lunes, 16 de julio de 2018

Obligados a ser felices


¿No tienen la sensación de que a veces estamos obligados a ser felices? ¿Y que alguien ha infectado sus ordenadores con un tripi? No hablo de un virus, ni de espías, ni de cualquier otro mal virtual, no, sino de un tripi inyectado con un pendrive rosa. Porque cada vez que enciendo el mío, una frase optimista aparece cuando menos lo espero, escrita en un post-it, un muro, una hoja de papel o recostada sobre una nube esponjosa. Y no me refiero a una cita robada o atribuida a algún personaje místico o famoso, hablo de frases más directas y breves, esas que no nos hacen pensar, sino actuar… Las mismas frases que ustedes también leen: “No mires al pasado, tu vida es hoy”, “si crees que puedes lograrlo lo conseguirás”… Hay decenas de ellas, centenas, y no importa que sus ordenadores estén a salvo, porque la plaga se nos ha ido de las manos y ha contagiado a las tazas de café, camisetas, cuadernos, fundas de teléfono y cualquier superficie sobre la que se pueda escribir algo.

Yo he sido autora de alguna de esas frases. Yo también sufrí felicidad transitoria durante un tiempo. Y pido disculpas si esto provocó algún daño o frustración a los que me leyeron.

Pero una vez más seré la abogada del diablo. A pesar de haber firmado y compartido muchas de esas frases de pensamiento positivo, desde aquí quiero enviar mi apoyo a todos aquellos que, sin regocijarse en su no-felicidad (que no es lo mismo que infelicidad), de vez en cuando se atreven a no querer estar felices y a mandar a la mierda a alguien. Sin justificaciones ni explicaciones. Nos hemos empeñado en hablar de lo maravillosa que es la vida, de lo importante que es vivir cada segundo, exprimir el tiempo que tenemos, y de llegar a la tumba diciendo ¿puedo repetir? Pero a veces es un mensaje demasiado forzado, poco creíble, y es mejor cabrearse, mosquearse, encenderse y enfurecerse. Una tormenta pasajera siempre refresca el ambiente. O también podemos resignarnos a vivir la vida que elegimos, sin emociones apasionadas ni saltos en paracaídas. Respirar y punto. Es otra elección, tan válida como las demás.
 


Esta mañana, abducida por una de esas frases, me he preguntado cuándo empezaría todo. Cuál fue el momento en el que las setas alucinógenas empezaron a propagarse por la red. Son un bien necesario y parece que imprescindible para encontrar un sentido a nuestros amaneceres más grises. Tener metas y creer en algo es importante, sí, pero no lo es tanto como lo es el ser capaz de leer al menos diez frases alegres y positivas y creerse alguna de ellas. Mr. Wonderful tiene muchas papeletas para convertirse en el dios del siglo XXI, él ha escrito el padrenuestro de nuestros días, y es el destinatario de nuestra oración desesperada.

Si nos repetimos algo muchas veces, acabamos haciendo de este mensaje una actitud y pasado un tiempo… ¡Magia!, se hace realidad. Al menos es algo que decía Gandhi, ojito, que esto son palabras mayores. Y yo confieso que a mí me gusta la gente optimista, como se dice ahora: la gente que suma. El optimismo se contagia, sí, pero el pesimismo también. Los vampiros emocionales revolotean y esperan a que se ponga el sol en sus días para venir a atacarnos y a chuparnos la energía, y para combatirlos de nada sirven las estacas de madera o un rayo de sol, los venceremos sólo si los ignoramos o los atacamos con lo que más les duele: el mensaje positivo que mejor se ajuste a su pena, añoranza, tristeza o enfado. Hay mensajes para todos los gustos, sólo hay que dar con el lado vulnerable de las personas.

Dicen que lo importante en esta vida es aprender. Aprender. Aprender. Aprender… Es agotador, ¿no les parece? Enriquecedor, sí, pero también es posible que determinadas lecciones nos venga mal aprenderlas en algunos momentos y nos apetezca más mandarlo todo a la mierda. Así, sin añadir una disculpa ni un emoticono a nuestra frase. Un bufido pasajero, acompañado de la vena hinchada en la sien. Desahogarse. Desfogarse. Soltarlo. Vomitarlo. Y después seguir adelante.

Porque, como dice una de mis frases favoritas, lo mejor está por llegar.

AUDIO DE RADIO:

lunes, 9 de julio de 2018

Nuestros muertos

Hoy les dedico mis palabras a los muertos. Tal cual. Quizá fuera más correcto hablar de los fallecidos, o de los que nos han dejado, e incluso podría referirme a ellos como aquellos que han pasado a mejor vida, porque la palabra muerte no tiene una pronunciación muy melódica que digamos y además siempre va acompañada de un absurdo suspense, como si morir fuera algo inesperado para los que sobrevivimos al difunto. Cuando ser difunto es lo único que tenemos asegurado desde que rompemos el silencio con nuestro primer llanto.

Con el paso del tiempo en mi entorno también han muerto algunas personas, aunque no me gusta decir que las perdí, porque si lo hiciera estaría mintiendo. Yo no he perdido a nadie. Las personas no se pierden. Podemos perder las llaves o el teléfono, o perdemos los papeles si la discusión se nos va de las manos, e incluso hasta podemos perder la memoria. Pero no las personas, ellas nunca se pierden. Y tampoco desaparecen. Ni se evaporan como lo hacen algunos amantes al alba. En realidad, todos los que se fueron, siguen estando en nosotros y seguirán estando a nuestra vera hasta el día en el que decidamos olvidarlos. Por esta razón es tan importante saber que, aunque nuestro cuerpo sea mortal, nuestra esencia no lo es. La eternidad está asegurada gracias a los recuerdos compartidos, a los abrazos incondicionales, a las palabras generosas en las conversaciones importantes y a las caricias imborrables. Y las huellas que dejamos en aquellos a los que queremos serán las que nos alejen de la mortalidad y del olvido.

Cuando escucho a alguien hablar acerca de lo importante que es aprovechar el tiempo y de vivir cada día como si fuera el último, y su reflexión termina con una frase del estilo “nunca sabes lo que pasará mañana”, dentro de mi cabeza se proyecta la figura de mi otro yo agarrando por los hombros a esa persona y zarandeándola sin piedad. A veces tiene que pasar algo dramático para que nos demos cuenta de lo efímero que es todo, de la grandeza de los pequeños detalles que revolotean alegres en nuestro presente y de lo poco importante que son esos grandes problemas que nuestra cabeza se empeña en inventar. Y cuando la muerte de un ser querido nos sobreviene, la tierra empieza a tiritar de miedo bajo nuestros pies, porque sabe que algunas despedidas llegan acompañadas del despertar de los que se quedan dándole vueltas a su desconsuelo, y a los porqués sin respuesta. Y entonces, con un simple chasquido de dedos, comienzan su nueva vida. Y todos los me gustaría se transforman en hechos por arte de magia. Y de pronto descubren que llevan años amaneciendo y anocheciendo en una realidad que ni siquiera les pertenece.

