viernes, 11 de enero de 2019

Tu primer día



Llega un momento en el que, por la razón que sea, dejamos de ser niños. Un día en el que aburridos de lucir tantas máscaras, nos atrevemos a ser nosotros. 

Se acabó la obra. Abajo el telón.

Llega un momento en el que dejas de pensar en tonterías, y no te esfuerzas por recibir una palabra cariñosa de aquellos a los que les cuesta decirla. Dices no, cuando algo no quieres, y no tienes remordimientos de conciencia. Aprendes que, al margen de todo lo vivido, ser buena persona no significa ser imbécil. Respetas las ideas y opiniones del resto, y hablas con educación, pero cuando algo no te gusta lo evitas, y cuando alguien te hace daño, lo ignoras. Porque no, no estamos para aguantar tonterías.

Llega un momento en la vida en el que te pones por delante de cualquier prioridad, y que entiendes que, si tú no estás en ese lugar óptimo en el que mereces estar, a tu alrededor nada irá bien. Por mucho que se finja. Y te atreves a todo, dejas de presumir acerca de lo valiente que eres, y saltas al vacío. Permites que tu corazón se adapte a ti, que te siga por cualquier camino que desees caminar y te vuelves loco, porque descubres que es en la locura donde a menudo se encuentra la calma.

Llega un momento en el que das por terminada la eterna lista de propósitos y empujado por una fuerza desconocida, te pones en marcha, te los crees por fin y vas a por ellos. Porque ese día entiendes que el tiempo no espera para nadie, y que la vida fluye veloz. Agarras con fuerza el momento presente y lo zarandeas, lo disfrutas y lo exprimes, no piensas en mañana, no anhelas el ayer. Te plantas en medio de tu camino y decides que hoy empieza todo, que hoy es el primer día del resto de tu vida.


Y así empieza una nueva historia, viviendo cada día como si fuera el primero. 
Cumplir años es el mejor regalo. 


Feliz cumpleaños a mí.

lunes, 31 de diciembre de 2018

La agenda de las ilusiones



Llevo horas haciendo mi balance de este año, y confieso que he tenido que pellizcarme un par de veces porque la realidad ha mejorado los planes con los que llegué al pasado mes de enero. No creo merecer tanto bueno ni tantas sorpresas, pero ya que no puedo borrar lo vivido, solo me queda dar las gracias a los que me habéis acompañado en este último tramo del viaje por mi historia. 

Celebremos o no el fin de año, en algún momento todos hemos dicho adiós (murmurando o gritando) a una etapa de nuestra vida en la que abandonamos una parte de nosotros, y despertamos valientes en un nuevo año dispuestos a volver a empezar. Otra vez.

Para muchos este momento es un punto y aparte, para otros es tan solo un día más. Pero, así como suspiramos un deseo al soplar las velas de nuestra tarta de cumpleaños, también podemos hacer que este instante en el que a los números de nuestros calendarios les sumamos una cifra, marque un antes y un después, no en nuestras realidades, sino en la agenda de nuestras ilusiones.
El ajetreo del día a día a veces nos impide hacer balance, así que este es un buen momento para pararnos un segundo, respirar, y pensar en todo lo acontecido hasta la fecha. Estoy segura de que lo bueno rellenará más páginas que lo malo, pero esta maldita memoria a veces se empeña en castigarnos con los recuerdos tristes para que no volvamos a cometer los mismos errores... Algo bastante improbable, por cierto, porque la piedra en el camino está para que tropecemos con ella más de una vez, aunque con los años aprendamos a caer con estilo y la caída sea cada vez menos dolorosa.

Podemos pensar en aquello que hicimos o que no hicimos, y proponernos cambiar o mejorar. Dar un paso adelante, atrevernos a ser diferentes, hablar sin miedos, decir sí, decir no, robar besos, abrazar invisibles, brindar con la tristeza, saltar al vacío, inventar colores, inventar presentes y futuros, inventar los recuerdos de los nuevos días... Y ser perseverantes para alcanzar nuestro sueño.

Porque ya saben que, si no nos rendimos, algunos sueños terminan por cumplirse.
Creer que es posible es el primer paso para conseguir que esto suceda.


Feliz despedida, amigos. Y feliz nuevo comienzo. 


¿Empezamos?

AUDIO






martes, 18 de diciembre de 2018

Maternidad





Hace unos días hablaba con mi madre acerca de un conocido que se va a casar de nuevo, y de las ganas que tendrá su futura mujer de tener un hijo. A lo mejor ella no quiere ser madre, dije yo. Pero mi madre contestó que sí, que a nuestra edad (ya que la novia y yo somos del mismo año), lo normal es querer ser madre. Por mi cabeza desfilaron algunas de las mujeres que conozco que no quieren ni han querido nunca ser madres. Y somos unas cuantas, no crean. Aunque decidí callar. Ya conozco muy bien cómo terminan este tipo de conversaciones y sé que diga lo que diga, la conclusión será que lo normal es que se haga todo lo que yo no hago.

Días después, mi hermana -parece que la cosa va de familia hoy, será por la cercanía de la Navidad-, me comentó lo mucho que le sorprendió no ver a ninguna embarazada en la sala de espera del ginecólogo. Horas después escuchamos en los medios que este es el año en el que los índices de natalidad han alcanzado bajos históricos. Según parece, las mujeres no quieren ser madres, o no pueden ser madres aunque quieran o no se pueden permitir ser madres. Es curioso que no se mencionara nada acerca de lo que ha aportado la inmigración, para que los índices de natalidad no salieran en negativo. En momentos como este me siento muy afortunada por no haber despertado a mi instinto maternal, porque visto lo visto, escuchado lo que cuentan y viviendo en el mundo en el que vivimos, no creo que ni mi hijo ni yo hubiéramos tenido una vida feliz. Ya saben, la contaminación que nos ahoga, la inmigración que nos va a robar lo que es nuestro, amanecer a las seis de la mañana para ir a trabajar, los abuelos acomodados en su vida tranquila que tienen que volver a pasar las horas con un bebé, los artilugios que debemos comprar a nuestros hijos porque el resto de la clase los tienen, las pensiones que no llegan, los libros escolares, el comedor, el abrigo, el estirón del niño y la ropa que caduca... No, según lo que cuentan muchas madres, no es tan raro escuchar que la natalidad caiga en picado, aunque complementen su discurso con aquello de que vale la pena el sacrificio por el amor incondicional que se recibe de un hijo.

Habitualmente me recuerdan lo importante que es escribir acerca de lo que sabes, y yo de esto de la no maternidad sé un poco. Mi madre tendrá razón, las madres casi siempre la tienen, pero mucho me temo que en este caso quizá no la tenga del todo, porque hay muchas mujeres, con o sin pareja, que no queremos ser madres.
Y dicho esto, os deseo unas Fiestas llenas de magia y que todas las mujeres del mundo que deseen ser madres no encuentren razones para quedarse sin ese regalo que según dicen, es el más increíble que puede recibir una mujer. 


