miércoles, 22 de marzo de 2017

En pie, hay una influencer en la sala.


Hace más de veinte años, mis padres me mandaron a estudiar un año a Estados Unidos. La experiencia me transformó, y no hablo metafóricamente, sino que regresé tan hinchada que parecía que me había comido las bandejas de comida de todos los pasajeros  del vuelo de regreso, y no exagero. No sé cuántos kilos añadí a la báscula pero me pasé un mes de julio tragando batidos, barritas dietéticas y chupando el envoltorio de los cucuruchos. Juraría que aún conservo algún kilo de aquel inolvidable año. Tiempo después, de vez en cuando se me escapaba una expresión o una parrafada en inglés. No es que pretendiera ir de sobrada, pero en la década de los 90, los que nos íbamos a estudiar a un pueblo remoto al otro lado del mundo, no teníamos fácil comunicarnos en nuestra lengua materna así que, durante diez meses, salvo por las cartas que enviaba “por avión”, apenas hablé en español. Comentando esto con una amiga, hemos llegado a la conclusión de que en realidad éramos unas adelantadas a nuestro tiempo, y que de haber sido más espabiladas, podríamos haber formado parte de  la primera generación de influencers, y presumir de estar al día de una moda que, sin internet, tardaría un par de años en aterrizar en España.

Las influencers... ¡oh, ellas! Esas mujeres que no eran tan… y ahora son tan... Las que abrieron sus armarios y descubrieron que por fin podían dejar de compartir sus estilos sólo con el espejo de sus habitaciones, ¡salgamos a las calles!, dijeron al unísono, seamos valientes, pongámonos ese pijama para ir a tomar el aperitivo, o esa falda de tul con las zapatillas de deporte, seamos itgirls… Me gustaría aclarar que dentro del mundo de las influencers hay submundos, están las que lo son, porque lo son, y las que lo son porque otros lo deciden. Entre las que lo son porque lo son, están las modelos o exmodelos (que ya eran influencers,  sin saberlo); las personas que han estudiado algo que no sé lo que es pero que trabajan en el mundo de la moda haciendo algo que tampoco sé; las actrices, de serie o de pantalla grande; y las mujeres con apellido compuesto que llevan décadas ocupando el front row de los desfiles de NY, Milán, París… Y, por otro lado, en el submundo influencer nos encontramos a las que, paradójicamente, mucha gente admira (¡oh, cielos!), llegaron subidas a los lomos de su cuenta de Instagram y desembarcaron de la mano de un programa de televisión o de un novio famoso. No puedo decir mucho de sus méritos profesionales, pero sus seguidores avalan su ¿profesionalidad…?
Todas ellas, las auténticas o las inesperadas, llevan una vida social de lo más súper, que no es lo mismo que tener vida social sin más, no. Tres o cuatro veces por semana comen o cenan en los sitios más top de su city, o de las cities que visitan con sus amigos, eligen casi siempre locales de esos en los que pareces estar en el salón de la casa de un amigo, decorados muy Hygge (otra vez la maldita palabra), con muebles de madera rurales, flores frescas, pájaros decorando las paredes, terrazas interiores llenas de plantas…, y tres esenciales: ensalada de quinoa,  minihamburguesas y tostas de pan integral con aguacate, salmón y queso fresco (¿qué fue del Foie al Pedro Ximénez?…).
Pero lo más importante no es ir a estos lugares, sino hacerse las fotos más divertidas con sus acompañantes, derrochar felicidad y escribir veinte hashtags debajo de ellas para que los followers aplaudan emocionados, y las compartan con sus amigos aumentando así la cifra de los me gusta hasta batir a Beyoncé, ¡ilusos!

La nueva publicidad es de carne y hueso, las marcas de moda se pelean porque una de las influencers más importantes se ponga sus prendas regaladas, y provoque en su público la reacción esperada: ¡Necesito tenerlo! Sin perder un minuto, las fans se harán con esa falda roja para combinarla con la blusa fucsia que lleva años defenestrada en el armario, el pasado siempre vuelve. Cada detalle cuenta, incluso el moño que hasta ahora sólo te hacías para fregar los platos, es el recogido más estiloso si lo combinas con unos bonitos pendientes y una camisa de hombre sobre tu minifalda de piel… Hay una verdad universal: las influencers llegaron para quedarse. Y, de un tiempo a esta parte, un sueño me desvela en la noche... Me topo con una de ellas, y le suplico que me cuente los secretos de su experiencia, de cómo le afecta a su vida personal que todo el mundo conozca su vestidor, el nombre de sus amigos, los lugares en los que cena... Una vez me he ganado su confianza, le propongo que, una vez por semana, además de bolsos, zapatos, gafas, prendas de ropa y camisetas con mensaje, complete su estilismo con un libro en la mano. Sé que a muchas de ellas les encanta leer. Y ya que hay tantas personas que hacen lo que ellas mandan, que se visten como ellas ordenan y que comen lo que ellas mastican, no estaría de más que de cuando en cuando, sacaran un libro y lo compartieran con sus followers con un hashtag tipo #leeressexi (es verdad, lo es). Y no digo esto porque yo sea escritora y la autora de Amapolas en octubre, una novela publicada por Espasa y que será traducida al italiano y al búlgaro, no, no tiene nada que ver con esta novela emotiva y plagada de citas literarias de diferentes autores…  Ni tampoco lo digo porque la portada mi novela sea preciosa, no van por ahí los tiros, no sean mal pensados, que yo no utilizo mis escritos para hacerme publicidad, ni para informarles de que pueden comprarla en cualquier librería (también en formato ebook). Y esta foto la pongo porque me gusta mi camiseta, está claro.
 
Dicho esto, antes de que alguien me castigue y mencione las fotos que cuelgo en mis redes sociales (muy flojitas, lo sé), aclararé lo que ya intuyen: este artículo no es más que un ataque de celos. Envidia pura. Estoy rabiosa. Las cuentas de las influencers crecen y crecen, y vuelven a crecer, y yo soy incapaz de conseguir más followers en mi cuenta. Incluso he llegado a escribir frases de autoayuda, he perdido los papeles, lo sé, pero no he podido evitarlo, cada vez que miro detrás de mí y veo que nadie me sigue... ¡Qué frustración!
Así que, aunque no soy follower de ninguna influencer (ojito con la frase), que sirva este artículo para presentarles mis respetos a las nuevas majestades y para brindar con todas ellas. Por las mujeres que se convierten en el espejo de tantas otras, por las que dan salida a las prendas que a punto estábamos de regalar o de tirar a la basura, por las que nos convencen de que un poco de gloss y un iluminador son el mejor remedio para nuestra fatiga, y las que nos empujan a practicar hipopresivos hasta que nuestro ombligo aparezca en la espalda… Gracias. Sin vosotras no seríamos más que mujeres con personalidad, pero con michelines, que nos creíamos estilosas hasta hace bien poco. Ya era hora de que alguien pusiera un poco de cordura en nuestras vidas. Gracias, influencers, gracias por tanto.
NOTA: Las fotos son mías. Pueden copiarme, si quieren.

