miércoles, 14 de junio de 2017

Gente de verdad

Los escritores muchas veces encontramos la inspiración en lo que podría haber sido y no fue. Hurgamos en los momentos que nos fueron arrebatados, en los días en los que fuimos cobardes o, quizás, demasiado valientes. Reinventamos nuestra vida y colocamos a nuestro antojo las marionetas con las que decidimos pasar el rato, convertimos los sueños en realidad fingida y exprimimos ese pudo haber sido hasta quedarnos sin aliento. Por esta razón hay muchos lectores que, al leer lo que otros contamos, ven su historia escrita entre líneas y se llenan de esperanza. Todos tenemos un pudo haber sido, todos, sin excepción, dejamos de hacer algo o nos atrevimos con imprudencia en aquel momento. Todos soñamos ser otra persona en un momento determinado, e incluso nos imaginamos viviendo otra vida, conviviendo con aquellos que no nos eligieron o a los que echamos de nuestro lado. Todos, en algún momento, necesitamos huir de nosotros.

Elegimos cada día. Elegimos cada palabra. Elegimos ser o dejar de ser para alguien. Elegimos ver lo que queremos ver en el espejo, y le susurramos a nuestro reflejo aquello que no somos capaces de gritarle al mundo. Elegimos lo que creemos que es lo mejor, elegimos locura y cordura. Elegimos las historias que dejaremos a medias y elegimos las carreras en las que jamás nos rendiremos. Todos elegimos, todos soñamos lo que pudo haber sido. Todos somos demasiado parecidos... Y tan diferentes.

Poco he aprendido para lo mucho que he vivido, cuestión de prioridades imagino, pero si algo tengo claro es que sólo hay una cosa que nos diferencia a unos de otros, un algo casi invisible para los que no lo pueden apreciar por no entenderlo. La gente de verdad. Eso es. La gente a la que llamamos auténtica, valiente o con personalidad. Las personas honestas y reales. Gente de verdad. Esos que escriben sus ilusiones en el aire con humo, los que no miran atrás por temor a recordar más de la cuenta, los que no se quedan paralizados ante la sorpresa y se dejan arrastrar por el río en el que fluye su vida. Esos, que miran a los ojos y cuya voz apenas tiembla, que se muestran tan seguros que muchos creen que no hacen más que un papel; no es posible que viva la vida así, dicen, sólo porque ellos serían incapaces de tomar las mismas decisiones. Sólo porque ellos no son tan de verdad. La gente de verdad se despoja de etiquetas y de normas, pasa de largo cuando la rutina campa en su puerta y no se acopla al perfil que la sociedad ha dibujado para ellos. La gente de verdad se ríe y llora tanto como cualquier otro, o quizás lo haga un poco más, porque no se puede vivir intensamente sin cabalgar del cielo a los infiernos de cuando en cuando.

La gente de verdad existe, como existe la magia, y las hadas y ese largo etcétera que cada cual llama como quiere. Esos que son de verdad son los responsables de que mucho de lo que sucede, suceda, y de que algunos de los capítulos de nuestra vida se escriban con la tinta imborrable que sobrevivirá a la eternidad. Porque ellos se atreven, y su atrevimiento es tan honesto, que los demás se dejan arrastrar por su fuerza. Aunque sólo sea un instante, aunque sólo sea para saborear lo que sólo imaginaron, lo que podría haber sido si no los hubieran conocido.

Elegimos estar cerca de la gente de verdad, porque vemos en ellos mucho de lo que anhelamos y nos empujan a vivir lo que podría haber sido.

miércoles, 7 de junio de 2017

Feria



Estuve en la Feria del Libro de Madrid. La noche anterior los alegres optimistas me advirtieron de que iba a llover. Tormentón, aclararon… Agradecí su preocupación pero no cogí el paraguas. No tengo paraguas. Hizo un calor de justicia. Gracias por los presagios.
Fue un día maravilloso. Multitud de personas, la esperanza de la literatura, paseando bajo el sol, parándose a mirar, a tocar y a escuchar. Se puede leer de muchas maneras. Llegué con la ilusión de sumergirme en uno de los sueños de mi vida (nada tiene que ver con el amor de mi vida), pasé frente a la caseta 26, en la que los lectores esperaban la llegada de su adorado Màxim Huerta. Mi adorado Máximo. A punto estuve de robarle algún cliente, pero me contuve. No me pareció justo porque en realidad ellos habían ido a hablar de su Iceberg, y no les interesaban mis Amapolas. Sal por la puerta grande, maestro. ¿O es Puerta Grande?
Mi hermana apareció con mi cuñado en mano. Quisiera encontrar una excusa para enfadarme con ella, pero no puedo, porque nunca falla. Igual que Gemma, María (con su recién estrenado ascenso), Natalia, Ana… Siempre están ahí, dicen que les emociona verme, yo creo que mis emociones les preocupan más de la cuenta, saben que soy de lágrima fácil y pensarán que, si me dejo llevar, puedo contagiar mi berrinche a una caseta entera. Incluso pasados los cuarenta sigo siendo la pequeña del equipo. Me compraron libros, otra vez, cosa que voy a empezar a prohibirles porque no veo la necesidad de comprarme un libro en cada una de sus visitas. Además, me piden que se los dedique para unas personas de las que nunca hablan, creo que se inventan los nombres. Mi amiga Lady Alessandra, sin ir más lejos, me mandó una foto el otro día con los 8 ejemplares que tiene de mis tres libros. Parecía estar muy orgullosa, igual cree que en unos años tendré un nombre en el mundo de la literatura y que hará fortuna con ellos… ¡Suelta el cántaro de leche ya, amiga, que este no es tu cuento!

Me gusta dar las gracias, qué le voy a hacer, cada cual con sus manías. Tenía que haberme apuntado los nombres de los que vinieron a verme. Aquellos que le robaron minutos a su día para acercarse hasta la caseta 44. Como Francisco, que me trajo una sopa de letras que él mismo había hecho con palabras de mi libro. O la madre de Elena, que buscaba una historia para que su hija volviera a sonreír y eligió la mía. Y Carmen y Félix, derrochando estilo y cariño. Y un Príncipe que vino desde Siberia y que me encandiló. O algunas de mis blogueras literarias favoritas como Sandra, Sara y Pepa, claro, que está a mi lado desde mi primer parto. Y mis compañeros aeronáuticos, de ayer y de hoy. De siempre. Luis, Quique, Irene, Ana, Pilar, Mariano, Pepe… Mis amigos Antonio y Lars. Sorpresón. También apareció Carmela, sofocada porque creía que no llegaba.  Me emocionaste, querida. Y a nuevas conocidas como Gemma, la madre de Marta, Remei con su hija y ambas con sus sonrisas… Hasta tú estuviste, escondido entre la multitud, acompañándome desde tu sombra. Te intuí. 
Todos, incluso los que no menciono, pusisteis el broche de oro a mi paseo por este campo de Amapolas tan inolvidable. Dedicarle nuestro tiempo a los demás es un acto de generosidad, gracias por no inventar excusas y por encontrar razones para pasar a verme.
Como lectores, también sois protagonistas de la novela. Os lo dije a muchos de vosotros, y lo repetiré hasta el fin de los tiempos: sois los protagonistas de la historia de vuestra vida, escribid la mejor de las obras.