AUDIO (CLIC EN LINK): MATERNIDAD 

martes, 11 de diciembre de 2018

Me gustas, sólo eso




Hablar con honestidad es evitar daños futuros. Porque cuando una persona está enamorada tiene la manía de leer en cada palabra una declaración de amor eterno. Y decir “me gustas” significa simplemente eso, que me gustas. Sin necesidad de escuchar la marcha nupcial en nuestro romántico cerebro, ni plantearse cómo decorar la casa que compartiremos. 
Tengo un buen amigo que siempre dice que él no miente. Que no regala palabras que no sienta, y que así no engaña a nadie. Es otra forma de hacerlo, y es tan válida como otra cualquiera, pero lo cierto es que en ocasiones no decir algo significa mucho más que hablar de nuestros sentimientos. El amor es tan ciego como sordo, y en pleno trance emocional no vemos lo que no queremos ver, e inventamos cualquier excusa para justificar el silencio, llámese miedo de la otra persona a comprometerse o timidez en expresar lo que siente… ¡vale ya! Quien te quiere te busca, y si el que te busca es el que tú quieres, entonces te encuentra. Ni más ni menos. Sencillo, simple, y fácil.

Me gustas, sí, me gusta pasar tiempo contigo, me divierto estando a tu lado, me agrada tu compañía. Mañana puede que sienta algo diferente, pero hoy es lo que siento. No me casaré contigo. Hoy no. Y puede que en unos días dejes de gustarme. Pero hoy que estás aquí, que estamos así, te confieso que sí, que hoy me gustas.
Ya está.

Hay palabras que lo único que hacen es escribir una realidad imaginaria, una mentira que nos consuela, y en un momento de confusión, muchos hemos creído que esa realidad inventada era la buena. No culpemos a nadie. Miremos a la vida de frente, escuchemos con atención, y no soñemos con un mañana de flores y amor eterno por el mero hecho de escuchar que en este momento, por un instante, somos importantes para alguien.
Fantasear es algo tan necesario como maravilloso, siempre que sea cosa de dos. Y compartir una fantasía es señal de que sí, de que me gustas un poco más que ayer.

Audio (clic)

lunes, 3 de diciembre de 2018

Diciembre


Tiene el mes de diciembre ese aroma...
Celebremos o no los días con los que el año termina, es inevitable que cualquier día de diciembre la melancolía nos sorprenda doblando la próxima esquina. Y su presencia es más evidente con el paso de los años, cuando apretujamos las experiencias de la vida en nuestras mochilas, a veces pesadas, otras ligeras, y entre ellas disimulamos añoranzas y recuerdos, quizá inventados, que nos transportan hasta ese estado de felicidad nostálgica.
La melancolía, dicen.

Tiene el mes de diciembre los cinco sentidos -seis en algunos casos-, concentrados en cada gesto y en cada palabra, frases emborrachadas con la ayuda de los “te acuerdas” y miradas brillantes a diestro y siniestro. Las pieles más afortunadas se templan con el roce de la lana, huele a castañas, a frío y a ayer,  y la alegría se propaga por el aire entre adornos y guirnaldas. Los reencuentros se multiplican en las reuniones que terminan entre las peleas y las carcajadas de las sobremesas endulzadas más de la cuenta. Sillas vacías ocupadas sólo durante esta época, ausencias en los estómagos encogidos, brindis atrevidos e infinitos. Magia en la mirada de los niños y en la de los adultos que los observan. El sonido en bucle de una pandereta, de una melodía sin ritmo alguno y de los mensajes de felicidad escritos para estas fechas. La estrella de Oriente que se acerca, el respeto a las creencias que nos han brindado la oportunidad de compartir su Fiesta.


Diciembre tiene el encanto de los comienzos, la certeza de que la vida seguirá latiendo mañana y que los amaneceres, de momento, regresarán de nuevo. El adiós sin girar la cabeza, la despedida de los días que dolieron, recuerdos enterrados por las lecciones aprendidas, y el optimismo que siente el que renueva sus sueños. Hoy empieza todo, se dicen. Diciembre termina con la llegada del más importante de todos los “primer día del resto de tu vida”. El más cierto de todos.

Para muchos, diciembre no es más que un invento, una estampa idílica que alguien inventó en su beneficio con el único fin de arrastrarnos hasta su Reino y crearnos necesidades e inquietudes. Y la mayoría sucumbimos a su embrujo, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no dejarnos contagiar aunque sólo sea un momento? ¿Por qué no fingir felicidad hasta convencernos? ¿Por qué no dar el esquinazo a los rencores y sus consecuencias? ¿Por qué no aprender a ser mejores personas? 

Y a pesar de los insultos y de las ofensas que recibe antes y después de su regreso, diciembre sigue sin rendirse y seguirá acudiendo a su cita año tras año. Y aquel que quiera su derrota, lo mejor es que se trague el odio y que guarde silencio, que le dé la espalda y que ignore su presencia. Que deje a los felices serlo, sea o no esta una felicidad fingida, porque es la de ellos al fin y al cabo, y nadie murió por ver felices al resto. Salvo la envidia, claro.  

Tiene diciembre la excusa perfecta para rescatar al niño que un día brilló en nuestra mirada, y que nos enseñó a ver la magia más allá de la realidad en la que le tocaría crecer mañana. Que ya es hoy.

Audio DICIEMBRE

lunes, 26 de noviembre de 2018

La conquista del optimismo



No me gusta amanecer con un pensamiento negativo, porque lo más seguro es que a lo largo del día me cueste mucho acabar con esa negatividad. Lo mismo me ocurre con los artículos, no me gusta empezarlos con palabras feas, porque temo que hacerlo condicione el resto de lo escrito. Pero es inevitable. A veces tenemos que inventar la excepción a nuestra propia regla.


A lo largo de mi  vida, he escuchado a muchos definirme como optimista, y al final he acabado creyéndomelo, ¡qué le voy a hacer! Incluso cuando aún no lo era, ya me creía optimista, logré engañarme a mí misma, y aprendí a ver el lado bueno de las cosas, aunque ese lado fuera el más oscuro de todos. Y es que la oscuridad alberga el silencio más intenso, y en el silencio se encuentran muchas respuestas. Sí, soy optimista, y una de mis mayores alegrías es ver como aquellos que me rodean, después de mucho criticar mi actitud, acaban aceptando que a pesar de todo no hace daño ser así, y que aunque no sea posible acabar con los problemas, el optimismo al menos ayuda a sobrellevarlos de otra manera. Y ése es el mayor de los regalos. 
El optimismo no acabará con los problemas, ni con las soledades, o sus miedos, no, el optimismo tampoco es una pastilla mágica que al tomarla cambiará nuestra vida. Es tan solo una manera de aceptar la realidad, de asumir nuestros problemas y de caminar con todo el peso de nuestra mochila sintiéndonos más fuertes. Es agarrarnos a ese algo, por pequeño e insignificante que nos parezca, y dedicarle un instante de nuestros días, olvidarnos de todo lo demás y centrarnos en ese maravilloso momento que por alguna razón ha aparecido ante nosotros. Es esa persona que aparece para llevarnos a pasear un rato lejos del dolor, es ese lugar en el que sólo se escucha la calma, esa reunión de amigos en la que se habla de cualquier cosa que nos divierta, es escuchar esa música y dejarnos contagiar por su ritmo, comer un plato de nuestra comida favorita y saborearlo, hacer el amor con la cabeza limpia de pensamientos destructivos… es disfrutar. Eso es todo.