martes, 21 de marzo de 2017

El respeto


     Hay días que se me hacen bola. Despierto y descubro la cantidad de celebraciones que se me vienen encima y no sé por dónde empezar. Celebramos tantas cosas al mismo tiempo, que no prestamos la atención que debiéramos a cada una de ellas. Hoy el calendario nos recuerda a las personas con Síndrome de down, a los que discriminan por el color de piel o religión y también nos hablan de poesía (ni James Bond sabría si agitar o mezclar este combinado). Se me ocurre escribir versos para exigir el respeto por los demás, pero hoy amanecí justita de rima y de ritmo. Y para rematar mi falta de creatividad, mi razón está más seria que nunca y me ha convencido de que lo mejor es no saber. No ver. No preguntar. No entender. Respirar para evitar morir, pero vivir con los ojos cerrados (o sea, ser una planta).
     No me gustan muchas cosas, y asumo que mi egoísmo elija concentrarse en mi pequeño mundo, simplemente porque así puedo dibujar alguna sonrisa en mi rostro de cuando en cuando. Si intentas entender las razones que llevan a algunas personas a destruir la vida de los otros, te sientes impotente. Y te asustas cuando descubres que si algo puedes hacer es ser como ellos, pagar con la misma moneda, dejar de poner la otra mejilla, no perdonar… porque no es fácil resignarse a vivir cuando te arrebatan lo que es tuyo. Tu vida. Tu ilusión. Tu razón. No, no es fácil.
     De un tiempo a esta parte, a muchos amigos que tienen hijos, les hablo de lo importante que es su educación para ellos... ¿Quién soy yo para aconsejar? Se preguntarán ustedes (y ellos también). Sé que no tengo ninguna credibilidad ya que, como dije hace un artículo, soy una NoMo convencida. Por lo que soy Nadie. Pero tampoco pretendo educar porque, para hacerlo, posiblemente debería empezar por la niña que a veces me mira asustada desde el espejo. Pero si algo sé, es que sus vástagos serán los que mañana gobiernen el mundo, los que inventen, creen, hablen, representen, enseñen e incluso eduquen. No importa el camino que cada padre elija para que sus hijos den sus primeros pasos, algunos les inculcarán los colores de su equipo favorito, o les enseñarán a rezar y a creer en un dios en el que crean el resto de sus días, o en el que dejen de creer cuando la inocencia le ceda el paso a su razón; otros preferirán guiarlos por un camino lejos de religiones o de dioses omnipresentes, les advertirán acerca del color de piel de sus amistades o les empujarán a que inviten a sus cumpleaños a el chico raro de la clase (¡bravo por estos últimos!)... la ilusión de la mayoría de los padres será que los niños crean en ellos mismos, y en su capacidad para ser quienes sueñen ser. No importa cómo lo hagan. Nada es mejor, ni tampoco es peor. Siempre que se haga desde el respeto. Porque el respeto debería ser el punto de partida de nuestra andadura. De la de todos.


Hoy vuelvo a estar enfadada. Triste. Indignada. Hoy abro el periódico y leo, paso las páginas muy rápido, y me rindo. Descubro muertes de personas inocentes, una vez más, guerras sin sentido, otra vez. Descubro a ladrones que fingen trabajar para nosotros, y a los que se les permite delinquir (si no son castigados, será porque están perdonados). A niños maltratados por almas sin alma. Descubro la lucha de unos padres  a costa de la felicidad de sus hijos, hijos alejados de sus padres por culpa de la justicia. Dejo de leer y empiezo a hablar en alto, incluso me contesto (soy un caso perdido). La impotencia me hace gritar, aunque mi grito me esté alejando de la razón. La impotencia no siempre puede mantener el mismo tono de voz. Decido dar la espalda a todo y regresar a mi mundo, a mi burbuja. A mi ignorancia. Respiro. No hay nada que pueda hacer, ¿o sí?

A lo mejor tenemos que volver a empezar. 
Parar un instante. 
Resetear nuestros cerebros. 
Observar el mundo que nos rodea, tachar la envidia y el odio de nuestro vocabulario. 
Aprender a caminar sin pisar a nadie. Disfrutar de lo que tenemos, respetar al que pasea en dirección contraria, y aprender a sonreír de nuevo. No juzgar, y entender que aquellos que no piensan como nosotros lo hacemos, pueden darnos la mejor lección de nuestra vida.
    Y no olvidemos mirar de reojo a los más pequeños, porque ellos aún no están contaminados, no entienden de leyes ni de normas y su inocencia nos puede enseñar lo que de verdad importa. Hay mucho ignorante por ahí danzando, y lo digo desde el respeto.




jueves, 16 de marzo de 2017

La madre que no hay en mí

Para no despertar la ira de los odiadores, críticos y personas dotadas de una sabiduría superior a la del resto de los mortales, empaparé esta pluma en el tintero de la ironía para que la lectura de esta proclama les resulte más digestiva. Digerible. Diligente... Lo que sea.
He hecho memoria y he contabilizado el número de muñecas de las que he sido madre y dueña a lo largo de mi vida, entre Nenuco, Nancy y Barriguitas (en casa no éramos de Barbie, éramos más de palmera de chocolate y de bocata de chorizo), calculo que, tirando por lo bajito, la cifra de hijas de plástico que tuve asciende a unas treinta, y si tengo en cuenta las que heredé de mi hermana, tuvieran o no pelo al llegar a mis brazos, la cifra debe rondar el medio centenar. Dicho esto, por favor, no sufran por la educación sexista que recibí, si jugaba con muñecas era porque me divertía hacerlo, pero también jugué al baloncesto, llevé un corte de pelo masculino durante años y me peleé con chicos. Mis padres eran así de transgresores. Normales. Modernos… Lo que sea.
He descubierto que soy NoMo, lo que puede significar que, o bien soy una enana, o que soy un miembro de las que se hacen llamar No Mothers (NoMo). Mido un metro ochenta, así que creo que está bastante claro a qué grupo pertenezco. A los americanos les gustan mucho las etiquetas, y por eso han inventado esta para que las mujeres que no queremos ser madres nos sintamos ¿acompañadas? Gracias. No, yo no quiero ser madre. Y, que me perdone mi pensión, porque nunca lo seré. No tengo intención de justificar mi decisión, simplemente quería compartir mi descubrimiento porque si hasta hoy era una PANK (Professional Aunt No Kids), ahora resulta que también soy NoMo... WTF, es todo lo que puedo añadir.

Nunca he querido ser madre. Madre de una persona humana, quiero decir, porque madre de una persona de goma he sido, como ya he aclarado, alrededor de cincuenta veces. Pero he omitido un detalle muy importante a la hora de hablar de mi dulce infancia, y es que la gran mayoría de mis retoños, terminaron con calvas en sus cabezas, con un brazo o una pierna amputado, o con ambos dos, tuertas de un ojo, con la piel cubierta de tatuajes hechos con rotulador permanente o empachadas por tragar sin respirar cucharadas de sopa de aire y fingir masticar filetes invisibles… Las maté. A todas.
Tras sobrevivir a aquella etapa, sentí que ya había cumplido con mi compromiso maternal y supe que el día de mañana, no sería madre. No crean que es fácil decir algo así, porque siempre, siempre, cuando dices esto, aparece una de esas personas sabias que he mencionado en las primeras líneas, y te critica, te juzga, te tilda de egoísta (¿o era egocéntrica?), cita los puntos de una lista que, a estas alturas, ya me sé de memoria: cuando encuentres a la persona adecuada cambiarás de idea (si llega la persona adecuada, no serán niños lo que hagamos); los hijos son una bendición; no sabrás lo que es hasta que no lo tengas y, la mejor de todas, todavía puede ser madre, no te preocupes... Me quedo más tranquila. Las primeras veinte veces pierdes el tiempo dando explicaciones, hasta que aprendes que de nada sirven, y es entonces cuando inventas respuestas para zanjar el asunto como, por ejemplo, “la maternidad no está en mis planes, como tampoco lo está sentarme a comer cucarachas vivas colgada del Empire State”. ¿Podría suceder esto? Sí, podría. ¿Es probable que suceda…?
Laura ha abandonado el grupo.
Tras contestar así a una de “las defensoras de la teoría de que las mujeres tienen que ser madres, aunque no quieran serlo, porque en realidad quieren serlo, pero ellas aún no lo saben”, te sientes pletórica cuando te muestras firme y segura en tu respuesta. Y la que quiera tener hijos, que los tenga. Hoy en día hay múltiples opciones para tener un bebé, incluso puedes elegirlo a la carta. Y la que quiera comprarse un gato, que se lo compre. Y la que se haga vegana, que no coma animales. Y la que quiera bailar un tango, que se busque una pareja. Y la que no quiera tener el ceño fruncido, que se chute bótox y alegría a partes iguales… Pero, por favor, no hagamos locuras para luego terminar siendo una de esas Madres arrepentidas de las que habla Orna Donath en su libro, “si pudiera volver atrás no tendría hijos”, dice una de las entrevistadas. Si hubieran tenido un Nenuco en lugar de camiones de bomberos, se habrían dado cuenta de lo sacrificado que es ser responsable de un bebé. (Recuerden que la tinta estaba empapada en ironía, controlen su pulso y no se alteren.)
Al margen de todo lo dicho, me gustaría aclarar que adoro a los niños, y que me gustan tanto, que ni siquiera he sido capaz de desprenderme de la que lleva más de cuatro décadas conmigo, a menudo incluso prefiero la compañía de mis sobrinos a la de los adultos. Será por el tiempo que pasé rodeada de muñecas en mi infancia.
Y eso que les destrocé la vida. A todas. 