Nos encontraremos en el camino, aún queda mucho por andar.  Y soñar. Y escribir. Y vivir. Mientras tanto, permitidme que os hable del protagonista de mi próxima novela… 

jueves, 1 de junio de 2017

Fanfarrones

Hace un tiempo conocí a alguien que afirmaba haberme leído en alguna ocasión sin conocerme. Me preguntó por qué llamaba moleskine a la libreta de toda la vida. Porque la mía es moleskine, respondí, incluso está el nombre escrito de fábrica. Ya, dijo, pero es un poco cursi ¿no?, añadió después de consumir su pitillo de una calada. Sí, es muy cursi, contesté. Al cabo de un rato volvió a intentarlo, con otro cigarrillo pegado a su dedo, yo te felicito por tus logros, mintió, pero te he leído y a mí no me gusta como escribes, espetó con la tranquilidad del que se ha acostumbrado a derrochar una falsa seguridad que esconda su larga lista de complejos. Me alegro, respondí, porque es algo que poca gente me dice y ya empezaba a creer que todos mienten.
Mi indiferencia alteró sus pulsaciones y decidió sacar la artillería pesada, lanzándome un dardo envenenado cada tres frases. Yo sonreía de mentira y miraba a mis amigos sin entender de dónde habían sacado a un tipo tan extraño y poco amigable.
Derrotado por el muro que levanté entre ambos, por fin dejó de intentarlo.

Se tomó unas cuantas copas. Soltó varias fanfarronadas (es de esos para los que se inventó esta palabra) y se largó haciendo eses. Supe entonces acerca de su vida. Tenía cuatro hijos, repartidos entre tres exmujeres, un buen trabajo cuyos rendimientos económicos los repartía entre su prole y cada día aparecía con una chica diferente para convencerse de que seguía siendo un macho. Alfa o Epsilon. A pesar de ir vestido como un señor bien, iba bastante justito en lo que a educación se refiere, y eso no lo digo yo, lo dijeron los que se supone que eran sus amigos/conocidos/colegas. Intuyo que es una de esas personas para las que la verdad consiste en decir todo lo que se les pasa por la cabeza, sin pensar en las consecuencias de sus palabras. Hay que ser de verdad, dicen a menudo, pero son ellos los que eligen cuándo decirla y a quién porque, casualmente, cuando no les viene bien se olvidan de ser sinceros.
A lo largo de mi vida me he topado con hombres así, y por eso no le hice mucho caso, porque eso es lo que buscan con su verborrea barata: la discusión jocosa. Se creen auténticos, y están convencidos de que tienen algo especial, pero lo único que tienen es un cartel pegado a su frente que pone que están disponibles y que no quieren compromiso. Cosa que, por otro lado, es algo que a muchas mujeres les interesa porque no todas quieren comprometerse. Y mucho menos con alguien con cargas, con visitas semanales al juzgado por culpa de la manutención y con falta de autoestima.
Un ratito y se despiden.
Tú finges, yo finjo. No me llames, gracias.
Son el entretenimiento perfecto para algunas mujeres con el índice de saturación y de decepción por encima de la media, aunque ellos se crean irresistibles. Ellas no quieren enamorarse, ni que las llamen y muchos menos quieren promesas vacías que sólo fingirán creerse para evitar la disputa.

No son hombres malos. Ni tampoco buenos. Ni siquiera regulares. Son sencillamente así, sin filtros. Sin ningún atractivo por descubrir. Y si algo tienen de positivo, es que se les ve venir de lejos, porque tienen un perfil bastante bien definido y copiado por muchos de sus congéneres. Son libres de hacer lo que les plazca y de vivir como gusten. Pero tampoco es necesario que escupan su rabia contra un desconocido, realmente no sé qué pretenden conseguir cuando insultan gratuitamente. Los cerebros de estos hombres son inescrutables. Indefinibles. Raros.
Y no finjáis sorpresa porque sé que vosotros también conocéis a alguien así, a quien además le tenéis cariño. Lo entiendo, a todos nos pasa. 
Cada vez que afirmo que a mí hay pocas cosas que me sorprendan, siempre acabo comiéndome mis palabras, porque cuando menos lo espero, aparece un personaje que me recuerda que en este mundo tiene que haber de todo para que gente como yo pueda escribir cosas cursis en su moleskine.


domingo, 28 de mayo de 2017

Y Cupido colgó las alas

Hace unos días me quemé el dedo con una tostada. Y dicen que la primera frase de una historia es muy importante, mal empiezo. Sigo. Mientras calmaba el ardor debajo del chorro de agua fría, recordé a mi abuela. Ella siempre quemaba las tostadas. Siempre. Después rascaba con un cuchillo el pan carbonizado y lo untaba con una buena capa de mantequilla, de esa que sabía a mantequilla, ¿la recordáis? Oh, los recuerdos, que aprovechan cualquier señal para sacudir a nuestra nostalgia. Y el olor del pan quemado me ha devuelto a mi abuela. Gracias.

Al día siguiente, con la lección aprendida y la tirita puesta en el dedo, bajé a la panadería que hay debajo de casa. Esperé mi turno con la mirada clavada en los estantes en los que estaban repartidos los diferentes tipos de panes que vendían. Veinte. Los conté. En ese momento una mujer pidió una de la casa, y yo me pregunté ¿de qué casa, señora? ¿De cuál de las veinte casas aquí presentes quiere usted que le sirvan el pan?
Difícil decisión.
De vuelta a mi hogar, mientras mordisqueaba el extremo de mi barra cubierta de semillas, pensaba en lo difícil que es todo hoy en día. Si hubiera una o dos opciones entre las que elegir, nuestra vida sería más fácil. Quiero pan. Veinte tipos. Quiero una serie de televisión. Ahí tienes noventa. Quiero leer. Las treinta novedades de esta semana están sobre esa mesa… Y así con todo. Hasta con el amor, que casualmente es la razón de este escrito. 

Enamorarse no consiste en un hola, qué tal, encantada. Igualmente. Me cortejas, te cortejo y cenamos. No. ¿De qué película romántica os habéis escapado? Uno se puede enamorar de mil maneras, sin darle importancia a los latidos acelerados del corazón, ni al aleteo de las mariposas estomacales. En este tiempo, se puede encontrar el amor sin moverse de casa. Con el pijama y con la mascarilla de pepino refrescando nuestro cutis si me apuráis. Sólo hay que buscar la app adecuada que se adapte a las necesidades de cada cual e instalarla en nuestros teléfonos inteligentes. ¿Inteligentes? 
Después de este primer paso, procederemos a escoger entre los candidatos, desplazando el dedo por la pantalla, más despacio o más deprisa, y dejándonos llevar por la foto o la frase del flechazo. Y si eres de los que está convencido de que todo el mundo miente, os aclararé que la mentira no es monopolio de los enamorados virtuales, no, se miente dentro y fuera de la pantalla. A la gente cada vez le preocupa menos ser auténticos, les va más ser lo que se lleva, lo que está de moda, ser muy top, o un crack o algo por el estilo... En fin. Hay mentiras para todos los gustos. 
Pero si la idea de elegir pareja online no te convence, también puedes acudir a un programa de la tele, tener una cita a ciegas e incluso casarte con un desconocido. Luna de miel incluida. Es fascinante. Lo sé. Pero es lo que hay. Y haced el favor de no suspirar por los que tienen pareja desde antes de que llegaran estas modas, ¿eh?, a ver si creéis que el tema del ligue rápido es sólo cosa de solteros… En serio, ¿de qué planeta venís?