Son muchas las veces que he escuchado cuánto se echa de menos un ayer, muchos lamentos aparecen por no haber sabido aprovechar algo que ocurrió, maldito el recuerdo que nos ancla en la nostalgia de lo que pudo haber sido, porque por su culpa no avanzamos y nos quedamos estancados en un tiempo que ya es pasado, que no existe, y que de hacerlo, seguramente no sería el que nuestra cabeza imagina. Son decenas las ocasiones en las que, al hablar como aquí lo hago, recibo como respuesta el ataque y la crítica repetida: tú no tienes ni idea, es muy fácil hablar cuando no estás aquí, y es verdad, no tengo ni idea, y lo fácil es hablar, pero en este caso sé de lo que hablo. 
No es magia esto que cuento, y no es mi intención convencer a los que sienten que su mundo es el que es y que nada pueden hacer para cambiarlo, pero es mi obligación compartir las cosas buenas, porque esta es la finalidad de mis escritos, y si digo que esto es así es porque lo sé, porque lo he probado, y porque ha funcionado. 


Suban el volumen, y canten todo lo alto que puedan, fotografíen mentalmente esa mirada que se acaba de cruzar en sus vidas, y suelten una carcajada cuando les apetezca. Dejen que el optimismo invente un escondite en sus cabezas, y escapen a él de vez en cuando, porque llegará un momento en el que ese escondite, se convierta en su realidad.

AUDIO DE ARTÍCULO: OPTIMISMO (clic en link)

lunes, 19 de noviembre de 2018

Las cartas no olvidan




Hace unos días, una amiga encontró una carta escrita por su novio en un tarro de la cocina. Lo interesante es que cuando la descubrió, su relación no estaba pasando por su mejor momento, y al leer las letras que le había escrito, entendió muchas cosas que no había entendido hasta la fecha. Después de releerla varias veces, se sentó a su lado y le leyó la carta que incluso él había olvidado haber escrito. Y de un plumazo, la rutina y el aburrimiento desaparecieron de sus vidas.
Magia, exclamarían algunos al describir este momento.
Y lo cierto es que durante el tiempo que dura una relación, hay subidas y bajadas, miedos y atrevimientos. Hay verdades, y también hay mentiras. Y hay mil razones que nos invitan a quedarnos mientras otras tantas nos empujan a salir corriendo. Según he aprendido gracias a lo que he visto y a lo poco que he vivido, el secreto no está en vencer a las tentaciones inventadas por la libertad, ni en quedarnos un rato más por temor a lo desconocido, sino que se trata de recordar el principio de lo nuestro. O de lo vuestro. O de la historia en cuestión. Recordar por qué elegimos a esa persona, y qué es lo que nos hizo elegirla de entre la multitud. Y si además tenemos la suerte de encontrar unas letras escritas en ese tiempo por nosotros o para nosotros, y que nos recuerden lo que sentimos en un momento determinado, todo puede resultar más fácil, porque gracias a esas cartas desenterraremos emociones que se supone que solo se pueden sentir al principio, cuando no es así… Porque después de la fase de enamoramiento, de esa bendita locura transitoria, se aprende a sentir de manera diferente y el amor consigue madurar para convertirse en un amor más sensato y más puro. Más maduro, según los expertos. Y la madurez es cosa de dos, y no me refiero a dos personas, sino a la cabeza y al corazón. Sin importar quién es el que madura primero.
Es necesario que volvamos a escribir cartas. Ya sean cartas de amor o de amistad. Yo seguiré haciéndolo, por los que las reciben y por lo que me enseñan mis propias letras. Y se me ocurre que de vez en cuando, podríamos dejar una carta escondida debajo de la almohada. Por si no podemos estar para decir, para explicar… o para contar lo que el miedo no siempre nos deja confesar. Y llegará un momento en el que una mano palpe debajo de esa almohada con la misma emoción con la que un niño acaricia el pañuelo que esconde su diente perdido, y a pesar de que ese día despertara enfadado, alejado o ausente, al  encontrarse entre esos renglones puede sentirse la persona más dichosa del mundo. Se trata de "reinventarnos" y de hacer un poco de magia, y no esperar siempre a que sea la magia la que aparezca de pronto para alegrarnos la vida y para solucionarnos los problemas.
No podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero de nosotros depende el entusiasmo o la actitud con la que nos enfrentemos a nuestras rutinas. O al menos es lo que yo creo. Y por eso mismo, seguiré escribiendo cartas…

AUDIO DE RADIO: CARTAS  



lunes, 12 de noviembre de 2018

Diferentes





No, no todos somos iguales. Siento ser yo la portadora de esta triste noticia, pero alguien tenía que hacerlo.
 
En este mundo en el que vivimos, en el que a veces cuesta diferenciar al animal racional del irracional, no es fácil la convivencia. ¿Podría serlo? Sí, estoy absoluta y completamente segura de que se podría lograr, así como lo estoy de lo difícil que es llegar a ese equilibrio. Porque todo empieza mucho antes, no, no antes de que usted y yo llegáramos aquí no, empieza antes de todo, antes de la nada, o de la nada que fue el todo… ¡Qué complicado es hablar de lo que una no entiende!
Inventamos culturas, inventamos sociedades, inventamos religiones, y hasta inventamos dioses. El porqué de estos inventos no me queda del todo claro, puede que fuera la debilidad del ser humano en unos casos y el ego desmesurado en otros. Pero sea como fuere, con el paso de los años, pasito a pasito, entre todos hemos sido capaces de ir construyendo lugares maravillosos para luego destruirlos, hemos encumbrado a personas a las que luego borramos de un plumazo, hemos amado para acabar odiando…, y a mí personalmente, todo esto me  resulta de lo más agotador. Una montaña rusa infinita. Sufrimos un mal que versa en la incapacidad para entender el todo, o la nada, según la teoría de cada cual. Pero el concepto es el mismo.

Nos empeñamos en dar lecciones, por el mero hecho de creer que nuestra verdad es la verdad absoluta, juzgamos al que no hace las cosas como se supone que deberían hacerse, criticamos una palabra porque no nos parece la apropiada, maldecimos ese gesto simplemente porque nosotros nunca lo habríamos tenido.
El odio que determinadas personas intentan despertar en nosotros, lo único que consigue es alejarnos un poco más de nuestra esencia, de ese lado humano que a veces nos empeñamos en esconder, por miedo o por vergüenza. Y al final, sin darnos cuenta acabamos convirtiéndonos en aquello que hemos odiado toda la vida. Paremos un instante, sólo un momentito, e intentemos entender que la vida no nos trata a todos por igual, y que cada cual afronta sus inseguridades como sabe, o como puede. Y no nos damos cuenta de que a lo mejor, lo único que necesitan, es encontrar a una persona que les muestre todo lo bueno que llevan dentro, porque seguro que lo tienen, ¡está ahí! Y eso también lo tengo claro.

