todo inventado desde hace mucho tiempo y es muy difícil ser original. No se puede escribir acerca de lo que no conoces aunque para hacerlo tengas que disfrazarte de otra persona. Escribir es hacer magia y es la tinta la que decidirá en quién me convertiré cada vez que me pongo delante de un folio.

Soy la mujer abandonada por el amor de su vida o la que llora el desconsuelo de un amor imposible. Soy la enamorada sin miedo a perder la cabeza. Y soy la mujer que se tropieza por casualidad con un amor nuevo.

Soy la mujer que insulta y que castiga, la que perdona y la que  pide perdón. Soy la que decide tomar las riendas de su vida, y hacer que cada día cuente. Soy la madre protectora, la madre liberal y la  madre exigente. La que cree en los sueños y hará lo imposible para alcanzarlos. Soy la casquivana, la adúltera, la puta, la sensible, la sometida, la valiente, la huidiza, soy la mujer resignada, y la inconformista.

Soy la joven que años atrás tomó las decisiones equivocadas o la mujer madura que repasa su vida orgullosa por haber sido quien fue. Soy la yonqui sin remordimientos, la vampiresa de emociones, la adicta a la vida, al sexo y a las drogas. Y soy la abstemia. Soy la mujer atrevida, minifaldera convencida, bollera de camisa de cuadros o la lesbiana de portada de revista, soy la elegante en el andar, la sencilla en el vestir, el alma de las fiestas y la que pasa desapercibida. Soy una persona invisible o la voz cantante, la líder indiscutible, la que escucha sin interrumpir, y la maleducada que nunca calla.

Soy amante del silencio, persona de bullicio, habitual en restaurantes de moda, cocinera en mi hogar, amiga de sus amigos, egoísta sin escrúpulos. Soy buena persona, o una víbora, o una cabeza retorcida. Soy un alma limpia y parcheada. Soy quien quiero ser, y cada día elijo ser otra persona.  
Soy, en definitiva, una privilegiada. Muchas personas diferentes, y aunque tenga sólo una vida, no me conformo con vivirla sin más, no me conformo con ser simplemente yo. Puedo bailar entre la locura y la cordura y encontrar las respuestas que esta cabeza mía no deja de hacerme, y sólo las puedo encontrar convirtiéndome en otra.
Y sí, he elegido que esto sea así. Porque cuando hay algo en nuestras vidas que no nos gusta, cuando deseamos cambiar, nos tenemos que levantar, movernos e investigar en las vidas ajenas, aventurarnos a no ser nosotros por un momento para despejar el camino de nuestra verdad. No se debe buscar a un escritor en las letras que escribe, porque ni siquiera él sabe en qué renglón está.
 

lunes, 8 de octubre de 2018

Solteros



Radio (link)


No importa si nos referimos a ellos como solteros, o solterones;  cuarentañeros o cuarentonesNo es la palabra lo que importa, sino la intención con la que se dice.
Para muchos, los cuarenta son una edad límite, unos años antes aún se es joven, unos después ya se nos pasa el arroz. Cuántas envidias despierta la libertad...

Hay personas que se casan, que forman una familia y que son felices. Bravo por ellos. Hay otros, sin embargo, que no sueñan ni con la boda, ni con los niños, ni tampoco con el día de mañana. Y no, no quiere esto decir que sean egoístas, simplemente eligen quedarse en el lugar en el que se sienten tranquilos, sin responsabilidades que impliquen a otros y sin compromisos. No son crápulas, ni casquivanas, no están enfadados con las relaciones, ni tampoco conviven con la decepción, no tienen miedo, ni necesidad de apoyarse en nadie, y mucho menos son raros. 

Los solteros a veces se sienten solos. ¡Por supuesto! ¿No siente el casado o el emparejado la necesidad de alejarse de vez en cuando de su vida? Todos vivimos momentos en los que, por un instante, nos gustaría vivir en otra realidad, con la seguridad de que pronto regresaremos a la nuestra.

A partir de los cuarenta apenas quedan complejos, ni guerras en las que luchar. Uno está más o menos bien colocado en su vida, y aunque no sepa muy bien definir qué es lo que le gusta, tiene muy claro qué es lo que no le gusta

Elige la ropa de su vestidor, se disfraza de lo que cree que le sienta bien, y se arranca las máscaras; escoge qué poner en su plato de comida, cómo dormir en la cama, cómo desordenar su orden, dónde quiere viajar, con quién, dónde enamorarse, y de quién… Porque el soltero también se enamora, sí. Aunque no piensa en mañana, ni en el futuro, puede que su enamoramiento no pase de una noche, o de dos, pero él se enamora, se entrega y disfruta de la historia, porque nada tiene que perder y sólo puede ganar. No engaña, no miente acerca de su soltería, y no juzga a los que son diferentes. 

No conviven rodeados de gatos, ni pasan las horas llorando encerrados en sus casas, no se emborrachan para recordar un tiempo pasado, y no anhelan la vida de los otros… No son tristes, ni están enfadados. No. Son sólo personas que han encontrado en la libertad de sus despertares la razón de sus vidas. Hacen lo que quieren y, por encima de todo: No son egoístas, sino consecuentes con la decisión que han tomado acerca de cómo desean vivir sus vidas. 

Porque cuando un soltero conquista la libertad y la calma, es muy difícil que quiera aventurarse a pasear por otros caminos. 

lunes, 1 de octubre de 2018

Deseo


Audio de radio: 
DESEO





A menudo me dicen (como piropo o crítica) que soy una escritora emocional.
Particularidad que, inevitablemente, me convierte en una persona emocional. Y sí, es verdad, tienen razón. Soy capaz de soltar una lágrima con un anuncio de coches, con un abrazo, o con el vuelo de una cigüeña… Porque a las emociones no sólo se las conquista a través de una sorpresa o de una declaración de amor, no, de hecho, muchas de ellas pasan gran parte de su vida dormitando dentro de nosotros, a la espera de sentir algo que por fin las agite. Una canción, una palabra, una imagen… O mi favorito: un recuerdo. Y no hablo de nuestros recuerdos, sino de los recuerdos de los demás. Porque son esos los que, al compartirlos, tienen el poder de agitar, remover y despertar a los propios.