Nos podemos enamorar de verdad o de mentira. Engañarnos, creo que se decía antes.
Durante un tiempo, yo creí que mi Cupido particular se pasaba la vida borracho, y que por eso pasaba lo que pasaba cuando apuntaba con la flecha. Ahora sé que estaba equivocada, porque lo único que le pasó a mi Cupido, fue lo mismo que a otros tantos, simplemente se aburrió de mí y colgó las alas. ¡Ahí te dejo sufridora!, me gritó desde su barco velero.


La gente se enamora, sí. Pero sólo por un rato. Unas horas en algunos casos. Y me parece bien, cada cual elige la barra de pan que más le gusta, y la mordisquea como le da la gana, pero qué queréis que os diga, por más que intente cambiar, yo sigo siendo de las de la barra de la casa… Sí, soy esa romántica a la que a veces critican los descreídos o los corazones rotos. Esa que cree en el amor.  De qué planeta me he escapado, pensaréis vosotros ahora. Touché, contesto yo.

Hoy he regresado a la panadería. He comprado una de la casa, y me he ido más feliz que nunca, porque, a pesar de todo lo vivido, sigo creyendo en el amor de la misma manera que creía cuando era una niña, y no necesito modas que me hagan creer lo contrario. Ni semillas, ni centeno, ni olivas negras, ni cebolla… nada que condimente el sabor con el que crecí. Que es el que más me gusta. El mismo que quemaba mi abuela cuando nos hacía tostadas.

¡Ay, la nostalgia!¡Ay, los aromas!

jueves, 25 de mayo de 2017

Tenemos una cita

Este año vuelvo a la Feria del Libro de Madrid, ¡bien! No quiero que parezca que escribo esto sólo por mi interés para que todo el que me lea venga a verme, no soy tan egocéntrica. Si queréis saber que estaré en la caseta número 44 de la Librería Antonio Machado, ya haréis algo para averiguarlo, no me corresponde a mí decirlo todo, como tampoco es mi trabajo advertiros de que será el día 4 de junio de 12:00 a 14:00 hora local de Madrid (encima querréis que lo ponga en negrita o en cursiva, claro). No, no estoy aquí para dar los detalles que cada cual puede encontrar en la página oficial de la Feria del Libro de Madrid (pinche aquí, por cierto). 


Quería hablaros de lo que me ocurrió hace años cuando, después de darme un paseo por la Feria y de comprar un par de libros, me senté a tomar un gin-tonic y a ver a la gente pasear. Algún día estaré firmando en una de esas casetas, me dije con más poca vergüenza que otra cosa. Y ese algún día llegó hace tres años, y se repitió hace dos y volverá a repetirse el próximo 4 de junio… ¡Vaya, se me escapó la fecha! No diré que este es el más importante de los tres, porque cada uno lo fue por alguna razón; el primero por ser el primero, el segundo porque Manolo Tena me acompañó y me dio un premio (descanse en paz, maestro) y este porque llego exultante con mis amapolas, que pronto hablarán italiano y búlgaro y porque he dejado de fumar. Cosa que parece no tener ningún sentido en el contexto, pero me apetecía decir que llevo cinco meses sin encenderme un pitillo y no he encontrado mejor momento para compartirlo que hablando acerca de lo que podemos conseguir si nos lo proponemos. Si se quiere, se puede. Un poquito de pensamiento positivo que hace mucho que no me paseo por las frases optimistas de la red y ya estaba empezando a no encontrarle sentido a mi vida.

Sé que hay muchas personas que querrán venir y no podrán, lo siento por ellos. Otras que harán un esfuerzo sólo para hacerme feliz, aunque no les apetezca nada ir un soleado domingo de junio a pasear por el Parque del Retiro y disfrutar después de una cerveza fresquita en alguna de las terrazas de la zona. Gracias por el esfuerzo. No seré yo la que os pida que vengáis, no os hablaré de la ilusión que me haría encontrarme con mis lectores allí ni os contaré cómo hace dos años, en la caseta al lado de la mía, estaba firmando una escritora cuya fila de lectores daba tres vueltas a mi desértica zona (con doble tirabuzón incluido) y, sin pensármelo dos veces, me asomé y le dije: María, mándame a alguno después, mujer… y ella se rio. Muy simpática, sí, pero no me mandó ni a uno solo. Por suerte tengo amigos que se preocupan por mí y que, de cuando en cuando, se levantaban de la terraza del bar y me traían un refresco. Refresco se escribe así, ¿no?

Este año no seré yo la que vaya mendigando lectores porque sé que vosotros, seguidores
de Palabra de Laura y de mis libros, habéis disfrutado en alguna ocasión con mis escritos y tenéis mucha ilusión por recibir una dedicatoria y dos besos de esta que escribe. Sé que lo haréis porque sabéis lo mucho que me gusta entrar en vuestros hogares y haceros felices, y que lo único que queréis ahora es hacerme feliz a mí.
Sois grandes.
Alguno de vosotros estará dudando, pensando si vale la pena o no venir sólo para verme a mí, ya os respondo yo: no, no vale la pena. Así que os adelanto que ese mismo día, 4 de junio (¿cuántas veces lo he escrito?) y a la misma hora que yo estaré, de 12:00 a 14:00 horas, también firmarán Máxim Huerta (cerca de mí, por cierto), Manuel Vicent, Paloma Sánchez Garnica, Sol Aguirre, Joël Dicker, Nando López, Ray Loriga, Laura Riñón (caseta 44), Rosa Montero, María Oruña, Pablo Rivero (Cuéntame…), Blue Jeans, Laura Riñón (caseta 44), y muchos otros. Podéis comprobar la lista en la web oficial si queréis. No están aquí anotados todos los que estaremos allí, pero os podéis hacer una idea de lo importante que es que no hagáis planes para el próximo día 4 de junio porque, aunque os cueste admitirlo, estaréis deseando acudir a la cita que tenéis conmigo.
Por fin, los lectores de mis amapolas y yo juntos.
Un sueño cumplido.
Gracias.


miércoles, 24 de mayo de 2017

¿Qué podemos hacer?

"La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran."
Paul Valèry


A menudo nos preguntamos qué podemos hacer para cambiar el mundo, y nos asusta descubrir que el mundo no se cambia desde aquí abajo, donde estamos la gran  mayoría, sino que se hace desde arriba, donde están las manos poderosas que dibujan nuestros caminos a su antojo. Pero no nos dejemos engañar, porque al margen de convertirnos en personas solidarias y de tender una mano a aquellos que tuvieron la mala suerte de nacer en el lugar equivocado, nosotros también podemos hacer algo más, aunque nos cueste creerlo. Esos que hoy están ahí, manejando los hilos de las marionetas en las que nos convierten, un día fueron niños, hijos de alguien, alumnos de un maestro que seguramente tuviera otros planes para ellos después de calificarlos al final de cada curso. 
Nosotros, que crecemos y vivimos rodeados de amigos y de familia, que escuchamos críticas acerca de lo que hacemos mal o de lo que podemos mejorar, que nacemos limpios y vírgenes en valores y en principios, estamos obligados a hacer de nuestro pequeño mundo un lugar pacífico y respetable, y sólo así lograremos que en un momento determinado todos los pequeños mundos en los que cada cual pasa su vida, se unan para crear un lugar en el que no resulte tan repugnante vivir en ocasiones.
En estos días, leo la indignación de muchos culpándonos al resto de mirar hacia otro lado cuando nos plantan imágenes tan desoladoras como la de los asesinatos de almas inocentes. Niños entre ellos. No, no miramos a otro lado, son muchas las ocasiones en las que ocurren cosas como esta, no vale llorar un rato ni gritar nuestra rabia durante un instante, para después olvidar lo ocurrido o cambiar de conversación. El horror ocurre cada día y, por desgracia, en la mayoría de ellos se nos muestra a través de la imagen de la inocencia, de los niños que no pudieron defenderse para salvar su vida por no tener la fortaleza suficiente, y por no conocer aún la definición del odio así como la conocemos los adultos. Y esos son los niños que se harán mayores viviendo en la tierra del odio y del rencor, obsesionados en ser amos y dueños de todo los que les rodea, destrozando las vidas ajenas, porque para ellos eso será lo normal.