Pensemos que antes de hoy, hubo muchos imposibles que fueron conquistados. Y mientras estos sigan existiendo, yo seguiré creyendo que es posible alcanzarlos.
AUDIO DE RADIO: DIFERENTES (Clic en link)

domingo, 4 de noviembre de 2018

Amor






A la gente lo que le gusta es que escriba acerca del amor. Tengo la impresión de que estamos sumidos en una constante búsqueda de respuestas y de expectativas que lo único que nos provocan es insatisfacción. No importan los dramas que hayamos vivido en nuestra vida, ni los baches con los que tropezamos, no importan los planes que se nos han ido al traste antes de tiempo, porque al final, por una u otra razón, siempre terminamos hablando del amor y de las relaciones personales. Que alguien afirmara que el amor mueve el mundo no es una casualidad. Cuando los pingüinos escogen a su pareja, se quedan con ella de por vida. Una frase que siempre he querido incluir en algún artículo. El amor es, corrijo, debería ser la verdadera razón por la que estamos aquí. Nuestro por qué definitivo. Y también es una de esas palabras con infinitas definiciones, según quién lo diga, según cómo y según acerca de quién hable, el amor su color, su forma y su lealtad varían.

Leí el otro día en algún lugar la razón por la que existe la teoría de la media naranja, o la eterna búsqueda de la persona que complemente nuestra existencia. Y no era un eslogan de un folleto publicitario, no, sino que eran letras de un escrito de Platón o de alguno de sus coetáneos, y el autor en cuestión explicaba que en un tiempo pasado en el que los seres que habitaban el planeta tenían cuatro piernas, cuatro brazos, dos cabezas… todo multiplicado por dos, para resumir, y Zeus, aburrido de tanta soberbia humana, decidió partir en dos cada cuerpo y le regaló a la humanidad la oportunidad de zambullirse en la tantas veces contada y cantada búsqueda de la  otra mitad…

Una teoría tan romántica como desquiciante, porque si algo provocan cuentos como este, es la alegría de encontrar por fin a la que consideramos nuestra media naranja de la misma manera que deja el panorama salpicado de corazones rotos, frustrados y melancólicos. Amantes desilusionados. Dudas inesperadas que dibujan en nuestro horizonte la pregunta eterna… ¿Y si hubiera otra persona más perfecta para mí?

Y lo mejor de todo es que la otra persona seguramente nos mire de la misma manera, con la misma duda, con idéntica inquietud.

Me gustan las historias que me hacen pensar. Me gusta este cuento acerca de quiénes fuimos, y de cómo Zeus nos castigó, me hace cuestionarme si realmente somos mitades de un algo, si existe esa otra parte que nos busca al tiempo que nosotros la buscamos. ¿Debemos encajar una vez nos encontremos? Alguien que acepte todo lo que somos, no por ser perfectos, sino por tener exactamente lo que el otro necesita para quedarse a nuestro lado, caminando sin correr, y sintiendo lo que a veces se puede sentir sin esforzarse, ese instante en el que todo encaja.

Seamos incondicionales en el amor. Respetemos de la misma manera que nos gusta ser respetados y además de enamorarnos, dejemos que otros se enamoren de nosotros.

Audio radio AMOR (clic en link)

martes, 30 de octubre de 2018

El cambio



El cambio ha llegado para quedarse. Las frases acerca del cambio nos han invadido, están en la pantalla del ordenador, en las tazas y en las camisetas, están incluso en la coletilla con la que zanjamos muchas conversaciones. A veces me siento como una niña con sus cromos en el patio del colegio, pero adaptada a la vida adulta: Yo te doy mis tostadas con mantequilla y mermelada y tú me das tu aguacate y tu zumo vitaminado. Vale.

No sé cuándo empezó todo, ni por qué se nos creó esta necesidad de cambiar. Quién decidió que somos personas insatisfechas que sueñan con una vida distinta. Lo bueno es que, como sucede con todas las modas, parece que esta empieza a perder fuerza gracias a otra moda paralela que nos anima a valorar lo que tenemos en lugar de anhelar lo que otros tienen. Y ante frases como Sé el cambio que quieres ver en tu vida. Si tú cambias, todo cambia. Cambia y el mundo cambiará contigo… Frases que parecen más inquisidoras que motivadoras y Qué, al escucharlas, algunos nos quedamos quietos. Seguimos cambiando de opinión, porque no hacerlo, para nosotros es algo absurdo, pero nuestra vida, de una manera u otra sigue su camino y no hay ningún cambio visible en el horizonte.
Estas lecciones siempre me han provocado cierto interés, porque veo muy evidente que la solución, en este caso, esté en el cambio. Si estamos con una persona que no nos hace felices, cambiemos de actitud, o de persona o de bebida… Si llevamos tiempo yendo a trabajar arrastrando los pies, cambiemos de trabajo, de jefe o de profesión. Si no nos gusta la vida que nos rodea, cerremos los ojos, o miremos al cielo o leamos un libro. Cambiar es una palabra sencilla de pronunciar pero muy difícil de poner en práctica. Al resto del mundo se le llena la boca con el cambio cuando hablan de los demás, pero a la hora de aplicarlo a sus vidas, todo es diferente. Siempre hay excusas, justificaciones, peros y miedos, muchos miedos. Al fracaso, a la pena, a equivocarse o miedo a que nuestra decisión afecte a terceras personas. Y estos miedos, por muy convencidos que estemos de empezar una nueva vida, siempre estarán compartiendo la almohada con nosotros, incluso hasta después de haber tomado la decisión de cambiar.  

Pero también está muy bien decidir que no queremos cambiar. Está bien porque cada cual tiene unos zapatos que son solo suyos, una vida que le pertenece, y sólo ellos saben cómo caminar y qué decisiones son las que les harán más felices. No son cobardes, ni tampoco resignados, son personas a las que el cambio no les atrae y les provoca una incómoda sensación de ahogo. Están tranquilos en su universo, y esa tranquilidad es impagable. Y para los demás, lo que no tiene sentido es vivir sólo una vida, nos gusta reinventarnos, y terminar y empezar y volver a terminar y de nuevo regresar al punto de partida, el porqué de esta adicción lo desconozco, pero estoy segura de que tiene mucho que ver con vivir la vida como si estuviéramos siempre en los tres primeros meses de una relación. Muy intenso todo, ya lo sé. Pero cada uno es como es… y cambiar algo de nosotros, no siempre es fácil.

lunes, 22 de octubre de 2018

Quién soy

Radio (clic en link) 



Muchas veces me preguntan si yo soy la protagonista de mis novelas y si las historias que cuento son reales o inventadas. En la literatura está todo inventado desde hace mucho tiempo y es muy difícil ser original. No se puede escribir acerca de lo que no conoces aunque para hacerlo tengas que disfrazarte de otra persona. Escribir es hacer magia y es la tinta la que decidirá en quién me convertiré cada vez que me pongo delante de un folio.

Soy la mujer abandonada por el amor de su vida o la que llora el desconsuelo de un amor imposible. Soy la enamorada sin miedo a perder la cabeza. Y soy la mujer que se tropieza por casualidad con un amor nuevo.

Soy la mujer que insulta y que castiga, la que perdona y la que  pide perdón. Soy la que decide tomar las riendas de su vida, y hacer que cada día cuente. Soy la madre protectora, la madre liberal y la  madre exigente. La que cree en los sueños y hará lo imposible para alcanzarlos. Soy la casquivana, la adúltera, la puta, la sensible, la sometida, la valiente, la huidiza, soy la mujer resignada, y la inconformista.