El que haya brindado conmigo alguna vez sabrá que mi brindis siempre va dedicado a los que no tienen miedo, que no es lo mismo que dedicárselo a los valientes. Y lo hago siempre, cada día, una o dos veces. Tres, si el día viene con premio. Y lo hago por mí, para escucharme y tomar conciencia de ello, pero también lo hago por los demás, porque siempre imagino que habrá una persona deseosa de escuchar una frase como esta, ya esté en mi mesa o en la mesa de al lado. Alguien que quizá esté viviendo sus últimos días sin saberlo, e incluso podría ser yo. Y este podría ser mi último artículo. Quizá debería haberlo escrito antes, podría haber sido el primero de todos los publicados en Palabra de Laura y que cada uno de los siguientes se hubiera convertido en una pista para conquistar la felicidad o en la pieza de un puzle que se completara el día de mi adiós. Pero las cosas han salido así, e igual que no puedo tener la certeza de lo que va a suceder dentro de diez minutos, tampoco puedo hacer nada para cambiar el pasado. Mejorarlo quizá, pero no cambiarlo.

No cerraré un artículo como este con sugerencias ni consejos vacíos, permítanme que hoy sea un poquito más imperativa que el resto de los días cuando les digo que no esperen a mañana. No aguarden más de la cuenta a que llegue ese momento perfecto o la situación ideal para dar un paso adelante. Si quieren que alguien se quede en ustedes para siempre y deciden regalarle la inmortalidad, hagan que así sea. Pidan perdón si es necesario y perdonen antes de que sea demasiado tarde. E intenten no irse a dormir sin haber resuelto un enfado. El dolor de no haber dicho o hecho algo por una persona de la que no pudimos despedirnos, no desaparece nunca, por eso debemos demostrar nuestro afecto y compartir todas las cosas bellas en vida y querer con lo mejor que tengamos. De nada sirve alimentar el rencor porque este sólo nos hace daño a nosotros. Así que den alas a sus sueños y empiecen a trabajar para que las cosas sucedan y para que los deseos pedidos a las velas sopladas se cumplan. Hagan que cada día cuente. Atrévanse con los imposibles y no se guarden ningún te quiero. Que cada despertar sea el primero del resto de su vida y que no pase un día sin haber arrancado una sonrisa a alguien. Que los  muertos no se despidan con nuestras lágrimas de impotencia por lo que pudo haber sido, y que nuestro paseo por este mundo sea tan increíble que seamos despedidos con la más inolvidable de todas las fiestas.

Y de vez en cuando, no olviden brindar por los que no tienen miedo, nunca se sabe quién puede estar escuchando.

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lunes, 2 de julio de 2018

Escribir con el alma desnuda

Escribir debería ser una obligación, una rutina que todos cumplieran sin rechistar. Se resolverían muchos problemas, porque la solución está a menudo dentro de nosotros, y no a nuestro alrededor, que es donde normalmente la buscamos. Pero hay personas que no escriben, ni siquiera para desahogarse, y tampoco cantan, ni se enamoran, ni brindan, no hacen nada… No sé cómo lo logran, cómo consiguen seguir paseando tan tranquilos sin que la vida reviente en su interior. No lo entiendo. Las emociones necesitan tener voz y ser compartidas para mantenerlas con vida.
Yo, por ejemplo, pasé años escondida en el anonimato y parapetada tras el muro que me impedía ser de verdad, hasta que un día, gracias a un lector desconocido, descubrí que mis escritos transmitían lo que no era  capaz de explicar con palabras, y que hacerlo me provocaba una sensación de plenitud que pocas experiencias me han proporcionado. Y eso que en lo referente a experiencias, no me quedo muy corta que digamos.
Desde entonces camino por estos folios fingiendo ser quién no soy, o robando personalidades en las que encajar dependiendo del día. En muchas ocasiones me han preguntado qué personaje soy de la ficción que invento, pero esta parece ser una pregunta habitual que se hace a todos los contadores de historias, e incluso el mismísimo Graham Greene escribió acerca de ello en una de sus novelas. "Los protagonistas de una novela deben de tener cierto parentesco con el autor, salir de su cuerpo como un niño sale del vientre de su madre. Después se les corta el cordón umbilical e inician una vida independiente."  Una cita tan certera, que incluso la tomé prestada para convertirla en el epígrafe de una de mis novelas. Cada vez que pienso en esta reflexión siento celos de los personajes que invento, que pueden vivir todas las vidas que quieran, sentir la emoción que les venga en gana y atreverse a retar al mayor de sus miedos sin pensar en las consecuencias. Son los privilegios del que, como yo, vive entre los renglones de un cuento pero también son los regalos con los que se topa el lector.
No me cansaré de decirlo: Que cada cual escriba su historia con las palabras que escoja, y que cada cual desnude su alma en un folio virgen. Dejemos a la vida sin aliento y descubrámonos sin temor, el mundo está falto de personas auténticas, nobles, locas o valientes. Y para transmitir eso que sentimos debemos ser honestos con nosotros mismos, mirarnos desde fuera como si fuéramos un espejo y escuchar nuestros pensamientos sin prejuicios. Pero hemos de hacerlo siempre con nuestros ojos, y nunca con la mirada de los otros, la de aquellos que nos dicen qué hacer y cómo hacerlo, qué sentir, qué vivir y qué callar cuando llega la hora de contar verdades.
Escriban cartas y envíenlas a esa persona, el verano es una buena excusa para romper con las normas y con los temores. Porque les aseguro que hay pocas cosas tan gratificantes como lo es escribir para convertirte después en el lector de tu propia historia.

AUDIO DE ARTÍCULO
ESCRIBIR CON EL ALMA DESNUDA

                                              

lunes, 25 de junio de 2018

Quién inventó el amor

Si de pronto mis escritos despiertan algún sentimiento en ustedes, y tienen la necesidad de compartir conmigo su reacción o su desacuerdo o lo que sea que puedan provocar mis palabras encadenadas, sólo tienen que escribirme y contármelo. Algunos ya lo hacen y reconozco que gracias a ellos, a estas alturas tengo cierto desparpajo para poner la otra mejilla.

Hace unos días, uno de estos lectores me escribió sólo para hacerme una pregunta:
¿Quién inventó el amor, Laura?
 Clara y directa, aunque tuve que leerla varias veces antes de colocar los dedos encima del teclado. Me quedé un rato sentada delante de la pantalla, susurrando para mi cuello esas cuatro palabras –quién inventó el amor- y con la mirada perdida en el techo, como si de él fuera a despeñarse una respuesta en cualquier momento. Pero nada. Sólo escuché la lluvia repiqueteando en el tejado.

No sé qué esperaba de mí el lector en cuestión después de dejar una duda de tal calibre sobrevolando mi escritorio. Puede que sólo quisiera dedicarme un guiño irónico para también formar parte de mis historias. Quizás necesitaba una respuesta para aliviar la ansiedad provocada por la incertidumbre de una pregunta tan espiritual. Aunque también podría tratarse de una misión imposible, y que lo único que esperara fuera recibir una respuesta coherente. Algo bastante improbable tratándose de mí.