Nuestra memoria merodea por los lugares comunes, y encuentra en ellos aquel instante que hace que la emoción se despegue de nuestra alma dando un salto mortal, y que nos lleve directos hasta un pasado al que por más veces que regresamos, jamás nos agotamos de hacerlo.

Hace una semana compartí con conocidos y no tanto, uno de los mejores recuerdos que
guarda mi memoria. Sucedió hace cinco años, en la ciudad de Roma. Yo entonces, aún pensaba que las cosas sucedían porque las deseabas con todas tus fuerzas. Después
aprendí que ese deseo había que reforzarlo con trabajo y perseverancia, y más trabajo y más perseverancia y así hasta llegar la meta. Y, a pesar de no haber dejado de cumplir años, sigo creyendo en la magia... Y aquella madrugada, sentada delante de la Fontana di Trevi, con la mejor de las compañías, atrapé la moneda y la lancé con la chulería con la que la habría lanzado el mismísimo Clint Eastwood si hubiera estado en mi lugar, y después la vi planear en el aire hasta que se sumergió con el resto de los deseos. “Que algún día me lean en este país.” Esa fue mi petición. Por fin puedo revelarla. Lo interesante es que todavía no había publicado nada. Ni un libro. Ni un relato. Nada.
Niente. Y aun así, me atreví a pedir ese deseo. Han pasado más de cien meses desde
aquella madrugada. Y tres libros publicados. Infinitos insomnios. Y rendiciones y vueltas a empezar y correcciones e inseguridades y lecturas y personajes y… muchas vidas dentro de mi cabeza, sí. Pero la espera mereció la pena, porque mi sueño terminó cumpliéndose. Y mi última novela ya se puede leer en italiano.

Es difícil saber por qué suceden algunas cosas, porque algunos tienen eso que llaman suerte y otros no. La fortuna y el azar son tan caprichosos como lo es un niño delante del escaparate de una pastelería. Y por esto mismo, no siempre hay una respuesta coherente, y cuando la duda nos invade, lo mejor es parar un instante, felicitarnos por el sacrificio y el trabajo bien hecho y dar las gracias a ese momento mágico en el que los astros, las hadas, la serendipia o como sea que queráis llamarlo, nos eligieron a nosotros.

Y con este recuerdo escribo el enunciado del primer ejercicio que os mando este año.
Coged papel y lápiz, o un teclado, o una tiza…, pasead, o quedaos sentados, buscad
estrellas fugaces, o hadas voladoras, lanzad monedas al aire… Haced lo que os plazca.
Lo que sea que os haga creer en ese deseo que os hace felices sólo al imaginarlo.
Pero cuidado, porque los deseos se cumplen y luego pasa lo que pasa… 

lunes, 24 de septiembre de 2018

Maestros



Audio de programa de radio:


En mis años jóvenes me gustaba empezar un nuevo curso. Me encantaba darle la bienvenida al mes de septiembre. Creo que de aquellos barros, son estos lodos. Y de ese placer que me provocaban los comienzos, nació esta adicción a ellos.

Estrenar un estuche. O una mochila. El olor de los libros nuevos. Supervisar a mi madre cuando los forraba. A ella nunca le quedaban arrugas. Hay que ser madre para que los forros te queden bien lisos, así que no nos esforcemos en balde. Me gustaba heredar los libros de mis hermanos mayores y tachar sus nombres para escribir el mío debajo. Marcar mi terreno para después ponerme a buscar entre las páginas alguna nota que hubieran dejado allí olvidada, o un mensaje escrito en los márgenes. Y a veces me encontraba con el nombre de un chico o de una chica junto a un corazón y eso hacía que me sintiera cómplice de sus amores platónicos. Pero nunca preguntaba, por si las moscas.

Y a medida que nos hacíamos mayores, nuestra aula subía de piso y las escaleras nos elevaban a un lugar superior. O eso creíamos nosotros. Yo era una de esas alumnas que el primer día de clase se agarraba a sus libros como si fuera la mismísima Minerva. La diosa de la sabiduría. Me tomaba tan en serio los comienzos, que lo daba todo en la primera semana. Incluso mi caligrafía era legible, y me proponía ser la mejor de la clase. Y estudiar cada día, y aprender mucho y sacar buenas notas y qué sé yo, imaginen la perfección. Ahí lo tienen. Eso mismo era yo. No la perfección, no, sino esa persona que se imaginaba a sí misma rozando la perfección. Pero esos picos apasionados por los que hoy asciendo y desciendo ya los surcaba entonces, y ese entusiasmo tan intenso, ese querer abarcarlo todo desde el primer momento, era demasiado para mí. Una semana. Dos a lo sumo, y el globo se desinflaba, y la emoción se perdía entre los aburridos temas de los libros que tanto me costaba abrir.

Recuerdo las Navidades en la que mis padres, perdón los Reyes Magos, me regalaron un ejemplar de El señor de los anillos. El volumen tenía la forma y el peso de un ladrillo y con un dibujo en el centro de la portada rosa. Yo debía de tener quince, porque a los catorce di la bienvenida a Mujercitas. Y después llegó el año en el que recibí tres libros del Barco de Vapor en un paquete, tres.  Lo recuerdo con orgullo de hija porque, con esa mirada que sólo tienen los padres, los míos ya vieron en mí lo que yo ignoraba. No creo que por aquel entonces yo ya pidiera libros a los Reyes, un balón de baloncesto puede ser, pero libros…, no, no lo creo. Y sin embargo, ellos me los regalaron. Lo supieron antes de que yo descubriera cuánto me gustaba leer, vieron el halo de fantasía en el que yo me veía flotar por la casa. Y también lo supieron antes que esa profesora a la que, años después, cuando le confesé mis sueños de escritora, me dijo que me dejara de fantasías y que me dedicara a estudiar. Vaya.