Soy la joven que años atrás tomó las decisiones equivocadas o la mujer madura que repasa su vida orgullosa por haber sido quien fue. Soy la yonqui sin remordimientos, la vampiresa de emociones, la adicta a la vida, al sexo y a las drogas. Y soy la abstemia. Soy la mujer atrevida, minifaldera convencida, bollera de camisa de cuadros o la lesbiana de portada de revista, soy la elegante en el andar, la sencilla en el vestir, el alma de las fiestas y la que pasa desapercibida. Soy una persona invisible o la voz cantante, la líder indiscutible, la que escucha sin interrumpir, y la maleducada que nunca calla.

Soy amante del silencio, persona de bullicio, habitual en restaurantes de moda, cocinera en mi hogar, amiga de sus amigos, egoísta sin escrúpulos. Soy buena persona, o una víbora, o una cabeza retorcida. Soy un alma limpia y parcheada. Soy quien quiero ser, y cada día elijo ser otra persona.  
Soy, en definitiva, una privilegiada. Muchas personas diferentes, y aunque tenga sólo una vida, no me conformo con vivirla sin más, no me conformo con ser simplemente yo. Puedo bailar entre la locura y la cordura y encontrar las respuestas que esta cabeza mía no deja de hacerme, y sólo las puedo encontrar convirtiéndome en otra.
Y sí, he elegido que esto sea así. Porque cuando hay algo en nuestras vidas que no nos gusta, cuando deseamos cambiar, nos tenemos que levantar, movernos e investigar en las vidas ajenas, aventurarnos a no ser nosotros por un momento para despejar el camino de nuestra verdad. No se debe buscar a un escritor en las letras que escribe, porque ni siquiera él sabe en qué renglón está.
 

lunes, 8 de octubre de 2018

Solteros



Radio (link)


No importa si nos referimos a ellos como solteros, o solterones;  cuarentañeros o cuarentonesNo es la palabra lo que importa, sino la intención con la que se dice.
Para muchos, los cuarenta son una edad límite, unos años antes aún se es joven, unos después ya se nos pasa el arroz. Cuántas envidias despierta la libertad...

Hay personas que se casan, que forman una familia y que son felices. Bravo por ellos. Hay otros, sin embargo, que no sueñan ni con la boda, ni con los niños, ni tampoco con el día de mañana. Y no, no quiere esto decir que sean egoístas, simplemente eligen quedarse en el lugar en el que se sienten tranquilos, sin responsabilidades que impliquen a otros y sin compromisos. No son crápulas, ni casquivanas, no están enfadados con las relaciones, ni tampoco conviven con la decepción, no tienen miedo, ni necesidad de apoyarse en nadie, y mucho menos son raros. 

Los solteros a veces se sienten solos. ¡Por supuesto! ¿No siente el casado o el emparejado la necesidad de alejarse de vez en cuando de su vida? Todos vivimos momentos en los que, por un instante, nos gustaría vivir en otra realidad, con la seguridad de que pronto regresaremos a la nuestra.

A partir de los cuarenta apenas quedan complejos, ni guerras en las que luchar. Uno está más o menos bien colocado en su vida, y aunque no sepa muy bien definir qué es lo que le gusta, tiene muy claro qué es lo que no le gusta

Elige la ropa de su vestidor, se disfraza de lo que cree que le sienta bien, y se arranca las máscaras; escoge qué poner en su plato de comida, cómo dormir en la cama, cómo desordenar su orden, dónde quiere viajar, con quién, dónde enamorarse, y de quién… Porque el soltero también se enamora, sí. Aunque no piensa en mañana, ni en el futuro, puede que su enamoramiento no pase de una noche, o de dos, pero él se enamora, se entrega y disfruta de la historia, porque nada tiene que perder y sólo puede ganar. No engaña, no miente acerca de su soltería, y no juzga a los que son diferentes. 

No conviven rodeados de gatos, ni pasan las horas llorando encerrados en sus casas, no se emborrachan para recordar un tiempo pasado, y no anhelan la vida de los otros… No son tristes, ni están enfadados. No. Son sólo personas que han encontrado en la libertad de sus despertares la razón de sus vidas. Hacen lo que quieren y, por encima de todo: No son egoístas, sino consecuentes con la decisión que han tomado acerca de cómo desean vivir sus vidas. 

Porque cuando un soltero conquista la libertad y la calma, es muy difícil que quiera aventurarse a pasear por otros caminos. 

lunes, 1 de octubre de 2018

Deseo


Audio de radio: 
DESEO





A menudo me dicen (como piropo o crítica) que soy una escritora emocional.
Particularidad que, inevitablemente, me convierte en una persona emocional. Y sí, es verdad, tienen razón. Soy capaz de soltar una lágrima con un anuncio de coches, con un abrazo, o con el vuelo de una cigüeña… Porque a las emociones no sólo se las conquista a través de una sorpresa o de una declaración de amor, no, de hecho, muchas de ellas pasan gran parte de su vida dormitando dentro de nosotros, a la espera de sentir algo que por fin las agite. Una canción, una palabra, una imagen… O mi favorito: un recuerdo. Y no hablo de nuestros recuerdos, sino de los recuerdos de los demás. Porque son esos los que, al compartirlos, tienen el poder de agitar, remover y despertar a los propios.

Nuestra memoria merodea por los lugares comunes, y encuentra en ellos aquel instante que hace que la emoción se despegue de nuestra alma dando un salto mortal, y que nos lleve directos hasta un pasado al que por más veces que regresamos, jamás nos agotamos de hacerlo.

Hace una semana compartí con conocidos y no tanto, uno de los mejores recuerdos que
guarda mi memoria. Sucedió hace cinco años, en la ciudad de Roma. Yo entonces, aún pensaba que las cosas sucedían porque las deseabas con todas tus fuerzas. Después
aprendí que ese deseo había que reforzarlo con trabajo y perseverancia, y más trabajo y más perseverancia y así hasta llegar la meta. Y, a pesar de no haber dejado de cumplir años, sigo creyendo en la magia... Y aquella madrugada, sentada delante de la Fontana di Trevi, con la mejor de las compañías, atrapé la moneda y la lancé con la chulería con la que la habría lanzado el mismísimo Clint Eastwood si hubiera estado en mi lugar, y después la vi planear en el aire hasta que se sumergió con el resto de los deseos. “Que algún día me lean en este país.” Esa fue mi petición. Por fin puedo revelarla. Lo interesante es que todavía no había publicado nada. Ni un libro. Ni un relato. Nada.
Niente. Y aun así, me atreví a pedir ese deseo. Han pasado más de cien meses desde
aquella madrugada. Y tres libros publicados. Infinitos insomnios. Y rendiciones y vueltas a empezar y correcciones e inseguridades y lecturas y personajes y… muchas vidas dentro de mi cabeza, sí. Pero la espera mereció la pena, porque mi sueño terminó cumpliéndose. Y mi última novela ya se puede leer en italiano.

Es difícil saber por qué suceden algunas cosas, porque algunos tienen eso que llaman suerte y otros no. La fortuna y el azar son tan caprichosos como lo es un niño delante del escaparate de una pastelería. Y por esto mismo, no siempre hay una respuesta coherente, y cuando la duda nos invade, lo mejor es parar un instante, felicitarnos por el sacrificio y el trabajo bien hecho y dar las gracias a ese momento mágico en el que los astros, las hadas, la serendipia o como sea que queráis llamarlo, nos eligieron a nosotros.