Por esta razón he decidido trasladar su pregunta al folio de hoy para compartir mi respuesta decisiva con ustedes: No tengo ni idea. Lo siento. Pero puestos a imaginar, me atrevería a decir que posiblemente el amor no fuera inventado por nadie, y que viniera de serie desde el principio de los tiempos. Igual que los llantos, las carcajadas o la piel de gallina. Sí, si está claro que alguien tuvo que utilizar esta palabra por primera vez, pero lo más relevante del asunto no es averiguar quién le puso el nombre al amor, sino quién se atrevió a definirlo. Es un “sentimiento intenso del ser humano”, según establece la RAE en una de sus acepciones, como si los peces o las flores nada supieran del amor. Acabáramos.


¿Y quién lo inventó entonces…? Sigo sin saberlo, lo siento. ¿Un poeta quizás? ¿O acaso no son ellos los responsables de que en tantos versos encontremos la explicación a nuestros sentimientos? O podría haber sido un filósofo, que perdido en medio de la noche, se viera acorralado por el silencio y el cielo estrellado (sí, ya sé que es una escena demasiado romántica, pero qué quieren que les diga, si estamos hablando del amor necesitaré un poco de tinta rosa, ¿no?). Y después de darle unas cuantas vueltas al coco –cosa que se me da de maravilla- he decidido zanjar el asunto y limitarme a dedicarle este artículo a mi lector. No sé si servirá de algo, pero al menos sabrá que su mensaje no sólo me ha llegado, sino que además ha puesto a trabajar a mi cerebro.

Querido lector, recibe esta respuesta como una prueba de mi amor. Sin más. Y que nadie se venga arriba, háganme el favor, que el amor no es propiedad de los enamorados, o de los besos robados o de los paseos por la orilla del mar. El amor es todo lo demás. Lo que queda en nosotros cuando nada queda a nuestro alrededor. Lo importante y lo que con tanta facilidad olvidamos cuidar. El abrazo de un niño, o su carcajada. La mirada de un padre y la sonrisa de una madre. El encuentro entre amigos, las noches alargadas y las madrugadas ebrias. La complicidad que sale al encuentro de nuestra melancolía. El amor es ese sueño conseguido, y la canción inspirada en nosotros. Es la caricia al césped mojado. El amor es todo lo que nos rodea, todo lo que nos inspira y que nos aleja, de una manera u otra de la rutina, del dolor y de la rabia que a veces nos invade.
 
No sé quién inventó el amor, querido amigo, pero te diré que tampoco creo que sea importante saberlo.  Ni siquiera necesitamos conocer su significado porque esta es una palabra mágica, y en el momento que apenas nos roza, los pies se despegan del suelo y todo tiene sentido y nos sentimos indestructibles. El amor es, por encima de todo, la única razón por la que merece la pena perder la cabeza.

Pero cuidado con la trampa, porque en el otro lado de la moneda está un corazón roto. Un vacío insaciable y la melancolía de la soledad.  

 Lo cierto es que hoy me he sentado delante del mar con la intención de hablarles acerca del verano. Pero ya saben, una empieza a tirar del hilo y el cerebro acaba deshaciéndose como un ovillo. Prometo hacerlo la próxima semana y, mientras tanto, no se queden ahí parados, que si hay una estación que complementa con el amor es esta que acaba de empezar. Así que, de momento, me despido y sólo me queda desearles el mejor de los veranos.

AUDIO DE RADIO
QUIÉN INVENTÓ EL AMOR

lunes, 18 de junio de 2018

Casualidad


Hace unos días me ocurrió algo que ya les contaré en otro momento para no alargarme más de la cuenta, y al compartirlo con una amiga esta no dudó su respuesta, es una casualidad, me dijo. Aun a sabiendas que yo no creo en las casualidades. Soy más del destino, de la magia, del deseo pedido a la estrella o de que algo simplemente nos sucede como consecuencia de un trabajo bien hecho. La palabra casualidad se utiliza más de la cuenta en estos días y encaja en casi todos los párrafos, hasta el punto de haber perdido la esencia de su significado.

Casualidad es alcanzar ese sueño, sin importar tu esfuerzo ni tu trabajo, hasta convencerte de que eras el único que luchaba, y que por eso pudiste lograrlo. Casualidad es escuchar esa canción que ya habías tarareado, aunque hasta entonces nadie la hubiera compuesto. Casualidad es oír al otro lado del auricular la voz de alguien a quien tanto tiempo llevas recordando. Es toparte con esa persona que te acelera el corazón por sorpresa, sin haberlo planeado. Y cuando algo de esto sucede siempre hay un espontáneo que sale de la nada y exclama entusiasmado: ¡Qué casualidad!

Casualidad es llamar a una amiga cuando acaba de entrar en la sala de partos, no un minuto antes, ni tres después, sino en ese minuto exacto, mientras da la bienvenida a su bebé asustado. Es que nos guste la misma canción, y que de entre todas las posibles, eligiéramos justo esa como nuestra favorita cuando ni siquiera nos conocíamos. Sí, si al final tendréis razón y todo es casualidad, y me tocará asumir que soy yo la equivocada, y que vuestra es la verdad.

Necesitamos encontrar una explicación a lo que vivimos.

Resolvemos nuestras dudas hablando de la casualidad, ignoramos la posibilidad de que a lo mejor tenemos una fuerza mucho mayor de lo que creemos, gracias a la cual somos capaces de atraer nuestros sueños más íntimos e imposibles. Pero no, lo más probable es que yo esté equivocada, es más sencillo creer que todo es una casualidad. Porque la magia está tan viva como muerta, dependiendo de lo que cada cual crea. Y la palabra destino o la famosa serendipia que con tantos deseos conjugan, son palabras muy valientes,  y por eso preferimos justificarlo todo diciendo que lo ocurrido es mera casualidad.

Que amanezcamos a la misma hora, aun estando a kilómetros de distancia, es casualidad, y que nos soñemos al mismo tiempo cuando nuestros cuerpos ni siquiera puedan rozarse, sí, también es casualidad. Es una casualidad que nos encontremos en el día exacto en el que empezamos a olvidarnos. Casualidad es que hayas acabado viviendo una vida que sólo te atreviste a soñar. Casualidad es que de pronto encuentres, lo que perdiste tiempo atrás. Y que recibas esa llamada de teléfono cuando ya empezabas a perder la esperanza. Y que un libro determinado caiga en tus manos justo cuando a ti ya no te quedaban palabras para explicar lo que estabas viviendo. Y que te toparas en el sitio menos esperado en el día menos planeado con la mirada que se quedará en ti un durante un tiempo. Casualidad es que un escrito tuyo acabe en la pantalla de alguien que estuviera sintiendo lo mismo que tú has escrito.