            

lunes, 13 de marzo de 2017

Cuando descubrí que estaba viviendo una vida hygge

                A estas alturas imagino que ya sabrán lo que significa Hygge, la nueva moda que llega a nuestro país desde Dinamarca, y que se pronuncia como a usted le dé la gana, porque entenderlo tampoco lo van a entender a no ser que explique en qué consiste esta tendencia tan in (¡uf!, me temo que este va a ser uno de “esos” artículos). No me alargaré contando lo que pueden leer en centenas de páginas en Internet, pero les hablaré acerca de cómo puede afectar a su rutina que alguien decida que su estilo de vida está patentado. Todo empezó con la ONU, que fue el organismo que decidió colocar a Dinamarca en lo alto de la lista de los países más felices y, para justificar tal nombramiento, los daneses tuvieron la generosidad de compartir su secreto con el resto, los no tan felices. Así fue como los estantes de todas las librerías del mundo, se llenaron de numerosos volúmenes con portadas diferentes entre ellas, aunque compartiendo el mismo título: Hygge.
Antes de escribir este artículo me pasé una mañana hojeando varios ejemplares, y me topé con varias modalidades para explicar en qué consiste esta moda. Algunos libros sólo tienen fotos, armonía y belleza perfectamente iluminadas; otros incluyen recetas de platos daneses, postres en su mayoría y, por último, también encontramos la opción de esnifar el aroma de madera impregnado en sus páginas, lo que nos transporta de inmediato a lo que imagino que será un bosque danés. Todos ellos coinciden en la explicación de Hygge, y las pautas que hemos de seguir para poner en práctica esta felicidad de la que tanto se habla. Tomé algunas notas mentalmente y a continuación mencionaré las que, a mi juicio, son las más importantes… Apunten.
Es fundamental pasar un día acurrucado en la cama bajo el edredón o con una manta en el sofá, mientras disfrutamos de un buen libro (buen libro, repito, no vale que sea malo) y una taza de té. Podría ser café, sí, pero el té es más Hygge. Es imprescindible elegir bien la ropa para el acurrucamiento y no, no estoy de broma. De hecho, vestir ropa cómoda está considerada como una de las normas más importantes a la hora de poner en práctica esta tendencia. Calcetines gordos, jerséis amplios de lana, pantalones sueltos… Ropa de ir por casa, que dirían nuestras madres. Lo preferible es salir lo menos posible a la calle, lo que me resulta comprensible, porque por allí arriba el clima no es muy mediterráneo que digamos. Así que, una vez estemos vestidos con ropa cómoda en nuestro hogar (que no es lo mismo que casa), encenderemos unas cuantas velitas (que no es lo mismo que velas), atenuaremos las luces, pondremos música suave, y nos prepararemos para disfrutar de una velada que podrá ser a solas o en compañía. Si elegimos estar a solas entonces nos centraremos en aquello que nos dé tranquilidad, tomaremos una copa de vino, veremos una película, haremos un puzle, o nos sentaremos a escuchar música… lo que sea que elijamos estará bien, siempre que lo hagamos con una sonrisa de satisfacción, porque somos conscientes de lo importante que es disfrutar de los pequeños detalles. ¡Qué felices somos! ¡Qué alegría! ¡Qué suerte la nuestra! Y si por el contrario, elegimos pasar una velada rodeada de amigos, es importante que aprendamos a filtrar a los invitados, porque no se trata de hacer una macrofiesta, sino de pasar una velada agradable en la que nuestras conversaciones se mezclen con el tintineo de las copas, con el chisporroteo de la leña (tener chimenea te convierte en un Hygge muy top) y con la música melódica de un piano de fondo… charlaremos alrededor de una mesa que estará decorada para la ocasión, con flores frescas en una jarra de agua, por supuesto, y a la que haremos fotos que subiremos a las redes para competir con el resto de los #hygge de Instagram… El menú puede variar, cocinar como lo hacían nuestros antepasados es una buena opción, la cocina de la abuela diríamos en España, pero también es muy acertado elegir una tabla de quesos y acompañarla con un buen vino… Y fue justo aquí, al llegar este punto, cuando cerré el libro y dejé de leer de inmediato. Salí de la librería entre aturdida y decepcionada, las preguntas se agolpaban en mi cabeza ocasionándome un mareo insoportable. No sólo había descubierto que soy danesa, sino que, además, según la ONU, soy una persona feliz. ¿Cómo no iba a hablar de esto?
Descubrir que mi forma de vivir la vida hasta la fecha no sólo tiene un nombre, sino que también tiene una calificación excepcional en el ranking mundial, es algo que no me ha dejado indiferente. Me ha costado asimilar mi felicidad, y después de darle un par de vueltas al asunto, he empezado a preocuparme. Ahora que ya sé que mi vida es Hygge, me pregunto qué pasará con mis días de Il dolce far niente, ¿son compatibles?, ¿tengo que elegir uno solo? Es increíble, puedes llevar toda la vida haciendo algo y de pronto alguien aparece, le pone el nombre a tu rutina, y toda tu alegría se esfuma de un soplido. No es lo mismo hacer lo que te hace feliz que hacer lo que te dicen que tienes que hacer para ser feliz, al menos en mi caso, porque si tengo que hacer algo por obligación se me quitan las ganas. Es como lo de comer aguacate, antes me encantaba, pero desde que he descubierto que ahora no eres nadie si no desayunas una tostada de pan integral con aguacate, le he empezado a coger un poco de manía…

Sólo espero que esta moda Hygge no tenga en mí un efecto contrario, y que por su culpa ahora la infelicidad se cuele por la puerta de madera de mi casa. De madera, sí, esto es importante.  

martes, 7 de marzo de 2017

Carta a un acosador

Querido niño,

Te escribo con bastante desconfianza porque viendo cómo paseas por la vida, intuyo que no hay palabras que escuches más que las tuyas propias. Entiendo que en este momento de tu inmadurez te sientas poderoso y dueño de tus actos, y que hagas todo lo que se te antoje con el único fin de creerte por encima del resto. Yo también fui una adolescente y sé lo que significa despertarte cada día intentando ser aceptada y respetada por el resto.

Imagino que en muchos de los ladridos y bofetadas que les dedicas a los más indefensos, tan solo buscas el reconocimiento y el respeto de los miembros de la manada que lideras. Pero no olvides que tu ego pierde toda su grandeza justo en ese momento: cuando eliges al indefenso. Entiendo que en el mundo en el que estás creciendo, las lecciones que recibes de algunos adultos no sean las más adecuadas, porque es nuestra culpa que creas que eres mejor que el resto, que debes de ser un líder, y que hay muchos que son de una raza inferior por el mero hecho de no tener tu físico, tu nivel cultural o tus gustos… Te mirarás al espejo cada mañana y verás una luz flotando sobre tu cabeza, como si fueras el elegido. Disculpa si mi lenguaje te resulta soez o burdo (ambas son palabras que puedes encontrar en el diccionario), pero intuyo que sólo me entenderás si hablo el lenguaje que estás acostumbrado a utilizar.

No te hablaré de bondades, ni de respeto porque son palabras que te harán soltar una carcajada. Lo sé. Únicamente quería contarte algo que creo que tu ignorancia aún no ha tenido en cuenta. Sí, lo siento, eres un ignorante, es una de las cualidades que se tienen cuando se es tan joven y absurdo como tú lo eres... Entiendo que ahora te creas el rey del mundo, porque es el momento en el que tu personalidad está despertando, y que creas que tu única obligación es ignorar a tus mayores, faltar el respeto a los más indefensos y proclamarte amo y señor de tu corta vida. Estás en tu derecho, porque tener personalidad a tu edad es un privilegio reservado sólo a unos pocos. 

Entiendo también que estés creciendo en un entorno en el que estás acostumbrado al insulto desmedido, a criticar por culpa de la envidia y a creerte el más sabio de los que merodean a tu alrededor. Merodear también es una palabra que te invito a buscar en el diccionario. 

Entiendo que estés tan perdido, que en lugar de pedir ayuda decidas dar sopapos a diestro y siniestro para liberar tu rabia, porque te han enseñado que pedir ayuda no es bueno, y que hemos de ser fuertes y tomar nuestras decisiones… Pero si hoy estoy aquí es para agarrarte de la mano y darte un paseo por mi mundo de hoy, que no es más que algo parecido a lo que será tu futuro… Crecerás, por mucho que te niegues a hacerlo, algún día crecerás, y en tus días futuros puede ser que te topes con miradas que te ignoren, esas que hoy te alaban o que te miran asustadas, porque llegado un momento te verán como el desalmado que eres. Y se alejarán de ti. Sí, crecerás, y puede ser que entonces algo cambie en tu corazón, que conozcas a una persona de la que te enamores, y que te ayude a sacar lo mejor de ti, y entonces formarás una familia, y tendrás hijos que también crecerán, pero para tu desgracia no serán como tú, serán niños como los que hoy son tus víctimas, y sufrirán el castigo injustificado de los cobardes, y puede que no te des cuenta de su sufrimiento, y que ignores su llanto silenciado por tu orgullo, y entonces un día despertarás con su cuerpo inerte escondido en su habitación, el único lugar en el que se encontró a salvo. Y la rabia que tienes hoy volverá a despertar y saldrás en busca de los que le quitaron la vida. Su joven vida…


Y esto ocurrirá. Porque cobardes como tú siempre ha habido. Ahora me leerás con una sonrisa sarcástica, dejando que una voz dentro de ti te convenza de que no tengo ni puta idea de lo que hablo, y que yo soy una vieja que sólo dice chorradas… Y eso, para mi desgracia, también lo entiendo.
Pero si algo intento con esta carta, es decirte que algún día todo dará la vuelta, y que tú serás el padre responsable de proteger a tus hijos, así como su ejemplo y su mejor lección de vida y valores. Aunque soy consciente de lo mucho que nos equivocamos los adultos a la hora de educar a los más pequeños, y del daño que nuestras palabras o actos les pueden hacer. 

Todo lo que hagas en la vida te será devuelto con creces, así que el único consejo que te daré es que aprendas a ponerte en el lugar del otro, a no avergonzarte por estar a su lado, a pensar en el dolor que has generado a sus padres y hermanos, y a entender que no hay mejor líder que aquel que hace mejores a los que le rodean. Dejar de ser un mierda depende de ti, porque eres el peor de los ejemplos para cualquiera. Incluso para los que te aplauden por tenerte miedo.

No te deseo nada más que la vida que mereces. Sea lo que sea lo que esto signifique.

Un saludo.

Una cuarentona que también fue joven.


miércoles, 1 de marzo de 2017

El hombre vintage

Nacieron en otro tiempo, allá en el siglo pasado. Recibieron una educación parecida a la que hoy se aprende, pero diferente a la que hoy se enseña. Eran días en los que las personas se vestían con las prendas que ahora se venden en tiendas de segunda mano, esas con aroma a nostalgia y a naftalina; eran días en los que los valores justificaban la toma de decisiones. Sí, eran otros tiempos..., en los que los políticos se peleaban, como hoy; y las barras de los bares se sostenían gracias a los codos cansados, como hoy; tiempos de sequía o inundaciones, como hoy. Pero, aun así, eran otros tiempos.

Entonces algunos hombres se escapaban de su realidad para regocijarse en los brazos de su querida, esa mujer odiada por el resto de las mujeres y cuya única función era hacer que los maridos fueran un poco más felices. Amantes, dicen ahora. Eran tiempos en los que el hombre se esmeraba para ser un galán; acariciaba el ala de su sombrero e inclinaba la cabeza para saludar, deleitaba a sus acompañantes con palabras graciosas y ocurrentes, y evitaba ser ordinario delante del género femenino. El decoro, decían. Pero en el tiempo que ha transcurrido desde aquella época hasta esta en la que hoy vivimos, algo ha cambiado. Mucho, dicen. Demasiado, digo yo.

Hoy aún queda vivo alguno de aquellos hombres, de los que abren la puerta para dejar pasar, que hablan sin ofender y que respetan a la persona que tienen delante, sólo por el hecho de ser mujer. No era otra educación, es educación, sin más; gestos inherentes al macho con clase. Hombres que jamás mencionaban un amor del pasado y que no alardeaban de las muescas en el cabecero de la cama, por respeto a aquel amor. Confesiones que normalmente se hacían a los amigos del scotch compartido o a las mujeres que trabajan en la profesión más antigua del mundo. Y ahora es cuando el machismo se enfrenta al feminismo para criticar esto. Paradojas.

Pero algo sucedió, algo pasó para que aquellos hombres pasaran a ser vintage y se convirtieran en el hombre moderno. Algo ha hecho que sus conversaciones se conviertan en monólogos y que hablen como si estuvieran haciéndolo con un amigo. La elegancia en el vestir pierde su sentido cuando las palabras no acompañan, la insinuación no tiene cabida ahora en un mundo en el que todo va rápido, donde en muchos casos las citas se multiplican, algunos alternan cada dos noches y nadie tiene tiempo para conquistar. Los hombres no quieren ser vintage, y por eso se comportan como los jóvenes que habrían sido de haber nacido en este tiempo. Esconden sus complejos detrás de su ego, y prefieren arrimar su deseo a la persona que no pregunta, que no habla y que no opina, a la que no cuesta trabajo engatusar. No tiene tiempo para perder el tiempo, no se enamora como lo habría hecho en el otro siglo, no persiste en su conquista, ha asumido que es el cazador que siempre fue, pero ahora alardea de ello.

Es el paso del tiempo el único culpable, el despertar de la mujer moderna e independiente, el rápido pasar de las horas en días que parecen cada vez más cortos, los cánones de belleza establecidos por las portadas de las revistas, el alardeo absurdo, la extraña creencia de que hay que vivir al máximo cada instante, y no perder el tiempo. Pero las flores de los jardines no crecen más bonitas por regarlas más veces, hay que cuidarlas, ser pacientes mientras se espera su crecimiento y ver cómo el capullo se convierte en algo bonito. En caso contrario, todas acabaran muertas, como ocurrirá con nosotros, cuando pase el tiempo. 

Ver también La mujer vintage

martes, 14 de febrero de 2017

Las mujeres que aman diferente


“No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe… No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca […]. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente. 
No quieras enamorarte de una mujer así.
Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.”

Martha Rivera-Garrido

No es fácil permanecer mucho tiempo junto a una mujer que se presume diferente, porque siempre hay un momento en el que se genera la duda; ¿y si todo es una pantomima?, ¿y si esto es puro teatro? No, no es fácil aguantar mucho tiempo al lado de alguien así, la intensidad de cada momento se puede llegar a volver insoportable y, tarde o temprano, aparecerá la pregunta que tantos se hacen al toparse con ella: ¿quiero esto o no lo quiero?

Hay mujeres que son como aman, y que aman como son. Sin maquillaje ni disfraz. Se muestran desnudas ante el mundo porque entre caídas y nuevos comienzos, reconocen cada rincón de su alma, sus miedos y sus virtudes. Se aceptan y se asumen, y nada harán para cambiar. Durante el paseo de sus vidas se cruzan con personas que, atraídas por su autenticidad, se adentran en su universo ilusionados, hasta que un día amanecen sintiéndose atrapados en una jaula en la que ellos mismos se encierran. Las mujeres que viven así no quieren poseer, ni atrapar a nadie, ellas aman desde la libertad, lejos del libertinaje, y como tal desean que la otra persona se sienta igual de libre a su lado. Una relación tan difícil de entender, que sólo el más intrépido de los amantes es capaz de asumir.
Pero algunos se quieren dar la oportunidad, porque este tipo de mujeres no aparece en la vida de cualquier persona, sino que ellas mismas eligen a uno entre la multitud, guiadas por su  instinto, y apostando por aquello que de una manera u otra las agita por dentro.


Merece la pena vivir de esta manera, me dijo una de ellas en una ocasión, porque no hacerlo significaría vivir de mentira, y esta vida es demasiado corta como para dejar escapar los únicos instantes que se quedarán en nosotros para siempre o ignorar una de las pocas razones que hacen que este regalo inesperado, merezca la pena. 

Si alguien tiene la oportunidad de amar a una mujer así, que no tenga miedo a hacerlo, ¿y después?, eso nadie lo sabe, pero al menos descubrirán que su capacidad de amar es mucho mayor de lo que jamás hubieran soñado. Porque de una mujer así jamás se regresa.  


Nota: Aunque se haya atribuido el texto citado a diferentes autores, desde Simone de Beauvoir a Pablo Neruda, el original está firmado por escritora dominicana Martha Rivero-Garrido.




jueves, 9 de febrero de 2017

Encuentra lo que amas y deja que te mate

Soy mujer de rituales, de sorpresas y de celebraciones. Me gusta celebrarlo todo, a menudo brindo por la vida y porque no tengamos miedo, pero también brindo por la tristeza, que  es parte de la vida. Hoy celebro que mi blog ha recibido más de diez mil visitas el pasado mes enero. Para algunos será una cifra normalita, pero para mí es una barbaridad. Un triunfo y un orgullo, pues si algo tiene Palabra de Laura, es que este fue el primer lugar en el que empecé a compartir lo que escondía debajo de la almohada. Gracias lectores. 