Y con este recuerdo escribo el enunciado del primer ejercicio que os mando este año.
Coged papel y lápiz, o un teclado, o una tiza…, pasead, o quedaos sentados, buscad
estrellas fugaces, o hadas voladoras, lanzad monedas al aire… Haced lo que os plazca.
Lo que sea que os haga creer en ese deseo que os hace felices sólo al imaginarlo.
Pero cuidado, porque los deseos se cumplen y luego pasa lo que pasa… 

lunes, 24 de septiembre de 2018

Maestros



Audio de programa de radio:


En mis años jóvenes me gustaba empezar un nuevo curso. Me encantaba darle la bienvenida al mes de septiembre. Creo que de aquellos barros, son estos lodos. Y de ese placer que me provocaban los comienzos, nació esta adicción a ellos.

Estrenar un estuche. O una mochila. El olor de los libros nuevos. Supervisar a mi madre cuando los forraba. A ella nunca le quedaban arrugas. Hay que ser madre para que los forros te queden bien lisos, así que no nos esforcemos en balde. Me gustaba heredar los libros de mis hermanos mayores y tachar sus nombres para escribir el mío debajo. Marcar mi terreno para después ponerme a buscar entre las páginas alguna nota que hubieran dejado allí olvidada, o un mensaje escrito en los márgenes. Y a veces me encontraba con el nombre de un chico o de una chica junto a un corazón y eso hacía que me sintiera cómplice de sus amores platónicos. Pero nunca preguntaba, por si las moscas.

Y a medida que nos hacíamos mayores, nuestra aula subía de piso y las escaleras nos elevaban a un lugar superior. O eso creíamos nosotros. Yo era una de esas alumnas que el primer día de clase se agarraba a sus libros como si fuera la mismísima Minerva. La diosa de la sabiduría. Me tomaba tan en serio los comienzos, que lo daba todo en la primera semana. Incluso mi caligrafía era legible, y me proponía ser la mejor de la clase. Y estudiar cada día, y aprender mucho y sacar buenas notas y qué sé yo, imaginen la perfección. Ahí lo tienen. Eso mismo era yo. No la perfección, no, sino esa persona que se imaginaba a sí misma rozando la perfección. Pero esos picos apasionados por los que hoy asciendo y desciendo ya los surcaba entonces, y ese entusiasmo tan intenso, ese querer abarcarlo todo desde el primer momento, era demasiado para mí. Una semana. Dos a lo sumo, y el globo se desinflaba, y la emoción se perdía entre los aburridos temas de los libros que tanto me costaba abrir.

Recuerdo las Navidades en la que mis padres, perdón los Reyes Magos, me regalaron un ejemplar de El señor de los anillos. El volumen tenía la forma y el peso de un ladrillo y con un dibujo en el centro de la portada rosa. Yo debía de tener quince, porque a los catorce di la bienvenida a Mujercitas. Y después llegó el año en el que recibí tres libros del Barco de Vapor en un paquete, tres.  Lo recuerdo con orgullo de hija porque, con esa mirada que sólo tienen los padres, los míos ya vieron en mí lo que yo ignoraba. No creo que por aquel entonces yo ya pidiera libros a los Reyes, un balón de baloncesto puede ser, pero libros…, no, no lo creo. Y sin embargo, ellos me los regalaron. Lo supieron antes de que yo descubriera cuánto me gustaba leer, vieron el halo de fantasía en el que yo me veía flotar por la casa. Y también lo supieron antes que esa profesora a la que, años después, cuando le confesé mis sueños de escritora, me dijo que me dejara de fantasías y que me dedicara a estudiar. Vaya.

Y estos días, cuando veo a las madres paseando por los pasillos de los grandes almacenes con sus hijos, cargando sus cestas con millones de artilugios de colores, imagino a las  familias sentadas delante del Cola Cao forrando los libros juntos, y no puedo evitar pensar en los profesores que aguardan en las aulas parapetados tras el escudo y el yelmo. Maestros, los llamábamos antes. Ojalá sean conscientes de lo importantes que son en la vida de sus alumnos. Ojalá consigan ser inolvidables para muchos de ellos y puedan ver algo parecido a lo que algunos padres son capaces de ver en sus hijos.


Yo tuve algunos maestros que lo hicieron bien, o al menos así se quedaron en mi recuerdo.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Septiembre



Y mientras terminamos de escuchar el último bolero, llega septiembre, para mí uno de los meses más bellos. Y también llega acompañado por una música de fondo, de violín, o puede que de violonchelo. Las estaciones también tienen banda sonora, no va a ser este un privilegio del que sólo nosotros gocemos. 
Y mientras las notas flotan en el aire, presagio del otoño inevitable, la luz de septiembre se difumina y se mezcla con las sombras que ya empiezan a alargarse. Y los azules, tantas veces inmortalizados, pierden la intensidad de su verano. Les ha llegado el turno a los colores caducos.

Otra vez nos descubrimos en septiembre, con sus remordimientos y con la cabeza repleta de las vidas paralelas que nuestra imaginación siempre añora en este tiempo. Aunque sólo sea para huir un ratito de la que estamos viviendo. Aunque sólo sea para seguir sintiendo que somos los dueños de una realidad que acabamos de dejar en libertad.

Septiembre es un mes mágico, capaz de disfrazar nuestra vida a su antojo. Y también es un mes melancólico. Sí. Melancólico y distante. 
Y en sus días se concentran todos los “y si hubiera” que bien podrían repartirse en una vida entera. Para algunos este es el mes de los comienzos, de abrir nuevas agendas, y de poner el contador a cero para estrenar los nuevos proyectos. 
Es un mes para todos, para las madres agotadas y los niños entusiasmados, para los últimos “te quiero” del verano, para las promesas y los quizás, para los valientes y los acomodados, las rutinas y las sorpresas, para el calor y la tormenta. Incluso para el veranillo rezagado…

Y además de su inconfundible melodía y del aroma de su anhelo, septiembre presume de ser un mes fuerte y atrevido, al que, si le pedimos ayuda, le faltará tiempo para empujarnos en ese columpio imaginario en el que siempre, siempre, podremos volar más lejos. 