Casualidad no es más que una palabra que utilizamos inconscientemente, cuando comprobamos que lo inesperado siempre termina conquistándonos, y entender esto nos asusta tanto, que nos alejamos de cualquier explicación asegurando que lo que hemos vivido no es más que eso… Una simple casualidad.


AUDIO DE ARTÍCULO
CASUALIDADES

lunes, 11 de junio de 2018

Libertad

“Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.”
Chavela Vargas


Cada persona tiene la vida que ha elegido, y por si hay alguien que no lo tiene claro todavía: Ninguna vida es perfecta. Hay momentos de nostalgia tanto en el corazón de un alma solitaria, como en el de una comprometida. Y nada se puede hacer para evitarlos. Hay que convivir con ellos, asumirlos como propios, y seguir caminando por la vida que estamos viviendo que, nos pese o no, es la que elegimos un día. Así que cuando busquemos culpables por lo que estamos pasando: hablemos antes con el espejo.

En ocasiones, ese maldito vicio que recorre nuestras calles y al que llamamos envidia, nos muestra otras vidas, que en momentos puntuales consideramos perfectas. Nos fascinan hasta el punto de llegar a olvidarnos de todo lo que tenemos, y es entonces cuando una fuerza nacida de la inmadurez o de la locura, nos anima a dar unos ridículos saltitos por la delgada línea que separa la huida de nuestra realidad de la que se esperaba que viviéramos. Puede que yo sea demasiado básica, ser complicada me ha dado más problemas que otra cosa, (pero también me ha divertido, dicho sea de paso), y esta es la razón por la que lo veo todo más sencillo. Es algo tan simple como lo es entender que ese vestido con el que tu amiga está tan espectacular, y que le hace un tipazo de quitar el hipo, no provocará el mismo efecto en ti…
Lo mismo pasa con la vida, ese día a día que otra persona está viviendo, no es el tuyo, y aunque haya momentos en los que anhelas poder pasear en sus zapatos, lo más probable es que no sobrevivieras a una semana de prueba. Hemos de dejar la libertad para las almas libres, y el compromiso para las comprometidas. Intentar combinar esto, es síntoma de desequilibrio. Y sí, tengo pruebas.

La libertad no sólo es una elección, sino que también es un rasgo de valentía, y esto no quiere decir que los que no la disfruten sean cobardes, también es muy valiente el que decide compartirse con otra persona. Pero para ser libre hay que estar preparado. Entrenarnos sin descanso durante días y noches, aprender a ignorar comentarios destructivos, lidiar con la frivolidad y el divertimento, sin que el alma sufra sus consecuencias. Pasadas todas las pruebas, y una vez comprobado que nuestro rostro es como el de cualquier otro ser humano, y que no tenemos parientes en un planeta lejano, hemos de salir a la jungla seguros de ser quienes somos y aceptando nuestra autenticidad.
Y este es el paso que nos llevará hasta la antesala de la victoria… Porque ser una persona auténtica es tan difícil como gratificante, pero merece la pena intentarlo, siempre que seamos honestos con nosotros mismos y defendamos nuestros valores y nuestros principios por encima de todo, sin provocar daños colaterales.

Y cuando entendamos esto, descubriremos que la soledad puede ser una de las mejores compañías, porque fuimos nosotros los que la elegimos desde la libertad.

AUDIO DE RADIO

LA LIBERTAD


lunes, 4 de junio de 2018

Las mujeres que aman diferente


“No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe… No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca […]. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente. 
No quieras enamorarte de una mujer así.
Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.”

Martha Rivera-Garrido




No es fácil permanecer mucho tiempo junto a una mujer que se presume diferente, porque siempre hay un momento en el que se genera la duda; ¿y si todo es una pantomima?, ¿y si esto es puro teatro? No, no es fácil aguantar mucho tiempo al lado de alguien así, la intensidad de cada momento se puede llegar a volver insoportable y, tarde o temprano, aparecerá la pregunta que tantos se hacen al toparse con ella: ¿quiero esto o no lo quiero?

Hay mujeres que son como aman, y que aman como son. Sin maquillaje ni disfraz. Se muestran desnudas ante el mundo porque entre caídas y nuevos comienzos, reconocen cada rincón de su alma, sus miedos y sus virtudes. Se aceptan y se asumen, y nada harán para cambiar. Durante el paseo de sus vidas se cruzan con personas que, atraídas por su autenticidad, se adentran en su universo ilusionados, hasta que un día amanecen sintiéndose atrapados en una jaula en la que ellos mismos se encierran. Las mujeres que viven así no quieren poseer, ni atrapar a nadie, ellas aman desde la libertad, lejos del libertinaje, y como tal desean que la otra persona se sienta igual de libre a su lado. Una relación tan difícil de entender, que sólo el más intrépido de los amantes es capaz de asumir.
Pero algunos se quieren dar la oportunidad, porque este tipo de mujeres no aparece en la vida de cualquier persona, sino que ellas mismas eligen a uno entre la multitud, guiadas por su  instinto, y apostando por aquello que de una manera u otra las agita por dentro.



Merece la pena vivir de esta manera, me dijo una de ellas en una ocasión, porque no hacerlo significaría vivir de mentira, y esta vida es demasiado corta como para dejar escapar los únicos instantes que se quedarán en nosotros para siempre o ignorar una de las pocas razones que hacen que este regalo inesperado, merezca la pena. 

Si alguien tiene la oportunidad de amar a una mujer así, que no tenga miedo a hacerlo, ¿y después?, eso nadie lo sabe, pero al menos descubrirán que su capacidad de amar es mucho mayor de lo que jamás hubieran soñado. Pero tengan cuidado, porque de una mujer así, jamás se regresa.  


Nota: Aunque se haya atribuido el texto citado a diferentes autores, desde Simone de Beauvoir a Pablo Neruda, el original está firmado por escritora dominicana Martha Rivero-Garrido.

Audio de Radio:

LAS MUJERES QUE AMAN DIFERENTE


lunes, 28 de mayo de 2018

La estupidez humana

No pongáis mucho empeño en intentar conseguir algo si no tenéis muy claro que realmente lo queréis, porque es posible que lo consigáis y entonces llegan los sustos y sus lamentos. Los dramas y el fin del mundo. No bromeo,  y es que de un tiempo a esta parte me he visto rodeada de personas con el mismo discurso: Quiero, quiero, quiero... Y una vez lo consiguen. Bueno, quizá tampoco lo quería tanto. Es algo muy parecido a lo que le sucede al niño que quiere el helado de tres bolas e insiste sin descanso hasta dañar el tímpano de todo el que esté cerca y que, como la mayoría de los niños, termina logrando su capricho. Y después de un par de lametazos, abandona el trofeo derretido encima de un plato. El chavalín no tiene la culpa de nada, él sólo quiere lograr su antojo y aún no tiene edad para comprender que el capricho es, en muchas ocasiones, un invento de la falsa necesidad.
Cada día que pasa veo más estupidez humana a mi alrededor, pero mi paciencia sufre una crisis de agotamiento y reconozco que cada vez soporto menos esta estupidez. Creía que con el paso de los años uno aprendía a dar importancia a lo importante y a ignorar lo absurdo. Pero cuando veo un gesto estúpido o una palabra sobrante me dan ganas de levantarme y decir: ¿Pero habláis en serio o estáis de coña? Vale ya de tanta estupidez, ¡caramba! 
Pero no, no lo hago. La fama que se ha ganado la palabra intolerancia en estos años mi impide hacerlo.