De un tiempo a esta parte, soy testigo de la burda mentira en la que muchos viven, de los gritos de los padres a los niños que mañana gritarán de la misma manera, veo el silencio de aquellos que tienen miedo de hablar sólo por no ser castigados, el repugnante abuso de los desalmados que se aprovechan de los más débiles, y el egoísmo que nos coloca en el centro de nuestro universo, creyéndonos en poder de la verdad y de la razón. Lo único que hago es mirar a mi alrededor, no necesito viajar por las imágenes que me lleven hasta un conflicto, ni ver las lágrimas desesperadas de niños olvidados que no se diferencian mucho de los niños que veo en mi mundo, y cuya única suerte fue nacer en otro lugar que aparentemente parece pacífico.
No creamos que esas vidas perdidas nada tienen que ver con las nuestras, no nos rindamos creyendo que nada podemos hacer, porque todos nuestros esfuerzos, sumados entre ellos pueden ser la pócima secreta para lograr que el cambio sea posible. Miremos en nuestros hogares y no desistamos en el empeño de ser mejores personas, por mucho que el resto critique nuestro esfuerzo, y preguntémonos qué podemos hacer. Cuidemos de nuestros padres, de nuestros nietos, y de nuestras familias, no juzguemos a los demás porque hagan las cosas de manera diferente ¿Acaso vivimos su vida? Hablemos con respeto y ofrezcamos lo bueno que tenemos, no seamos egoístas y no mintamos, no engañemos ni juguemos con las personas… porque no sólo se mata con una bala perdida, y no sólo se humilla rasgando el corazón de un alma inocente, también se puede morir de pena, de desidia o de falta de ilusión.

No busquemos soluciones para aquello que sucede lejos de nosotros, hasta que no mejoremos el mundo en el que vivimos. Nuestro mundo.

lunes, 22 de mayo de 2017

Azafata de vuelo

“Es confuso. Imagínese. ¿Ve usted la escena puede imaginarla? Yo esperando en el aeropuerto. La tienda. El escaparate. Toda usted y su libro. Lo compro y lo ojeo. Me atrapa. Entro en el avión. Y aparece usted. Abro el libro y lo compruebo. La miro. Y a usted. El libro. Y a usted. Camina por el pasillo y pongo el libro en la perspectiva por donde usted viene. Las comparo. Pelo suelto. Pelo recogido. Las miro. Sonríe mientras pasa. Seria en la fotografía. Pero sí, no hay duda, es usted. Y despegamos. Leo y la veo. Me habla, se mezcla su voz con su letra. Me lee la novela. O acaso me pregunta si quiero algo. Y hay niebla. Es todo confuso, pero el vuelo es entretenido y rápido. El tiempo pasa y cuando quiero darme cuenta no sé si es un sueño o no.
¿Quizás me haya dormido en el banco de la terminal mientras veía su fotografía o leía su libro? ¿Es posible que haya perdido el avión?”


Hace unos días, el año pasado si mal no recuerdo, un amigo me escribió este texto. En realidad, esto es sólo un extracto, pero permítanme que el resto de la historia me la guarde para mí. Que compartir es bueno, sí, pero tampoco hay que excederse en la generosidad, que después uno se queda sin nada y empieza a buscar culpables.
Unos días después, ya en este año, alguien me preguntó por qué en las entrevistas que me han hecho nunca se menciona nada acerca de mi trabajo como azafata de vuelo. No lo sé, respondí yo, porque no sólo lo digo, sino que además presumo de ello.  Pero, en honor a la verdad, diré que, hasta hace bien poco, no lo hacía. Ahora les explico…

Desde que he sacado a pasear mis "Amapolas en octubre" por las calles y escaparates decorados con espumillón y bolas doradas, he acudido a varias entrevistas. Puede que el entrevistador no haya vislumbrado en mi mirada el mismo brillo que mis ojos no pueden disimular cuando hablo de libros, de literatura o de las emociones escritas, y que ésa sea la razón por la que decide pasar por alto el detalle de que llevo veinte años paseando por pasillos suspendidos en el aire.

Pero volar no es sólo un trabajo, es una forma de vida. El medio para poder estar ahora en el lugar en el que estoy (puede que surcando el cielo que hay sobre sus cabezas), y sólo puedo estar agradecida. Aprendí a ignorar las sonrisas de medio lado que se dibujaban en el rostro de aquellos a los que, después de contarles algunas anécdotas aeronáuticas, les confesaba que a mí lo que de verdad me gustaba era escribir. Hasta hace bien poco, sus respuestas solían ser muy parecidas: mirada de arriba abajo, levantamiento de cejas, movimiento de cabeza asintiendo repetidas veces y su silencio más absoluto después de haber soltado un: Ah, ¡qué bien!, cargado de incredulidad y de sorpresa. Así que decidí seguir escribiendo en mi mundo, mientras compartía anécdotas simpáticas acerca de mi trabajo en público. Y sí, ya sabemos que los asientos son muy estrechos, también lo son para nosotros, y no, no podemos hacer nada para que sean más cómodos. Sonreír, eso es todo.

Ahora, cuando me encuentro con alguien conocido que acaba de saber acerca de mis novelas publicadas, dicen extrañados: ¡No sabía que escribías! Sí, pienso yo, sí que lo sabías, pero te centraste en mi uniforme, en el pañuelo de mi cuello y en la bandeja que llevaba en la mano.

Soy azafata de vuelo. Llevo siéndolo mucho tiempo. Algún día me gustaría colgar las alas, disfrutar de la rutina que tiene la gente normal (así llamamos a los que no trabajan en aviación), y dedicarme a pasear por los aeropuertos sin llevar puesto un uniforme. Algún día. No sé cuándo. La aviación me ha dado mucho de lo que soy, fui una de las afortunadas que creció en Spanair, en paz descanse, y después de muchos años, aún hablo en tiempo presente de aquella época. Inolvidable. Irrepetible. Tengo la suerte de mantener una amistad y un cariño con muchos de los que allí conocí hace dos décadas (¿cuántos pueden decir lo mismo de sus viejos compañeros de trabajo?). Y, créanme si les digo que, en el gremio de los auxiliares de vuelo, azafatas, aeromozas o como quieran llamarnos, hay vidas muy interesantes, personas increíbles y tontos de remate. O sea, como en todos lados.