Audio: septiembre

miércoles, 1 de agosto de 2018

Agosto




Agosto tiene nombre de novela o de película. De melodía, sí, agosto es una canción que empieza  rockera y que termina a ritmo de bolero. Agosto es un mes completo, de encuentros y desencuentros. Y también es, a pesar de todos los clichés, un mes tan cool como cateto. De fardapaquete y velero. Y por eso agosto es el mes circense para los almanaques y los recuerdos. 
Todo cabe aquí, incluso una paella con guisantes y pimientos.
Ay.
Agosto es un mes de jolgorio y de discusión, en el que se brinda con mojito o tinto de verano y se come sin horarios. Un mes para bailar al son de música sin ritmo en cualquier chiringuito y para lucir sombreros y los modelos más atrevidos. Es el mes de las "lecciones de todo" con los brazos en jarras en la orilla. Del calor asfixiante a este lado del planeta e incluso de la noche romántica con su lluvia de estrellas.
Tiene este mes un cielo anaranjado suspendido en el horizonte y un amanecer silencioso que parece que ralentiza el tiempo. Porque si algo tiene agosto es la fuerza para parar los relojes y limpiar el aire de responsabilidades y obligaciones.
Agosto es un mes que deja su rastro en nuestros calendarios como arena de playa en los suelos recién barridos. Y se va plagado de recuerdos que devolvemos a nuestra memoria durante el resto del año.
Lo cierto es que, desde hace mucho tiempo, yo no soy más que una mera espectadora de este mes en el que en lugar de irme, me escapo un instante tan solo. Y al llegar me sirvo una cerveza bien fría y me divierto viendo la misma escena repetida una y otra vez en distintos escenarios... Veo a los cuñados invisibles, a la suegra imponiendo sus normas, a la hija imponiendo las suyas, y a los niños aburridos cada diez minutos o jugando incansables hasta la madrugada. Al suegro que parece haberse equivocado de película, a la madre de familia que busca un escondite debajo de la hamaca, a los primos forjando una amistad indestructible, al bebé embadurnado de protección solar y a los solteros que no sueltan la caña ni para colocarse la gorra de quinceañero. Y también aparecen en escena los cuerpos de gimnasio esculpidos en invierno, triatletas y runners a diestro y siniestro, o aquellos que hace tiempo decidieron que no renunciarían al gin por una silueta perfecta y una dieta entristecida. Y también veo las modas de cada año, tatuajes, triquinis, bañador y camisa de manga larga, camiseta de España, turbantes coloridos o la última moda en hombres de este verano: barba de dos días, pecho trabajado y piernas depiladas...
Todos hemos sucumbido a las modas... No comentaré y así no tendré que confesar las mías.
Agosto abarca tanto que incluso disimula las mentiras tras las gafas de espejo, ofrece aventuras (y desventuras) divierte a muermos y desinhibe moralidades. Es un mes alegre y atrevido, desordenado y enfadado a ratos. Pero que siempre se despide con un abrazo nostálgico, una mano ondeando al viento desde el andén o una sonrisa que disimula un nudo en la garganta.
Sea lo que sea para mí o para usted, si algo tiene este mes es que al escuchar su nombre, una sonrisa inevitable y traviesa se dibuja en nuestro rostro.
Puede que sólo sea por los recuerdos... Pero ahí están, siempre regresando a nosotros.

lunes, 30 de julio de 2018

Seamos jóvenes siempre




¿Qué tal llevan ustedes las despedidas? A mí no me van mucho, la verdad. Prefiero darme la vuelta y soltar un hasta luego, aunque ese luego no llegue nunca. El verano es época de despedidas, algunas de ellas terminan con puntos suspensivos, otras con un punto final. Pero estas últimas tenían su encanto en épocas pasadas, cuando todavía escribíamos cartas en papel y nos lanzábamos al buzón como si dentro de él fuéramos a encontrar el Santo grial. Y es que si algo hace especiales a los amores de verano es que somos conscientes de que no son eternos y sabemos lo que vendrá después. Noches en vela. Planes imposibles. Sueños que nunca se cumplen y, antes de comernos la uvas, el olvido. Y aun así nos seguimos dando la oportunidad de enamorarnos en verano, bravo por nosotros, no dejemos de hacerlo. Esas son las gotas con las que deberíamos llenar nuestros vasos.

Hoy me despido con disimulo. Ustedes necesitan que desaparezca un ratito, y yo necesito un descanso de mí. Descansemos entonces todos a la vez. Mi hermana dice que cuando escribo me gusta ondear algunas banderas. Es verdad. Me encanta escribir para el resto, elegir una bandera, aunque a mí no me represente, y dedicarle un artículo. En definitiva, me gusta ponerle palabras a las inquietudes ajenas. Pero ha llegado el momento de airear mi cabeza y de darle unas vacaciones a mis folios virtuales. Ha sido un placer pasar estos dos últimos meses con todos vosotros. Ya nos podemos tutear, ¿no os parece?

Y para este hasta luego estival, he elegido una de mis banderas favoritas: la de la juventud. Ya lo dijo Picasso, el que es joven lo es para toda la vida. Es verdad. Yo lo soy, y tanto yo como los que me conocen, sabemos que siempre lo seré. Aunque en ocasiones nos tengamos que comer las promesas que nos hacemos y afrontar las consecuencias de nuestras locuras transitorias. Pero en este caso, yo lo tengo claro. Así que seamos jóvenes siempre y sigamos coloreando las páginas de nuestra biografía. Ignoremos los complejos que nos encasillan y dejémonos llevar por la magia que nos envuelve en la juventud. Y que las arrugas del sol se confundan con las que nos regala la vida. Que perdamos los papeles más a menudo, y que vivamos cada instante como lo hacíamos cuando éramos jóvenes y no pensábamos en mañana. Alarguemos las madrugadas si nos apetece amanecer en compañía, y afinemos la voz por si la alegría nos empuja a cantar…  Arrinconemos los problemas sin solución y seamos valientes para apartar de nuestro camino a las personas que entorpecen nuestro paseo. Sumemos años a nuestros calendarios. No es necesario madurar, ni crecer muy deprisa. Seamos jóvenes siempre y que nada ni nadie nos quite la alegría.


Recibid mi abrazo, mi beso y la promesa de que volveré con las historias que mi juventud escriba.


Audio (pincha en link)


lunes, 23 de julio de 2018

Las facilitadoras

En esta época de calores y puestas de sol, de romanticismo y locura desmedida, amores y desamores, rupturas, encuentros, flirteos y aventuras, quisiera dedicar mis palabras a las relaciones. En concreto a un tipo de mujer que vive y convive entre nosotros…

No me gustan las comparaciones entre mujeres y hombres desde el punto de vista emocional. Me parecen bastante absurdas, y lo digo desde el respeto. Pero intentar entender el porqué de su forma de ver la vida, es adentrarse en un universo complejo que sólo nos puede llevar a un lugar: la desesperación. Ellos son de una manera, y nosotras de otra. Fin.
No busquemos comparaciones ni explicaciones porque no las hay. Intentemos respetarnos tal y como somos, y puede que así todo resulte más sencillo. O al menos, no tan complejo.

A pesar de mantener las mismas conversaciones una y otra vez, en ocasiones podemos llegar a descubrir algo sorprendente. Y eso mismo me sucedió el otro día, cuando en una charla con una amiga recuperé un calificativo que, gracias a mi madurez, ya llevaba tiempo sin decir: La mujer facilitadora. Al pronunciarlo me quedé navegando en mi limbo habitual, flotando en un tiempo pasado, en los días en los que era madre, psicóloga, enfermera, cocinera, terapeuta... ¡Incluso celestina! Y es que hay épocas de mi vida que se me fueron de las manos.