Y estos días, cuando veo a las madres paseando por los pasillos de los grandes almacenes con sus hijos, cargando sus cestas con millones de artilugios de colores, imagino a las  familias sentadas delante del Cola Cao forrando los libros juntos, y no puedo evitar pensar en los profesores que aguardan en las aulas parapetados tras el escudo y el yelmo. Maestros, los llamábamos antes. Ojalá sean conscientes de lo importantes que son en la vida de sus alumnos. Ojalá consigan ser inolvidables para muchos de ellos y puedan ver algo parecido a lo que algunos padres son capaces de ver en sus hijos.


Yo tuve algunos maestros que lo hicieron bien, o al menos así se quedaron en mi recuerdo.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Septiembre



Y mientras terminamos de escuchar el último bolero, llega septiembre, para mí uno de los meses más bellos. Y también llega acompañado por una música de fondo, de violín, o puede que de violonchelo. Las estaciones también tienen banda sonora, no va a ser este un privilegio del que sólo nosotros gocemos. 
Y mientras las notas flotan en el aire, presagio del otoño inevitable, la luz de septiembre se difumina y se mezcla con las sombras que ya empiezan a alargarse. Y los azules, tantas veces inmortalizados, pierden la intensidad de su verano. Les ha llegado el turno a los colores caducos.

Otra vez nos descubrimos en septiembre, con sus remordimientos y con la cabeza repleta de las vidas paralelas que nuestra imaginación siempre añora en este tiempo. Aunque sólo sea para huir un ratito de la que estamos viviendo. Aunque sólo sea para seguir sintiendo que somos los dueños de una realidad que acabamos de dejar en libertad.

Septiembre es un mes mágico, capaz de disfrazar nuestra vida a su antojo. Y también es un mes melancólico. Sí. Melancólico y distante. 
Y en sus días se concentran todos los “y si hubiera” que bien podrían repartirse en una vida entera. Para algunos este es el mes de los comienzos, de abrir nuevas agendas, y de poner el contador a cero para estrenar los nuevos proyectos. 
Es un mes para todos, para las madres agotadas y los niños entusiasmados, para los últimos “te quiero” del verano, para las promesas y los quizás, para los valientes y los acomodados, las rutinas y las sorpresas, para el calor y la tormenta. Incluso para el veranillo rezagado…

Y además de su inconfundible melodía y del aroma de su anhelo, septiembre presume de ser un mes fuerte y atrevido, al que, si le pedimos ayuda, le faltará tiempo para empujarnos en ese columpio imaginario en el que siempre, siempre, podremos volar más lejos. 

Audio: septiembre

lunes, 30 de julio de 2018

Seamos jóvenes siempre




¿Qué tal llevan ustedes las despedidas? A mí no me van mucho, la verdad. Prefiero darme la vuelta y soltar un hasta luego, aunque ese luego no llegue nunca. El verano es época de despedidas, algunas de ellas terminan con puntos suspensivos, otras con un punto final. Pero estas últimas tenían su encanto en épocas pasadas, cuando todavía escribíamos cartas en papel y nos lanzábamos al buzón como si dentro de él fuéramos a encontrar el Santo grial. Y es que si algo hace especiales a los amores de verano es que somos conscientes de que no son eternos y sabemos lo que vendrá después. Noches en vela. Planes imposibles. Sueños que nunca se cumplen y, antes de comernos la uvas, el olvido. Y aun así nos seguimos dando la oportunidad de enamorarnos en verano, bravo por nosotros, no dejemos de hacerlo. Esas son las gotas con las que deberíamos llenar nuestros vasos.

Hoy me despido con disimulo. Ustedes necesitan que desaparezca un ratito, y yo necesito un descanso de mí. Descansemos entonces todos a la vez. Mi hermana dice que cuando escribo me gusta ondear algunas banderas. Es verdad. Me encanta escribir para el resto, elegir una bandera, aunque a mí no me represente, y dedicarle un artículo. En definitiva, me gusta ponerle palabras a las inquietudes ajenas. Pero ha llegado el momento de airear mi cabeza y de darle unas vacaciones a mis folios virtuales. Ha sido un placer pasar estos dos últimos meses con todos vosotros. Ya nos podemos tutear, ¿no os parece?

Y para este hasta luego estival, he elegido una de mis banderas favoritas: la de la juventud. Ya lo dijo Picasso, el que es joven lo es para toda la vida. Es verdad. Yo lo soy, y tanto yo como los que me conocen, sabemos que siempre lo seré. Aunque en ocasiones nos tengamos que comer las promesas que nos hacemos y afrontar las consecuencias de nuestras locuras transitorias. Pero en este caso, yo lo tengo claro. Así que seamos jóvenes siempre y sigamos coloreando las páginas de nuestra biografía. Ignoremos los complejos que nos encasillan y dejémonos llevar por la magia que nos envuelve en la juventud. Y que las arrugas del sol se confundan con las que nos regala la vida. Que perdamos los papeles más a menudo, y que vivamos cada instante como lo hacíamos cuando éramos jóvenes y no pensábamos en mañana. Alarguemos las madrugadas si nos apetece amanecer en compañía, y afinemos la voz por si la alegría nos empuja a cantar…  Arrinconemos los problemas sin solución y seamos valientes para apartar de nuestro camino a las personas que entorpecen nuestro paseo. Sumemos años a nuestros calendarios. No es necesario madurar, ni crecer muy deprisa. Seamos jóvenes siempre y que nada ni nadie nos quite la alegría.


Recibid mi abrazo, mi beso y la promesa de que volveré con las historias que mi juventud escriba.


Audio (pincha en link)


lunes, 23 de julio de 2018

Las facilitadoras

En esta época de calores y puestas de sol, de romanticismo y locura desmedida, amores y desamores, rupturas, encuentros, flirteos y aventuras, quisiera dedicar mis palabras a las relaciones. En concreto a un tipo de mujer que vive y convive entre nosotros…

No me gustan las comparaciones entre mujeres y hombres desde el punto de vista emocional. Me parecen bastante absurdas, y lo digo desde el respeto. Pero intentar entender el porqué de su forma de ver la vida, es adentrarse en un universo complejo que sólo nos puede llevar a un lugar: la desesperación. Ellos son de una manera, y nosotras de otra. Fin.
No busquemos comparaciones ni explicaciones porque no las hay. Intentemos respetarnos tal y como somos, y puede que así todo resulte más sencillo. O al menos, no tan complejo.

A pesar de mantener las mismas conversaciones una y otra vez, en ocasiones podemos llegar a descubrir algo sorprendente. Y eso mismo me sucedió el otro día, cuando en una charla con una amiga recuperé un calificativo que, gracias a mi madurez, ya llevaba tiempo sin decir: La mujer facilitadora. Al pronunciarlo me quedé navegando en mi limbo habitual, flotando en un tiempo pasado, en los días en los que era madre, psicóloga, enfermera, cocinera, terapeuta... ¡Incluso celestina! Y es que hay épocas de mi vida que se me fueron de las manos.

Algunas mujeres estarán viviendo ahora esa fase, recién llegadas o a punto de terminarla, porque la gran mayoría hemos pasado en algún momento por esta etapa, puede que sea algo genético, y que tengamos la necesidad de cuidar y de proteger a esa persona, así que no busquemos explicaciones ni nos castiguemos más de la cuenta. Queridas mías, lo confirmo, una de nuestras cualidades es la de ser facilitadoras. Es una putada, lo sé. Pero si lo somos, lo somos. Y no hay escapatoria. Podemos ser muchas cosas: atrevidas, frívolas, sensuales, sexuales, tradicionales, vehementes, apasionadas, ordenadas, disciplinadas, solitarias, distantes, herméticas, románticas, locas… y también podemos ser facilitadoras.
Yo he asumido en público haber ejercido de facilitadora en contadas ocasiones, porque creo que asumir nuestra peculiaridad es el primer paso para entender cómo funciona nuestro cerebro. Ese órgano tan extraordinario, empachado siempre de paradojas y de realidades paralelas.

Escribir la palabra facilitadora es más que suficiente, no creo que haya mucho más que añadir o explicar. Pero quisiera aclarar que ser facilitadora no es un rasgo que todas poseamos. Hay que nacer así, y así crecemos, hasta el día en el que un sopapo de realidad nos descubre que estamos reviviendo una y otra vez la misma historia con el avispado de turno. Pero no llegamos a su vida con la intención expresa de hacerlo, no estudiamos el plan perfecto, ni valoramos sus consecuencias. Simplemente lo hacemos. Resolvemos sus problemas para que su vida sea más sencilla, les apartamos algunas piedras del camino, vamos hasta ellos para ahorrarles el paseo, hacemos magia en sus días, y nos implicamos con tal entrega en sus inquietudes e ilusiones, que a menudo nos olvidamos de quiénes somos. Y entonces llega el mejor día de todos: Su marcha. Gracias por todo. Nunca te olvidaré... Ya saben, todas esas frases que algunas acabamos citando por ellos, para ahorrar tiempo más que nada, porque sabes que, acto seguido, alguien aparecerá en su vida y comenzará la relación para la que decía no estar preparado.
Y ahí os quedáis tú y tu generosidad. Tu corazón altruista. Tu bondad y ese largo etcétera que lo único que hace es vaciarte para dejarlo a él listo para su nuevo futuro. Bravo por ti.

Es bonito estar para la gente que te necesita, es bonito escuchar, entender y cuidar a aquellos que te lo piden, pero con el tiempo uno aprende a no ser un altruista emocional, a valorarse y a ponerse por encima de las peticiones de los que no saben estar solos. Hacer de sus problemas los nuestros, es encaminarse al fracaso sin posibilidad de salvación. Compartir es cosa de dos, y las facilitadoras -no nos engañemos-, reciben más collejas que otra cosa. 
Y después de innumerables veladas compartidas y otras tantas botellas de vino, de charlas y berrinches de unas y otras, de historias repetidas y de los mismos hombres con diferentes nombres, si algo tengo claro es que muy pocas mujeres quieren pasar a la historia como facilitadoras. Pero eso es algo que cada una debe descubrir por sí misma, cuando aprenden a darse a ellas mismas todo lo que son capaces de dar a los demás. Y no hay nada más gratificante que entrar por decisión propia en el paraíso de las ex-facilitadoras. 

Allí nos vemos.


lunes, 16 de julio de 2018

Obligados a ser felices


¿No tienen la sensación de que a veces estamos obligados a ser felices? ¿Y que alguien ha infectado sus ordenadores con un tripi? No hablo de un virus, ni de espías, ni de cualquier otro mal virtual, no, sino de un tripi inyectado con un pendrive rosa. Porque cada vez que enciendo el mío, una frase optimista aparece cuando menos lo espero, escrita en un post-it, un muro, una hoja de papel o recostada sobre una nube esponjosa. Y no me refiero a una cita robada o atribuida a algún personaje místico o famoso, hablo de frases más directas y breves, esas que no nos hacen pensar, sino actuar… Las mismas frases que ustedes también leen: “No mires al pasado, tu vida es hoy”, “si crees que puedes lograrlo lo conseguirás”… Hay decenas de ellas, centenas, y no importa que sus ordenadores estén a salvo, porque la plaga se nos ha ido de las manos y ha contagiado a las tazas de café, camisetas, cuadernos, fundas de teléfono y cualquier superficie sobre la que se pueda escribir algo.

Yo he sido autora de alguna de esas frases. Yo también sufrí felicidad transitoria durante un tiempo. Y pido disculpas si esto provocó algún daño o frustración a los que me leyeron.

Pero una vez más seré la abogada del diablo. A pesar de haber firmado y compartido muchas de esas frases de pensamiento positivo, desde aquí quiero enviar mi apoyo a todos aquellos que, sin regocijarse en su no-felicidad (que no es lo mismo que infelicidad), de vez en cuando se atreven a no querer estar felices y a mandar a la mierda a alguien. Sin justificaciones ni explicaciones. Nos hemos empeñado en hablar de lo maravillosa que es la vida, de lo importante que es vivir cada segundo, exprimir el tiempo que tenemos, y de llegar a la tumba diciendo ¿puedo repetir? Pero a veces es un mensaje demasiado forzado, poco creíble, y es mejor cabrearse, mosquearse, encenderse y enfurecerse. Una tormenta pasajera siempre refresca el ambiente. O también podemos resignarnos a vivir la vida que elegimos, sin emociones apasionadas ni saltos en paracaídas. Respirar y punto. Es otra elección, tan válida como las demás.
 


Esta mañana, abducida por una de esas frases, me he preguntado cuándo empezaría todo. Cuál fue el momento en el que las setas alucinógenas empezaron a propagarse por la red. Son un bien necesario y parece que imprescindible para encontrar un sentido a nuestros amaneceres más grises. Tener metas y creer en algo es importante, sí, pero no lo es tanto como lo es el ser capaz de leer al menos diez frases alegres y positivas y creerse alguna de ellas. Mr. Wonderful tiene muchas papeletas para convertirse en el dios del siglo XXI, él ha escrito el padrenuestro de nuestros días, y es el destinatario de nuestra oración desesperada.

Si nos repetimos algo muchas veces, acabamos haciendo de este mensaje una actitud y pasado un tiempo… ¡Magia!, se hace realidad. Al menos es algo que decía Gandhi, ojito, que esto son palabras mayores. Y yo confieso que a mí me gusta la gente optimista, como se dice ahora: la gente que suma. El optimismo se contagia, sí, pero el pesimismo también. Los vampiros emocionales revolotean y esperan a que se ponga el sol en sus días para venir a atacarnos y a chuparnos la energía, y para combatirlos de nada sirven las estacas de madera o un rayo de sol, los venceremos sólo si los ignoramos o los atacamos con lo que más les duele: el mensaje positivo que mejor se ajuste a su pena, añoranza, tristeza o enfado. Hay mensajes para todos los gustos, sólo hay que dar con el lado vulnerable de las personas.

Dicen que lo importante en esta vida es aprender. Aprender. Aprender. Aprender… Es agotador, ¿no les parece? Enriquecedor, sí, pero también es posible que determinadas lecciones nos venga mal aprenderlas en algunos momentos y nos apetezca más mandarlo todo a la mierda. Así, sin añadir una disculpa ni un emoticono a nuestra frase. Un bufido pasajero, acompañado de la vena hinchada en la sien. Desahogarse. Desfogarse. Soltarlo. Vomitarlo. Y después seguir adelante.

Porque, como dice una de mis frases favoritas, lo mejor está por llegar.

AUDIO DE RADIO:

lunes, 9 de julio de 2018

Nuestros muertos



Hoy les dedico mis palabras a los muertos. Tal cual. Quizá fuera más correcto hablar de los fallecidos, o de los que nos han dejado, e incluso podría referirme a ellos como aquellos que han pasado a mejor vida, porque la palabra muerte no tiene una pronunciación muy melódica que digamos y además siempre va acompañada de un absurdo suspense, como si morir fuera algo inesperado para los que sobrevivimos al difunto. Cuando ser difunto es lo único que tenemos asegurado desde que rompemos el silencio con nuestro primer llanto.







Con el paso del tiempo en mi entorno también han muerto algunas personas, aunque no me gusta decir que las perdí, porque si lo hiciera estaría mintiendo. Yo no he perdido a nadie. Las personas no se pierden. Podemos perder las llaves o el teléfono, o perdemos los papeles si la discusión se nos va de las manos, e incluso hasta podemos perder la memoria. Pero no las personas, ellas nunca se pierden. Y tampoco desaparecen. Ni se evaporan como lo hacen algunos amantes al alba. En realidad, todos los que se fueron, siguen estando en nosotros y seguirán estando a nuestra vera hasta el día en el que decidamos olvidarlos. Por esta razón es tan importante saber que, aunque nuestro cuerpo sea mortal, nuestra esencia no lo es. La eternidad está asegurada gracias a los recuerdos compartidos, a los abrazos incondicionales, a las palabras generosas en las conversaciones importantes y a las caricias imborrables. Y las huellas que dejamos en aquellos a los que queremos serán las que nos alejen de la mortalidad y del olvido.

Cuando escucho a alguien hablar acerca de lo importante que es aprovechar el tiempo y de vivir cada día como si fuera el último, y su reflexión termina con una frase del estilo “nunca sabes lo que pasará mañana”, dentro de mi cabeza se proyecta la figura de mi otro yo agarrando por los hombros a esa persona y zarandeándola sin piedad. A veces tiene que pasar algo dramático para que nos demos cuenta de lo efímero que es todo, de la grandeza de los pequeños detalles que revolotean alegres en nuestro presente y de lo poco importante que son esos grandes problemas que nuestra cabeza se empeña en inventar. Y cuando la muerte de un ser querido nos sobreviene, la tierra empieza a tiritar de miedo bajo nuestros pies, porque sabe que algunas despedidas llegan acompañadas del despertar de los que se quedan dándole vueltas a su desconsuelo, y a los porqués sin respuesta. Y entonces, con un simple chasquido de dedos, comienzan su nueva vida. Y todos los me gustaría se transforman en hechos por arte de magia. Y de pronto descubren que llevan años amaneciendo y anocheciendo en una realidad que ni siquiera les pertenece.

El que haya brindado conmigo alguna vez sabrá que mi brindis siempre va dedicado a los que no tienen miedo, que no es lo mismo que dedicárselo a los valientes. Y lo hago siempre, cada día, una o dos veces. Tres, si el día viene con premio. Y lo hago por mí, para escucharme y tomar conciencia de ello, pero también lo hago por los demás, porque siempre imagino que habrá una persona deseosa de escuchar una frase como esta, ya esté en mi mesa o en la mesa de al lado. Alguien que quizá esté viviendo sus últimos días sin saberlo, e incluso podría ser yo. Y este podría ser mi último artículo. Quizá debería haberlo escrito antes, podría haber sido el primero de todos los publicados en Palabra de Laura y que cada uno de los siguientes se hubiera convertido en una pista para conquistar la felicidad o en la pieza de un puzle que se completara el día de mi adiós. Pero las cosas han salido así, e igual que no puedo tener la certeza de lo que va a suceder dentro de diez minutos, tampoco puedo hacer nada para cambiar el pasado. Mejorarlo quizá, pero no cambiarlo.

No cerraré un artículo como este con sugerencias ni consejos vacíos, permítanme que hoy sea un poquito más imperativa que el resto de los días cuando les digo que no esperen a mañana. No aguarden más de la cuenta a que llegue ese momento perfecto o la situación ideal para dar un paso adelante. Si quieren que alguien se quede en ustedes para siempre y deciden regalarle la inmortalidad, hagan que así sea. Pidan perdón si es necesario y perdonen antes de que sea demasiado tarde. E intenten no irse a dormir sin haber resuelto un enfado. El dolor de no haber dicho o hecho algo por una persona de la que no pudimos despedirnos, no desaparece nunca, por eso debemos demostrar nuestro afecto y compartir todas las cosas bellas en vida y querer con lo mejor que tengamos. De nada sirve alimentar el rencor porque este sólo nos hace daño a nosotros. Así que den alas a sus sueños y empiecen a trabajar para que las cosas sucedan y para que los deseos pedidos a las velas sopladas se cumplan. Hagan que cada día cuente. Atrévanse con los imposibles y no se guarden ningún te quiero. Que cada despertar sea el primero del resto de su vida y que no pase un día sin haber arrancado una sonrisa a alguien. Que los  muertos no se despidan con nuestras lágrimas de impotencia por lo que pudo haber sido, y que nuestro paseo por este mundo sea tan increíble que seamos despedidos con la más inolvidable de todas las fiestas.

Y de vez en cuando, no olviden brindar por los que no tienen miedo, nunca se sabe quién puede estar escuchando.

Escuchar audio:










lunes, 2 de julio de 2018

Escribir con el alma desnuda

Escribir debería ser una obligación, una rutina que todos cumplieran sin rechistar. Se resolverían muchos problemas, porque la solución está a menudo dentro de nosotros, y no a nuestro alrededor, que es donde normalmente la buscamos. Pero hay personas que no escriben, ni siquiera para desahogarse, y tampoco cantan, ni se enamoran, ni brindan, no hacen nada… No sé cómo lo logran, cómo consiguen seguir paseando tan tranquilos sin que la vida reviente en su interior. No lo entiendo. Las emociones necesitan tener voz y ser compartidas para mantenerlas con vida.
Yo, por ejemplo, pasé años escondida en el anonimato y parapetada tras el muro que me impedía ser de verdad, hasta que un día, gracias a un lector desconocido, descubrí que mis escritos transmitían lo que no era  capaz de explicar con palabras, y que hacerlo me provocaba una sensación de plenitud que pocas experiencias me han proporcionado. Y eso que en lo referente a experiencias, no me quedo muy corta que digamos.
Desde entonces camino por estos folios fingiendo ser quién no soy, o robando personalidades en las que encajar dependiendo del día. En muchas ocasiones me han preguntado qué personaje soy de la ficción que invento, pero esta parece ser una pregunta habitual que se hace a todos los contadores de historias, e incluso el mismísimo Graham Greene escribió acerca de ello en una de sus novelas. "Los protagonistas de una novela deben de tener cierto parentesco con el autor, salir de su cuerpo como un niño sale del vientre de su madre. Después se les corta el cordón umbilical e inician una vida independiente."  Una cita tan certera, que incluso la tomé prestada para convertirla en el epígrafe de una de mis novelas. Cada vez que pienso en esta reflexión siento celos de los personajes que invento, que pueden vivir todas las vidas que quieran, sentir la emoción que les venga en gana y atreverse a retar al mayor de sus miedos sin pensar en las consecuencias. Son los privilegios del que, como yo, vive entre los renglones de un cuento pero también son los regalos con los que se topa el lector.
No me cansaré de decirlo: Que cada cual escriba su historia con las palabras que escoja, y que cada cual desnude su alma en un folio virgen. Dejemos a la vida sin aliento y descubrámonos sin temor, el mundo está falto de personas auténticas, nobles, locas o valientes. Y para transmitir eso que sentimos debemos ser honestos con nosotros mismos, mirarnos desde fuera como si fuéramos un espejo y escuchar nuestros pensamientos sin prejuicios. Pero hemos de hacerlo siempre con nuestros ojos, y nunca con la mirada de los otros, la de aquellos que nos dicen qué hacer y cómo hacerlo, qué sentir, qué vivir y qué callar cuando llega la hora de contar verdades.
Escriban cartas y envíenlas a esa persona, el verano es una buena excusa para romper con las normas y con los temores. Porque les aseguro que hay pocas cosas tan gratificantes como lo es escribir para convertirte después en el lector de tu propia historia.