Empecé a escribir hace mucho, cuando todavía no me soñaba azafata, y mucho menos escritora, pero fueron los folios de las habitaciones de los hoteles los que me enseñaron a contar muchas de las historias que hoy relato. Escribo en las ciudades por las que paseo, y también las describo, incondicionales compañeras de vida. Y ahora, cosas del destino, viajaré como pasajera hasta Italia y Bulgaria para presentar allí mi novela. Otras veces escribo en vuelo, mientras ustedes se rompen el cuello intentando conciliar el sueño. Invento la vida de algunos pasajeros y las razones de su viaje, e intento que mi imaginación les regale una realidad muy diferente a la que tienen. Quién sabe si alguno de ustedes ha sido protagonista de una de mis historias. Quién sabe si yo he sido protagonista de alguna de las suyas.




Quién sabe si, tal y como escribió mi amigo, un día se cruzarán en un avión con una azafata que, por arte de magia, salta a la contraportada de su novela recién comprada en el kiosco del aeropuerto.

Quién sabe.

Quizá Cortázar hubiera contado mejor esta historia, pero yo soy azafata, no esperen tanto de mí.   



Gracias N.












jueves, 18 de mayo de 2017

Cuando cenes conmigo

Me gustan las personas que van a una casa sin las manos vacías. No porque me guste recibir presentes –que me encanta- sino porque eso significa que, antes de poner rumbo a mi hogar, durante al menos diez minutos, han pensado en mí. Y yo soy de esas, me gusta pensar en mí… es broma... (¿o no?), quiero decir que soy de esas porque no me gusta ir a ningún sitio con las manos vacías.  Quizá tenga la autoestima demasiado baja y no me creo que al anfitrión le baste con mi compañía y por eso llevo algo para despistar. Y si creo que he fallado (cosa rara en mí), lo digo antes de tiempo, así como hizo una amiga el otro día cuando entró con una botella de champagne y antes de darle las gracias aclaró: sé que no te gusta, pero es que lo tenía en la nevera muerto de la risa. Pues nada, le dije, dejaremos que siga con su juerga en mi nevera. Y, por otro lado, están los amigos que, antes de saludarte, ponen mil excusas por venir con las manos vacías, los niños, dicen, los baños, mi falta de horas, un día de locos, el aparcamiento… Yo hago ese gesto tan literario con la mano, como si estuviera peinando el aire, para restarle importancia a su estrés. Porque es la verdad, me importa bastante poco que vengan sin nada, pero este artículo no tendría ningún sentido si no lo mencionara.

Una botella de vino, tinto gracias. Un ramo de flores, silvestres a ser posible. El libro que creíste que me gustaría leer. Bombones, música, una piedra de la calle con forma de algo que sólo tú puedes ver, un paquete de servilletas con un mensaje escrito en ellas, helado de menta… Un bolígrafo para que escriba mis historias –un momentito que de pronto me estoy yendo a Memorias de África y no hay Finch Hatton a la vista-. Trae lo que te dé la gana, lo que sea que te haga ilusión porque creas que me haría ilusión a mí. O no traigas nada. Aquí hay de todo. Pero, antes de entrar, vengas con lo que vengas, no olvides dejar la mochila junto a la puerta.
¿Qué mochila? Esa, la de los problemas… Me gusta que vengan amigos a mi casa. Les quiero y les adoro a partes casi iguales. Me encanta mezclarlos y descubrir algo que desconocía de sus vidas o de sus personalidades. Me gusta tener la mesa lista para comer, no para hacerle fotos ni posar junto a ella, unas flores y alguna vela encajada entre platos de quesos, panes, fruta, copas, y demás viandas. Me gusta que mis invitados coman y beban, sin mesura. Que monten la fiesta alrededor de los mismos sabores y que charlen o griten según les venga en gana. Pero, pase lo que pase, en mis cenas no hay una silla libre para mochila alguna. Me importan mis amigos, los quiero y los cuido como la familia que son. Me preocupo de que sobre la mesa haya de eso que les encanta y que falte aquello que aborrecen. Pero, como cantaría Fangoria, no quiero dramas en mis cenas. Ni penas. Ni problemas. No quiero que lleguen tarde con el humo escapando de su cabeza y que entren como un potro desbocado en mi hogar pisoteando la energía que me he preocupado de esparcir por el suelo. Si va a haber lágrimas, que esperen al postre, a la última botella de vino, a la ebriedad de las emociones, a las declaraciones de amistad eterna, al emborrachamiento de los recuerdos. Si hay que llorar, lloremos. Todos a una. Porque incluso tengo la música lista para cada ocasión, y siempre hay una sorpresa preparada por si hay una emergencia (esto es de ser muy profesional, lo sé).

Y aquí voy a poner mi punto y final. Dejándoles con la duda de las sorpresas que no se me ocurriría desvelar, y con su preocupación porque les he dicho que no me gusta el champagne. Rarezas de cada cual. Mientras brindan por todo ello, les animo a que organicen encuentros con sus amigos más a menudo, a que pasen más tiempo juntos, a que olviden las dietas, el gluten, las proteínas, el entrenamiento al alba, y las obligaciones infinitas. Que la felicidad se trata de esto y poco más… De perder la cabeza, de acompañarnos, confesarnos, sorprendernos y rodearnos de aquellos que no le dan importancia a esa maldita mochila.

viernes, 12 de mayo de 2017

España, con lo que yo te quiero

Ayer vi un vídeo en el que nuestra Lola de España, con un arte que, como dirían por su tierra, no se puede aguantar, criticaba con la vehemencia del líder rabioso, el trato que le damos a lo nuestro en este país. “¿Por qué lo nuestro tiene que ser siempre lo peor?,” se preguntaba a voz en grito alzando la larga uña roja de su dedo índice. Vi el vídeo hasta tres veces seguidas. Y es que de esta mujer no se empacha uno.
Qué razón tenía usted, maestra. Qué poco nos gusta lo nuestro y cómo nos gusta insultarnos entre nosotros. Eso sí, que no vengan un inglés o un francés a criticarnos porque, aparte de inventar un chiste en un santiamén, nos ponemos bravucones cual Lola Flores, y empezamos a taconear de rabia. No me des las palmas, no me des las palmas…

Yo soy viajera, viajante y azafata. Así que un poco de mundo he visto. Me gustan otros países, me fascinan otras ciudades y me entusiasma descubrir lugares nuevos. Pero, lo siento mucho, por muchos escenarios cinematográficos o literarios por los que haya paseado, nada como este país en el que vivimos. No es necesario alzar los brazos al cielo al grito de Yo soy español, español, español… (esta cancioncilla no es el mejor ejemplo de nuestro arte, lo sé). Tampoco tenemos que saltar como borriquitos mientras ondeamos una bandera que, en caso de llevar en una pulsera o en la pegatina de una coche, nos colocaría en el fascista grupo de los fachas. ¡Inconscientes! ¡Radicales! ¡Casposos!
En fin.

Imagino que, como yo, ustedes también tendrán amigos y familiares expatriados o que simplemente decidieron irse lejos de casa para conseguir un futuro mejor. La melodía del anuncio de turrones nunca se ha visto en otra igual. Todos vuelven a casa por Navidad y las reuniones familiares son más emotivas que nunca al recibir al hijo pródigo o al mochilero que da la vuelta al mundo en bici, en moto o en barco. Que esta es otra moda de la que ya hablaremos y de la que, dicho sea de paso, soy muy fan. Sabrán ustedes entonces que lo primero que hace la gran mayoría al llegar al aeropuerto, es ir directo al bar de toda la vida (los bares son patrimonio de España), desayunar churros con chocolate, comer tortilla de patata, croquetas, la paella de su madre o el cocido, son tantos los platos y tan pocos los días... Reunirse con los amigos de toda la vida, y beber copas de verdad, con el hielo gordo modelo iceberg. Salir a la calle, uno de nuestros entretenimientos favoritos, y dormir lo justo para no perderse nada. Sentirse español no significa cantar el Cara al sol, que no todo tiene que ver con la política, por favor. No seamos catetos. Aplaudamos lo que es nuestro. Sintámonos orgullosos.