Hoy he recibido un correo de un lector. Me da las gracias-¿me da las gracias?-y me felicita por ser tan valiente por escribir como escribo. De nada. Aunque creo que el escritor ha de ser honesto consigo mismo, porque de otra manera nunca lo sería con el lector. Y, como siempre hago, le he dado las gracias por dedicarme palabras tan sinceras-no todo el mundo pierde el tiempo en decir cosas bonitas-y también le he contestado que la valentía no es más que hacer lo que te hace feliz, al margen de lo que digan los demás y de las puertas que se cierren a medida que te acercas a ellas.

De un tiempo a esta parte tengo un nuevo libro de cabecera, el propio autor lo llama librito pero, para mí, es mucho más que eso. En él se recopilan algunas manías y miedos de escritores consagrados, y muchas de esas frases que un día escribieron, ya las he aprendido de memoria. No quisiera parecer cruel, pero es gratificante descubrir que los grandes escritores también se bloquean, se desesperan, y se asustan delante de un folio en blanco. Pero lo que más me gusta de Escribir es un tic, que así se llama el libro escrito por Francesco Piccolo, es leer las razones por las que sus protagonistas decidieron ser escritores. Y al releer este capítulo en concreto, he hecho lo que hago a veces cuando leo entrevistas o cuestionarios en las revistas y pienso qué respondería yo en cada pregunta-es un ejercicio muy bueno, porque uno acaba descubriendo cosas inimaginables acerca de su propia persona-y he pensado en eso mismo… ¿Por qué escribo? Y tras un rato dándole vueltas a mis recuerdos, he imaginado mi respuesta escrita entre las de los más grandes, y me he venido arriba, pero ¿para qué escribir si no es para dar rienda suelta a la imaginación?

Escribo, porque sólo así consigo vivir todas las vidas que quiero vivir, incluso cuando estoy en un momento pletórico y feliz en mi realidad, me gusta imaginarme cómo sería mi vida si fuera otra persona. Escribo, porque a veces siento la presión de multitud de palabras agolpadas dentro de mi cabeza y, como soy tan desordenada en el habla, prefiero ordenarlas en un papel. Escribo, porque escucho una voz me dicta frases infinitas , y me siento en la obligación de plasmarlas en algún sitio. Escribo porque no hay nada que me haga más feliz que desnudarme en un folio.

En los últimos tres años he publicado tres libros, en noviembre llegaron mis Amapolas en octubre (incluso en esto soy paradójica). No soy ejemplo de nada, pero si por algo cuento mi historia de vez en cuando, es para demostrar que, en esta vida, no hay una satisfacción mayor que la de amanecer de madrugada con la ilusión de hacer algo que te emociona, y que te hace sentir que eres la persona más afortunada del mundo.

Un amigo me recordó hace unos días una frase de Bukowski que, durante un tiempo, estuvo clavada en el corcho que tengo ahora delante de mí:

“Encuentra lo que amas y deja que te mate.”

Y así estoy ahora, muriendo lentamente.


lunes, 6 de febrero de 2017

Libertad


“Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.”

                                                                     Chavela Vargas


Cada persona tiene la vida que ha elegido, y por si hay alguien que no lo tiene claro todavía: ninguna vida es perfecta. Hay momentos de nostalgia tanto en el corazón de un alma solitaria, como en el de un corazón comprometido. Nada se puede hacer para evitarlos, hay que convivir con ellos, asumirlos como propios, y seguir caminando por la vida que estamos viviendo que, nos pese o no, es la que elegimos un día. Así que cuando busquemos culpables: hablemos con el espejo.


En ocasiones, ese maldito vicio que recorre nuestras calles y al que llamamos envidia, nos muestra otras vidas que, en momentos puntuales, consideramos perfectas. Nos fascinan hasta el punto de llegar a olvidarnos de todo lo que tenemos, y es entonces cuando una fuerza nacida de la inmadurez o de la locura, nos anima a dar unos ridículos saltitos por la delgada línea que separa nuestra realidad de la vida que se esperaba que viviéramos. Puede que yo sea demasiado básica, ser complicada me ha dado más problemas que otra cosa (pero me he divertido, dicho sea de paso), y esta es la razón por la que lo veo todo más sencillo. Es algo tan simple como entender que ese vestido con el que tu amiga está tan espectacular, y que le hace un tipazo de quitar el hipo, no provocará el mismo efecto en ti… Lo mismo pasa con la vida, ese día a día que otra persona está viviendo no es el tuyo, y aunque haya momentos en los que anheles poder pasear en sus zapatos, lo más probable es que no sobrevivieras a una semana de prueba. Hemos de dejar la libertad para las almas libres, y el compromiso para las almas comprometidas. Intentar combinar esto, es síntoma de desequilibrio. Y tengo pruebas.


La libertad no sólo es una elección, sino que también es un rasgo de valentía, y esto no quiere decir que los que no la disfruten sean cobardes, también es muy valiente el que decide compartirse con otra persona. Pero para ser libre hay que estar preparado. Entrenarnos sin descanso durante días y noches, aprender a ignorar comentarios destructivos, lidiar con la frivolidad y el divertimento, sin que el alma sufra sus consecuencias. Pasadas todas las pruebas, y una vez comprobado que nuestro rostro es como el de cualquier otro ser humano, y que no tenemos parientes en otro planeta, hemos de salir a la jungla seguros de ser quienes somos. Así de fácil: seguridad y autenticidad.

Y este es el paso que nos llevará hasta la antesala de la victoria… Porque ser una persona auténtica es tan difícil como gratificante, pero merece la pena intentarlo, siempre que seamos honestos con nosotros mismos y defendamos nuestros valores y nuestros principios por encima de todo, sin provocar daños colaterales.

Y cuando entendamos esto, descubriremos que la soledad puede ser una de las mejores compañías, porque fuimos nosotros los que la elegimos desde la libertad.



miércoles, 1 de febrero de 2017

Será que me hago mayor

Será que me hago mayor, y he aprendido a respetar a la vida, a mirarla de frente, pero sabiendo que tirar más de la cuenta de la cuerda, me convertirá en perdedora de mi partida. 

Será que me hago mayor, y donde antes ponía los puntos sobre las íes, con más soberbia que humildad, ahora aguanto un poco más. Porque un punto y final no es más que eso, un final, y ya no me merece la pena la discusión absurda. Sí, será que me hago mayor, porque hubo un tiempo en el que no tener la razón me convertía en rebelde absurda, y ahora lo que menos quiero es tener la razón. Me importa el camino por el que paseo o deambulo, según mi estado de ánimo, pero no culpo a nadie, porque soy la única responsable mi vida y de los pasos que doy por ella.

No me importan la mayoría de las cosas que se digan, ni lo que se hable, porque entiendo que muchas palabras se dicen para llenar los silencios que algunos no pueden soportar. Ahora valoro ese silencio en compañía, cuando antes era mi inseguridad la que lo llenaba de palabras vacías.
Conozco a mis amigos, cada uno de los que está en un dedo de mi mano, y todavía quedan vacantes. Será que me hago mayor, y he aprendido que el amigo de verdad es el que está, el que no se marcha a pesar de la distancia, y el que respeta la vida que he elegido vivir.

Digo no, cuando es la única respuesta, no me siento en la obligación de hacer aquello que no quiera porque no tengo más obligaciones que la de ser responsable de lo que siento. Y he aprendido que no soy una marioneta manejada por los hilos de nadie. Soy yo simplemente, y no gustaré a todos, porque he dejado de esforzarme para que a mi alrededor todo el mundo me aplauda. Cada cual define la felicidad a su manera, y no es mi fórmula la única válida, sólo puedo respetar las decisiones ajenas así como espero que se respeten las mías.

Será que me hago mayor, porque he aprendido que enamorarse es respetar, y no querer estar en otro lugar, pero seguir con nuestra vida al margen de que decidamos compartirla con otra persona.
Puedo hacer posible lo que antes era imposible, porque hacerse mayor implica dejar de tener miedo, apostar por nuestras ilusiones y no dejarse amedrentar por las voces de aquellos que no pudieron. Hacerse mayor implica hacer lo que nos dé la gana, sin que esas decisiones perjudiquen a otro, y no tener remordimientos.