Puede que sea necesaria en determinados momentos y que gracias a ella seamos capaces de identificar la sensatez, pero si la normalizamos las consecuencias pueden ser nefastas para todos.  
La estupidez humana ha ganado puestos gracias a la falta de valores. Y esta es mi sentencia.
Damos tanta importancia a lo material, a las necesidades vacías, a los bolsos y a los vestidos de moda. Nos preocupamos tanto por llevar las mechas californianas, jamaicanas o segovianas, por saber si esta minifalda es machista o feminista, y por los cilindros del coche al que me tengo que subir con una pértiga… que en este follón y en este quiero quererlo todo tan descontrolado, estamos empezando a olvidarnos de las personas que nos rodean. Y nos estamos olvidando sobre todo de que si nosotros estamos vacíos perderemos el rumbo, y pocos veleros podremos guiar. No nos preocupa hacer algo porque nos obsesiona ser alguien. Colocamos los teléfonos móviles en el centro de una conversación porque sí, ya lo sé, precisamente hoy, justo en este día en el que por fin vamos a compartir mesa y conversación, estás esperando la llamada más importante de tu vida...
De verdad os lo digo, a ver si nos centramos de una vez y volvemos a mirar a los ojos. Tenemos que empezar a escuchar y a abrazar más. A vivir para nosotros y no para que los demás vean en nosotros lo que queremos que vean, aunque no sea verdad. Cada cual es responsable de hacer lo que pueda, lo que sepa o lo que quiera para hacer de este un mundo mejor.



Dejemos de creer que lo más importante en esta vida son todas esas cosas sin alma que se amontonan en los rincones de una casa que ya ni siquiera es hogar. Abandonemos los disfraces que sólo nos ayudan a encajar en un mundo que tampoco nos gusta tanto. Seamos más de verdad, más honrados con nosotros mismos. Y no pongamos tanto empeño en conseguir algo si realmente no lo queremos, porque así sólo perderemos el tiempo. Y este, suceda lo que suceda, será el único que nos gane la partida. Porque el tiempo nunca pierde, ni tampoco ofrece revanchas. 



AUDIO DE ARTÍCULO:

lunes, 21 de mayo de 2018

La madre que no hay en mí

Para no despertar la ira de los odiadores, críticos y personas dotadas de una sabiduría superior a la del resto de los mortales, empaparé esta pluma en el tintero de la ironía para que la lectura de esta proclama les resulte más digestiva o digerible.

He hecho memoria y he contabilizado el número de muñecas de las que he sido madre y dueña a lo largo de mi vida, entre Nenuco, Nancy y Barriguitas (en casa no éramos de Barbie, éramos más de palmera de chocolate y de bocata de chorizo), calculo que, tirando por lo bajito, la cifra de hijas de plástico que tuve asciende a unas treinta, y si tengo en cuenta las que heredé de mi hermana, tuvieran o no pelo al llegar a mis brazos, la cifra debe rondar el medio centenar. Dicho esto, por favor, no sufran por la educación sexista que recibí, si jugaba con muñecas era porque me divertía hacerlo, pero también jugué al baloncesto, llevé un corte de pelo masculino durante años y me peleé con chicos. Mis padres eran así de transgresores. Y yo se lo agradezco.

Nunca he querido ser madre. Madre de una persona humana, quiero decir, porque madre de una persona de goma he sido, como ya he aclarado, alrededor de cincuenta veces. Pero he omitido un detalle muy importante a la hora de hablar de mi dulce infancia, y es que la gran mayoría de mis retoños, terminaron con calvas en sus cabezas, con un brazo o una pierna amputado, o con ambos dos, tuertas de un ojo, con la piel cubierta de tatuajes hechos con rotulador permanente o empachadas por tragar sin respirar cucharadas de sopa de aire y fingir masticar filetes invisibles… Las maté. A todas.

Tras sobrevivir a aquella etapa, sentí que ya había cumplido con mi compromiso maternal y supe que el día de mañana, no sería madre. No crean que es fácil decir algo así, porque siempre, siempre, cuando dices esto, aparece una de esas personas sabias que te critica, te juzga, te tilda de egoísta (¿o era egocéntrica?), y cita los puntos de una lista que, a estas alturas, ya me sé de memoria: cuando encuentres a la persona adecuada cambiarás de idea (si llega la persona adecuada, no serán niños lo que hagamos); los hijos son una bendición; no sabrás lo que es hasta que no lo tengas y, la mejor de todas, todavía puede ser madre, no te preocupes... Me quedo más tranquila. Las primeras veinte veces pierdes el tiempo dando explicaciones, hasta que aprendes que de nada sirven, y es entonces cuando inventas respuestas para zanjar el asunto como, por ejemplo, “la maternidad no está en mis planes, como tampoco lo está sentarme a comer cucarachas vivas colgada de la torre Eiffel. ¿Podría suceder esto? Sí, podría. ¿Es probable que suceda? No. No lo es.

Tras contestar así a una de “las defensoras de la teoría de que las mujeres tienen que ser madres, aunque no quieran serlo, porque en realidad quieren serlo, pero ellas aún no lo saben”, te sientes pletórica cuando te muestras firme y segura en tu respuesta. Y la que quiera tener hijos, que los tenga. Hoy en día hay múltiples opciones para tener un bebé, incluso puedes elegirlo a la carta. Y la que quiera comprarse un gato, que se lo compre. Y la que se haga vegana, que no coma animales. Y la que quiera bailar un tango, que se busque una pareja. Y la que no quiera tener el ceño fruncido, que se chute bótox y alegría a partes iguales… Pero, por favor, no hagamos locuras para luego terminar siendo una de esas Madres arrepentidas de las que habla
Orna Donath en su libro, “si pudiera volver atrás no tendría hijos”, dice una de las entrevistadas.

Al margen de todo lo dicho, me gustaría aclarar que adoro a los niños, y que me gustan tanto, que ni siquiera he sido capaz de desprenderme de la que lleva más de cuatro décadas conmigo, a menudo incluso prefiero la compañía de mis sobrinos a la de los adultos. Será por el tiempo de felicidad que me regalaron las muñecas en mi infancia.

Y eso que les destrocé la vida a todas ellas.

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(Grabado para Radio Calamocha)
La madre que no hay en mí.

 

lunes, 14 de mayo de 2018

El perdón de los años

Ayer fui a la farmacia para comprar algunas cajas de “por si acaso” y otras drogas legales, y la señorita que me atendió, puso tanto empeño en regalarme unas muestras de crema para el cuello y el escote, que mi mano subió como una flecha hacia la zona a la que ella no dejaba de mirar, y sólo pude sonreír con resignación. Me ves mal, ¿no? Le pregunté. La pobre mujer empezó a agitar los rizos de su melena con tanta fuerza, que creí haber visto alguno saltando por los aires. Después se sumergió en el cajón de la caja registradora, pero antes de salir por la puerta me miré de reojo en el espejo con cara de pena, y con la mano todavía pegada a mi cuello.
Parece ser que a mi piel le han entrado ahora las prisas y ha decidido que ya ha llegado el momento de hacerse mayor. Las arrugas no quieren esperar más a que mi cabeza decida asumir que los años pasan para todos. Pero por la tarde quedé con un amigo, y le conté esto que ahora les cuento a ustedes, no aparentas tu edad, me dijo sorprendido, no sé por qué, pero creo que es por tu forma de hablar y de moverte, aseguró. Y gracias a él me he pasado toda la mañana caminando y hablando delante del espejo, aunque después de mucho mirarme, no creo haber rejuvenecido ni un solo día.



¿Por qué les cuento esto? Se preguntarán ustedes. Pues no lo sé, pero creo que mucha culpa la tienen algunos artículos a los que hoy he prestado más atención de lo habitual. Me refiero a esos titulares que hablan acerca del cambio físico que ha sufrido algún actor, modelo o personaje famoso... ¡No te vas a creer cómo han cambiado en veinte años! Exclaman fascinados, como si hablaran de la vida de una persona que lee cinco o seis libros al mes -¡oh, cielos!-. Y para probar tan sorprendente hallazgo, ponen fotografías del ayer y del ahora del protagonista en cuestión. Del antes y del después de haber vivido una vida. La lozanía delante de la vejez. La delgadez y la carne prieta, frente a las arrugas y las curvas perdidas en la figura que fue… Y muchas personas, al mirar las imágenes, suspiran de pena por ellos. Y hablan de la mala vida que han llevado, de las drogas, del alcohol, de los amores tóxicos y de una lista de razones por las que esa persona ya no se parece a la que fue un día. Me fascina escucharlos hablar, leer sus comentarios y sus críticas acerca de esas vidas ajenas, como si el asunto no fuera con ellos mismos, como si en sus vidas los años no pasaran de la misma manera, como si la vejez fuera una opción y no una realidad para los que tienen la suerte de llegar a ella.  Los años no perdonan, sentencian.
¡Por supuesto que perdonan! Los años nos enseñan, nos acompañan pacientes en nuestro paseo, nos lanzan al vacío, nos empujan para que choquemos contra esa piedra una y otra vez, nos dan lecciones, y más lecciones, son testigos de nuestros errores y, llegado el momento, nos perdonan para que dejemos atrás las culpas y los arrepentimientos. Para que silenciemos por fin los “y si hubiera” y aceptemos que llegamos hasta aquí por lo que hemos sido y por lo que dejamos abandonado en medio del camino. Pero las mismas huellas que los años dejan en nuestro interior, se reflejan en nuestra piel. Las arrugas no son más que la prueba de una vida vivida. Podemos retrasar su llegada, e incluso embellecerlas, pero por mucho maquillaje y trucos de belleza que utilicemos, nuestra mirada siempre dirá la verdad.



Algunas personas mayores, adultas o de más edad, son más atractivas que los jovencitos y jovencitas de abdominales tipo tableta de chocolate, de flequillo rebelde y tupido, y de minifalda con ropa interior a la vista de todos. He tenido la suerte de haber conocido a alguna de esas personas mayores, que no viejas, de las que me he enamorado sin remedio. Personas con el rostro lleno de arrugas y el hablar hipnótico, con la mirada brillante de sabiduría y la elegancia pausada en cada uno de sus movimientos, y que no se esfuerzan para parecer divertidos ni vitales. Personas que llaman la atención del resto con sus palabras, que no se ridiculizan intentando encajar entre las expresiones más propias de un joven inexperto, y que ríen a carcajadas cuando escuchan aquello de que los años no perdonan. Por supuesto que perdonan, dicen, si no lo hicieran ninguno de nosotros llegaría a viejo.
Pero como soy una mujer paradójica, debo confesar que, después de la defensa a la vejez y a las arrugas que he hecho en este párrafo, esta mañana he ido a comprar la crema milagrosa para el cuello y el escote. Pensarán que estoy mal de la cabeza. Muy bien, pues lo estoy. Pero también quisiera aclarar que estoy a favor de los dos bandos, estoy con aquellos que hacen lo imposible por engañarse pensando que pueden retrasar el paso del tiempo, así como estoy a favor de los que aceptan los años que se suman en sus calendarios. Me gustan las personas que se cuidan y que tratan a su cuerpo como el regalo que es. Con el ejercicio y la comida sana. Con los libros leídos y las canciones cantadas sin ritmo, con las copas de vino y los postres de chocolate. Con las cremas milagrosas y los besos de tornillo, y los masajes y los abrazos y las carcajadas… Con todo lo que nos hace ser más felices, que es lo mismo que ser hermosos. Pero lo que me cuesta aceptar es la crítica del resto, la humillación a la que a veces se somete a algunos por su aspecto físico, la envidia que alimenta la mayoría de esos insultos sólo porque son personas incapaces de asumirse y de cambiar aquello que no les gusta de ellos mismos. La superioridad que veo en algunas miradas sólo por el hecho de ser más jóvenes, más hermosos y más afortunados por el lugar en el que les tocó nacer.

Me consuela pensar que el tiempo, vencedor de todas las batallas, ya se encargará de poner a cada uno en su sitio y de regalar los días felices a quien verdaderamente los merezca.

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El perdón de los años (Clic)

domingo, 6 de mayo de 2018

Madres


Son muchas las cartas que he escrito fingiendo ser alguien que no soy, para dedicárselas a una persona ficticia. Pero hoy, con la celebración del día de la madre llenando las pantallas de besos y de flores, quiero dedicarles esta carta a ellas. A todas las madres. A vosotras.

Puede que nos hayamos olvidado demasiado rápido o quizá no recordemos con claridad lo que pasó después de tanto tiempo. Los días vuelan mientras nos hacemos mayores y nada podemos hacer para frenarlos. Pero de vez en cuando, entre disputa y discusión, debemos concedernos un momento y dedicar un pensamiento a todo lo que ha pasado hasta ahora, a todo lo que tan alegremente hemos olvidado y a los recuerdos que nos pueden rescatar de la locura de nuestra vida. Cualquier otro día serviría para decir esto que ahora escribo, pero ya que estamos de celebración, aquí dejo mi regalo.