En algunas películas hay escenarios de cartón maravillosos, ciudades inventadas que casualmente nosotros tenemos de verdad, de norte a sur y de este a oeste, repartidas todas ellas por cada rincón. Costas y mares idílicos e inhóspitos paisajes. Artistas, escritores -hola- Premios Nobel, cine, música, teatro, pintores, pinturas, pintorescos personajes, modelos, moda, deporte, deportistas, deporte, deportistas, deporte -¡ay, el bucle!- y cocineros con estrella y hasta con constelaciones. Cuidemos de lo nuestro, y dejemos de copiar, que cualquier día estamos celebrando el 4 de julio alrededor de una barbacoa. Sí, sí, ríanse… ¿Halloween? ¿Spring break? ¿Blue Monday? ¿Santa Claus? ¿Hygge? (Tengo este palabro atravesado, lo sé.) ¿WTF?

Desde aquí les animo a viajar, a descubrir y disfrutar de sus paseos alrededor del mundo. Desde la distancia todo se ve mejor y España se convertirá en su paraíso terrenal. Dejemos de hacer eso que tanto nos gusta hacer con nuestro país y con nuestros hermanos: yo puedo ponerle verde, pero ojito como alguien hable mal de él.

España, y lo digo con la mano en el pecho, es un país cojonudo. Y utilizo este calificativo sin pedir perdón, pues no conozco otra palabra que defina mejor nuestra raza, lo pongas donde lo pongas, siempre queda bien. Además aquí somos muy respetuosos con lo del género, y utilizamos ambos dos indistintamente, porque cojonudo rima con lo que ustedes quieran, con paella, con copa, con amigo, con vino, con fiesta, con tapa, con vestido, con libro, con canción, con película, con partido, con futbolista, con gol, con delantero, con portero, con equipo… Otra vez el bucle.

Por rimar, rima hasta con España. Y con Lola Flores, ¡qué caramba!

Y aquí un regalito (pinchar en imagen).



martes, 9 de mayo de 2017

Cómo cansa ser siempre uno mismo

Hace unos días una amiga me dijo que no era necesario que hablara tanto de mí en los artículos que escribo porque, según ella, no es necesario. Vaya.
No hablo de mí, aunque utilice la primera persona casi siempre, contesté.
Sí, dijo ella, hablas de ti y se nota. 
Ah, suspiré alargando la hache todo lo que pude. Suerte que es la letra muda del abecedario. 
Me sorprendió que algo así saliera de alguien como ella, porque es una de esas personas que luchan incansables en su batalla en defensa de la sinceridad y de la autenticidad. Pero somos como somos hasta que un día pasa algo o alguien que nos hace cambiar y ver la vida diferente. Le di la razón y cambié de tema. Al día siguiente quedé a cenar con otras dos amigas, entre vino y vino mencionaron el artículo que publiqué hace unas semanas acerca de las NoMo-mujeres que no quieren ser madres-y ambas opinaron que era divertido, sí, pero que nunca diga nunca porque la vida da muchas vueltas. Les di la razón y cambié de tema.

Así va la cosa últimamente, dando la razón y cambiando de tema con tanta asiduidad-suena parecido a ansiedad, pero no tiene nada que ver-que dentro de poco no me quedarán temas acerca de los que hablar. Después de estos dos encuentros en los que tuve ciertas dudas acerca de mi identidad y de la realidad en la que, según ellas, no estoy muy cómoda, el domingo lo pasé plantada delante del espejo preguntándome una y otra vez quién soy. Lo que ves es lo que hay, le dije a mi reflejo. No, no lo es, respondió mi otro yo, busca, busca en las entrañas de tu ser porque encontrarás algo sorprendente. Y, por más que lo intenté, no encontré nada, ni una infancia infeliz, ni un trauma sin resolver, ni tan siquiera una razón por la que tenga que fingir ser otra persona.

Deduje entonces que los demás saben más acerca de mí que yo misma. Saben lo que digo de verdad y lo que digo de mentira, saben que muchas veces no quiero decir lo que quiero decir y que si digo algo en realidad estoy pensando lo contrario. Y lo más fascinante de todo:  Saben qué personaje soy en cada uno de mis libros y qué hay de realidad y de ficción en ellos. Es alucinante. La gente sabe. Me conoce. Me define. Y yo, ¿qué puedo hacer? Darles la razón y cambiar de tema.  
Tú en realidad dices eso, pero no lo piensas. La primera vez que escuché esta frase estuve dando volteretas en la cama toda la noche, como si así pudiera expulsar la reflexión que se supone que le había robado a alguien. Nada. Al amanecer la reflexión seguía en el mismo sitio y ahí decidí dejarla, a pesar de lo que el resto opinara. Algunas personas se empeñan en que pensemos como ellos, y si además son de los que han pasado casi toda su vida a nuestro lado, más todavía. No entienden que exista la posibilidad de que seamos diferentes, ni aceptan que, en un momento determinado, decidiéramos desviarnos del camino. No significa esto que estemos desviados. Tampoco que elijamos el camino equivocado. Simplemente cambiamos de opinión y nos convertimos en las personas que realmente somos.
A lo mejor tienen razón, podría ocurrir que después de una vida fingiendo, de pronto decidiéramos ser nosotros. Por eso ellos afirman conocernos tan bien, porque se habían acostumbrado a nuestra máscara. A nuestra realidad fingida. A la mentira.

Y es que, como diría Cortázar, cansa ser siempre uno mismo, quizá por eso necesitemos dar vida a nuestras otras personalidades, aunque sólo nosotros conozcamos la real. A pesar de lo que digan los demás.

domingo, 7 de mayo de 2017

Madre no hay más que una


Dedicado a todas las madres, con mi admiración. 
En especial a la mía y a mi hermana.

Son muchas las cartas que he escrito fingiendo ser alguien que no soy para dedicárselas a una persona ficticia. Y esta noche, víspera de tu día, te he elegido a ti como destinataria, porque una madre merece sus letras dedicadas tanto, o más,que el resto del mundo. 

Cómo empezar cuando se tiene tanto que decir... Te pido perdón. Te pido perdón por tus noches en vela. Por las incómodas volteretas que di en tu vientre y por tus dolores de espalda por llevarme en brazos. Te pido perdón por no haberte hecho caso aquel día o aquella tarde, porque ahora entiendo que el daño que me hice, te lo hice a ti también. Te pido perdón por las lágrimas de desesperación y por los enfados que sufriste por mi culpa. Por las mentiras que inventaba mi miedo, y por los exámenes suspendidos. Por las noches que pasaste esperando a que regresara a casa. Por ignorar tus consejos y por decepcionarte con mis decisiones.
Pero no ha sido un paseo tan dramático, ¿no te parece?, y por eso también quiero darte las gracias.