Vacío mi mochila cada cierto tiempo, porque no me interesan las responsabilidades que no son mías. Hablo sin tapujos, y escribo con el corazón en la mano. Será que me hago mayor, y he entendido que una de las rarezas del ser humano es hablar de lo feo sin complejos y acomplejarse al decir cosas bonitas. He entendido que los demás a veces se sienten decepcionados con nosotros, no porque actuemos mal, sino porque esperan algo que no podemos darles. No, no somos responsables de ello.

Será que me estoy haciendo mayor, y sigo patinando en mis decisiones de vez en cuando, porque la pasión sigue viva, aunque ahora sea una pasión más controlada, porque la impaciencia me sigue empujando, pero ya puedo parar cuando lo crea conveniente, y porque la única persona a la que sé que no puedo decepcionar es a mí misma.

Seamos mayores o no, tenemos el derecho y la obligación de disfrutar de este regalo, un poquito cada día. Y que la cautela con la que vivamos determinados momentos, no nos impida llegar al final con la sensación de que a pesar de todo, mereció la pena hacerse mayor.

jueves, 26 de enero de 2017

Sois unos mierdas

Virginia Woolf tenía la certeza de que detrás de  Anónimo, muchas veces se escondía una mujer. Los Anónimos, sepan ustedes, existen desde hace mucho, siglos en algunos casos, si bien es cierto que los de antes solían escribir versos o prosas más bellas. Hoy en día, teniendo la posibilidad de dar la cara, de poner imagen y nombre a una opinión, muchos eligen no hacerlo. Y es que no es lo mismo insultar mirando a los ojos que hacerlo desde el oscuro lugar secreto en el que se esconden los odiadores, los corazones podridos, las almas tristes, los envidiosos sin cura… Y otros tantos. No pretendo descalificar, pido disculpas si alguien se siente ofendido, simplemente retrato la realidad.
Las redes sociales tienen muchas cosas buenas, pero tienen una cosa que a mí me parece, más que mala, peligrosa. Y es que tenemos que aprender a convivir con nuestras dos vidas, ser dos personas, esa que somos en realidad y la que los demás creen que somos, la persona definida por las frases y las fotografías que compartimos. El yo real y el yo virtual. Nada es verdad, ni lo que el odiado aparenta ser ni lo que el odiador dice sentir. Nada.
En ocasiones, cuando leo ese tipo de insultos, me pregunto qué trauma tendrá el que se esconde detrás de la foto de Chaplin, de un personaje de Marvel o de la rueda de una moto, qué vida puede tener una persona para que pueda reflejar tanto rencor en las palabras que vomita. Alguien debería decirles a estos personajillos que, muchas veces, ese odio irracional nace en el espejo. Nos espanta ser de una manera determinada y, cuando vemos esa característica en alguien desconocido, insultamos, abofeteamos con palabras y faltamos el respeto. Nos cuesta aceptarnos, y es mejor acusar a los demás que intentar solucionar ese algo que nos incomoda de nosotros mismos. Pero hay que ser muy valiente para aceptar los miedos y los defectos de cada uno y, en el mundo de los anonimatos, hay más cobardes que valientes.
          Confieso que tengo mis dudas, no sé si aquellos a los que van dirigidas mis letras de hoy podrán entenderme, no tengo muy claro que su intelecto pueda entender la ironía. Así que, aunque no me guste hacerlo, sin que sirva de precedente, en esta ocasión bajaré los cien peldaños que nos separan y me pondré a su altura. Sois unos mierdas. Todos vosotros. Los que os habéis acostumbrado a dinamitar nuestros días con el insulto fácil y la palabra malsonante. Sois unos mierdas. No sé por qué no os ignoramos, porque no pasamos de largo cuando vemos que vuestra vena del cuello empieza a hincharse rabiosa, cuando vuestro rostro enrojece por la cólera que sentís al vomitar palabras de desprecio contra aquellos a los que ni siquiera conocéis. Sois unos mierdas. Unos incomprendidos, marginados y acomplejados, personas ignoradas durante toda vuestra vida que por fin habéis encontrado un lugar en el que alzar la voz sin ser vistos, agazapados en el anonimato, protegiendo vuestra alma cobarde de aquellos a los que insultáis. Sois unos mierdas. Unos pobrecillos mediocres, unos cuerpos sin alma ni sentimientos, vacíos de cualquier emoción positiva; unos amargados, abandonados por el mundo que os rechaza, unos raritos, sois feos, feos de cojones, y sucios. Sucios de piel y de espíritu. Espesos. Agrios. Fracasados. Mierdas.
          Cuando alguno me insultáis desde vuestra atalaya construida por el anonimato, yo me rio, pero por un instante, es inevitable, siento pena. Qué duro debe de ser vivir en un cuerpo como el vuestro, siempre preparados para criticar y juzgar, siempre con el insulto listo en la punta de la lengua. Qué duro debe de ser tener una vida condicionada por lo que hagan los demás, aceptar que sois torpes, inútiles e incapaces de tener una vida propia. Preferís quedaros ahí sentados, en el sofá de vuestra amargura, con el pelo grasiento y una mano escondida en vuestra entrepierna mientras con la otra tecleáis a toda velocidad, batiendo vuestro propio récord de descalificaciones, y reís para vosotros, os aplaudís por escribir frases tan perfectas y tan hirientes. Os gusta despertar el odio en los demás, disfrutar alimentando la rabia ajena, y no os importa que eso os convierta en un ser ruin y malvado. Cada pensamiento contaminado que compartís os hunde más en el fango, os hace más tristes y más repugnantes. Cada vez sois más mierdas. Y por mucho que os protejáis detrás de esa sonrisa sarcástica mientras leéis esto, no podéis engañarnos, y sabemos que, dentro de vosotros, mientras empezáis a aceptar que sois unos mierdas, sentís como la decepción, la frustración y el fracaso toman el control de vuestro cuerpo.

Hacer lo que hacéis es el mayor acto de cobardía.

Sois unos cobardes de mierda. Felicidades. 

martes, 24 de enero de 2017

Lágrimas negras por la libertad

     Llevo unos días pensando en Eugene Allen, y en cómo se estará revolviendo en su tumba al ver todo lo que está sucediendo a unos metros por encima de su descanso eterno. Soy fan de Eugene Allen desde que conocí su historia, ¿le recuerdan? Quizá les suene más el nombre con el que le rebautizaron para llevar su vida al cine, Cecil Gaines, el mayordomo negro de la Casa Blanca -que, aunque lo parezca, no es un título, sino una manera de referirse a él, como si a mí me llamaran la escritora blanca, por ejemplo-. Aquel mayordomo, al que Forrest Whitaker interpretó de manera magistral hace unos años, acompañado por su mujer en la ficción, la Todopoderosa Oprah Winfrey, en la galardonada película "The Butler". Oh, Whitaker, ese actor con cara de saludar dando puñetazos a diestro y siniestro y al que, sin embargo, dan ganas de estar abrazando todo el rato. Sí, ese mismo. 


Eugene Allen estuvo trabajando en la casa más famosa del mundo desde que aterrizara en ella el Presidente Truman hasta el recién despedido Obama. De hecho, fue en la toma de posesión de este último cuando se le vio llorar como un bebé, lágrimas negras, quizá, por todos los que perdieron la vida durante años en su lucha a favor de la igualdad, por su padre asesinado y sus abuelos esclavizados... No ha llovido tanto desde que los negros llevaran cadenas atadas a los tobillos y cicatrices en sus espaldas, no crean. Décadas antes de que fuera testigo directo de aquella histórica toma de posesión, un Eugene tan trabajador como esperanzado, le había advertido a su hijo que algún día Estados Unidos tendría un Presidente negro. Me sobrecoge escribir tal afirmación, pues parece que, al pronunciarla, estemos hablando de un hecho paranormal, como si ser negro significara ser de otro planeta. Y, en mi caso, cada vez estoy más convencida de que los extraterrestres no están en el espacio, sino que habitan entre nosotros y nos manipulan a su antojo.

     Esta madrugada he amanecido con las letras de un amigo cuya pluma conoceréis -y admiraréis- algún día, y en una de sus deliciosas reflexiones ha escrito: “Pocas verdades conozco tan intachables como esta. Acaso una y nada más, la de que hay pocas sensaciones tan sublimes, tan incomparables, como la de ser un hombre libre, poder reconocerte en el espejo y tener la conciencia tranquila.” Ser un hombre libre. Ese ha sido, gracias a su escrito, mi primer pensamiento del día. ¿Lo somos realmente? ¿Somos libres para hacer y decir lo que nos plazca? ¿Creemos que lo somos? No está del todo claro, sobre todo viendo cómo el país de la libertad y de la invención del american dream, ahora se castiga a sí mismo por haber alquilado la Casa Blanca a una familia tan… ¿esperpéntica? (Gracias Valle-Inclán.) Pero así funciona la democracia al otro lado del charco. Sea como fuere, aunque tuviera menos votos que su rival, este personaje, que parece sacado de un cómic del siglo XXI, es ahora el Presidente de la Nación que más botones tiene para hacer que todo estalle por los aires cuando a él le plazca.

     De cualquier manera, 
en lo que a este asunto se refiere, para intentar impregnar un poco de tranquilidad en este folio, secundaré las palabras que dijo el Papa Francisco en una entrevista que concedió hace unos días: “Ver qué pasa. Pero asustarme o alegrarme por lo que pueda suceder, en eso creo que podemos caer en una gran imprudencia.” De momento, en tres días han pasado muchas cosas por el norte de América, (se han borrado, mejor dicho), pero confiaré en las palabras del Papa. Esperemos y no nos adelantemos. Quizá deberíamos centrarnos en intentar encontrar ese punto fijo que parece que hemos perdido y que nos hace tambalearnos. Pues, tal y como nos recordó el Pontífice unas preguntas después, “Hitler también fue elegido por su pueblo”. Y, si por alguna extraterrestre razón existiera la posibilidad de que Hitler regresara, con tanto miedo como convencimiento, afirmaría que no serían pocos los que le votarían. No hagamos apuestas, por si las moscas. 
     
     Para despedirme, quisiera regresar a la reflexión de mi amigo, a ese “ser libre” sin demora, y a mi apoyo incondicional hacia aquellos que defienden la convivencia en un mundo libre. Sin olvidar que la libertad es una palabra que cada cual define a su antojo, pues no son pocas las acepciones que existen. Yo escojo la definición que incluya, al menos una vez, la palabra respeto en ella. A fin de cuentas, en este país aún soy libre de elegir la que me plazca, ¿no?

jueves, 19 de enero de 2017

Eres mi persona


Algunas tardes me gusta perderme, me siento a tomar un café y disfruto observando lo que sucede a mi alrededor. Mi intuición no suele confundirse a la hora de elegir al futuro protagonista de una de mis historias. La gente es mucho más interesante desde fuera, cuando no tienen que actuar o comportarse de una manera correcta. Cuando los imaginas sin máscaras ni disfraces, porque realmente nada sabes de ellos. Esta tarde en concreto, a dos mesas de distancia, había una pareja acurrucada en el rincón del café. Ambos jóvenes, acalorados y divertidos, y él con la mirada más brillante que he visto en años, me atrevería a añadir que una lágrima ha escapado de sus ojos, pero eso sería excederme con el edulcorante para describir la escena. Ha sido un momento de tal intensidad que casi rompo a reír; Stendhal se mareaba y yo me río, así son las cosas. Pero contra todo pronóstico he logrado contenerme y, segundos después, le he escuchado decirle a su diosa: Eres mi persona. ¡Oh, cielos!, ha exclamado Cupido, que casualmente estaba sentado a mi lado sosteniendo la flecha en su mano. Y he susurrado para mí: oh, cielos.

Eres mi persona es, desde hoy, mi nueva frase favorita.
Decir te quiero o prometer algo por siempre jamás, ha dejado de ser romántico. El impacto que tiempo atrás pudieran tener declaraciones como estas en los corazones enamorados, ya no es el mismo... Eres mi persona ha dado la espalda a los Romeos de postín, y a las declamaciones ensayadas de cualquier príncipe azul. Cabalgue o no en su corcel imaginario.

He regresado a casa caminando alegremente, como si la ola de frío nada tuviera que ver conmigo. Y un eco sonaba en mi cabeza durante el trayecto de vuelta a mi hogar… eres mi persona, eres mi persona… Y yo, que con cualquier cosa me animo a imaginar otras vidas, le he cedido la palabra a mi alter ego y el tema se nos ha ido de las manos… ¿Seré yo la persona de alguien? ¿Tengo yo una persona para mí? ¿Qué sucede si una persona se enamora de alguien que es su persona, pero él no es la persona de ella? Y para escapar del bucle en el que nos hemos metido juntas, he decidido sentarme a escribir para intentar poner un poco de orden en mis conclusiones.

A saber:

Cada cual tiene su persona, por lo que, “eres mi persona”, es una frase que todos, sin excepción, podemos decir al menos una vez en la vida. Algunos ya se han topado con ella, otros la dejaron pasar de largo, y el resto no cree ni una palabra de lo que aquí cuento. No importa, mirar a otro lado puede ser una excusa justificada en un momento determinado, pero, tarde o temprano, ese alguien aparecerá y ya veremos quién ríe entonces. Pero sí, tu persona existe, y habla de las cosas que te gustan, o está en silencio cuando es el silencio lo que quieres compartir; te cocina tu plato favorito como tú lo haces, y se ríe de las cosas que te hacen reír; te desquicia con las estupideces que más te molestan, y te abraza por sorpresa. Tu persona es imperfecta, te lo advierto, y tú adoras sus imperfecciones; su mirada consigue hundirse en la tuya y te observa cuando estás ausente. Os queréis, os odiáis, os amáis, os respetáis y os ignoráis. Sentís admiración y deseo. Respeto y confianza.

Mientras unos se empeñan en destruir el amor, criticando la belleza de los detalles que han sobrevivido a más guerras que el propio odio. Otros nos deleitamos con gestos como el que yo he visto esta tarde. Descubrimos frases como la del título de este artículo, y alimentamos nuestra esperanza no en el amor, sino en el ser humano. Puede que no esté todo perdido. Yo, mientras ustedes intentan dar con las palabras adecuadas para ridiculizar mis letras, buscaré un rincón en mi pared en el que colgar mi nueva frase favorita. Porque me parece una frase muy bella. 
Y la belleza atrae a la belleza, dicho sea de paso.



lunes, 16 de enero de 2017

La mujer vintage

Se sonroja con el piropo y baja la mirada. 
Se finge tímida, aunque no lo sea. Mantiene una distancia prudencial, protege su espacio y sólo deja que este sea invadido cuando esté preparada para la invasión. Se pinta los labios y se atusa el pelo, dos gotas de perfume son suficientes, se viste y se desabrocha el botón de la blusa, sólo ese, porque a la mujer vintage le gusta insinuar y dejar que sean las imaginaciones las que inventen lo que ella no enseña.

A veces observa desvergonzada, pero se queda impasible, no da un paso ni hace un gesto que la convierta en la cazadora. Ella espera, paciente, a que el conquistador encuentre la valentía para tocarle la mano, preparada para asestarle un sopapo sonoro si este se sobrepasara. Se convierte en un reto para el hombre, que la transforma en su musa y en la razón de sus despertares. La mujer vintage es romántica, cree en el amor para siempre, asume que no será fácil vivir junto al hombre elegido, pero no se rendirá, porque se sabe segura y fuerte. Pelea y lucha cada día por lo que le pertenece; por su vida y su sueño cumplido. Y donde algunos ven a una mujer sometida, otros descubren a una mujer que vive como soñó, fuera la que fuera la razón de ese sueño.

Hubo un tiempo en el que las mujeres callaban por vergüenza o por miedo, en el que las casquivanas andaban escondiéndose en las alcobas anónimas, evitando ser vistas y señaladas por el dedo de aquellas que se escandalizaban por su libertinaje. Mujeres escondidas en las faldas de otras, no por modernidad, sino por amor.
Un tiempo que empezó a terminar con la llegada de la lucha por las igualdades, y con el despertar del movimiento feminista, tan convencido y atrevido, que fue imposible pararlo. Mujeres valientes que abanderaron la lucha en contra del hombre privilegiado, que lograron poner en el mismo plano y a la misma altura, a ambos sexos. Mujeres a las que tenemos mucho que agradecer y aplaudir, aunque una vez iniciada la revolución ya fuera imposible pararla. Lograron que tuviéramos los mismos derechos, que las obligaciones nos equipararan a lo que algunos definen como el sexo débil, y que se nos tratara con el mismo respeto con el que se les trataba a ellos. Nos convirtieron en personas, básicamente. Pero mirando de reojo lo que fue y lo que hoy sucede, se podría decir que la revolución se nos fue de las manos.

Queríamos ser iguales, pero puede que no tanto. Porque ahora se descubre en la mujer un comportamiento varonil a veces, que no es masculino, sino el robo de unos roles que no le pertenecen; una seguridad para llevar las riendas de su vida que va más allá de la defensa de su dignidad, y un alejamiento de la creencia, también vintage, de que el hombre sigue siendo responsable de muchas circunstancias. Costumbres diluidas en un tiempo en el que se logró sobrepasar la meta que en un principio se quería alcanzar, atrevimiento de la mujer para hacer o decir lo que hasta entonces solo le correspondía al hombre.

La mujer de hoy se ha ganado un respeto que no tenía cuando era considerada un mueble o un florero, dependiendo de su belleza, y su triunfo la ha colocado en un lugar en el que a veces es confundida con el hombre. La conquista es suya, la toma de decisiones, la palabra malsonante y la cuenta del restaurante. Detalles que lejos de ser machistas, lo único que han hecho ha sido alejarnos a todos, hombres y mujeres, de ese universo que antes compartíamos sin mezclarnos más de la cuenta, en el que los roles, lejos de humillar o de ofender, nos colocaban a cada cual en nuestro lugar. Un universo en el que los valores, otra palabra vintage, definían nuestra actitud. Y parte del castigo se resume en la perfección que se le exige a la mujer, en los cánones de belleza imposibles de copiar, en la madre trabajadora inagotable, en la que todo lo entiende..., pero no, no todas quieren ser igual que los hombres. Porque esa igualdad es irreal, se puede alcanzar en el plano social y educativo, pero la persona escondida detrás de cada sexo siempre será diferente, a pesar de las revoluciones y de los cambios. No, no somos iguales para todo. Ambos sexos somos diferentes, y eso nos hace especiales.


La mujer vintage mira desde lo lejos con asombro, satisfecha por todo lo logrado, aunque se intuye en su mirada un halo de añoranza, por esos tiempos en los que todo iba más despacio, en los que cada paso se daba con calma y cada palabra se susurraba honesta, porque se creía en eso. En el amor y en las personas… sin que importara su sexo.

La mujer vintage creía en el romanticismo, y esta sí que es la más vintage de todas las palabras. 

Ver también El hombre vintage

viernes, 13 de enero de 2017

El amor de tu vida

¿Existe el amor de tu vida?
Existen los momentos, las personas que se cruzan en nuestro camino y las despedidas, sean tristes o rencorosas. Existen los idilios inolvidables, las relaciones trabajadas, los perdones y los puntos suspensivos. Existen los remedios para la soledad, la compañía rutinaria y la distancia que nos acerca. Pero, ¿existe también un amor único en nuestra vida?

Idealizamos a esa persona de nuestro pasado que nos dejó momentos únicos para recordar, nos convencemos de que no viviremos nada igual, y que cualquier historia que comencemos será diferente a aquel idilio. Nos referimos a ella como el amor de nuestra vida, y nos castigamos durante largas noches insomnes, añorando a alguien que no está a nuestro lado porque así lo elegimos nosotros, o quizá fueran ellos. Justificamos su ausencia repitiéndonos que aquel no era el momento, que alguno de los dos no estaba preparado, y que, en otras circunstancias, seguramente habríamos durado una eternidad, o hasta hoy por lo menos. Es mentira. Puede que hubiéramos alargado lo que fue, pero entonces no sentiríamos lo mismo que sentimos por culpa de la nostalgia, del tantas veces repetido ¿y si…?, y de la atracción que despierta en nosotros todo lo que no podemos conseguir, o que es difícil de conquistar.

El amor de tu vida existe, pero no se trata de un amor único porque se pueden vivir muchas vidas en una sola. Con el paso de los años, nos acostumbramos tanto a estar junto a alguien que decidimos que no hay mejor lugar que estar a su vera, y queremos envejecer junto a él o ella, acompañarnos durante todos los días compartidos, sean malos o buenos. Sí, ese puede ser el amor de nuestra vida. O podría ocurrir que, durante un instante efímero en los calendarios, nuestra rutina se vea alterada por un amor que aparece sin avisar, que nos agita con tanta energía que consigue hacer que nuestro mundo se tambalee, que nos vuelva locos, y que luego desaparezca para siempre. También ese puede ser el amor de nuestra vida. Podríamos vivir la experiencia de disfrutar de una relación asexual, en la que lo más importante es la complicidad que tenemos con una persona que se adentra en nuestra alma y nos desnuda por completo, que nos escucha y nos entiende como aseguramos que nadie lo hizo antes, y que nos empuja a convertirnos en quien siempre nos asustó ser. También podría ser él, o ella.

O que en nuestra tierna juventud conociéramos a nuestro primer amor, que las circunstancias nos separaran, pero que siempre lo recordemos porque fue el primer beso, la caricia inocente y la madurez conquistada. Sí, puede ocurrir…

Descubriríamos entonces que el amor de nuestra vida no tiene un nombre, ni un rostro definido, sino que, en realidad, se trata de varias personas que llegaron en momentos diferentes, para regalarnos historias tan distintas como importantes.

No nos lamentemos cuando la despedida sea inminente, soltemos lo que ya no tiene cabida en nuestros despertares. No nos obliguemos a vivir algo por miedo a la soledad, dejemos que todo se ordene, que nuestro camino encuentre un nuevo horizonte y, llegado el momento, sabremos si queremos conocer al nuevo amor de nuestra vida, o si, por el contrario, preferimos vivir del recuerdo. Ambas opciones son buenas, siempre y cuando no nos hagan daño, porque la compañía equivocada duele tanto como la nostalgia eterna.

No existe el amor de tu vida. O sí... Cada historia se escribe con la tinta de los que forman parte de ella.

miércoles, 11 de enero de 2017

Tu primer día

Llega un momento en el que, por la razón que sea, dejamos de ser niños. Un día en el que, aburridos de lucir tantas máscaras, nos atrevemos a ser nosotros. 

Se acabó el fingir.

Vemos cómo los dígitos de nuestros años siguen sumando y que, hagamos lo que hagamos, por muchos frenos e impedimentos que pongamos, seguirán subiendo hasta que, llegado el momento, sean enterrados para siempre. Y es que el tiempo, por mucho que el ser humano haya evolucionado, es algo que nadie ha aprendido a controlar. Todavía.

Nos pasamos casi toda la vida soñando, imaginando quiénes seremos mañana. Inventamos infinitas historias acerca de cómo será nuestro futuro y, aunque no hagamos nada para alcanzarlo, son esas ilusiones las que nos mantienen con vida. Y un día te miras en el espejo y ves que el paso del tiempo está presente, aunque te esfuerces por retrasarlo. Y te preguntas, ¿qué ha pasado?, ¿dónde se fueron mis años? Buscas y hurgas en los recuerdos, enumeras todos y cada uno de los días en los que sucedió algo inolvidable y sonríes porque, a pesar de todo, algo hiciste bien.

Llega un momento en el que dejas de pensar en tonterías, y no te esfuerzas por recibir una palabra cariñosa de aquellos a los que les cuesta decirla. Dices no, cuando algo no quieres, y no tienes remordimientos de conciencia. Aprendes que, al margen de todo lo aprendido, ser buena persona no significa ser imbécil. Respetas las ideas y opiniones del resto, y hablas con educación, pero cuando algo no te gusta lo evitas, y cuando alguien te hace daño, lo ignoras. Porque no, no estamos para aguantar tonterías.

Llega un momento en la vida en el que te pones por delante de cualquier prioridad, y que entiendes que, si tú no estás en ese lugar óptimo en el que mereces estar, a tu alrededor nada irá bien. Por mucho que se finja. Y te atreves a todo, dejas de presumir acerca de lo atrevido que eres, simplemente te atreves. Permites que tu corazón se adapte a ti, que te siga por cualquier camino que desees caminar y te vuelves loco, porque descubres que es en la locura donde a menudo se encuentra la calma.

Llega un momento en el que das por terminada la eterna lista de propósitos y empujado por una fuerza desconocida, te pones en marcha, te los crees por fin y vas a por ellos. Porque ese día entiendes que el tiempo no espera para nadie, y que la vida fluye veloz. Agarras con fuerza el momento presente y lo zarandeas, lo disfrutas y lo exprimes, no piensas en mañana, no anhelas el ayer. Te plantas en medio de tu camino y decides que hoy empieza todo, que hoy es el primer día del resto de tu vida.


Y así empieza una nueva historia, viviendo cada día como si fuera el primero. 


Feliz cumpleaños a mí.