No es fácil empezar cuando se tiene tanto que decir, y creo que lo más justo sería empezar pidiendo perdón. Perdón por tantas noches en vela. Por las volteretas y las patadas que dimos en vuestro vientre. Por el dolor de espalda crónico y por la pesadez de vuestras piernas hinchadas y cansadas. Perdón por ignorar vuestro consejo aquel día, ahora entendemos que el daño que nos hicimos también os lo hicimos a vosotras. Y perdón por las lágrimas de desesperación y por los enfados que sufristeis por culpa de nuestros errores. Por las mentiras que inventaba nuestro miedo, por los exámenes que no aprobamos y por no descansar ni en los días de verano. Por las noches que pasasteis en vela esperando a que regresáramos a casa. Por ignorar vuestros consejos y por las decepciones que provocaron nuestras decisiones.
Aunque conocemos vuestro secreto, y sabemos que estáis dotadas de una fuerza superior, y que sólo vosotras tenéis cuatro pares de manos, y una vista que ve más allá de las paredes, y una paciencia infinita y una batería extra escondida en algún rincón de vuestro cuerpo, en un día como el de hoy, también querríamos daros las gracias.

Gracias por estar siempre a nuestro lado, agarrándonos de la mano o escondidas en la sombra. Por dejar que nos equivocáramos más veces de las que nosotros hubiéramos querido hacerlo, y por enseñarnos a aprender de los errores. Gracias por cocinar nuestros platos favoritos en los días especiales, y por las cenas en familia en los días normales. Por vuestros bizcochos en la merienda. Por apretarnos el cuello con la bufanda hasta casi ahogarnos, por pelear incansablemente con los nudos de nuestro pelo, y por las trenzas de espiga empapadas en colonia. Gracias por acertar siempre con los regalos que con tanta ilusión compráis, por la fortaleza que nos contagiáis y por las lecciones que nos dais sin saberlo.

Gracias por las horas que pasasteis tejiendo esa chaqueta de punto que, aunque no nos gustara, lucíamos orgullosos sólo porque vosotras la habías hecho. Por aprenderos la tabla de multiplicar de nuevo por nosotros, y por copiar cien veces una falta de ortografía. Por crecer y madurar a nuestro lado. Por enseñarnos a vestirnos, a pesar de las modas. Por cambiar vuestra forma de ver la vida sólo para entendernos, y por aguantar en silencio las palabras que sabéis que no queremos escuchar.

Gracias por castigarnos, nunca creí que diría esto, ahora sabemos que ese castigo nos ayudó a no perdernos en el peligro. Por dejarnos caernos para aprender de esas caídas, por dejarnos conocer la frustración para aprender que no siempre estaréis ahí para salvarnos. Y gracias por dejarnos ser un poco como vosotras, aunque nuestra terquedad no nos permita dejar de ser nosotros. Por convencernos de que ser diferente es ser especial, y por descargar con disimulo el peso de la mochila que llenamos más de la cuenta. Gracias a las madres que enseñáis y educáis a los hijos por igual, sin importar el sexo, y por reforzar nuestras fortalezas. A las que nos educáis para que os respetemos, porque sabéis que ese respeto guiará nuestros pasos.

Y que mejor manera de despedirme que dando las gracias a la madre que me parió y que, con vuestro permiso, es la mejor de todas. ¿Estás ahí? Deja el palo de golf y escucha… Si durante tanto tiempo no hubiéramos sido tan diferentes, ahora yo no sería como soy. Porque esa lucha fue lo que sacó lo mejor de mí, aunque también lo peor, pero ¿qué vida es perfecta? Puede que no seamos más que otro ejemplo de madre e hija, y que hayamos pasado por todas las fases que la ignorancia y la inmadurez nos han obligado a pasar. Pero ahora, con la madurez más o menos asentada en nuestros días, sólo nos queda disfrutar juntas del camino que nos queda por andar. 
Cada día intento demostrarte lo que aquí escribo, pero sabes que mis letras son mi bien más preciado y por eso hoy te las regalo. Gracias por aceptar mi peculiar manera de vivir mi vida y de conquistar la libertad, sólo una buena madre sabe que cada hijo vive en su propia burbuja y que, a pesar de tener mucho en común entre ellos, en el fondo somos muy diferentes y que no todos necesitamos lo mismo.


Gracias por estar en el espejo en el que me miro a diario.

No te digo que te quiero, porque me gusta más te adoro.


PD: Luego voy a comer. No tengo nada en la nevera…

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lunes, 30 de abril de 2018

(In) Justicia

En este tiempo, en el que todos somos expertos en cualquier materia y opinamos acerca de los temas de actualidad ya sean políticos, deportivos, judiciales o médicos, voy a intentar no acoplarme dentro de ningún disfraz, y mucho menos después de confesar que abandoné la carrera de derecho en cuarto curso. Así que, sumando los años que me separan de aquel abandono a mi ignorancia acerca de los códigos que mandan en este siglo, sólo me queda hacer lo que las personas, con mayor o menor acierto, hacemos tan bien. Opinar.
No me he leído los 371 folios de la sentencia que condena a los cinco animales de La Manada. Tampoco he visto los vídeos de los que tanto se habla. Pero sé lo que significa abuso. Y violación. Y agresión. Y sumisión. Y miedo. E incluso prevalimiento. Y no sólo sé lo que significa intimidación, sino que también sé lo que se siente cuando la tienes delante.
Me he pasado con el vino alguna vez en mi vida y aún mantengo a oscuras varios agujeros negros de mi memoria. No quiero pensar qué habría sido de mí, si una de esas noches hubiera entreabierto los ojos en medio de mi inconsciencia y me hubiera visto rodeada de cinco cuerpos repugnantes y sudorosos, marcados de tatuajes, contaminándome con su aliento ebrio y colocado, manoseando sus miembros entre risas y humillación, entrando sin pedir permiso en cada agujero de mi cuerpo, y jadeando sin dejar de arañar mi dignidad. ¿Qué habría hecho yo? ¿Gritar socorro? ¿Recibir una torta o una paliza por pedir auxilio? ¿Despertar su ira con mi miedo? No lo sé. No sé qué habría hecho. Pero lo que tengo claro es que no recordaría la mayor parte de lo sucedido porque nuestra memoria suele distorsionar los hechos traumáticos que vivimos.

Respeto el estado de derecho. Pero que nadie intente imponerme que respete las conclusiones de los magistrados de este caso. No puedo aceptar muchos de los párrafos que he leído, llámenme ignorante, no me importa. Pero leo y releo parte de la sentencia, y me sorprende toparme con frases que comienzan con “en nuestra opinión”, “consideramos...” ¿Esto es lo que nos piden que respetemos? ¿Por frases como esta nos critican a los que nada sabemos acerca de las leyes? Si es así, tienen mi beneplácito, sigan criticándome porque yo no me apeo de mi opinión. La ley hay que cambiarla, en eso estamos de acuerdo, y no sólo en lo referente a los delitos sexuales, en esto creo que también estamos de acuerdo. Pero yo ahora me pregunto, sin ánimo de ofender a los que ejercen su profesión en un juzgado y con el respeto que le tengo a su cargo, ¿el problema no está también en la interpretación de esta ley? ¿No sería necesario ser más contundentes a la hora de tipificar los delitos para evitar así las distintas interpretaciones?