Gracias por estar siempre a mi lado, cogiéndome de la mano o escondida en la sombra. Por dejar que me equivocara más veces de las que yo hubiera querido y enseñarme a aprender de mis errores. Gracias por cocinar mis platos favoritos en días especiales, y por las cenas en familia en los días normales. Por tus bizcochos en la merienda. Por apretar mi bufanda hasta casi ahogarme, por pelear incansablemente con los nudos de mi pelo, y por mis trenzas de espiga empapadas en colonia. Gracias por acertar siempre con los regalos que con tanta ilusión compras, por la fortaleza que nos contagias a nosotros y por las lecciones que nos das sin saberlo.

Gracias por las horas que pasaste tejiendo esa chaqueta de punto que, aunque no me gustara, lucía orgullosa sólo porque tú me la habías hecho. Por crecer conmigo, y madurar a mi lado. Por enseñarme a vestirme, a pesar de las modas. Por cambiar tu forma de ver la vida sólo por respeto a mí, y por aguantar en silencio las palabras que sabes que no quiero escuchar. Gracias por castigarme, nunca creí que diría esto, porque eso me ayudó a no perderme en el peligro. Gracias por las mesas de Navidad que tan bonitas decoras, por acordarte de mí cuando ves algo que sabes que me gustará. Gracias por dejarme ser un poco como tú, aunque mi terquedad no me permita dejar de ser yo. Por alargar tus brazos y rodearnos protegiéndonos de la locura. Gracias por reírte de mi absurdo, y por escucharme con interés cuando hablo de lo que me preocupa. Por convencerme de que ser diferente es ser especial, y por descargar con disimulo el peso de la mochila que lleno más de la cuenta. Gracias por enseñarme a ser mejor, y por sacar lo mejor de mí, aunque también lo peor a veces, pero hay que compensar. Y gracias por formar parte de mi sueño cumplido, por celebrar conmigo cada triunfo y por tu orgullosa mirada.

Puede que no hayamos sido más que otro ejemplo de madre e hija, y que hayamos pasado por todas las fases que la ignorancia y la inmadurez nos han obligado a pasar. Y en este lugar, conquistada ya la tranquilidad en nuestros días, sólo nos queda disfrutar juntas del camino que nos queda por andar. 

Si de algo estoy orgullosa, al margen de tenerte, es de saber que estas no son palabras vacías, porque cada día intento demostrarte lo que aquí escribo. Pero también sabes que mis letras son mi bien más preciado y por eso te las regalo. Sé que muchas veces hago las cosas mal, pero hasta eso me perdonas, porque sólo una madre sabe que cada hijo vive en su propia burbuja y que, a pesar de tener mucho en común entre ellos, en el fondo somos muy diferentes.

Gracias por estar en el espejo en el que me miro a diario.

No te digo que te quiero, porque me gusta más te adoro.

Tu hija, la testaruda.

PD: Luego voy a comer. No tengo nada en la nevera.






viernes, 5 de mayo de 2017

La madurez

 "Si obedeces todas las reglas, te perderás toda la diversión".
Katharine Hepburn

Llegué a los cuarenta hace un par de años. Desde entonces, lo veo todo más claro. Fácil. Diferente. He intentado comprender siempre las decisiones que toman en sus vidas los que me rodean, pero aburrida de que ellos criticaran las mías, decidí que había llegado el momento de empezar a hacer lo que me diera la gana.
No soporto la mentira, la palabra soez me incomoda, aunque sea pronunciada con sentido del humor, no me gusta el hombre que no habla bien a las mujeres, ni las mujeres que creen tener todos los derechos y privilegios a su merced, por el mero hecho serlo.
La envidia me produce rechazo y la crítica absurda me aburre. 

No me dejo arrastrar por las conversaciones que dan vueltas hasta entrar en bucle, porque no me gusta marearme. No opino acerca de lo que no sé, y mucho menos si no me interesa y, aunque tenga algo que añadir al diálogo, me callo cuando no me apetece hablar. Prefiero a las personas que leen y que toman vino. No confío en los que no confían en nadie, porque eso me dice que no confían en ellos mismos, y no alargo más de lo necesario un disgusto, una pena o una alegría. Que las emociones son traicioneras, y es peligroso dejar que tomen el control de nuestra vida.
Por suerte, a estas alturas, ya no tengo que explicar porque nunca fui madre, puede que ahora me rodee de las personas adecuadas. Me implico en las relaciones que me aportan algo, y me divierto con los pequeños detalles, los simples, esos que antes pasaban desapercibidos. Me enfado muy poco, porque aprendí a darme la vuelta cuando algo no tiene remedio. No me interesa. O me aburre. Ya no permito las faltas de respeto, ni la falta de educación, y me repugna la mirada del hombre mediocre y avejentado, que flirtea con la torpeza de un zagal.

No me creo nada que no haya visto con mis propios ojos, y no quiero ser testigo de lo que me importe un bledo. Vivo como me da la gana, cumplo con mis obligaciones y respeto al prójimo, pero eso no significa que tenga que gustar a todo el que se cruza en mi camino, y espero que esto siga siendo así, porque en caso contrario sé que estaría viviendo una mentira. Me ha costado mucho trabajo aprender a ser mejor de lo que fui.

Llega una edad en la que has vivido un poco más que ayer y, aunque te quede otro trecho por recorrer, decides que esta parte del paseo harás lo que te apetezca en cada momento, como enamorarte por primera o por séptima vez, sin atender a consejos, envidias o advertencias de los demás, sin caminar de puntillas por los corazones ajenos. Quieres porque quieres querer. Mañana será otro día. Y tu historia es tuya, vuestra. Y punto.

Pones en práctica todo lo aprendido, entiendes que no hay que estar siempre de buen humor, y que tampoco se puede agradar a todo el mundo, pero sobre todo entiendes que, aunque el amor sea una de las cosas más importantes de la vida, se puede definir de muchas maneras, y no todos elegimos la misma. Y te da igual la del resto. Y no te implicas en lo que no quieres. Y, madures o no, decides que no jugarás si no te apetece y que no esperarás nada de nadie, porque el tiempo pasa demasiado rápido. Y de eso te das cuenta de repente, cuando descubres que te has hecho mayor. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Obligados a ser felices.

A veces me da la sensación de que alguien ha infectado mi ordenador con un tripi. Ni virus, ni espías ni cualquier otro mal virtual, no, un tripi inyectado con un pendrive rosa. ¿Por qué?, os preguntaréis, y yo contesto: cada vez que lo enciendo y que empiezo a navegar, una frase optimista aparece cuando menos lo espero, escrita en un post-it, un muro, una hoja de papel o recostada sobre una nube esponjosa. Y no me refiero a una cita robada o atribuida a algún personaje místico o famoso, hablo de frases más directas y breves, esas que no nos hacen pensar sino actuar… ¿Cómo cuál?, os preguntaréis y yo contesto: ¿estáis de broma? Las mismas que vosotros leéis; “hoy es lunes y sólo quedan cuatro días para el viernes, ¡sonríe!”; “no mires al pasado, tu vida es hoy”; “si crees que puedes lograrlo lo conseguirás”… Hay decenas de ellas, centenas, y no importa que vuestros ordenadores estén a salvo, porque la plaga ha contagiado a tazas de café, camisetas, cuadernos, fundas de teléfono y cualquier superficie sobre la que se pueda escribir algo.

Yo he sido autora de alguna de esas frases. Yo también sufrí felicidad transitoria. Y pido disculpas si esto provocó algún daño o frustración a los que me leyeron.
Esta mañana, abducida por una de esas frases, me he preguntado cuándo empezaría todo. Cuál fue el momento en el que las setas alucinógenas empezaron a propagarse por la red. Son un bien necesario y parece que imprescindible para encontrar un sentido a nuestros amaneceres más grises. Tener metas y creer en algo es importante, sí, pero no lo es tanto como lo es el ser capaz de leer al menos diez frases alegres y positivas y creerse alguna de ellas. Mr. Wonderful tiene muchas papeletas para convertirse en el dios del siglo XXI, él ha escrito el padrenuestro de nuestros días, y es el destinatario de nuestra oración desesperada. Si nos repetimos algo muchas veces, acabamos haciendo de este mensaje una actitud y pasado un tiempo… ¡Magia!, se hace realidad. Al menos es algo que decía Gandhi, ojito, que esto son palabras mayores. Me gusta la gente optimista, como se dice ahora: la gente que suma. El optimismo se contagia, sí, pero el pesimismo también. Los vampiros emocionales revolotean y esperan a que se ponga el sol en sus días para venir a atacarnos y a chuparnos la energía, y para combatirlos de nada sirven las estacas de madera o un rayo de sol, los venceremos sólo si los ignoramos o los atacamos con lo que más les duele: el mensaje positivo que mejor se ajuste a su pena, añoranza, tristeza o enfado. Hay mensajes para todos los gustos, sólo hay que dar con el lado vulnerable de las personas.

Pero una vez más seré la abogada del diablo. A pesar de haber firmado y compartido muchas de esas frases de pensamiento positivo, desde aquí quiero enviar mi apoyo a todos aquellos que, sin regocijarse en su no-felicidad (que no es lo mismo que infelicidad), de vez en cuando se atreven a no querer estar felices y a mandar a la mierda a alguien. Nos hemos empeñado en hablar de lo maravillosa que es la vida, de lo importante que es vivir cada segundo, exprimir el tiempo que tenemos, y de llegar a la tumba diciendo ¿puedo repetir? Pero a veces es un mensaje demasiado forzado, poco creíble, y es mejor cabrearse, mosquearse, encenderse y enfurecerse. Una tormenta pasajera siempre refresca el ambiente.
Esas personas a las que les cuesta convencerse de que todo tiene un lado bueno, y de que lo importante es aprender. Aprender. Aprender. Aprender… Es agotador, ¿no os parece? Enriquecedor, sí, pero también es posible que determinadas lecciones nos venga mal aprenderlas en algunos momentos y nos apetezca más mandar a la mierda. Así, sin añadir una disculpa ni un emoticono a nuestro deseo. Un bufido pasajero, acompañado de la vena hinchada en la sien. Desahogarse. Desfogarse. Soltarlo. Vomitarlo. Y seguir. Porque lo mejor está por llegar (es una de mis frases felices favoritas).

jueves, 6 de abril de 2017

No hay mujer más peligrosa que la que sabe la verdad

                Esta mañana he amanecido con uno de esos mensajes escritos por una mente positiva, que advertía al lector: no hay mujer más peligrosa que la que sabe la verdad y hace como que no sabe nada. La que se hace la tonta, para entendernos. Al leerlo he sonreído por varias razones que no pienso aclarar ahora, y he hecho lo único que puedo hacer cuando quiero hablar sin hablar: escribir.
                Tengo amigos y tengo amigas, para ser políticamente correcta y no recibir más sopapos de los necesarios por publicar un artículo que a más de uno le parecerá feminista. Con esta palabra ocurre lo mismo que sucede con el bizcocho de zanahoria, te la intentan colocar donde sea, aunque no pegue ni con cola. Los hombres engañan. No generalizo, sé que hay muchos que no, pero los que engañan hacen tanto ruido, que parece que son más de los que son-y las mujeres también, y las mujeres también, escucho su murmullo y agradezco la puntualización, pero de eso hablamos otro día que unas pocas líneas no dan para tanto-pero, sin ánimo de ofender, decir que los hombres engañan es un hecho contrastado y confirmado por varias damas cornudas, amantes y mujeres de vida alegre.
Y hablo con conocimiento de causa, que a mí también me cornearon años ha, y sí, la estocada dolió bastante porque frente a la mentira y a la falta de lealtad soy bastante vulnerable. Pasé por la fase de no querer creer, de ponerme vendas de colores en los ojos, de hacer oídos sordos… y al final me di de bruces con la realidad. Un hostión en toda regla. Tras lo sucedido, ocurrió lo que ocurre en estos casos: berrinche, llantina, botella de vino por aquí y gin por allá, porqués sin respuesta, rabia e indiferencia… En mi caso, apenas fueron unos meses de relación, así que, tras la escena de Pimpinela, en seguida regresé a mi rutina dando gracias por haberme quitado ese peso de encima. Porque el sujeto era bastante feo, la verdad. ¿Por qué muchos ex son feos? Cuando estamos empecinados en que algo funcione, además de ver unicornios azules por todos lados, nuestros cánones de belleza se alteran por completo. Y esto molesta un poco, no vamos a engañarnos, porque que te pongan los cuernos pues vale, es algo que está ahí, una realidad que te puede tocar vivir o no, pero que sea un feo el que te pone los cuernos… eso es casi tan difícil de digerir como que los pongan con un adefesio. Aunque sea simpática.

Lo que intento explicar es que lo sabemos. No importa que un hombre cambie el nombre de la susodicha en su agenda, o que de repente tenga reuniones hasta altas horas de la noche, o viajes ineludibles de trabajo, debe de ser agotador ser dos personas diferentes cada día. Pero lo que realmente importa es que mientras él recupera la juventud perdida en brazos de otra persona, la mujer está haciendo su vida, planeando su futuro y esperando el momento adecuado para sacar la artillería pesada. Entonces llegan los días de negar la evidencia, de convertir a la susodicha cornuda en una tarada que se inventa las cosas-ojo, y la tarada muchas veces cree que es verdad, que se las inventa-y que sólo fue una noche y ese largo etcétera que, mientras lo escribo, me doy cuenta de lo aburrido que es el asunto. Y cambiamos las perdices y el siempre jamás por la ruptura, peleas, págame, no te voy a pagar, tú una más joven y yo tetas nuevas...
                Cada pareja tienes sus códigos. Y no es necesario que nos entrometamos en sus vidas, porque sólo ellos saben y conocen el acuerdo que tienen firmado. Hay cosas que no cambian, ni cambiarán nunca. Se puede ser más o menos discreto, pero los hombres son cazadores y, de cuando en cuando, les gusta adentrarse en el bosque. La diferencia es que, de un tiempo a esta parte, no siempre regresan con la presa en la mano y terminan su paseo siendo atacados por la propia presa. Tal cual. Una amiga me contó en una ocasión que, cuando se estrenó la película de Atracción Fatal, el porcentaje de infidelidades descendió mucho. No sé cómo se podía saber algo así, quizá hubiera “espías contadores de hombres casados entrando en hoteles”, no tengo ni idea, pero eso me contó. Y yo me lo creí. Y ellos, como son el sexo fuerte-¿por qué se ríen?-olvidaron el argumento de la peli en seguida y volvieron a las andadas… ¡Valientes!
                Pero lo que no llego a comprender, es por qué el hombre ya no regresa a casa con ramos de flores ni con regalos sorpresa, ya ni siquiera se siente culpable, y se pasa el día enfadado y/o criticando al resto del universo por cualquier razón e incluso dando lecciones de moralidad… ¿Y las locas somos nosotras?

De acuerdo.
Pobres infelices, si supieran todo lo que nosotras sabemos.