AUDIO DE ARTÍCULO
ESCRIBIR CON EL ALMA DESNUDA

                                              

lunes, 25 de junio de 2018

Quién inventó el amor

Si de pronto mis escritos despiertan algún sentimiento en ustedes, y tienen la necesidad de compartir conmigo su reacción o su desacuerdo o lo que sea que puedan provocar mis palabras encadenadas, sólo tienen que escribirme y contármelo. Algunos ya lo hacen y reconozco que gracias a ellos, a estas alturas tengo cierto desparpajo para poner la otra mejilla.

Hace unos días, uno de estos lectores me escribió sólo para hacerme una pregunta:
¿Quién inventó el amor, Laura?
 Clara y directa, aunque tuve que leerla varias veces antes de colocar los dedos encima del teclado. Me quedé un rato sentada delante de la pantalla, susurrando para mi cuello esas cuatro palabras –quién inventó el amor- y con la mirada perdida en el techo, como si de él fuera a despeñarse una respuesta en cualquier momento. Pero nada. Sólo escuché la lluvia repiqueteando en el tejado.

No sé qué esperaba de mí el lector en cuestión después de dejar una duda de tal calibre sobrevolando mi escritorio. Puede que sólo quisiera dedicarme un guiño irónico para también formar parte de mis historias. Quizás necesitaba una respuesta para aliviar la ansiedad provocada por la incertidumbre de una pregunta tan espiritual. Aunque también podría tratarse de una misión imposible, y que lo único que esperara fuera recibir una respuesta coherente. Algo bastante improbable tratándose de mí.



Por esta razón he decidido trasladar su pregunta al folio de hoy para compartir mi respuesta decisiva con ustedes: No tengo ni idea. Lo siento. Pero puestos a imaginar, me atrevería a decir que posiblemente el amor no fuera inventado por nadie, y que viniera de serie desde el principio de los tiempos. Igual que los llantos, las carcajadas o la piel de gallina. Sí, si está claro que alguien tuvo que utilizar esta palabra por primera vez, pero lo más relevante del asunto no es averiguar quién le puso el nombre al amor, sino quién se atrevió a definirlo. Es un “sentimiento intenso del ser humano”, según establece la RAE en una de sus acepciones, como si los peces o las flores nada supieran del amor. Acabáramos.


¿Y quién lo inventó entonces…? Sigo sin saberlo, lo siento. ¿Un poeta quizás? ¿O acaso no son ellos los responsables de que en tantos versos encontremos la explicación a nuestros sentimientos? O podría haber sido un filósofo, que perdido en medio de la noche, se viera acorralado por el silencio y el cielo estrellado (sí, ya sé que es una escena demasiado romántica, pero qué quieren que les diga, si estamos hablando del amor necesitaré un poco de tinta rosa, ¿no?). Y después de darle unas cuantas vueltas al coco –cosa que se me da de maravilla- he decidido zanjar el asunto y limitarme a dedicarle este artículo a mi lector. No sé si servirá de algo, pero al menos sabrá que su mensaje no sólo me ha llegado, sino que además ha puesto a trabajar a mi cerebro.

Querido lector, recibe esta respuesta como una prueba de mi amor. Sin más. Y que nadie se venga arriba, háganme el favor, que el amor no es propiedad de los enamorados, o de los besos robados o de los paseos por la orilla del mar. El amor es todo lo demás. Lo que queda en nosotros cuando nada queda a nuestro alrededor. Lo importante y lo que con tanta facilidad olvidamos cuidar. El abrazo de un niño, o su carcajada. La mirada de un padre y la sonrisa de una madre. El encuentro entre amigos, las noches alargadas y las madrugadas ebrias. La complicidad que sale al encuentro de nuestra melancolía. El amor es ese sueño conseguido, y la canción inspirada en nosotros. Es la caricia al césped mojado. El amor es todo lo que nos rodea, todo lo que nos inspira y que nos aleja, de una manera u otra de la rutina, del dolor y de la rabia que a veces nos invade.
 
No sé quién inventó el amor, querido amigo, pero te diré que tampoco creo que sea importante saberlo.  Ni siquiera necesitamos conocer su significado porque esta es una palabra mágica, y en el momento que apenas nos roza, los pies se despegan del suelo y todo tiene sentido y nos sentimos indestructibles. El amor es, por encima de todo, la única razón por la que merece la pena perder la cabeza.

Pero cuidado con la trampa, porque en el otro lado de la moneda está un corazón roto. Un vacío insaciable y la melancolía de la soledad.  

 Lo cierto es que hoy me he sentado delante del mar con la intención de hablarles acerca del verano. Pero ya saben, una empieza a tirar del hilo y el cerebro acaba deshaciéndose como un ovillo. Prometo hacerlo la próxima semana y, mientras tanto, no se queden ahí parados, que si hay una estación que complementa con el amor es esta que acaba de empezar. Así que, de momento, me despido y sólo me queda desearles el mejor de los veranos.

AUDIO DE RADIO
QUIÉN INVENTÓ EL AMOR

lunes, 18 de junio de 2018

Casualidad


Hace unos días me ocurrió algo que ya les contaré en otro momento para no alargarme más de la cuenta, y al compartirlo con una amiga esta no dudó su respuesta, es una casualidad, me dijo. Aun a sabiendas que yo no creo en las casualidades. Soy más del destino, de la magia, del deseo pedido a la estrella o de que algo simplemente nos sucede como consecuencia de un trabajo bien hecho. La palabra casualidad se utiliza más de la cuenta en estos días y encaja en casi todos los párrafos, hasta el punto de haber perdido la esencia de su significado.

Casualidad es alcanzar ese sueño, sin importar tu esfuerzo ni tu trabajo, hasta convencerte de que eras el único que luchaba, y que por eso pudiste lograrlo. Casualidad es escuchar esa canción que ya habías tarareado, aunque hasta entonces nadie la hubiera compuesto. Casualidad es oír al otro lado del auricular la voz de alguien a quien tanto tiempo llevas recordando. Es toparte con esa persona que te acelera el corazón por sorpresa, sin haberlo planeado. Y cuando algo de esto sucede siempre hay un espontáneo que sale de la nada y exclama entusiasmado: ¡Qué casualidad!

Casualidad es llamar a una amiga cuando acaba de entrar en la sala de partos, no un minuto antes, ni tres después, sino en ese minuto exacto, mientras da la bienvenida a su bebé asustado. Es que nos guste la misma canción, y que de entre todas las posibles, eligiéramos justo esa como nuestra favorita cuando ni siquiera nos conocíamos. Sí, si al final tendréis razón y todo es casualidad, y me tocará asumir que soy yo la equivocada, y que vuestra es la verdad.

Necesitamos encontrar una explicación a lo que vivimos.

Resolvemos nuestras dudas hablando de la casualidad, ignoramos la posibilidad de que a lo mejor tenemos una fuerza mucho mayor de lo que creemos, gracias a la cual somos capaces de atraer nuestros sueños más íntimos e imposibles. Pero no, lo más probable es que yo esté equivocada, es más sencillo creer que todo es una casualidad. Porque la magia está tan viva como muerta, dependiendo de lo que cada cual crea. Y la palabra destino o la famosa serendipia que con tantos deseos conjugan, son palabras muy valientes,  y por eso preferimos justificarlo todo diciendo que lo ocurrido es mera casualidad.

Que amanezcamos a la misma hora, aun estando a kilómetros de distancia, es casualidad, y que nos soñemos al mismo tiempo cuando nuestros cuerpos ni siquiera puedan rozarse, sí, también es casualidad. Es una casualidad que nos encontremos en el día exacto en el que empezamos a olvidarnos. Casualidad es que hayas acabado viviendo una vida que sólo te atreviste a soñar. Casualidad es que de pronto encuentres, lo que perdiste tiempo atrás. Y que recibas esa llamada de teléfono cuando ya empezabas a perder la esperanza. Y que un libro determinado caiga en tus manos justo cuando a ti ya no te quedaban palabras para explicar lo que estabas viviendo. Y que te toparas en el sitio menos esperado en el día menos planeado con la mirada que se quedará en ti un durante un tiempo. Casualidad es que un escrito tuyo acabe en la pantalla de alguien que estuviera sintiendo lo mismo que tú has escrito.

Casualidad no es más que una palabra que utilizamos inconscientemente, cuando comprobamos que lo inesperado siempre termina conquistándonos, y entender esto nos asusta tanto, que nos alejamos de cualquier explicación asegurando que lo que hemos vivido no es más que eso… Una simple casualidad.


AUDIO DE ARTÍCULO
CASUALIDADES

lunes, 11 de junio de 2018

Libertad

“Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.”
Chavela Vargas


Cada persona tiene la vida que ha elegido, y por si hay alguien que no lo tiene claro todavía: Ninguna vida es perfecta. Hay momentos de nostalgia tanto en el corazón de un alma solitaria, como en el de una comprometida. Y nada se puede hacer para evitarlos. Hay que convivir con ellos, asumirlos como propios, y seguir caminando por la vida que estamos viviendo que, nos pese o no, es la que elegimos un día. Así que cuando busquemos culpables por lo que estamos pasando: hablemos antes con el espejo.

En ocasiones, ese maldito vicio que recorre nuestras calles y al que llamamos envidia, nos muestra otras vidas, que en momentos puntuales consideramos perfectas. Nos fascinan hasta el punto de llegar a olvidarnos de todo lo que tenemos, y es entonces cuando una fuerza nacida de la inmadurez o de la locura, nos anima a dar unos ridículos saltitos por la delgada línea que separa la huida de nuestra realidad de la que se esperaba que viviéramos. Puede que yo sea demasiado básica, ser complicada me ha dado más problemas que otra cosa, (pero también me ha divertido, dicho sea de paso), y esta es la razón por la que lo veo todo más sencillo. Es algo tan simple como lo es entender que ese vestido con el que tu amiga está tan espectacular, y que le hace un tipazo de quitar el hipo, no provocará el mismo efecto en ti…
Lo mismo pasa con la vida, ese día a día que otra persona está viviendo, no es el tuyo, y aunque haya momentos en los que anhelas poder pasear en sus zapatos, lo más probable es que no sobrevivieras a una semana de prueba. Hemos de dejar la libertad para las almas libres, y el compromiso para las comprometidas. Intentar combinar esto, es síntoma de desequilibrio. Y sí, tengo pruebas.

La libertad no sólo es una elección, sino que también es un rasgo de valentía, y esto no quiere decir que los que no la disfruten sean cobardes, también es muy valiente el que decide compartirse con otra persona. Pero para ser libre hay que estar preparado. Entrenarnos sin descanso durante días y noches, aprender a ignorar comentarios destructivos, lidiar con la frivolidad y el divertimento, sin que el alma sufra sus consecuencias. Pasadas todas las pruebas, y una vez comprobado que nuestro rostro es como el de cualquier otro ser humano, y que no tenemos parientes en un planeta lejano, hemos de salir a la jungla seguros de ser quienes somos y aceptando nuestra autenticidad.
Y este es el paso que nos llevará hasta la antesala de la victoria… Porque ser una persona auténtica es tan difícil como gratificante, pero merece la pena intentarlo, siempre que seamos honestos con nosotros mismos y defendamos nuestros valores y nuestros principios por encima de todo, sin provocar daños colaterales.

Y cuando entendamos esto, descubriremos que la soledad puede ser una de las mejores compañías, porque fuimos nosotros los que la elegimos desde la libertad.

AUDIO DE RADIO

LA LIBERTAD