Lo cierto es que deberíamos felicitar a los juristas de décadas pasadas, pues el delito de agresión o de violación sexual ha mejorado mucho en cuanto a penas se refiere. Y sí, he dicho mejorado… Porque dependiendo de la época en la que se cometa, violación no significa siempre lo mismo, porque la víctima no siempre ha sido considerada una persona, y ese pequeño detalle, cambia la sentencia. No, no bromeo. Durante mucho tiempo, el cuerpo de la mujer ha tenido la finalidad fundamental de proporcionarle disfrute al prójimo. De nada. Ahora, por suerte, se ha entendido que este cuerpo tiene corazón, cabeza y eso que llaman alma. Y si creen que exagero, les contaré que, años atrás, llevar minifalda era considerado como un atenuante o eximente del delito de violación. Dicho esto, continúo con el caso en cuestión y aclaro que este artículo lo escribo empujada por la impotencia de ver en la sentencia reminiscencias de un tiempo pasado. Leídas las opiniones de los magistrados, no veo que se juzgue el hecho únicamente basándose en la ley, sino que esta se interpreta según sus criterios y las conclusiones se toman atendiendo a sus opiniones. Muchas de las cuales me provocan el mismo rechazo que me provocan los acusados.

Es una vergüenza señores. Una vergüenza que se tolere que un hecho como este no se llame por su nombre por considerar que no existen pruebas claras de intimidación, es vergonzoso. Ya no hablo de los 9, 18 o 20 años de cárcel que se pidan. No deseo dos décadas de cárcel para estos salvajes, sino que cumplan el tiempo que sea necesario para su reeducación y reinserción, que es en definitiva el fin de la pena de cárcel. Porque sí, yo creo en el estado de derecho. Pero lo que también quisiera es que estos sujetos no empezaran el segundo capítulo de sus miserables vidas sin haber sido considerados violadores en esta que ahora viven. Y de nada me sirve que ustedes, entendidos en el asunto, me repitan otra vez que, según dictamina la sentencia, se trata de un abuso sexual y no una agresión por no haber intimidación. Eso será en sus realidades, no en la mía. No en la de muchos. Y en este apartado añadiré que no sólo actuaron como violadores, intimidando y anulando la voluntad de su víctima, sino que, además, se jactaron de ello, antes y después. No os olvidéis del burundanga, que luego queréis violar todos. Escribieron en uno de los mensajes. Y si esto consiste en retorcer los renglones de los artículos del código penal o de la Ley de enjuiciamiento civil -bien sabemos que todo acto o palabra es susceptible de ser interpretado-, yo añadiría entonces que también hay premeditación en este delito porque ya había una víctima antes de que esta joven entrara en el portal, ellos lo sabían y por eso hicieron lo que hicieron.

La ley ha de ser justa y atender a los valores dominantes de una sociedad, puede que todos tengamos parte de responsabilidad en este hecho, y que, cada cual debamos implicarnos en la reeducación sexual. Para que no sea necesario decir no, para que un silencio no sea interpretado como una falta de negación, y para que todos entendamos que cuando una mujer quiere, dice sí. Nadie tiene el derecho a decidir cómo, cuándo y dónde. No hasta que, libres de cualquier amenaza, nosotras digamos sí. Un sí rotundo y contundente. Un sí que la gran mayoría de los hombres escuchan y entienden. Todo lo demás, pronunciemos o callemos el No, es una violación.
Por suerte, llegados a este último punto, mi sensatez también me recuerda que no todos los guardias civiles y los militares son como estos desequilibrados, de la misma manera que sé que los hombres, en su gran mayoría, son personas que respetan y que no intimidan. Porque así fueron educados.


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martes, 24 de abril de 2018

Vuelva usted mañana

Hace unos días me dijeron que no. No fue un no amoroso, ni emocional. No hubo corazones rotos, una canción triste ni tampoco ilusiones evaporadas. Aunque reconozco que me va el drama, es cierto, y si ustedes van a seguir al otro lado, deberían empezar a asumirlo también. Esto no significa que debamos dramatizar con cada situación que nos saque un poco de nuestra burbuja particular. Calma. Hay dramas junto a los que paso sin girar la cabeza, situaciones en las que antes mi mundo se rompía en mil pedazos y nada tenía sentido, y ahora ni siquiera me inmuto. Y donde antes veía una puerta de salida, ahora veo la de entrada. 

El no en cuestión del que hablo, fue algo así como un “vuelva usted mañana”. Y mi respuesta ante tal invitación fue igual de escueta, clara y educada, aunque no por ello menos sincera. Gracias por todo. Que tengan un buen día. Mucha suerte. No sé por qué digo esto, mucha suerte, es una coletilla que utilizo a menudo, no es que no me guste, pero después de soltarla siempre me pregunto: ¿Mucha suerte con qué? Imagino que el resto se preguntará lo mismo. Lo importante es que en este caso en concreto no pretendía ser irónica -creo-. Podría haberme hecho la interesante, e incluso haber recuperado ese párrafo que tantas veces le he robado a Gabriel García Márquez: Di que sí. Aunque te mueras de miedo, porque de todas formas te arrepentirás toda la vida si le dices que no. La verdad es que habría estado gracioso… Díganme que sí, hombre, o se arrepentirán toda la vida… Pero tampoco encontré el momento adecuado para meter la cuñita y opté por girarme y alejarme de allí caminando con brío, como si llevara tacones, pero sin llevarlos. No sé si me explico…

A nadie le gusta escuchar un no, y aceptarlo puede lanzarnos al abismo de las inseguridades, de las decepciones y de ese largo etcétera del que tanto cuesta escapar. Algunas personas somos afortunadas y crecimos y maduramos recibiendo un no cada dos o tres pasos. Y al final acabas cogiéndole el gustillo y un día te preguntas: ¿Seré yo el problema? Déjame que te conteste: Sí, lo eres.  Porque de cuando en cuando, no está mal que nos paremos a pensar en ello, y que seamos un poquito honestos con nosotros mismos. El no siempre lleva escondida una pista, una posibilidad para mejorar e incluso la sugerencia de cambiar algo. Los defensores del Yo soy así y no voy a cambiar, pueden ponerse la canción de Alaska y saltarse este capítulo -Vuelvan ustedes mañana-. Somos como somos, cierto, pero la terquedad no debe quedarse con nuestras opciones de mejora. No es necesario cambiar de personalidad, ni de forma de vida. Basta con un peinado distinto, otro traje de chaqueta, una sonrisa más sincera, un tono de voz menos agresivo, una caligrafía mejorada, una ilusión más valiente… E incluso elegir otra banda sonora.
Es nuestra vida. Y nosotros decidimos cuándo tomarnos en serio ese no, y cuando aceptar un sí. Y cuidadito... Que un sí aceptado a ciegas puede ser una victoria.