Algunas mujeres estarán viviendo ahora esa fase, recién llegadas o a punto de terminarla, porque la gran mayoría hemos pasado en algún momento por esta etapa, puede que sea algo genético, y que tengamos la necesidad de cuidar y de proteger a esa persona, así que no busquemos explicaciones ni nos castiguemos más de la cuenta. Queridas mías, lo confirmo, una de nuestras cualidades es la de ser facilitadoras. Es una putada, lo sé. Pero si lo somos, lo somos. Y no hay escapatoria. Podemos ser muchas cosas: atrevidas, frívolas, sensuales, sexuales, tradicionales, vehementes, apasionadas, ordenadas, disciplinadas, solitarias, distantes, herméticas, románticas, locas… y también podemos ser facilitadoras.
Yo he asumido en público haber ejercido de facilitadora en contadas ocasiones, porque creo que asumir nuestra peculiaridad es el primer paso para entender cómo funciona nuestro cerebro. Ese órgano tan extraordinario, empachado siempre de paradojas y de realidades paralelas.

Escribir la palabra facilitadora es más que suficiente, no creo que haya mucho más que añadir o explicar. Pero quisiera aclarar que ser facilitadora no es un rasgo que todas poseamos. Hay que nacer así, y así crecemos, hasta el día en el que un sopapo de realidad nos descubre que estamos reviviendo una y otra vez la misma historia con el avispado de turno. Pero no llegamos a su vida con la intención expresa de hacerlo, no estudiamos el plan perfecto, ni valoramos sus consecuencias. Simplemente lo hacemos. Resolvemos sus problemas para que su vida sea más sencilla, les apartamos algunas piedras del camino, vamos hasta ellos para ahorrarles el paseo, hacemos magia en sus días, y nos implicamos con tal entrega en sus inquietudes e ilusiones, que a menudo nos olvidamos de quiénes somos. Y entonces llega el mejor día de todos: Su marcha. Gracias por todo. Nunca te olvidaré... Ya saben, todas esas frases que algunas acabamos citando por ellos, para ahorrar tiempo más que nada, porque sabes que, acto seguido, alguien aparecerá en su vida y comenzará la relación para la que decía no estar preparado.
Y ahí os quedáis tú y tu generosidad. Tu corazón altruista. Tu bondad y ese largo etcétera que lo único que hace es vaciarte para dejarlo a él listo para su nuevo futuro. Bravo por ti.

Es bonito estar para la gente que te necesita, es bonito escuchar, entender y cuidar a aquellos que te lo piden, pero con el tiempo uno aprende a no ser un altruista emocional, a valorarse y a ponerse por encima de las peticiones de los que no saben estar solos. Hacer de sus problemas los nuestros, es encaminarse al fracaso sin posibilidad de salvación. Compartir es cosa de dos, y las facilitadoras -no nos engañemos-, reciben más collejas que otra cosa. 
Y después de innumerables veladas compartidas y otras tantas botellas de vino, de charlas y berrinches de unas y otras, de historias repetidas y de los mismos hombres con diferentes nombres, si algo tengo claro es que muy pocas mujeres quieren pasar a la historia como facilitadoras. Pero eso es algo que cada una debe descubrir por sí misma, cuando aprenden a darse a ellas mismas todo lo que son capaces de dar a los demás. Y no hay nada más gratificante que entrar por decisión propia en el paraíso de las ex-facilitadoras. 

Allí nos vemos.


lunes, 16 de julio de 2018

Obligados a ser felices


¿No tienen la sensación de que a veces estamos obligados a ser felices? ¿Y que alguien ha infectado sus ordenadores con un tripi? No hablo de un virus, ni de espías, ni de cualquier otro mal virtual, no, sino de un tripi inyectado con un pendrive rosa. Porque cada vez que enciendo el mío, una frase optimista aparece cuando menos lo espero, escrita en un post-it, un muro, una hoja de papel o recostada sobre una nube esponjosa. Y no me refiero a una cita robada o atribuida a algún personaje místico o famoso, hablo de frases más directas y breves, esas que no nos hacen pensar, sino actuar… Las mismas frases que ustedes también leen: “No mires al pasado, tu vida es hoy”, “si crees que puedes lograrlo lo conseguirás”… Hay decenas de ellas, centenas, y no importa que sus ordenadores estén a salvo, porque la plaga se nos ha ido de las manos y ha contagiado a las tazas de café, camisetas, cuadernos, fundas de teléfono y cualquier superficie sobre la que se pueda escribir algo.

Yo he sido autora de alguna de esas frases. Yo también sufrí felicidad transitoria durante un tiempo. Y pido disculpas si esto provocó algún daño o frustración a los que me leyeron.

Pero una vez más seré la abogada del diablo. A pesar de haber firmado y compartido muchas de esas frases de pensamiento positivo, desde aquí quiero enviar mi apoyo a todos aquellos que, sin regocijarse en su no-felicidad (que no es lo mismo que infelicidad), de vez en cuando se atreven a no querer estar felices y a mandar a la mierda a alguien. Sin justificaciones ni explicaciones. Nos hemos empeñado en hablar de lo maravillosa que es la vida, de lo importante que es vivir cada segundo, exprimir el tiempo que tenemos, y de llegar a la tumba diciendo ¿puedo repetir? Pero a veces es un mensaje demasiado forzado, poco creíble, y es mejor cabrearse, mosquearse, encenderse y enfurecerse. Una tormenta pasajera siempre refresca el ambiente. O también podemos resignarnos a vivir la vida que elegimos, sin emociones apasionadas ni saltos en paracaídas. Respirar y punto. Es otra elección, tan válida como las demás.
 


Esta mañana, abducida por una de esas frases, me he preguntado cuándo empezaría todo. Cuál fue el momento en el que las setas alucinógenas empezaron a propagarse por la red. Son un bien necesario y parece que imprescindible para encontrar un sentido a nuestros amaneceres más grises. Tener metas y creer en algo es importante, sí, pero no lo es tanto como lo es el ser capaz de leer al menos diez frases alegres y positivas y creerse alguna de ellas. Mr. Wonderful tiene muchas papeletas para convertirse en el dios del siglo XXI, él ha escrito el padrenuestro de nuestros días, y es el destinatario de nuestra oración desesperada.

Si nos repetimos algo muchas veces, acabamos haciendo de este mensaje una actitud y pasado un tiempo… ¡Magia!, se hace realidad. Al menos es algo que decía Gandhi, ojito, que esto son palabras mayores. Y yo confieso que a mí me gusta la gente optimista, como se dice ahora: la gente que suma. El optimismo se contagia, sí, pero el pesimismo también. Los vampiros emocionales revolotean y esperan a que se ponga el sol en sus días para venir a atacarnos y a chuparnos la energía, y para combatirlos de nada sirven las estacas de madera o un rayo de sol, los venceremos sólo si los ignoramos o los atacamos con lo que más les duele: el mensaje positivo que mejor se ajuste a su pena, añoranza, tristeza o enfado. Hay mensajes para todos los gustos, sólo hay que dar con el lado vulnerable de las personas.

Dicen que lo importante en esta vida es aprender. Aprender. Aprender. Aprender… Es agotador, ¿no les parece? Enriquecedor, sí, pero también es posible que determinadas lecciones nos venga mal aprenderlas en algunos momentos y nos apetezca más mandarlo todo a la mierda. Así, sin añadir una disculpa ni un emoticono a nuestra frase. Un bufido pasajero, acompañado de la vena hinchada en la sien. Desahogarse. Desfogarse. Soltarlo. Vomitarlo. Y después seguir adelante.

Porque, como dice una de mis frases favoritas, lo mejor está por llegar.

AUDIO DE RADIO: